Sinopsis
En la pista de carreras y en la sala de juntas, él es una máquina milimétrica: metódico, implacable y con un ego del tamaño de su escudería. En su oficina, es una pesadilla de recursos humanos. Convencido de que cualquier mujer que cruza su puerta solo busca terminar en su cama, despide secretarias antes de que cumplan un mes, escudándose en que ninguna tiene cerebro para los negocios ni carácter para seguirle el paso. Su familia, al borde del colapso corporativo y legal, necesita un milagro para frenar su soberbia.
Ese milagro llega desde el otro lado del Atlántico.
Heredera de un emporio estadounidense y adicta a la adrenalina de las dos ruedas, ella se niega a heredar un trono sin antes forjarse lejos de los favores familiares. La solución es un pacto entre patriarcas: infiltrarla como su nueva asistente ejecutiva bajo una armadura infalible de trajes holgados, gafas pesadas y una indiferencia que desarma cualquier táctica de seducción.
NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 13: Vals sobre el abismo
El choque de copas de cristal de Bohemia y el murmullo amortiguado del dialecto milanés se desvanecieron en el oído de Matteo en cuanto Thomas Davenport y Giancarlo Castelli cerraron el círculo a escasos dos metros de ellos.
Davenport era un hombre de presencia pétrea: sesenta y dos años, cabello blanco recortado al milímetro y la frialdad corporativa de quien ha gestionado fondos de pensiones y acerías en tres continentes. Su mirada grisácea, calculadora y habituada a detectar debilidades en comités de auditoría, se posó sobre la figura de Gabriela Novak.
Giancarlo Castelli carraspeó, disimulando con maestría el sobresalto que todavía le encendía las mejillas:
—Thomas, permíteme presentarte a mi hijo, Matteo Castelli, director ejecutivo de nuestra división aeroespacial y deportiva. Y a su asistente ejecutiva, la señorita Gabriela Novak, quien llegó hace poco de Chicago a través de la consultora externa que tu oficina recomendó.
Matteo extendió la mano derecha con una compostura impecable, proyectando esa seguridad aplastante que utilizaba para doblegar juntas directivas:
—Señor Davenport. Un honor tenerlo en Milán. Espero que el vuelo desde Illinois haya sido tolerable.
—El vuelo fue largo, señor Castelli, pero los términos del contrato de turbinas de titanio compensan cualquier fatiga de cabina —respondió Davenport con un acento del Medio Oeste seco y aristocrático. Estrechó la mano de Matteo con fuerza antes de girar el torso hacia Gabriela.
Durante una fracción de segundo imperceptible para el resto del salón, las pupilas de Thomas Davenport brillaron con una chispa de diversión salvaje y una reverencia casi filial que reprimió de inmediato tras una máscara de cortesía ejecutiva.
—Señorita Novak —dijo Davenport, extendiendo la mano hacia ella con una inclinación de cabeza apenas un milímetro más pronunciada de lo habitual—. En Chicago recibimos excelentes referencias sobre su rigor analítico. Arthur Hayes en persona mencionó que la división de consultoría perdió a su mejor activo cuando usted decidió aceptar este contrato temporal en Europa.
Gabriela tomó la mano de Davenport con un apretón firme, sosteniéndole la mirada detrás de los cristales gruesos de carey sin un solo parpadeo:
—El señor Hayes siempre ha sido generoso en sus apreciaciones, señor Davenport. Pero la eficiencia no depende de la geografía, sino de la disciplina en los flujos de trabajo. Estamos implementando los protocolos de redundancia térmica en los contratos de suministro de Castelli Automotive para asegurar que el margen operativo se mantenga en el veintiocho por ciento estipulado por su matriz.
Davenport soltó una carcajada baja, encantada, asintiendo hacia Giancarlo:
—Veo que no exagerabas, Giancarlo. Tienen a un sabueso custodiando las cuentas.
Matteo frunció el ceño apenas una décima de milímetro. La familiaridad velada en las palabras de Davenport y la naturalidad insultante con la que Gabriela trataba al número dos de un emporio estadounidense de cuarenta mil millones de dólares encendieron una sirena de alarma en su mente de piloto. Nadie —absolutamente ninguna secretaria que hubiera pisado la torre de Milán— hablaba de «márgenes del veintiocho por ciento» con la naturalidad de quien decide el menú del almuerzo.
Antes de que Matteo pudiera intervenir para recuperar el control de la conversación, una voz chillona y empapada de alcohol irrumpió a sus espaldas:
—Vaya, vaya... No sabía que la Cámara de Comercio había ampliado el código de vestimenta para incluir a los agentes del servicio fúnebre municipal.
