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Cita A Ciegas Con El Diablo (Y Otras Formas De Morir)

Cita A Ciegas Con El Diablo (Y Otras Formas De Morir)

Status: Terminada
Genre:Maldición / Demonios / Romance / Completas
Popularitas:468
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Cuando Valeria hereda una casona colonial en ruinas, cree que su único problema serán las termitas, no el fantasma carnicero del siglo XIX que intenta arrancarle la cabeza en el baño. Sin opciones, contrata a Gabriel Thorne, un demonólogo y cazador de lo paranormal tan frío, perfecto y calculador que parece hecho de mármol. Valeria no sabe callarse la boca, actúa antes de pensar y le encanta sacarlo de su quicio profesional; Gabriel cree tener cada riesgo bajo control, hasta que descubre que la impredecible audacia de Valeria es la única fuerza capaz de derretir su armadura. Entre rituales sangrientos, monstruos grotescos y discusiones sarcásticas a medianoche, la tensión entre ambos escala de un odio racional a una pasión feroz que amenaza con consumir sus vidas antes de que lo haga la maldición.

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CAPÍTULO 16: Las raíces de la piedra madre

El mes de junio irrumpió en la cuenca alta del río con un calor denso y sofocante que disipó los últimos vestigios de la niebla matutina. La brisa seca que descendía de los crestones de la sierra olía a jara quemada, tierra calcinada y pino resinoso, anunciando un verano largo y árido que prometía poner a prueba el caudal de los torrenteras y la resistencia de los pozos de la comarca.

​En la Casona de los Cedros, el cambio de estación no se medía únicamente por el termómetro de mercurio fijado junto a la puerta del pórtico. En las paredes de la bodega baja, la humedad constante que solía condensarse en gotas brillantes sobre los sillares de granito se había evaporado casi por completo, dejando al descubierto una textura seca, áspera y tibia que atestiguaba la drástica reducción de la tensión telúrica en el subsuelo.

​A las seis de la mañana, Valeria Gómez descendió la escalera de madera del vestíbulo vistiendo una blusa ligera de lino blanco con las mangas recogidas, pantalones holgados de trabajo de color caqui y sus inseparables botas de cuero con la punta desgastada. Llevaba en la mano un juego de llaves de latón y un libro de registro encuadernado en lona donde anotaba meticulosamente las variaciones de temperatura de los tres niveles de la vivienda.

​Al llegar al descansillo de la primera planta, se detuvo ante la puerta abierta del gabinete de estudio.

​Gabriel Thorne no había dormido en su cama esa noche. Estaba sentado ante la gran mesa de nogal, con la camisa blanca desabotonada en el cuello, los chalecos arrojados sobre el respaldo de la silla de cuero y los brazos apoyados sobre una impresionante pila de planos topográficos a escala 1:5000. Frente a él, dos quinqués de aceite de parafina emitían una luz dorada y suave que recortaba la rigidez impecable de sus facciones contra la penumbra de la estancia.

​A su lado, el profesor Anselmo Rivas dormitaba profundamente en el sillón de orejas, con las gafas de lectura sobre la punta de la nariz y un tomo encuadernado en piel sobre el regazo.

​Valeria apoyó el hombro contra el marco de la puerta y cruzó los brazos, observando a Gabriel con una mezcla de cansancio afectuoso y resignación.

​—Don Frío —dijo ella con voz suave, rompiendo el silencio del gabinete—. Si no me falla la memoria, el contrato de copropiedad que redactaste en abril incluía una cláusula muy específica sobre el descanso obligatorio de los analistas principales antes de las ocho de la mañana.

​Gabriel no levantó la mirada del plano que estaba midiendo con un compás de puntas secas. La luz de la lámpara hacía brillar sus ojos azules con un destello febril, concentrado, donde la fatiga física parecía haber sido completamente anulada por la disciplina de su mente.

​—La cláusula cuatro coma tres establece excepciones para situaciones de ajuste perimetral, Valeria —contestó él con su voz grave y pausada—. Y el Consejo Supremo de Thorne & Asociados se reúne en la capital dentro de exactamente catorce días.

​Valeria caminó hacia la mesa, rodeó el sillón del profesor Rivas para no despertarlo y se detuvo justo detrás de Gabriel. Deslizó los dedos por el hombro de él, sintiendo la dureza de los músculos del cuello que se mantenían tensos como cables de acero.

