Valentina Ríos huyó de la ciudad cinco años atrás con el corazón destrozado y un secreto que jamás pensó revelar.
Ahora ha regresado con su pequeño hijo, Leo, decidida a comenzar una nueva vida.
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Capítulo 10 — Una familia inesperada
Valentina seguía mirando el teléfono.
La llamada había terminado hacía apenas unos segundos, pero aquellas palabras continuaban resonando en su cabeza.
“La mujer que intentó protegerte.”
No podía ser.
Durante cinco años había pensado que Victoria Montenegro era la persona responsable de haber destruido su vida.
La mujer que la había obligado a abandonar la ciudad.
La mujer que le había hecho creer que, si se quedaba, algo terrible ocurriría.
Pero ahora todo parecía diferente.
—¿Estás segura de que era mi madre? —preguntó Adrián.
Valentina asintió.
—Reconocería su voz en cualquier lugar.
Adrián tomó su teléfono.
—Voy a llamarla.
—No.
Él se detuvo.
—¿Por qué?
—Porque si realmente está tratando de protegernos, quizá alguien esté vigilando sus comunicaciones.
Adrián la observó con atención.
—Entonces iremos a verla.
Valentina dudó.
—¿Y Leo?
—No lo dejaremos solo.
Una pequeña voz apareció desde el pasillo.
—¿Van a salir?
Los dos se giraron.
Leo estaba allí, abrazando su pequeño dinosaurio de juguete.
—Sí —respondió Adrián—. Pero tú vienes con nosotros.
Leo sonrió.
—¿A una aventura?
Valentina suspiró.
—No exactamente.
Leo levantó su dinosaurio.
—Él también viene.
Adrián miró el juguete.
—Entonces estaremos protegidos.
Leo asintió muy serio.
—Es muy fuerte.
Valentina no pudo evitar sonreír.
Por unos segundos, el miedo desapareció.
La reunión con Victoria estaba programada para esa misma tarde.
Adrián condujo hasta una antigua casa familiar ubicada lejos del centro de la ciudad.
Valentina miraba por la ventana.
—¿Aquí vivió tu familia?
—Durante muchos años.
—Nunca me trajiste.
Adrián guardó silencio.
—Hace cinco años todo era diferente.
Valentina lo miró.
—Sí.
Aquella respuesta contenía demasiadas cosas que ninguno de los dos estaba preparado para decir.
Cuando llegaron, Victoria ya los esperaba.
Al ver a Leo, sus ojos se llenaron de emoción.
—Dios mío...
Adrián se quedó sorprendido.
—¿Lo conocías?
Victoria no respondió.
Se acercó lentamente al niño.
Leo la observó con curiosidad.
—¿Tú eres la abuela?
Victoria se llevó una mano al pecho.
Las lágrimas aparecieron en sus ojos.
—Sí, querido.
Leo sonrió.
—Mi papá dice que eres su mamá.
Victoria miró a Adrián.
—¿Ya se lo dijiste?
—Es mi hijo. Tiene derecho a saber quién soy.
Victoria cerró los ojos por un instante.
—Hiciste bien.
Valentina dio un paso adelante.
—Necesito respuestas.
Victoria asintió.
—Las tendrás.
Todos entraron a la casa.
Victoria pidió que se sentaran.
—Hace cinco años descubrí que estabas embarazada, Valentina.
Valentina la miró fijamente.
—¿Cómo lo supiste?
—Tuve acceso a información que tu familia había mantenido oculta.
—¿Y por qué me obligaste a marcharme?
Victoria bajó la mirada.
—Porque alguien quería encontrarte.
Adrián frunció el ceño.
—¿Quién?
Victoria respiró profundamente.
—Tu padre había descubierto que alguien dentro de la familia estaba manipulando las acciones de Montenegro Group.
Adrián quedó en silencio.
—¿Sebastián?
Victoria negó.
—Sebastián no estaba solo.
Valentina sintió un escalofrío.
—¿Quién más?
Victoria miró hacia la puerta.
—No puedo decirlo todavía.
Adrián se levantó.
—Mamá, basta de secretos.
—No son secretos por capricho, Adrián.
—¡Han pasado cinco años!
Victoria sostuvo su mirada.
—Precisamente por eso sigues vivo.
El silencio fue inmediato.