Marco Santoro se abrió paso entre dos diplomáticos suizos.
Llevaba un esmoquin de terciopelo verde botella, con la pajarita ligeramente descolocada y una copa de champán vacía entre los dedos. El heredero de los astilleros de Génova aún arrastraba el resentimiento de la humillación sufrida el lunes por la mañana y el ambiente saturado de champán le había dado la falsa valentía que la sobriedad le negaba.
Marco se plantó frente a Gabriela, barriéndola con una mirada descarada que se detuvo en las solapas de raso y en la corbata fina de seda negra:
—Matteo, querido... Si necesitabas un guardaespaldas para la noche, podrías haber contratado a un carabinero retirado. Al menos ellos tienen la decencia de afeitarse y no usar la ropa que mi abuelo dejó en el desván. ¿O es que tu nueva adquisición no encontró una falda en todo Milán que pudiera cubrir semejante desastre?
El silencio que cayó alrededor del pequeño grupo fue instantáneo.
Giancarlo Castelli dio un paso al frente con el rostro ensombrecido por la cólera, pero antes de que el patriarca abriera la boca, un movimiento seco y masivo cortó el aire.
Matteo Castelli dio medio paso hacia adelante, interponiendo su hombro izquierdo entre Marco y Gabriela. La cercanía física fue tan brusca que Santoro tuvo que retroceder un palmo para no colisionar contra el pecho de Matteo.
Los ojos avellana del piloto se habían oscurecido hasta parecer dos piedras de río congeladas:
—Marco —la voz de Matteo fue un susurro cavernoso, denso y cargado de una violencia tan precisa que cortó el murmullo de la sala contigua—. Estás a media sílaba de que te saque de este palacio por el cuello de la camisa y te arroje a la fuente de la entrada delante de toda la prensa de la ciudad.
Marco parpadeó, perplejo y ligeramente sobrio de golpe:
—Matteo... por favor, solo era una broma entre amigos...
—La señorita Novak vino a este palacio por orden directa de la presidencia ejecutiva —continuó Matteo, sin levantar el tono, pero con una ferocidad que hizo que los nudillos de su mano derecha se pusieran blancos dentro del bolsillo del pantalón—. Su competencia técnica vale diez veces el patrimonio entero de tus astilleros en bancarrota. Y si vuelves a abrir la boca para cuestionar su vestimenta o su presencia en mi mesa, cancelo las líneas de crédito de tus barcos esta misma noche y le pido a Davenport que bloquee tus exportaciones a los Grandes Lagos.
Davenport arqueó una ceja canosa con un gesto de fría aprobación:
—Hayes Global no hace negocios con navieras con problemas de solvencia ni con directores con problemas de dicción, joven Santoro. Considere esa advertencia como un hecho vinculante.
Marco palideció de golpe, tragando saliva con un sonido audible, mientras Giancarlo le hacía una seña fulminante a dos hombres de seguridad privada que se llevaron al genovés discretamente hacia las terrazas exteriores.
Gabriela no se había movido un solo milímetro.
Había presenciado la intervención de Matteo con los ojos muy abiertos detrás de los cristales gruesos. Por debajo de su blindaje emocional, una punzada cálida, extraña e incómoda le recorrió el esternón: el arrogante, misógino y desquiciado Matteo Castelli acababa de poner en juego su capital social y diplomático para defenderla a ella... a la asistente fea, rígida y vestida de lana que supuestamente despreciaba.
Matteo se giró hacia ella despacio. Su respiración aún era pesada por la furia contenida; recorrió el rostro impasible de Gabriela buscando el agradecimiento, el alivio o la fascinación que cualquier mujer habría mostrado tras semejante despliegue de poder territorial.
Gabriela se acomodó las gafas de carey con el dedo índice:
—Una respuesta innecesariamente visceral, señor Castelli. Habría bastado con recordarle que el informe de insolvencia de sus astilleros ya fue remitido a la junta de acreedores de Milán a las cinco de la tarde. El dramatismo físico gasta energía calórica que la empresa no le reembolsa.
Matteo se quedó mirándola durante tres segundos con la boca entreabierta, entre la incredulidad absoluta y unas ganas homicidas de estrangularla con su propia corbata negra.
—De nada, Novak —masculló él entre dientes—. Me alegra saber que su capacidad de ingratitud sigue operando a plena potencia.