​—Llevas setenta y dos horas sin salir de esta habitación, Gabriel —murmuró ella, inclinándose para apoyar la barbilla en su hombro—. Las dos estaciones de alivio que reabrimos en la ermita y en la mina de La Deseada están funcionando a la perfección. La presión del nudo ha bajado un treinta por ciento. Tu madre no tiene ningún argumento técnico para exigir la expropiación del cauce.

​Gabriel dejó el compás sobre la mesa, se reclinó despacio contra el respaldo de la silla y apoyó la cabeza hacia atrás, mirando a Valeria desde abajo. Sus ojos mostraban pequeñas líneas de agotamiento en las comisuras, pero su rostro conservaba la serenidad impertérrita del estratega que evalúa cada posibilidad del tablero.

​—Mi madre no busca un argumento técnico, Valeria —explicó Gabriel, tomando la mano de ella y entrelazando sus dedos con una fuerza suave pero firme—. Busca un resquicio en el título de propiedad. Y la tercera estación de alivio, la que se encuentra en el pozo de la antigua herrería de San Pedro, se sitúa exactamente en el límite jurisdictional entre el término municipal del pueblo y los terrenos forestales que la firma adquirió en 1974.

​Valeria frunció el entrecejo, recordando la ubicación de la vieja herrería arruinada en la cuenca sur.

​—Esa herrería lleva abandonada desde la guerra civil, Gabriel. Los muros de piedra se cayeron hace cuarenta años.

​—Los muros de la superficie se cayeron, en efecto —corregió Gabriel, incorporándose y señalando con el índice un punto específico del plano—. Pero la forja subterránea y el pozo de filtración de hierro siguen intactos. Mi padre dejó registrado en sus notas secretas que Esteban Alarcón instaló allí el tercer resonador pasivo para disipar las frecuencias electromagnéticas producidas por el depósito de mineral de hierro de la colina. Si no estabilizamos ese punto antes de la reunión del Consejo, los abogados de la firma solicitarán una orden de embargo cautelar sobre toda la vertiente sur alegando "riesgo de contaminación galvánica".

​Valeria soltó un largo suspiro, acariciándole la mejilla a Gabriel con la yema del pulgar. La barba de dos días del especialista comenzaba a ser áspera al tacto, un detalle insólito en un hombre que solía cuidar su aspecto con un rigor casi quirúrgico.

​—Entendido —dijo ella, inclinándose para besarle la sien—. Pues entonces nos vamos a la herrería de San Pedro esta misma mañana. Pero antes vas a subir al dormitorio, te vas a lavar la cara y vas a desayunar una taza de café caliente con tostadas. O me veré en la obligación de ejercer mi derecho de veto como copropietaria mayoritaria.

​Gabriel esbozó esa pequeña sombra de sonrisa interior que solo ella era capaz de arrancarle. Se puso en pie despacio, abotonándose la camisa con dedos lentos pero precisos.

​—Su autoridad en materia de logística alimentaria sigue siendo indiscutible, señorita Gómez —dijo él, rodeándole la cintura con el brazo derecho y atrayéndola contra su pecho durante un largo segundo de quietud absoluta—. Subiré al dormitorio. Pero el café deberá estar listo en quince minutos.

​A las nueve de la mañana, la expedición hacia la herrería de San Pedro se puso en marcha bajo un sol abrasador que ya hacía vibrar el aire sobre las piedras del camino.

​A diferencia de los ascensos anteriores a la ermita de San Juan y a la garganta del río Negro, el trayecto hacia la cuenca sur discurría por un terreno llano pero difícil: un páramo seco cubierto de matorral bajo, encinas chaparras y cárcavas de arcilla roja desgastadas por las lluvias de invierno.

​El furgón de Mateo no podía avanzar por las roderas profundas del camino vecinal, por lo que el grupo realizaba el recorrido a pie. Mateo caminaba en cabeza, con una mochila pesada a la espalda que contenía los aparatos de medición de inducción y una herramienta de desencofrado de aleación de bronce. Detrás de él, el profesor Anselmo Rivas avanzaba con un paso sorprendentemente ágil para su edad, apoyándose en un bastón de fresno y cubriéndose la cabeza con su amplio sombrero de fieltro.

​Gabriel y Valeria caminaban juntos al final de la columna. Gabriel vestía su chaqueta de lona encerada de color pardo, pantalones tácticos reforzados y botas de cuero de caña alta, llevando colgado al hombro el maletín de cuero donde custodiaba los diarios de Guillermo Thorne y las herramientas de calibración de cuarzo. Valeria llevaba su cazadora de cuero ligera, una pañoleta roja que le protegía la nuca del sol y un nivel de burbuja de latón en el bolsillo lateral de su pantalón.

