Cuatro parejas universitarias lidian con las secuelas de una cruel apuesta impulsada por una motocicleta, enfrentando mentiras y accidentes hasta redimirse a través de la pasión, el perdón y el amor verdadero.
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Capítulo 11: La mesa de apuestas, el humo y el pulso desbocado
La quinta a las afueras de la ciudad olía a alcohol barato, sudor de cuerpos apiñados y humedad de césped pisoteado. La música golpeaba las paredes con un bajo pesado que hacía vibrar el suelo bajo las zapatillas.
Sara cruzó la puerta principal sintiendo que entraba a territorio enemigo. Llevaba una campera negra con cierre y el cabello suelto por única vez, odiando cada segundo de estar allí.
—Si me aburro cinco minutos de esto, te juro que te rompo los espejos del coche, Mara —masculló Sara, ajustándose la correa del bolso con los nudillos tensos.
—Relaja los hombros, capitana. Solo venimos a ver cómo la noche se pone interesante —respondió Mara con una sonrisa de oreja a oreja, antes de perderse rápidamente entre la multitud con un vaso rojo en la mano, riendo y bailando con un tipo cualquiera con total soltura, haciendo gala de su naturaleza hiperactiva y social.
A pocos metros, apoyado contra una columna de madera con un vaso de bourbon en la mano, Dante la esperaba. Sus ojos oscuros la recorrieron desde la entrada, deteniéndose en su cabello suelto. «Viniste... Maldita sea, de verdad viniste», pensó Dante, apretando el vaso con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, mientras por fuera adoptaba esa media sonrisa cínica que descolocaba a cualquiera.
—Vaya, la reina del hielo decidió pisar el lodo —soltó Dante con voz ronca cuando ella se plantó frente a él—. Pensé que te habías arrepentido, Viera.
Sara arqueó una ceja, plantándose frente a él con una parsimonia glacial, aunque por dentro las manos le sudaban ligeramente por la adrenalina del entorno. «No le des el gusto de verte alterada, estúpida», se repitió a sí misma.
—Guardate los discursos, Kaelen. Estoy aquí porque hice un trato, no porque quiera ver tu cara —respondió ella cortante—. Dijiste que querías una compañera en la mesa para jugar contra los demás, no un enfrentamiento directo. Así que cumple tu parte y vamos a terminar con esto.
Dante soltó una risa seca, sintiendo que la tensión entre ambos era una cuerda a punto de romperse. «Jugar a mi lado... perfecta combinación de desastre y adrenalina», pensó, mientras le hacía una seña para que lo siguiera hacia la mesa de fieltro verde rodeada de humo de cigarrillo y jugadores apostando fuerte.
Mientras tanto, la atmósfera en el resto de la quinta se dividía en dos mundos completamente caóticos.
En un rincón apartado cerca de la piscina, donde la música llegaba amortiguada y había una iluminación tenue pero clara, Lara estaba sentada sola en una silla de jardín, con las piernas cruzadas y una novela de bolsillo absorbida entre sus manos, totalmente ajena al ruido exterior.
A pocos metros de allí, Gabriel apoyaba el hombro contra una columna, con los ojos fijos en ella. El arquitecto sentía una irritación extraña al ver que a esa chica le importaba tan poco la fiesta. «¿Quién lee un maldito libro en medio de este desmadre?», pensaba Gabriel, aunque no podía apartar la vista de la forma en que el pelo le caía sobre el rostro.
Por su parte, Leo apareció de la nada junto a la barra de bebidas, bloqueándole el paso a Katy, que intentaba buscar un vaso de agua mineral para escapar del calor.
—¿Agua? Qué desperdicio en una noche así, doctora —soltó Leo con una sonrisa burlona, apoyando un codo en la barra muy cerca de ella.
Katy lo miró de reojo, sintiendo cómo el estómago se le encogía de una manera irritante. «No caigas en su juego, es solo un idiota más», pensó ella, mientras por fuera cruzaba los brazos con rigidez.
—Prefiero el agua antes que intoxicarme con lo que sea que bebas tú, Rinaldi —respondió Katy cortante, intentando esquivarlo.
Leo dio un paso para bloquearla de nuevo, con los ojos brillando de diversión. «Maldición, es imposible de doblegar», pensó él, sintiendo una extraña fascinación al ver que ella no se inmutaba ante su cercanía.
De vuelta en el centro de la sala, Sara se sentó junto a Dante en la mesa de póker. Las cartas comenzaron a repartirse entre risas de apostadores borrachos, pero la verdadera partida no se jugaba sobre el fieltro, sino en el roce de sus hombros y las miradas de fuego cruzadas bajo la penumbra.
Mientras Mara se perdía entre la multitud con un vaso rojo en la mano, riendo y bailando con un tipo cualquiera con total soltura —haciendo gala de su naturaleza hiperactiva y social—, Bruno observaba la escena desde el extremo opuesto de la sala. El cerebro financiero del grupo, con sus gafas impecables y una libreta de notas mentales siempre activa, evaluaba el caos con desdén. «Un desastre predecible, puro gasto de energía inútil», pensó.
Pero sus cálculos fallaron en el segundo exacto en que Mara, girando en medio de su baile desinhibido, chocó de frente contra su hombro, derramando unas gotas de su bebida sobre la camisa impecable de Bruno.
—¡Vaya! ¿Los cubos de hielo también salen a fiestas? —soltó Mara con una sonrisa burlona, secándose los labios sin un ápice de pena, con los ojos brillantes por la adrenalina.
Bruno se quedó rígido, mirando la mancha en su ropa antes de levantar los ojos oscuros hacia ella con una frialdad milimétrica. «Insoportable, ruidosa y completamente caótica», pensó él, sintiendo una irritación tan inusual como intensa.
—Si aprendieras a mirar por dónde caminas en lugar de saltar como un animal en celo, tal vez no arruinarías la ropa de los demás —respondió Bruno con voz cortante y pausada.
Mara soltó una carcajada estridente, lejos de ofenderse, y le dio una palmada descarada en el pecho.
—Relaja la mandíbula, financiero, que la vida no se mide en hojas de cálculo. ¡Diviértete un poco antes de que te dé un infarto por amargura! —le retó antes de volver a perderse entre la marea de gente, dejando a Bruno con el ceño fruncido y un extraño revoloteo de molestia y curiosidad clavado en el pecho.
Más allá dectodo eso, Sara se inclinó ligeramente hacia Dante, rozando su hombro con el de él a propósito, con una sonrisa afilada.
—No pierdas el dinero con tus amigos tan rápido, Kaelen —susurró ella con voz baja, directa al oído.
Dante apretó las cartas entre sus dedos con tanta fuerza que el cartón crujió. «Maldita sea sigue susurrandome asi y... vas a pagar caro cada maldita palabra, Viera», pensó, mientras la miraba con una intensidad oscura que prometía que la noche apenas empezaba a arder.