Camila llega sola a Hollow Creek para olvidar la muerte de su madre. Su auto queda destrozado por trampas en el camino y encuentra a cinco jóvenes acampando. Pronto descubre que ese rincón de Texas esconde una familia que lleva generaciones aislada… y algo mucho más antiguo que ellos.
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Capítulo 8
No durmieron.
Nadie lo dijo en voz alta, pero se notaba en las caras cuando empezó a clarear. Los ojos hinchados, la boca seca, los movimientos lentos. La fogata se había apagado hacía horas y el frío se había metido en los huesos.
Leo fue el primero en levantarse. Revisó las linternas, contó las pilas que les quedaban y miró hacia la pendiente por donde se habían perdido las huellas de Mateo.
—Hoy lo encontramos —dijo. No sonó a promesa. Sonó a necesidad.
Salieron apenas hubo luz suficiente para no tropezar. Esta vez no dejaron nada importante en el campamento. Cargaron con lo poco que tenían: agua, el cuchillo, las linternas y la mochila casi vacía de Mateo. Tomi iba con el celular en la mano, grabando sin parar aunque la batería estuviera al límite.
Subieron por el mismo camino del día anterior. Las marcas en los árboles seguían ahí. Las huellas también, aunque el rocío las había suavizado. Cuando llegaron al hueco donde habían encontrado la mochila, el olor dulce era más fuerte. Ya no era solo dulce. Ahora tenía un fondo agrio, como carne que lleva días al aire.
Leo se detuvo.
—Por aquí no pasamos ayer.
Señaló un trocha más estrecha que se metía entre los arbustos hacia la izquierda. Las ramas estaban rotas a la altura de una persona. Alguien o algo había pasado hace poco.
Sofía miró a Naiara.
Esta no dijo nada. Solo asintió una vez, casi imperceptible.
Entraron en la trocha. Las ramas les arañaban la cara y los brazos. El terreno bajaba de golpe y el aire se volvía más pesado, más cerrado. Camila sentía el corazón en la garganta. Cada paso hacía crujir las hojas secas como si el bosque quisiera avisar de que llegaban.
Fue Tomi el que se detuvo de golpe.
—Joder…
Los demás se agolparon detrás.
En un pequeño claro irregular, medio escondido por matorrales, había un cuerpo.
O lo que quedaba de él.
Camila sintió que el estómago se le subía a la boca. Dio un paso atrás sin querer. Sofía soltó un sonido ahogado y se tapó la cara. Naiara se quedó quieta, mirando sin parpadear.
Era Mateo.
Lo reconocieron por la ropa. La camisa a cuadros que llevaba el día que se fue. El pantalón vaquero. Una de las botas todavía puesta. La otra estaba unos metros más allá, tirada como si se la hubieran arrancado.
El resto…
No había cara.
La cabeza estaba destrozada, abierta de un golpe brutal. La sangre ya se había secado en parte y formaba un charco oscuro y cuarteado bajo lo que quedaba del cuello. Un brazo faltaba por completo. El otro estaba doblado en un ángulo imposible, con el hueso blanco asomando a través de la carne rasgada. El torso tenía marcas profundas, como si algo con garras grandes hubiera tirado una y otra vez. Parte de las entrañas se veían, negruzcas, rodeadas de moscas que zumbaban con un ruido bajo y constante.
El olor era insoportable.
Dulce, agrio, podrido. Se metía en la nariz y en la boca aunque uno intentara no respirar.
Tomi se dobló a un lado y vomitó entre los arbustos. El sonido de las arcadas llenó el claro durante unos segundos. Leo se pasó una mano por la cara y se quedó mirando el cuerpo sin hablar. La mandíbula le temblaba.
Camila no pudo apartar la vista.
Había visto a su madre morir despacio, consumida por dentro. Esto era distinto. Esto había sido rápido y salvaje. Alguien, o algo, se había ensañado.
Sofía habló con la voz rota:
—Tenemos que… no podemos dejarlo así.
—¿Y llevarlo dónde? —preguntó Leo. La voz le salió ronca—. ¿Al campamento? ¿Cargar con esto kilómetros?
Naiara se agachó un poco, sin tocar nada.
—Las marcas no son de animal normal. Demasiado grandes. Y el corte del brazo… parece hecho con algo metálico. O muy afilado.
Camila sintió que las piernas le fallaban. Se apoyó en un árbol. La corteza se le clavó en la palma. Cerró los ojos un segundo y cuando los abrió el cuerpo seguía ahí. Las moscas seguían zumbando.
Tomi se limpió la boca con el dorso de la mano. Tenía los ojos llenos de agua.
—Esto… esto no puede estar pasando.
Leo se quitó la chaqueta y la extendió sobre lo que quedaba de la cabeza y el torso. No cubría mucho, pero al menos tapaba lo peor.
—Lo dejamos aquí por ahora. Marcamos el sitio. Cuando salgamos avisamos. Si es que salimos.
Nadie discutió.
No había fuerzas para discutir.
Se quedaron unos minutos más en silencio. El bosque alrededor parecía más quieto que nunca. Ni un pájaro. Ni una hoja moviéndose. Solo el zumbido de las moscas y la respiración entrecortada de los cinco que quedaban.
Camila miró las manos de Leo mientras colocaba la chaqueta. Temblaban. Después miró a Sofía, que tenía la cara blanca y los labios apretados. A Tomi, que ya no grababa. Y a Naiara, que seguía observando el cuerpo con una expresión difícil de leer. No era indiferencia. Era algo más viejo. Como si ya hubiera visto cosas parecidas.
El olor se les había pegado a la ropa.
Sabían que aunque se alejaran iba a seguir con ellos.
Leo rompió el silencio:
—Volvemos. Ahora. Y esta vez nadie se separa ni un segundo. Si hay algo ahí fuera que hizo esto, ya sabe que estamos aquí.
Empezaron a subir de nuevo por la trocha. Nadie miró atrás.
Pero Camila sintió, igual que las otras noches, que algo los observaba marcharse.
Y que no tenía ninguna prisa.
hey y aparezco ahí, mi nombre también es Leo