​—Este sector de la comarca fue el corazón industrial del valle en el siglo XIX —explicaba el profesor Rivas mientras cruzaban un cauce seco cubierto de cantos rodados—. Aquí se moldeaba el hierro para las vigas de la Casona de los Cedros y para las rejas de los edificios públicos de la capital. Esteban Alarcón construyó la herrería sobre un manantial de agua ferruginosa para aprovechar las propiedades conductoras del metal disuelto.

​Valeria se detuvo a contemplar la silueta de la colina de San Pedro que se alzaba a unos quinientos metros de distancia.

​En la falda de la colina, semioculta por una espesa vegetación de zarzas silvestres y ortigas gigantes, se adivinaban los restos de la herrería: una alta chimenea de ladrillo rojo que se mantenía en pie desafiando a la gravedad y varios arcos de piedra hundidos que marcaban el perímetro de las antiguas naves de trabajo.

​—¿Y por qué la firma no intentó destruir esta estación cuando clausuraron las demás? —preguntó Valeria, alcanzando la posición de Gabriel.

​—Porque no pudieron encontrar la entrada de la forja subterránea —respondió Gabriel con su voz pausada—. Esteban diseñó el acceso al nivel inferior mediante un sistema de contrapesos hidráulicos que se inundó de forma natural cuando la herrería fue abandonada. Para los técnicos de Thorne & Asociados, el pozo de San Pedro no era más que una ruina ordinaria sin interés estructural.

​Mateo se detuvo en el lindero de la propiedad, junto a una vieja hito de piedra que marcaba el límite del término municipal. Se agachó, examinó la tierra arcillosa y señaló con la mano tres huellas profundas de neumáticos de taco ancho que discurrían en paralelo al camino.

​—Tenemos compañía, señor Thorne —informó Mateo con su tono neutro pero alerta—. Un vehículo todoterreno de la división de prospección ha pasado por aquí hace menos de doce horas.

​Gabriel se acercó a la huella, se arrodilló sobre la arcilla roja y midió la anchura de la rodera con la palma de su mano.

​—Neumáticos de alta tracción de ocho lonas —evaluó Gabriel con precisión matemática—. Modelo estándar de los equipos de auditoría de campo de la firma. Mi madre ha enviado una patrulla de reconocimiento preventivo antes de la sesión del Consejo.

​Valeria apretó los puños, mirando la chimenea de ladrillo con la mandíbula tensa.

​—¿Crees que están dentro de la herrería?

​—No tienen las coordenadas exactas de la cámara subterránea, Valeria —aseguró Gabriel, poniéndose en pie y sacando de su chaleco un receptor de señal electromagnética de bolsillo—. Pero la presencia de sus sensores en la zona confirma que no podemos demorar la calibración del tercer resonador. Mateo, asuma la cobertura del flanco este desde la chimenea. Nosotros ingresaremos al nivel inferior por el canal de desagüe de la forja.

​El acceso al nivel inferior de la herrería de San Pedro no se realizaba por la puerta principal de la nave arruinada, sino por una pequeña boca de tunelización de piedra de sillería oculta bajo las raíces de un sauce llorón centenario en la orilla del cauce seco.

​El túnel era estrecho, bajo y olía intensamente a óxido de hierro, humedad estancada y moho antiguo. Las paredes estaban cubiertas por una pátina de color naranja rojizo provocada por la precipitación de los minerales del agua ferruginosa que durante décadas había circulado por el conducto.

​Gabriel avanzaba en primer lugar, iluminando el camino con una linterna frontal de luz cálida y manteniendo una mano apoyada sobre la bóveda de ladrillo para evaluar la estabilidad de la estructura. Detrás de él, Valeria y el profesor Rivas caminaban agachados, cuidando de no pisar las charcas de barro rojo que cubrían el suelo del túnel.

​A los cincuenta metros de recorrido, el tunel se ampliaba repentinamente para dar paso a la Forja de los Tres Yungues, una gran sala subterránea de forma rectangular excavada en la matorral arcilloso y reforzada con grandes arcos de ladrillo visto.

​En el centro de la sala, iluminados por los haces de las linternas frontales, se conservaban tres enormes yunque de hierro fundido fijados a cepos de madera de roble, un fuelle de cuero de tres metros de longitud colgado de la viga central y un gran pilón de forja accionado por un sistema de ruedas dentadas de bronce.

