Gino Esparza es el líder mafioso más temido de la ciudad. Frío, implacable y acostumbrado a imponer su voluntad, no acepta un no por respuesta. La piedad no existe en su vocabulario… hasta que una tarde sus ojos se encuentran con los de una joven estudiante de mirada turquesa.
Candance tiene dieciocho años, una deuda que no le pertenece y un sueño que nadie le arrebatará: estudiar Finanzas en Oxford. Cuando unos usureros intentan llevársela para cobrar cincuenta mil dólares, Gino paga la deuda y la lleva a su mansión.
Ella jamás imaginó convertirse en la mujer de un mafioso tan peligroso. Él le ofrece lujos, protección y un amor tan intenso como posesivo. Pero Candance no nació para vivir encerrada ni permitirá que otro decida su destino.
Gino puede comprar su deuda, pero jamás su voluntad. ¿Tendrá Candance el valor de escapar de la jaula del hombre que podría destruirla… y al que ha comenzado a amar?
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Un respiro que duele
Las semanas siguientes transcurrieron en una calma tensa, como caminar sobre hielo delgado sin saber cuándo cederá bajo tus pies. Aprendí a anticiparme a sus deseos antes de que los expresara: su taza de café siempre lista cuando entra por la puerta, su chaqueta colgada en el respaldo de la silla, el silencio absoluto en cuanto abría la boca. No lo hacía por cariño, sino por supervivencia. Cada gesto obediente era una pequeña barrera contra su mal humor, contra sus comentarios cortantes, contra esa mirada que me recorría como si evaluara si todavía servía para algo. Y funcionaba… a medias. Cuando todo salía como él quería, me ignoraba, y su indiferencia era casi alivio comparada con su atención. Pero cuando algo fallaba, cuando tardaba un segundo de más o decía algo que no debía, ahí estaba él: con una burla, con un empujón, con una palabra que se clavaba en mi mente y se quedaba dando vueltas toda la noche.
Esa tarde, sin embargo, ocurrió algo que no esperaba. Estaba en la biblioteca, pasando las páginas de un libro que apenas lograba concentrarme en leer, cuando entró. No traía ese ceño fruncido que solía acompañarlo al llegar a casa. Se acercó al estante junto a mí, buscó un volumen, y por unos minutos estuvimos de pie uno al lado del otro en silencio. Era un silencio extraño, no hostil, pero no cómodo tampoco. Era el silencio de dos personas que no deberían estar en la misma habitación, pero que por alguna razón que no comprendía, seguían compartiendo el mismo aire.
—Lees demasiado para alguien que no tiene uso de lo que aprende —dijo de pronto, sin mirarme, mientras deslizaba un dedo por el lomo de un libro—. Te llenas de historias que no te pertenecen, de mundos que nunca verás. Es una pérdida de tiempo.
—Me ayudan a olvidar dónde estoy —respondí antes de pensarlo, y enseguida me tensé, esperando el golpe verbal que seguramente vendría.
Se giró hacia mí lentamente. No se enfadó. Solo me observó con una curiosidad que me puso más nerviosa que su ira.
—¿Tan malo es estar aquí conmigo? —preguntó, con voz baja, casi suave, y eso me asustó más que si hubiera gritado—. ¿Tan terrible es tener un techo, comida, seguridad, y a alguien que te cuida aunque sea a su manera? A veces me pregunto qué te pasa por la cabeza. Si odias tanto este lugar, si me odias tanto a mí… ¿por qué no me lo dices a la cara? ¿Qué esperas encontrar allá afuera que no te pueda dar yo?
—Libertad —susurré, y en cuanto salió de mis labios, bajé la mirada, esperando el castigo.
Pero no vino. Se rio, suave y oscuro, y se apoyó contra la estantería, cruzando los brazos.
—Libertad. Qué palabra tan bonita y tan vacía. La gente cree que la libertad es hacer lo que quieras. No. La libertad es tener opciones. Y tú nunca has tenido ninguna. No la tuviste con tu padre, no la tuviste con esos usureros, y no la tienes conmigo. Así que deja de soñar con algo que no existe. Lo que tienes aquí es seguridad. Y la seguridad vale más que todas las puertas abiertas del mundo. No seas tonta. Valora lo que tienes antes de que te lo quite.
