Ella es la hija de un General, es capaz, es inteligente, Pero todos ven que ser mujer es su única debilidad.
Pero ella demostrará lo contrario.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Ascenso 2
La ceremonia de ascenso se celebró una semana después.
Emma vistió el uniforme reglamentario, con las insignias de su nuevo rango cuidadosamente colocadas. Llevaba el cabello negro recogido en un moño firme y la espada que había pertenecido a su abuelo sujeta al cinturón.
Cuando entró en el salón militar, varias conversaciones se interrumpieron.
Algunos oficiales la saludaron con respeto.
Otros la observaron con una curiosidad que Emma había aprendido a reconocer.
Y unos pocos parecían esperar que tropezara con la alfombra para poder anunciar que el destino acababa de darles la razón.
Emma caminó sin mirar a ninguno en particular.
Su padre estaba presente, sentado junto a Eric.
Lord Viceroy se levantó cuando ella se acercó.
Durante un momento, el antiguo general no dijo nada. Después tomó la mano de su hija y la apretó con orgullo.
—Tu madre habría estado muy orgullosa de ti.
Aquellas palabras consiguieron atravesar las defensas que Emma había construido durante años.
Bajó ligeramente la mirada.
—Gracias, padre.
Eric, por supuesto, no estaba dispuesto a permitir que el momento se volviera demasiado emotivo.
—Debo admitir que esperaba que llegaras a capitana antes de cumplir los treinta.
Emma giró lentamente la cabeza hacia él.
—Qué decepción para ti. Tendrás que buscar otra cosa que criticar.
—Siempre puedo criticar tu gusto para elegir vestidos.
—Y yo puedo recordar a todos los presentes aquella vez que confundiste un uniforme de gala con uno de campaña.
Eric abrió la boca.
La cerró.
Lord Viceroy tosió para disimular una risa.
—Por favor, niños. Estamos en una ceremonia militar.
—Él empezó..
El general contempló a sus hijos con resignación.
[He comandado miles de hombres. He sobrevivido a guerras, conspiraciones y negociaciones con nobles insoportables. Pero, al parecer, mi verdadero castigo consiste en criar a estos dos.]
La ceremonia continuó sin incidentes.
Cuando llegó el momento de pronunciar el juramento, Emma levantó la mano y repitió las palabras con voz firme.
No prometió ser perfecta.
Prometió servir al reino, cumplir con su deber y proteger a quienes estuvieran bajo su mando.
Y cuando recibió las insignias de capitana, sintió que cada hora de entrenamiento, cada insulto y cada obstáculo habían adquirido un significado distinto.
No porque el sufrimiento fuera necesario para demostrar su valor.
Sino porque, a pesar de todas aquellas dificultades, no había permitido que otros decidieran por ella qué podía llegar a ser.
Al terminar la ceremonia, un joven teniente se acercó para felicitarla.
—Capitana Viceroy, es un honor conocerla. He oído hablar mucho de sus logros.
Emma le estrechó la mano.
—Espero que haya oído hablar también de mis errores. Sería preocupante que nadie los conociera.
El joven parpadeó.
—¿Sus errores, capitana?
—Por supuesto. Si solo conoce mis victorias, podría creer que soy infalible. Y no quisiera que cometiera la imprudencia de seguir todas mis órdenes sin pensar.
El teniente pareció no saber qué responder.
Emma sonrió.
—Tranquilo. La primera lección es que no debe quedarse paralizado cada vez que una mujer le dirige la palabra.
El joven se puso rojo hasta las orejas.
Eric, que había escuchado la conversación, soltó una carcajada.
—Emma, por favor. Acabas de conseguir el rango de capitana. ¿Podrías intentar comportarte como una dama durante al menos cinco minutos?
Ella se volvió hacia él con una expresión angelical.
—Por supuesto, general. ¿Le gustaría que le trajera una taza de té?
—No.
—¿Que le bordara un pañuelo?
—Emma.
—¿Que organizara una reunión de caridad?
—¡Emma!
La capitana sonrió satisfecha.
[Excelente. Apenas llevo una hora con mi nuevo rango y ya he conseguido que mi hermano pierda la paciencia. El día está resultando extraordinario.]
Sin embargo, mientras los invitados continuaban felicitándola, Emma comprendió que aquella ceremonia no era un final.
Era el comienzo de una etapa mucho más complicada.
Ahora tendría hombres bajo su mando, decisiones que podrían cambiar vidas y responsabilidades que no desaparecerían cuando terminara la jornada.
Tendría que demostrar que podía dirigir a sus soldados, protegerlos y mantener la confianza de sus superiores.
Y, además, tendría que enfrentarse a una sociedad que parecía convencida de que una mujer podía dirigir un ejército durante el día, siempre que por la noche recordara buscar un marido adecuado.
Emma contempló el salón lleno de nobles y oficiales.
Alguien ya había mencionado que, con su nuevo rango, sería una esposa particularmente atractiva para ciertas familias militares.
La capitana apretó los labios.
[He sobrevivido a marchas interminables, emboscadas y consejos militares. Ahora resulta que mi siguiente enemigo es una madre noble con una lista de candidatos para el matrimonio.]
Suspiró.
Si había algo que Emma Viceroy detestaba más que ser subestimada por ser mujer, era que alguien creyera que su vida estaba incompleta porque no tenía un hombre a su lado.
No necesitaba un esposo para convertirse en alguien.
No necesitaba un apellido más poderoso.
Y, desde luego, no necesitaba que ningún caballero la rescatara de una dificultad que ella podía resolver por sí misma.
Emma Viceroy tenía una carrera, una espada, una mente estratégica y una determinación que había sobrevivido a años de obstáculos.