​En el extremo norte de la sala, ocupando el lugar donde antiguamente se situaba el horno principal, se abría un pozo circular de cuatro metros de diámetro, revestido de losas de basalto negro y lleno de un agua de color rojo oscuro que permanecía completamente inmóvil, como un espejo de metal líquido.

​En el fondo del pozo, sumergido a dos metros de profundidad en el agua ferruginosa, se vislumbraba la silueta de un gran disco de bronce de dos metros de diámetro con una enorme esfera de cuarzo transparente en su centro.

​Valeria se acercó al borde del pozo, fascinada por el reflejo de la luz halógena sobre la superficie roja del agua.

​—Es el pozo de filtración de hierro... —susurró ella.

​—Es el tercer resonador pasivo —corregió Gabriel, arrodillándose en el borde del pozo y sumergiendo un sensor de conductividad galvánica en el agua roja—. El hierro disuelto en el agua actúa como una pantalla de apantallamiento magnético. Esteban Alarcón utilizó la densidad de este líquido para neutralizar las corrientes parásitas que descendían de las minas de la cresta superior.

​El profesor Rivas se acercó con sus notas, ajustándose las gafas con entusiasmo.

​—Mira la esfera de cuarzo, Gabriel —dijo el anciano profesor, señalando la profundidad del pozo—. No está flotando como las otras. Está anclada a la base por tres cadenas de bronce conectadas a las palancas del fuelle. Para activar este alivio, debemos restablecer la circulación de aire en el conducto de la chimenea para que el agua del pozo comience a drenar hacia el acuífero inferior.

​Gabriel examinó el mecanismo de madera y bronce del fuelle central. El cuero de la estructura estaba endurecido por el paso del tiempo y cubierto de una capa fina de polvo de hierro, pero las bisagras de bronce y los contrapesos de plomo se conservaban en un estado de conservación excepcional.

​—El cuero del fuelle requiere una impregnación inmediata de aceite vegetal para recuperar su elasticidad antes de aplicar tracción mecánica —dictaminó Gabriel, abriendo su maletín de herramientas y sacando una lata de grasa de caballo purificada—. Valeria, aplique la grasa sobre las costuras laterales del cuero mientras yo ajusto la tensión de las cadenas de bronce.

​Valeria tomó la lata de grasa y una brocha de cerdas de cáñamo, acercándose al gran fuelle suspenso de la viga.

​—Manos a la obra, Don Frío —dijo ella con determinación—. No vamos a dejar que los inspectores de tu madre encuentren este pozo activo.

​Durante cuarenta minutos, el silencio de la forja subterránea solo se vio interrumpido por el sonido constante de la brocha de Valeria hidratando el cuero viejo, el chasquido metálico de las herramientas de Gabriel ajustando los eslabones de las cadenas de bronce y las lecturas metódicas que el profesor Rivas recitaba en voz alta desde sus cuadernos de campo.

​Poco a poco, el olor a hierro viejo y humedad estancada fue dejando paso al aroma denso de la grasa de caballo y al sordo chasquido de las poleas de bronce que volvían a girar sobre sus ejes después de ochenta años de inactividad.

​Finalmente, Gabriel se colocó junto a la gran palanca de madera de encina que accionaba el fuelle principal. Miró a Valeria, que permanecía al otro lado de la estructura con la brocha en la mano y la cara manchada de una fina raya de polvo de hierro rojo.

​—La tensión de las cadenas es nominal, Valeria —informó Gabriel—. El sistema está listo para la primera carrera de aire.

​—Adelante, especialista —dijo ella con una sonrisa limpia—. Dale aire a esta montaña.

​Gabriel aplicó el peso de su cuerpo sobre la palanca de encina.

​La madera de la viga crujió con un gemido grave y profundo que resonó en los arcos de ladrillo de la estancia. El gran fuelle de cuero se expandió despacio, absorbiendo una gran masa de aire fresco que descendió por el conducto de la chimenea exterior, y luego se comprimió con una fuerza imparable.

​Un torrente de aire comprimido penetró por la tubería de bronce del fondo del pozo.

​El agua roja del pozo comenzó a borbotear con violencia, levantando una espuma fina de color rosado que despedía un intenso olor a ozono y mineral fresco. En el fondo del pozo, la enorme esfera de cuarzo transparente comenzó a elevarse despacio sobre su soporte de bronce, desprendiéndose de la capa de sedimento que la cubría y emitiendo un resplandor dorado y cálido que iluminó por completo la estancia subterránea.