—No puedo valorar lo que siento como una prisión —me atreví a decir, con el corazón latiendo desbocado—. Puedes darme todo lo material que quieras, pero no puedes comprar que me sienta bien aquí. No puedes comprar que te respete si lo único que haces es recordarme cada día que no tengo valor sin ti.
Dio un paso hacia mí y esta vez no retrocedí. Me sostuvo la mirada, y vi en sus ojos algo que no supe identificar: no era rabia, era algo más profundo, más oscuro, como si mis palabras le hubieran tocado una fibra que él creía bien oculta.
—¿Y quién te dijo que necesito que me respetes? —murmuró, a escasos centímetros de mi rostro—. Te necesito aquí. Eso es suficiente. Tu respeto es un lujo que no necesito. Tu obediencia sí. Así que puedes pensar lo que quieras en tu pequeña cabeza. Puedes odiarme en silencio. Puedes soñar con mundos que no existen. Pero cuando estés frente a mí, bajas la mirada y haces lo que digo. ¿Es eso tan difícil de entender?
—No es difícil de entender. Es difícil de aceptar —respondí, y por primera vez no temblé al decirlo—. Pero lo hago. Cada día lo hago. ¿No es suficiente para ti?
Se quedó callado un instante, como si mis palabras lo hubieran descolocado. Luego se encogió de hombros y se apartó, rompiendo la cercanía entre nosotros como si le hubiera quemado.
—Suficiente por ahora. Pero no te confundas. Que te permita hablar no significa que tengas voz. Que te permita caminar por esta casa no significa que seas libre. Y que a veces no te castigue no significa que haya olvidado quién manda aquí. No pruebes mi paciencia solo porque hoy estoy de mejor humor. Mi humor cambia más rápido de lo que tú puedes huir. Recuérdalo. Siempre.
Salió de la biblioteca y me dejó allí de pie, con el libro abierto entre mis manos y el pecho latiéndome con fuerza. No había ganado la discusión. No había cambiado nada. Pero por primera vez había dicho lo que pensaba sin que me gritara, sin que me encerrara, sin que me amenazara con devolverme con los usureros. Y esa pequeña victoria, aunque no significara nada para él, significó todo para mí. Porque me recordó que todavía tenía voz. Que todavía podía pensar por mí misma. Que mientras no dejara que él ocupara cada rincón de mi mente, todavía era dueña de mis pensamientos, aunque no fuera dueña de mis pasos. Y esa pequeña llama de resistencia silenciosa era lo único que me impedía rendirme por completo.
Esa noche vino a mi habitación como solía hacer. Pero fue diferente. No me ordenó acercarme. No me exigió nada. Se sentó al borde de la cama y me miró en la penumbra.
—No te confundas —repitió, como si leyera mis pensamientos—. No somos amigos. No somos iguales. Mañana te trataré igual que siempre. Pero esta noche… esta noche puedes quedarte sentada ahí sin hablar. Sin miedo. Solo esta noche. Mañana todo vuelve a ser como debe ser. No te acostumbres. La excepcionalidad no se convierte en regla. ¿Entendido?
—Entendido —dije, y me quedé en mi rincón, observando su silencio, agradeciendo ese pequeño respiro aunque supiera que era temporal, que era una migaja de bondad que él podía retirar en cualquier momento sin dar explicaciones.
Y así pasamos unos minutos, dos personas separadas por un abismo que ninguno de los dos se atrevía a cruzar del todo. Él con su poder y sus miedos ocultos. Yo con mi prisión y mis sueños de libertad. Ninguno cedió terreno. Ninguno se acercó más de lo debido. Pero por esa pequeña fracción de tiempo, dejamos de ser carcelero y prisionera para ser simplemente… dos personas compartiendo la misma noche oscura. Y supe que mañana volvería a ser difícil. Que volverían los insultos, el control, las cadenas invisibles que me ataban a su voluntad. Pero también supe que mientras recordara este momento, mientras supiera que podía existir algo diferente aunque fuera por unos minutos, no me rompería por completo. Que mi mente seguiría siendo mía, aunque mi vida no lo fuera todavía. Y esa era mi pequeña, silenciosa victoria.