—Siempre a su servicio, señor Castelli —respondió ella con una serenidad sepulcral.
—¡Vaya escena de caballería andante! —la voz de Christian Vance resonó desde la izquierda, acompañada por el aplauso lento de dos dedos contra la palma de la mano.
El piloto británico se acercó sosteniendo dos copas de champán fresco. Llevaba una flor blanca en la solapa de su traje gris de Savile Row y una sonrisa que era una obra de arte del cinismo deportivo.
—Matteo, eres un salvaje —bromeó Christian, entregándole una de las copas a Davenport con una cortesía impecable antes de clavar sus ojos azules en Gabriela—. Señorita Novak, permítame felicitarla. El corte de ese esmoquin es una declaración de guerra arquitectónica. Me recuerda a las mejores piezas que Yves Saint Laurent diseñó para Catherine Deneuve en los sesenta. Maravilloso. Absolutamente sublime.
Gabriela inclinó la cabeza con una leve sonrisa en los labios:
—Agradezco el ojo técnico, señor Vance. A diferencia de otros miembros del paddock, veo que usted sí sabe distinguir una línea de tensión estructural en un tejido.
Christian soltó una carcajada limpia, mirando a Matteo con una malicia que hizo que al italiano se le tensara la mandíbula:
—Touché, Castelli. Te lo dije: estás jugando en una liga para la que no tienes licencia.
En ese instante, la orquesta de cuerdas en el fondo del salón inició los primeros compases del vals Las flores de Chaikovski, una señal protocolaria que marcaba la apertura de la pista de baile tras los discursos de bienvenida. Varias parejas de la alta sociedad comenzaron a deslizarse sobre el parqué encerado bajo las arañas de Murano.
Christian Vance dio un paso al frente, extendiendo la mano derecha hacia Gabriela con una reverencia impecable:
—Señorita Novak... Ya que su director ejecutivo parece demasiado ocupado intentando no prenderle fuego al palacio con la mirada, ¿me concedería el honor de este vals? Prometo no hablar de telemetría de alerones durante los primeros tres minutos.
Matteo sintió que el suelo se le abría bajo los pies.
La imagen mental de Christian Vance envolviendo con su brazo la cintura estrecha de Gabriela bajo ese esmoquin negro, guiándola sobre el parqué y haciéndola sonreír con ese encanto británico que tantas veces había visto en las fiestas de Mónaco, fue como una inyección de ácido puro en sus arterias. El recuerdo de la apuesta —Horizonte, su coche, su honor, su cordura— rugió en su cabeza con la fuerza de un motor fuera de control.
Antes de que Gabriela pudiera siquiera levantar la mano para responder, Matteo dio un paso lateral largo y fluido, interponiéndose de nuevo.
Con un movimiento seco, autoritario y desprovisto de cualquier duda, Matteo atrapó la mano derecha enguantada de Gabriela entre sus dedos, tirando suavemente de ella hacia su cuerpo.
—Lo lamento, Christian —dijo Matteo, y su voz sonó tan profunda, tan posesiva y cargada de una autoridad oscura que Davenport parpadeó sorprendido—. La señorita Novak tiene un compromiso protocolario previo en su agenda. Con su jefe.
Christian alzó ambas cejas doradas, conteniendo una sonrisa triunfal que amenazaba con desbordarle el rostro:
—Adelante, Castelli. Veamos cómo te desenvuelves sin telemetría asistida.
Matteo no le concedió una sola mirada más.
Sujetó con firmeza la mano de Gabriela y la condujo hacia el centro de la pista de baile con pasos largos y decididos. Gabriela no opuso resistencia física —habría sido un escándalo imperdonable ante las cámaras de la prensa social que los seguían con los flashes encendidos—, pero la rigidez de su brazo transmitía una corriente de advertencia que habría paralizado a un hombre menos temerario.
Llegaron al centro del gran salón, bajo la cúpula dorada pintada al fresco.
Matteo se detuvo y se giró hacia ella.
Colocó su mano izquierda sobre la cintura de Gabriela, apoyando la palma abierta justo en la curva lateral del esmoquin, mientras entrelazaba los dedos de su mano derecha con los de ella a la altura del pecho.
El contacto fue un cortocircuito biológico.
Bajo la tela de lana fría y el forro de seda del chaleco, la cintura de Gabriela no tenía nada que ver con el saco informe de las mañanas: era firme, estrecha, flexible y quemaba a través de las capas de ropa con un calor vivo que le cortó el aire a Matteo en los pulmones. Al mismo tiempo, ese aroma a almendras amargas y jabón neutro lo envolvió por completo, nublándole el juicio con una violencia que jamás había experimentado a trescientos kilómetros por hora.