​Las losas de basalto negro del pozo comenzaron a vibrar con un pulso armónico, constante y profundo que pareció recorrer toda la estructura de la colina de San Pedro.

​—¡El tercer resonador está en línea! —exclamó el profesor Rivas con los brazos en alto, con las lágrimas marcando dos surcos limpios en el polvo de sus mejillas—. ¡Tres de seis, Gabriel! ¡La mitad de la red de Esteban Alarcón vuelve a estar operativa!

​Valeria se acercó al pozo, contemplando la luz dorada que emanaba de las profundidades del agua roja. El resplandor se reflejaba en sus ojos oscuros con una intensidad mágica, transformando la antigua forja subterránea en un templo de piedra y bronce dedicado a la protección de la tierra.

​Gabriel dejó la palanca de madera, se acercó a ella y le tomó la mano, entrelazando sus dedos con una firmeza que transmitía la misma solidez que los muros de la Casona de los Cedros.

​—Tres estaciones completadas, Valeria —dijo Gabriel en un murmullo que solo ella pudo escuchar en mitad del murmullo del pozo—. La vertiente sur de la comarca ha quedado totalmente protegida contra la cristalización forzada.

​Valeria se giró hacia él, le tomó las solapas de la chaqueta de lona encerada y lo besó con una pasión limpia y profunda que Gabriel correspondió rodeándole la cintura con sus brazos y estrechándola contra su cuerpo con una intensidad que disipó cualquier resto de cansancio en su mente.

​Sin embargo, la celebración en la forja subterránea duró poco.

​Un chasquido agudo y seco, metálico y distante, resonó desde el túnel de entrada de la herrería, seguido inmediatamente por el eco de dos detonaciones cortas de baja intensidad que hicieron caer una fina lluvia de polvo de ladrillo desde la bóveda de la sala.

​Gabriel soltó a Valeria de inmediato, situándola instintivamente detrás de su cuerpo mientras su mano derecha buscaba el receptor de frecuencias del chaleco.

​El profesor Rivas se congeló junto al pozo, apretando la carpeta de manuscritos contra su pecho con el rostro pálido como la cera.

​—¿Mateo? —murmuró Valeria, intentando mirar por encima del hombro de Gabriel hacia la penumbra del túnel.

​Gabriel sacó su pequeña linterna táctica de alta intensidad y la enfocó hacia la embocadura del túnel de entrada.

​Desde la penumbra de la galería de acceso, el sonido de unas botas de suela rígida pisando sobre los cantos rodados del suelo anunció la llegada de tres figuras que avanzaban con paso metódico y coordinado.

​Las tres figuras vestían trajes tácticos de color gris oscuro fabricados en fibra sintética de aramida, cascos integrales con visera panorámica de espejo y llevaban al hombro medidores de campo galvánico de alta frecuencia de la firma Thorne & Asociados.

​En la cabeza del grupo caminaba una mujer de unos cincuenta y cinco años, de figura esbelta, alta y de una elegancia gélida e impecable. Vestía un abrigo largo de paño de lana de color azul marino con botones de plata, pantalones de vestir oscuros y guantes de piel de cabritilla negra. Su cabello canoso estaba recogido en un moño tirante sin un solo pelo fuera de su sitio, y sus ojos, de un azul acerado y distante, eran idénticos a los de Gabriel Thorne.

​Era Victoria Thorne. La presidenta del Consejo de Administración y la madre de Gabriel.

​A su izquierda, un paso por detrás, Mateo caminaba en silencio con las manos sujetas a la espalda por un par de grilletes de polímero de alta resistencia, custodiado por el agente táctico de la firma que encabezaba la escolta.

​—Una ejecución técnica notable, Gabriel —declaró Victoria Thorne con una voz clara, modulada y carente de cualquier matiz de emoción afectiva que resonó en los arcos de ladrillo de la forja—. Tres estaciones de alivio pasivo reabiertas en menos de seis semanas utilizando tecnología declarada obsoleta en 1924. Debo admitir que tu desempeño operativo ha superado los pronósticos más optimistas del departamento de análisis.

​Gabriel no se movió de su posición. Mantuvo el cuerpo erguido, los pies asentados sobre las losas de la sala y la mano izquierda extendida hacia atrás, manteniendo a Valeria firmemente a su resguardo.

