Tras ser traicionada por su mejor amiga y su entrenador, la prodigiosa animadora Emma es asesinada. Al renacer dos años antes, se une al equipo rival para reconstruirlo y reunir pruebas con las que desenmascarar a quienes la destruyeron.
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Capítulo 2: Las puertas del rival
El edificio de la Preparatoria Riverside era más antiguo que el de Westford, con paredes de ladrillo desgastadas y ventanas que parecían llevar años sin brillar. Al entrar, el olor era distinto: cera de suelos vieja, libros viejos y un toque de humedad. No había pancartas de campeonatos, ni fotos de equipos ganadores, ni brillo ni pompones por todas partes. Solo silencio y un ambiente de resignación, como si todos aquí ya hubieran aceptado que nunca ganarían.
Caminé por los pasillos con la mochila al hombro, sintiendo miradas sobre mí. No era para menos: todos sabían quién era Emma Vance, la estrella de Westford. Que apareciera aquí era algo que nadie esperaba. Y menos yo, si hubiera podido elegir.
Llegué al gimnasio, donde supuestamente entrenaba el equipo de animación. Las puertas estaban entreabiertas. Al empujarlas, la escena que vi me partió el corazón. Tres chicas estaban en una esquina, sentadas en el suelo, comiendo papas fritas y mirando el celular. Un chico, Lucas, intentaba practicar una voltereta pero tropezó y cayó de espaldas, soltando un quejido. No había música, no había orden, no había nadie dirigiendo el entrenamiento. El equipo de Riverside, el que yo esperaba reconstruir, era apenas un grupo de chicos y chicas que se reunían por costumbre, no por pasión.
—¿Quién eres tú? —preguntó una de las chicas, una chica de cabello rizado y ojos oscuros llamada Zoe, que me miraba con desconfianza.
—Soy Emma —dije, sin rodeos—. Vine para unirme al equipo.
Se miraron entre sí y soltaron una risa incrédula.
—¿La Emma de Westford? —dijo Lucas, frotándose la espalda—. ¿La capitana que gana todo? ¿Te perdiste o qué?
—No me perdí. Vine aquí porque quiero estar aquí —respondí, dejando la mochila en un rincón—. Y porque quiero que ganemos.
Zoe se levantó, sacudiéndose el uniforme descolorido.
—Aquí no se gana, Emma. Aquí sobrevivimos. Llevamos años sin pasar de la última posición. La directora casi nos quita el presupuesto el año pasado. No tenemos entrenador fijo, no tenemos dinero para uniformes nuevos, no tenemos nada. Así que si viniste a presumir, lárgate.
Su dureza no me ofendió. Al contrario, me recordó a mí misma antes de la traición: orgullosa, pero herida.
—No vine a presumir —dije, acercándome—. Vine porque sé lo que es trabajar duro para algo que te importa. Y sé que aquí hay potencial. Solo falta alguien que crea en ustedes, y que les enseñe lo que necesitan saber.
—¿Y tú crees que puedes? —preguntó otra chica, Mara, más bajita y tímida, que miraba desde el suelo—. Nadie ha podido nunca.
—No lo sé —admití—. Pero puedo intentarlo. Con ustedes. No quiero ser su jefa. Quiero ser su compañera. Y si no quieren que me quede, me iré. Pero al menos déjenme intentarlo una semana. Si no ven cambio alguno, me voy sin decir nada.
Hubo un silencio. Lucas se levantó, se sacó el polvo y me miró con curiosidad.
—Me cae. Al menos tiene valor. Nadie viene aquí ofreciendo ayuda.
Zoe dudó, pero finalmente asintió.
—Una semana. Pero si nos haces quedar mal, te echamos.
—Trato hecho —sonreí, una sonrisa que por primera vez en mucho tiempo sentí sincera—. Ahora, ¿qué les parece si empezamos? Primero, orden. Si no hay orden, no hay equipo.
Pasamos la siguiente hora practicando posturas simples, alineación y sincronización. Al principio, les costaba, se reían, se equivocaban. Pero yo no me impacienté. Les enseñé paso a paso, corregí con paciencia, los animaba cuando lo hacían bien. Y poco a poco, algo cambió. Dejaron de reírse de sí mismos. Prestaron atención. Se esforzaron.
Cuando terminamos, estaba oscureciendo. Estábamos todos sudados, cansados, pero diferentes.
—Nadie nos habían hablado así —dijo Mara, guardando sus cosas—. Nadie nos habían tratado como si pudiéramos hacerlo bien.
—Porque pueden —dije—. Y lo harán.
Mientras salía del gimnasio, sentí una mezcla de cansancio y esperanza. No iba a ser fácil. Tenía que reconstruir un equipo desde cero, enfrentarme a mi antiguo equipo, vigilar cada paso para no ser descubierta y, al mismo tiempo, buscar pruebas contra las dos personas que me mataron. Pero por primera vez desde que desperté, no sentí miedo. Sentí propósito.
Miré hacia el edificio de Westford, que se veía a lo lejos, iluminado. Sabía que Lila y el entrenador estaban allá, planeando, manipulando, preparándose para destruirme. Pero ya no era la chica que empujaron por las escaleras. Era la capitana de un equipo nuevo. Y esta vez, jugaba para ganar.