Adrián volvió a sentarse.
Victoria continuó:
—Tu padre descubrió que el nacimiento de Leo podía cambiar completamente el control de la empresa.
Valentina tomó la mano de su hijo.
—Por eso querían alejarme.
—Sí.
—¿Y tú me ayudaste?
Victoria asintió.
—Intenté hacerlo.
Valentina la miró con incredulidad.
—No lo sentí así.
Victoria bajó la mirada.
—Lo sé.
Hubo un largo silencio.
—Te amenacé porque sabía que alguien estaba escuchando. Si te hubiera dicho la verdad, habrías intentado quedarte. Y entonces te habrían encontrado.
Valentina sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Me fui pensando que me odiabas.
Victoria negó lentamente.
—Nunca te odié.
Entonces miró a Leo.
—Y jamás quise que ese niño sufriera.
Leo se acercó a ella.
—¿Entonces tú me estabas cuidando?
Victoria sonrió entre lágrimas.
—Desde lejos.
Leo pensó unos segundos.
Después extendió los brazos.
Victoria lo abrazó.
Adrián observó la escena en silencio.
Aquello era algo que jamás había imaginado.
Su madre abrazando al hijo que él no había conocido durante cinco años.
Su familia comenzaba a tomar una forma inesperada.
Más tarde, Victoria entregó a Adrián una pequeña caja.
—Esto pertenecía a tu padre.
Adrián la abrió.
Dentro había una llave antigua y un documento doblado.
—¿Qué es?
—La llave de una caja de seguridad.
Adrián levantó la mirada.
—¿Dónde?
Victoria respondió:
—En el banco que tu padre utilizaba antes de morir.
Valentina se acercó.
—¿Qué hay dentro?
Victoria negó.
—No lo sé.
Adrián tomó la llave.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque no era el momento.
—¿Y ahora sí?
Victoria miró a Leo.
—Ahora ya no pueden esconder la verdad.
De pronto, el teléfono de Victoria comenzó a sonar.
Ella miró la pantalla.
Su expresión cambió.
—¿Quién es? —preguntó Adrián.
Victoria no respondió.
Contestó.
—¿Sí?
Nadie pudo escuchar lo que decían al otro lado.
Pero Victoria comenzó a palidecer.
—No.
Adrián se levantó.
—¿Qué ocurre?
Victoria terminó la llamada.
—Nos encontraron.
Adrián inmediatamente tomó la mano de Leo.
—¿Quién?
Victoria miró hacia las ventanas.
—La persona que estuvo detrás de todo esto.
Un ruido se escuchó afuera.
Leo se escondió detrás de Valentina.
Adrián se colocó frente a ellos.
—Todos tranquilos.
Victoria señaló la puerta trasera.
—Deben salir por ahí.
—No voy a dejarte.
—Adrián, hazme caso.
—¡No!
Victoria lo miró con firmeza.
—Si quieres proteger a tu hijo, tienes que aprender algo.
Adrián guardó silencio.
—Una familia no se protege luchando sola —continuó ella—. Se protege permaneciendo unida.
Valentina tomó la mano de Adrián.
—Tiene razón.
Adrián miró a Leo.
El pequeño sostenía su dinosaurio con fuerza.
—Papá...
Adrián se agachó.
—¿Sí?
—¿Nos vamos juntos?
Adrián sonrió.
—Siempre.
Los tres comenzaron a caminar hacia la salida.
Pero antes de cruzar la puerta, Leo se detuvo.
—Papá.
—¿Qué pasa?
Leo señaló el suelo.
Había una fotografía.
Adrián la recogió.
Su rostro cambió inmediatamente.
En la imagen aparecían su padre, Victoria...
y una tercera persona.
Una persona que Adrián conocía perfectamente.
Valentina miró la fotografía.
—¿Quién es?
Adrián no respondió.
Sus ojos estaban llenos de incredulidad.
—No puede ser...
—¿Quién? —insistió Valentina.
Adrián levantó lentamente la mirada.
—Mi padre confiaba en esta persona.
Victoria se acercó.
Al verla, también quedó paralizada.
Porque aquella fotografía demostraba algo que ninguno de ellos quería aceptar:
El verdadero enemigo llevaba cinco años dentro de la familia.
Y esta vez, no estaba dispuesto a esperar más.