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Vínculos De Sangre Y Seda

Vínculos De Sangre Y Seda

Status: En proceso
Genre:Romance / Mafia / Matrimonio arreglado
Popularitas:613
Nilai: 5
nombre de autor: Den Arg

En el peligroso submundo de la mafia en Nueva York e Italia, dos familias enemigas acérrimas —los Moretti y los Romano— se disputan el control del imperio.

Matteo Romano, el frío y heredero despiadado de la mafia Romano, se ve obligado a entrar en una tregua cuando conoce a Elena Moretti, la inteligente y reservada hija menor del clan enemigo.

Lo que comienza como un pacto estratégico de matrimonio de conveniencia pronto se transforma en un peligroso juego de pasión, lealtades divididas, traiciones familiares y un amor que podría salvarlos o destruirlos a todos.

NovelToon tiene autorización de Den Arg para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 5: REGLAS DE CONVIVENCIA

El vestíbulo de la mansión Moretti continuaba sumido en un silencio tenso. Los hombres de Don Stefano intercambiaban miradas de frustración, sopesando si debían desenfundar sus armas o esperar la orden de su líder. Sin embargo, Stefano Moretti era un hombre de negocios antes que un suicida. Sabía que un enfrentamiento a tiros en su propio vestíbulo destruirá la frágil tregua y traería una respuesta inmediata del clan Romano.

—De acuerdo, Matteo —dijo finalmente Stefano, con una voz rasposa que apenas disimulaba la rabia—. Tu equipo de seguridad se quedará en los límites de la propiedad. Pero no quiero a ninguno de tus hombres dentro de las estancias privadas de mi familia. ¿Queda claro?

—Mis hombres respetarán el protocolo de la casa siempre que el entorno sea seguro —respondió Matteo con la misma sobriedad—. Gabriel instalará un centro de mando en la casa de huéspedes del jardín sur. Mañana a primera hora enviaré el calendario de los preparativos para la ceremonia.

Sin esperar una venia de despedida, Matteo volvió a fijar la mirada en Elena, que permanecía en lo alto de la escalinata. Sus ojos cruzaron una breve señal de advertencia antes de que él diera media vuelta y saliera hacia el patio de acceso, seguido por la escolta de la familia Romano.

Marco Moretti soltó un juramento en voz baja y golpeó el pasamanos de mármol con el puño cerrado.

—¡Es insoportable! —siseó Marco, mirando a su padre—. Nos está sometiendo en nuestra propia finca, padre. Si dejamos que ese bastardo tome el control de la seguridad, seremos prisioneros en nuestra propia casa antes de que termine la semana.

—Cállate, Marco —ordenó Stefano, girándose hacia su hijo con la mirada encendida de ira—. No fue un error de Matteo; fue el error de quienquiera que haya filtrado el itinerario del convoy anoche. Si los Romano descubren que la filtración vino de algún cabo suelto en Long Island, no nos quedará margen de negociación. A partir de hoy, tú te encargas de revisar cada llamada y cada mensaje que salga de esta casa.

Elena no esperó a que la discusión continuara. Dio media vuelta y regresó en silencio a su estudio, cerrando la puerta tras de sí con un chasquido sordo.

Tres días pasaron bajo un régimen de vigilancia implacable. La finca Moretti, que antes se sentía como una jaula de oro, se había transformado en una guarnición militarizada. Los hombres de Gabriel Vance patullaban los perímetros externos con vehículos no rotulados, mientras la guardia de Don Stefano mantenía una vigilancia rígida en los accesos principales.

Durante ese tiempo, Elena intentó ignorar la presencia de los Romano concentrándose en la restauración de un lienzo renacentista que había traído de Italia. Sin embargo, la rutina duró poco. Al cuarto día, una llamada de la modista encargada del vestido de novia le recordó que la realidad no podía postergarse.

Esa misma tarde, Elena bajó las escaleras del pórtico principal vestida con un conjunto sobrio de falda de tubo y abrigo de lana en tono tostado. Al llegar a la explanada donde solían aparcar los vehículos, encontró un sedán negro blindado esperando en lugar de su limusina habitual. Junto a la puerta trasera, impecable y erguido, se encontraba Gabriel Vance.

—Buenas tardes, signorina Moretti —saludó Gabriel, inclinando levemente la cabeza mientras le abría la puerta—. El señor Romano ha dispuesto que viaje en este vehículo para sus citas en Manhattan.

Elena se detuvo a dos pasos del coche, mirando fijamente al jefe de seguridad.

—Tengo mi propio chofer y mi escolta personal, señor Vance. No necesito que me lleven como si fuera un prisionero de traslado.

—Mis órdenes son precisas, signorina —respondió Gabriel con voz neutra pero inquebrantable—. El entorno urbano presenta demasiados puntos ciegos. A partir de hoy, sus desplazamientos se realizarán bajo los estándares de blindaje de la casa Romano. Su escolta personal puede seguirnos en un vehículo secundario si su padre lo considera necesario.

Elena apretó la correa de su bolso de mano, evaluando sus opciones. Sabía que discutir con un soldado disciplinado como Vance era perder el tiempo. Con un gesto de fría resignación, subió al asiento trasero.

Para su sorpresa, al acomodarse sobre el cuero oscuro, descubrió que no estaba sola en el habitáculo.

Sentado al otro lado del amplio asiento, con una tablet ejecutiva en la mano y un expediente abierto sobre las rodillas, se encontraba Matteo. Vestía un traje de dos piezas en gris marengo y una camisa blanca sin cravat, proyectando la imagen de un poderoso ejecutivo financiero más que la de un capitán de la mafia.

—Buenas tardes, Elena —dijo Matteo sin levantar de inmediato la vista de la pantalla.

—Podrías haberme avisado de que ibas a acompañarme —respondió ella, acomodándose en el extremo opuesto del asiento y mirando por la ventanilla mientras el coche ponía marcha hacia la salida de la finca.

—No suelo dar explicaciones sobre mi itinerario —contestó Matteo, cerrando el expediente y guardándolo en su maletín de piel—. Pero considerando que la modista y el joyero requieren la presencia de ambos para coordinar las medidas y las alianzas, me pareció más eficiente optimizar el viaje.

—Eficiencia... —repitió Elena con un tinte de amargura—. Siempre usas términos empresariales para referirte a nuestra boda.

Matteo se giró levemente para observarla. La luz de la tarde iluminaba el perfil pálido de Elena, destacando la firmeza de su barbilla y la curva limpia de su cuello.

—Es un contrato, Elena. Negarlo sería una hipocresía que no aporta nada a nuestra situación —dijo él con tono sereno—. Mientras más rápido aceptes las reglas de este acuerdo, más fácil será para ambos adaptarnos a la vida que nos espera.

—¿Y cuáles son exactamente tus reglas, Matteo? —preguntó ella, girando la cabeza para sostenerle la mirada—. Porque hasta ahora solo he visto a tus hombres tomar el control de mi casa, restringir mis movimientos y tratarme como un trofeo de paz entre tu padre y el mío.

Matteo guardó silencio unos segundos, considerando sus palabras. Luego, se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando los codos sobre las rodillas para reducir la distancia entre ambos.

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