​—Has cruzado el límite de la jurisdicción municipal, madre —dijo Gabriel con una voz que rivalizaba en frialdad con la de la presidenta—. Este terreno está registrado bajo el régimen de protección de servidumbres de agua del ayuntamiento. Tu presencia y la de tus agentes tácticos constituye una violación directa de los acuerdos de neutralidad territoriales.

​Victoria Thorne se detuvo a tres metros del pozo de filtración, observando la luz dorada que emanaba del agua roja con un desprecio sutil y calculado. Luego dirigió sus ojos de hielo hacia Valeria Gómez, examinándola desde la pañoleta roja de su cabeza hasta las botas manchadas de barro con la fría indiferencia de un inspector que evalúa un obstáculo insignificante en un plano inmobiliario.

​—Las servidumbres de agua del siglo XIX carecen de validez frente a las resoluciones de la comisión de seguridad regional, Gabriel —respondió Victoria, ajustándose los guantes de piel negra—. He firmado esta misma mañana una orden de ocupación preventiva sobre toda la cuenca sur por "riesgo de inestabilidad tectónica no controlada".

​—La inestabilidad tectónica no existía hasta que vuestros laboratorios empezaron a forzar la cristalización del subsuelo para expropiar las fincas del pueblo —intervino Valeria, dando un paso al frente al lado de Gabriel con los ojos echando chispas de rabia contenida.

​Victoria Thorne miró a Valeria con una leve elevación de su ceja izquierda, como si acabara de escuchar hablar a un objeto inanimado.

​—Usted debe de ser la señorita Gómez —dijo la presidenta con una cortesía helada—. La heredera de Matilde Alarcón. Debo felicitarla por su capacidad de persuasión. Ha conseguido que el analista más brillante de la firma Thorne tire por la borda una carrera de quince años para jugar a los carpinteros en una casona en ruinas.

​—No ha tirado nada por la borda, señora Thorne —contestó Valeria con la cabeza muy alta—. Gabriel ha hecho lo que ningún hombre de su familia tuvo el valor de hacer en cincuenta años: reparar el daño que ustedes causaron por pura codicia corporativa.

​Victoria dejó escapar una pequeña risita breve, seca y desprovista de cualquier calidez humana.

​—La codicia corporativa es lo que mantiene la red eléctrica de esta provincia funcionando, señorita Gómez —dijo la presidenta, volviendo su atención hacia Gabriel—. Pero no he venido aquí a debatir sobre filosofía del desarrollo regional. He venido a ofrecerte una última oportunidad de reintegración, Gabriel.

​Gabriel no parpadeó.

​—No hay nada que reintegrar, madre. Mi contrato con la firma está rescindido y el régimen de copropiedad de la Casona de los Cedros está legalmente blindado.

​—Tu contrato está suspendido, no rescindido —corregió Victoria Thorne, sacando de su abrigo un sobre de papel satinado de color gris con el sello de cera negra de la junta directiva—. El Consejo Supremo se reúne dentro de dos semanas. Si aceptas volver a la capital como director general del Departamento de Contención y entregas las claves de acceso a los tres resonadores que has reabierto, la firma retirará todas las demandas de expropiación sobre la Casona de los Cedros y otorgará a la señorita Gómez una pensión vitalicia por la cesión de los derechos de explotación del subsuelo.

​Un silencio denso y pesado como el granito cayó sobre la forja subterránea.

​El profesor Rivas miró a Gabriel con el rostro descompuesto por el temor, mientras que Mateo, desde su posición de cautivo, mantuvo la mirada fija en el suelo con la disciplina del soldado que espera la orden de su comandante.

​Valeria no miró a la presidenta Thorne. Miró de perfil el rostro de Gabriel, observando la línea impecable de su mandíbula, la serenidad de sus ojos azules y la firmeza indestructible de su postura. Sabía la respuesta antes de que él pronunciara una sola palabra.

​Gabriel tomó el sobre de papel satinado gris de las manos de su madre con una lentitud deliberada. Lo sostuvo entre sus dedos durante dos segundos, sintiendo el peso de la oferta corporativa que durante doce años habría representado la cúspide de su carrera profesional.

​Luego, con un movimiento metódico, limpio y sin un solo rasgo de dudar, rompió el sobre por la mitad y dejó caer los pedazos de papel sobre el agua roja del pozo de filtración.

​Los pedazos de papel satinado se hundieron de inmediato en el agua ferruginosa, absorbidos por la corriente dorada del tercer resonador.

