Alexia es una chica pobre y Milton es el famoso matón escolar. A cambio de pagar su matrícula escolar Milton le pide clases particulares. Qué podría terminar pasando entre ellos?
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Capítulo 21
El aire en 'L'Éclipse' era denso, impregnado de una mezcla embriagadora de sándalo, ginebra artesanal y la desesperación contenida de quienes buscan olvidar que la mañana siguiente siempre llega. Las luces, tenuemente ámbar, se filtraban a través de paneles de cristal ahumado, creando un escenario perfecto para los juegos de sombras.
Milton Vance se encontraba en la barra, su presencia dominando el espacio incluso desde la quietud. Con un metro noventa de altura, sus hombros parecían ejercer una presión gravitatoria sobre el mármol oscuro del mostrador. Tenía una copa de whisky a medio terminar frente a él, pero no era la bebida lo que le nublaba el juicio. Era la visión de la mujer que, a pocos metros, reía con una complicidad que le hacía arder las entrañas.
Alexia Mendoza.
Estaba allí, sentada en una banqueta de terciopelo, con un vestido que se adhería a su figura como una segunda piel. Patricius, su eterno escudo, estaba a su lado. El hombre se inclinaba hacia ella, susurrándole algo al oído con esa elegancia imperturbable que siempre irritaba a Milton. Verlos juntos no era una novedad, pero esa noche, después de una reunión profesional que había estirado sus nervios hasta el punto de ruptura, la visión se sentía como una afrenta personal.
Milton apretó el cristal del vaso hasta que sus nudillos se tornaron blancos. El odio y el deseo, dos caras de la misma moneda maldita, se revolvían en su estómago. Para él, Patricius no era un socio, ni un amigo; era el hombre que ocupaba el espacio donde él, hace seis años, se había borrado a sí mismo.
—Otro trago —gruñó Milton al barman, sin apartar la mirada de Alexia.
Cuando el líquido ámbar tocó el cristal, Milton comenzó su representación. Señaló a dos mujeres que estaban cerca, atrayéndolas hacia su órbita con una sonrisa depredadora que no llegaba a sus ojos. Comenzó a reír, un sonido seco y forzado, rodeándose de una atención vacía. Cada caricia que permitía, cada susurro que fingía ignorar, estaba coreografiado para un único espectador: Alexia.
Al otro lado de la sala, Alexia sintió el impacto de la mirada de Milton mucho antes de verlo. Sus dedos, que sostenían suavemente su copa de martini, se tensaron. Había aprendido a leer cada movimiento de Milton Vance como quien lee una partitura familiar. El juego de él era transparente y, sin embargo, lograba herirla con una precisión quirúrgica.
—Está haciendo una escena, Alexia —murmuró Patricius, su voz suave, desprovista de cualquier juicio. Él conocía la verdad de su corazón mejor que nadie. Sabía que, para Alexia, él no era más que el ancla que evitaba que naufragara en la tormenta de su propia historia—. No tienes que seguirle el juego.
Alexia giró su rostro hacia Patricius, buscando la calma que él siempre le ofrecía. Sus ojos verdes, brillantes de un desafío que escondía un dolor atroz, se encontraron con los de su amigo.
—No es un juego, Patricius. Es una guerra —respondió ella, y se inclinó hacia adelante, dejando que su mano descansara sobre la de él. La cercanía era calculada, diseñada para que Milton la viera. Se acercó más, hasta que sus narices casi se rozaron, fingiendo una intimidad que nunca había existido entre ellos—. Si quiere ver un espectáculo, se lo voy a dar.
Patricius suspiró, pero no se alejó. Sabía el precio que ella pagaba por estas farsas. Con un movimiento deliberado, acarició la mejilla de Alexia con el pulgar. El gesto, que para un observador externo sería la confirmación de un romance, fue simplemente un acto de piedad entre amigos.
Milton, al ver la escena, sintió que la sangre le hervía en las venas. La ira fue un impulso más rápido que la razón. Dejó caer su copa —que se hizo añicos contra el suelo— y se puso en pie, su gran sombra proyectándose sobre la pareja como una amenaza inminente. Caminó hacia ellos con la pesadez de un hombre que ha perdido todo el control.
—¿Te diviertes, Mendoza? —lanzó Milton, su voz retumbando sobre la música ambiental, atrayendo las miradas de los curiosos—. Se nota que te has adaptado rápido a las nuevas compañías.
Alexia se puso en pie lentamente, obligándolo a mirarla de frente. A pesar de la diferencia de altura, ella no retrocedió.
—No me digas qué hacer, Milton. No tienes ningún derecho —dijo ella, con una frialdad que ocultaba el temblor de sus manos.
Milton se acercó tanto que pudo oler el perfume de Alexia; un aroma que le recordaba a los años perdidos, a las promesas rotas y a la piel que una vez fue suya. Su rostro estaba desencajado, consumido por el alcohol y el despecho.
—¿Derecho? —rio él, una risa amarga—. Yo te conozco mejor que nadie, Alexia. Conozco cada una de tus cicatrices, cada uno de tus secretos. Sé quién eres realmente cuando se apagan las luces. ¿De verdad crees que este imbécil puede llenar el vacío que dejé?
Alexia soltó una carcajada cargada de sarcasmo, dando un paso adelante, acortando la distancia.
—Te equivocas, Milton. Tú nunca me conociste. Conociste la versión que te permití ver. Y en cuanto a Patricius... él me conoce ahora. Él está presente, él me apoya, y él no es una sombra del pasado como tú. Tengo a alguien más. Alguien que no huye cuando las cosas se ponen difíciles.
La mentira, el refuerzo del engaño sobre su hijo, fue una daga que lanzó con la intención de herir. El impacto en el rostro de Milton fue inmediato. Retrocedió un paso, como si le hubieran golpeado físicamente, mientras la idea de una vida de ella sin él, con otro hombre y, quizás, con una familia, le golpeaba con la fuerza de un huracán.
Alexia no esperó a que él procesara el golpe. Se giró sobre sus talones y caminó hacia los baños, con el corazón martilleando contra sus costillas como un ave prisionera. Necesitaba aire, necesitaba silencio, necesitaba desesperadamente que el mundo dejara de moverse.
El baño era un santuario de mármol frío y espejos impolutos. Se apoyó contra el lavabo, dejando que el frío del material se filtrara a través de su vestido, tratando de estabilizar su respiración. Cerró los ojos, intentando recomponer la máscara de frialdad que se le desmoronaba por momentos. Pero el destino, o quizás el destino de sus propios errores, no le concedió esa tregua.
La puerta se abrió con un golpe seco. La silueta de Milton bloqueó la salida. Antes de que ella pudiera decir una palabra, él cruzó el espacio, acorralándola contra el mármol frío del lavabo.
El aire en la habitación se volvió irrespirable. La tensión sexual, acumulada durante seis años de silencio y desprecio, estalló en un instante, electrizando la piel de ambos. Milton puso sus manos a ambos lados de su cabeza, atrapándola en su espacio personal. Su pecho se elevaba agitado, su mirada negra escaneando el rostro de Alexia con una intensidad dolorosa.
—¿Alguien más? —siseó Milton, su voz ahora baja, ronca por la desesperación—. Dime que es mentira, Alexia. Dime que solo me odias, pero no me digas que hay alguien más.