La orquesta atacó el compás de tres tiempos.
Matteo inició el giro con una destreza atlética impecable, guiándola sobre el parqué con la fuerza fluida y dominante de un hombre habituado a marcar el ritmo en cualquier terreno.
Gabriela no tropezó. No dudó. Siguió el paso con una sincronía matemática y una ligereza de pluma que desafiaba sus tacones de salón, manteniendo la barbilla alzada y sosteniéndole la mirada a escasos quince centímetros de distancia.
El contraste en el centro del salón era magnético: él, con el terciopelo azul y el porte imponente del depredador milanés; ella, con el esmoquin negro de líneas severas, las gafas de carey y una serenidad que parecía burlarse del mundo entero.
Matteo apretó apenas un milímetro el agarre sobre su cintura, inclinando la cabeza hasta que su aliento cálido le rozó la frente:
—Baila demasiado bien para haber crecido en una granja de Illinois, Novak. En los campos de maíz no enseñan a seguir un vals vienés con esta precisión.
Gabriela sostuvo el giro sin pestañear, sintiendo la palma ardiente de Matteo quemándole la espalda a través del crepé:
—En Illinois tenemos festivales de cosecha donde la gente aprende a moverse sin pisarle los pies a los animales de tiro, señor Castelli. Aunque debo admitir que usted tiene un sentido del ritmo sorprendentemente civilizado para ser un hombre que solo sabe comunicarse a través de gritos y despidos injustificados.
Matteo soltó una risa baja, rasposa y oscura contra su oído, girándola en un arco amplio que hizo que la tela de sus pantalones rozara las piernas de él con un susurro de fricción peligrosa:
—¿Por qué no aceptó el baile con Vance? Sé que se muere de ganas de hablar con alguien que no la obligue a revisar facturas.
Gabriela ladeó el rostro apenas un milímetro, clavando sus ojos verdes a través de los cristales gruesos directamente en las pupilas avellana de Matteo. La distancia entre sus bocas era tan ridículamente corta que un simple tirón de los brazos los habría hecho colisionar:
—No acepté porque el señor Vance es un caballero británico que intenta ser encantador, y yo no tengo tiempo que perder con galanes previsibles. En cambio, bailar con usted tiene una ventaja operativa innegable.
Matteo entrecerró los ojos, fascinado y devorado por la cercanía de sus labios sin pintar:
—¿Cuál ventaja, Gabriela?
El uso deliberado de su nombre de pila volvió a vibrar en el aire como una caricia prohibida.
Gabriela no pestañeó. Una sonrisa afilada, fría y letal curvó la comisura de su boca:
—Que mientras lo tengo ocupado intentando intimidarme en esta pista de baile... usted no puede mirar hacia la esquina del salón, donde Thomas Davenport acaba de firmar la adenda que le quita a su división el control unilateral de los derechos de imagen de los motores.
Matteo se congeló en mitad del compás.
El vals continuaba alrededor de ellos, pero el corazón del piloto se detuvo en seco. Giró los ojos de reojo hacia la mesa presidencial: Davenport estaba guardando una carpeta de piel con una sonrisa satisfecha mientras Giancarlo Castelli brindaba con champán.
Matteo volvió a clavar la mirada en Gabriela, sintiendo que la sangre le hervía en una mezcla explosiva de rabia salvaje, humillación y una atracción tan brutal que le nublaba la vista:
—Me acaba de tender una emboscada en mitad de un vals, Novak.
Gabriela dio el último paso del compás con una elegancia imperial en cuanto la música se extinguió en un acorde suave. Retiró su mano de la de él con un movimiento pausado, dio un paso atrás y se alisó las solapas del esmoquin negro con los dedos enguantados, mirándolo desde una altura moral inalcanzable:
—Le advertí que la física es una ciencia previsible, señor Castelli. Si usted se distrae persiguiendo una falda... la telemetría siempre termina estrellándolo contra el muro.
Hizo una inclinación protocolaria de cabeza y se alejó hacia la mesa de la delegación de Chicago con un paso firme que hizo crujir el parqué, dejándolo solo en mitad de la pista de baile, con el corazón golpeándole las costillas a doscientas pulsaciones por minuto y la aterradora certeza de que la mujer del traje negro no solo le iba a arrebatar su coche... sino que ya le había prendido fuego a su propio imperio sin disparar una sola bala.