​—Mi respuesta está registrada en el pozo, madre —declaró Gabriel con su voz más profunda y firme—. La Casona de los Cedros no está en venta. La red de Esteban Alarcón no se cederá a la firma. Y mi lugar está en este valle, junto a la mujer que me enseñó a vivir fuera de vuestras ecuaciones de contención.

​Victoria Thorne no mostró sorpresa ni ira en su rostro. La máscara de hielo de la presidenta permaneció inalterable, pero en el fondo de sus ojos azules se encendió un destello de frialdad absoluta, la determinación inflexible de quien ha decidido destruir un obstáculo que ya no puede controlar.

​—Has tomado tu decisión, Gabriel —dijo Victoria, dando un paso atrás hacia la escolta táctica—. Una decisión que lamentarás antes del solsticio de verano. La comisión de expropiación ejecutará la orden sobre la herrería de San Pedro a las doce de la noche del quince de junio. Y esta vez no habrá oferta de negociación para la propietaria.

​La presidenta Thorne se giró sobre sus talones, haciendo una señal con la mano a sus agentes tácticos.

​—Liberen al sirviente —ordenó Victoria refiriéndose a Mateo—. No necesitamos cautivos para la fase final del despliegue.

​El agente táctico desabrochó los grilletes de Mateo con un chasquido metálico y el grupo de la firma se retiró en orden por el túnel de acceso, dejando tras de sí el eco de sus pasos perdiéndose en la penumbra de la herrería.

​Diez minutos más tarde, el grupo de la casona estaba reunido en el centro de la forja subterránea.

​Mateo se frotaba las muñecas marcadas por los grilletes mientras comprobaba el estado de las herramientas, el profesor Rivas intentaba calmar el temblor de sus manos bebiendo un trago de agua de su cantimplora y Valeria estaba sentada en el borde del pozo de filtración, mirando la luz dorada que continuaba emanando de las profundidades del agua roja.

​Gabriel estaba de pie a su lado, habiéndose quitado la chaqueta de lona encerada para revisar la tensión de la palanca del fuelle.

​Valeria se levantó despacio, se acercó a él por detrás y rodeó su cintura con los brazos, apoyando la cara contra la tela suave de su camisa blanca.

​—Ha sido duro, ¿verdad? —murmuró ella con voz muy suave.

​Gabriel dejó la herramienta sobre el marco de madera, se giró entre sus brazos y la abrazó con una fuerza abrumadora, hundiendo el rostro en el cuello de Valeria y respirando profundamente el aroma a lino, tierra y canela que ella desprendía.

​—Fue la decisión más sencilla de toda mi vida, Valeria —confesó Gabriel con una sinceridad transparente que hizo temblar su voz por primera vez en meses—. Mi madre representa el pasado de esta montaña. Tú representas mi futuro.

​Valeria alzó la cabeza, le tomó el rostro con las dos manos y lo besó en los labios con una ternura infinita que disipó cualquier resto de la sombra helada que Victoria Thorne había intentado proyectar sobre ellos.

​—Nos quedan tres estaciones más por reabrir antes del quince de junio, Don Frío —dijo Valeria con sus ojos oscuros brillando con una determinación indestructible—. Y vamos a reabrirlas todas. Aunque tengamos que mover cada piedra de esta provincia con nuestras propias manos.

​Gabriel sonrió, esa sonrisa abierta, limpia y hermosa que iluminó por completo las facciones del especialista.

​—El cronograma de trabajo requiere una aceleración del treinta por ciento en el rendimiento de campo, señorita Gómez —declaró Gabriel, recuperando su tono de analista con una matiz de complicidad divertida—. Lo cual significa que mañana a las cinco de la mañana debemos estar en pie para iniciar la prospección de la cuarta estación: el molino de viento de la cresta alta.

​Valeria soltó una carcajada que hizo eco en las bóvedas de ladrillo de la antigua herrería.

​—Eres inagotable, Thorne. Pero te acepto el desafío.

​A las diez de la noche, el furgón de Mateo regresó a la Casona de los Cedros tras un recorrido de máxima seguridad por los caminos secundarios de la montaña.

​La casa los recibió con su serenidad habitual: el gran cedro del patio proyectaba su sombra majestuosa bajo la luz de la luna casi llena, las ventanas del primer piso reflejaban la calma de la noche invernal y el aire del valle traía el fresco delicioso de la brisa de la sierra.

​En la gran cocina de la primera planta, Valeria había preparado un tazón grande de sopa de verduras caliente y una hogaza de pan fresco que compartieron en silencio junto a la gran mesa de nogal.

​El profesor Rivas se retiró temprano a descansar al dormitorio de invitados del primer piso, exhausto por las emociones del día, mientras que Mateo asumió el primer turno de guardia en el pabellón de guardeses con su carabina ligera de repetición al alcance de la mano.

​Valeria y Gabriel subieron al dormitorio principal a las once de la noche.

​La estancia estaba a oscuras, iluminada únicamente por la luz blanca de la luna que penetraba por el gran ventanal de madera de castaño. El fuego de la chimenea menor de la habitación se había reducido a un lecho de brasas rojas que emitían un calor suave y reconfortante.

​Valeria estaba sentada en el borde de la gran cama de nogal, vistiendo su camisa de dormir de algodón blanco y soltándose el cabello oscuro que le caía en ondas suaves sobre los hombros.

​Gabriel estaba de pie junto al ventanal, vistiendo únicamente sus pantalones de franela oscura. Contemplaba el paisaje del valle con los brazos cruzados sobre el pecho, observando las luces distantes del pueblo que brillaban como pequeñas luciérnagas en la oscuridad de la cuenca.

​Valeria se levantó despacio, caminó descalza sobre la alfombra de lana hasta alcanzar su posición y se pegó a su espalda, rodeándole el torso desnudo con los brazos y sintiendo el latido firme y tranquilo de su corazón.

​—En qué piensas, Don Frío? —preguntó ella suavemente.

​Gabriel cubrió las manos de Valeria con las suyas, sintiendo la textura cálida y suave de su piel.

​—Pienso en que mi padre tenía razón, Valeria —dijo Gabriel, girándose despacio para quedar frente a ella en la penumbra de la habitación—. En su carta escribió que los verdaderos cimientos de esta casa no se miden por la densidad de la piedra ni por la resistencia de los materiales. Se miden por la capacidad de quienes la habitan para sostenerse mutuamente en mitad de la tormenta.

​Valeria alzó la vista hacia sus ojos azules, sintiendo que un nudo de felicidad pura le llenaba la garganta.

​—Estamos sosteniendo la montaña entera, Gabriel —dijo ella con una sonrisa dulce—. Y nos sostenemos el uno al otro. Nada de lo que haga tu madre en la capital va a cambiar eso.

​Gabriel le tomó el rostro con las dos manos, inclinándose hacia abajo para besarla en los labios con una devoción profunda, pausada y posesiva que borró por completo el recuerdo de la amenaza de la firma. Valeria respondió al beso enredando los dedos en su cabello claro, atrayéndolo hacia ella y dejándose llevar por la corriente de afecto e intimidad que los envolvió a ambos.

​Se movieron juntos hacia la cama de nogal, donde el calor de las mantas de lana y el reflejo rojo de las brasas de la chimenea crearon un refugio invulnerable contra el mundo exterior. Allí, en la penumbra de la noche de junio, el especialista en contención de riesgos y la heredera de la casona volvieron a entregarse el uno al otro con una pasión serena y definitiva, sellando su compromiso con la tierra y con su vida compartida.

​Afuera, la luna llena alcanzó la cúspide del cielo nocturno, iluminando con su luz de plata los contornos de la Casona de los Cedros. En la garganta del río Negro, en la ermita de San Juan y en el pozo de la herrería de San Pedro, los tres resonadores de bronce continuaban emitiendo su pulso dorado e invisible, tejiendo una red de protección indestructible que abrazaba a toda la comarca.

​La batalla final contra la firma Thorne & Asociados se aproximaba con el solsticio de verano. Pero entre los muros de piedra de la casona restaurada, la certeza del amor y la solidez de los cimientos construidos sobre la verdad garantizaban que el hogar de los Alarcón y los Thorne permanecería en pie para siempre.

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Martha Divas Delgado
🥰woooooo me encantan Valeria y don frío 🤭
Martha Divas Delgado
🥰 me encantó k don friosiempre midiendo todo
Martha Divas Delgado
wooooo espero no termine esta historia aqui
Isabel Sandoval
Jaaaa esa es buena jajaja/Facepalm/
Martha Divas Delgado
ooooooo me encanta 🤭
Martha Divas Delgado
siiiiiiiiiiiii
Martha Divas Delgado
o autora sentí k nuestro hombre frío ahora sí se iba a quedar bien frío
Martha Divas Delgado
autoraaaaa me gusta 🤭 k Valeria sea así y creo esto no acaba AKI con ese demonio verdad
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