Un mafioso enamorado de una estudiante universitaria, ella es de una familia acomodada.
el tiene una empresa legal y aparte sus negocios ilegales.
ella es una chica curvy, el es alto y guapo
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Capítulo 2: Encuentro a orillas del mar
📖 Capítulo 2: Encuentro a orillas del mar
🗣️ En primera persona — Rafael
Observo el termo rosa que sostiene entre sus manos y no puedo evitar arquear una ceja. ¿En serio? Una mujer tan brillante y fuerte, y lleva consigo algo tan pequeño y frágil como ese objeto lleno de calcomanías y colores suaves. Es como si quisiera decirme: "Puedes ser imponente, pero aquí hay algo que se mantiene fuera de tu alcance". Y me gusta. Me gusta que tenga esa clase de límites.
Me acomodo en el asiento del copiloto, cruzo un pierna sobre la otra y le digo con voz tranquila pero firme:
—Al Motel Royal. Está cerca de aquí.
Verónica frena casi en seco y me mira con los ojos tan abiertos que por un instante creo que va a regañarme.
—¡Espera, vaquero! —exclama, con una mezcla de indignación y valentía que me toma por sorpresa—. Vamos a ir a la playa. Un lugar neutral, donde nadie nos conozca y podamos hablar con calma. Y para que lo sepas: no soy una de tus mujeres en turno. Creo que estás equivocándote de mí.
Me río por lo bajo, para mis adentros. Es feroz. Tiene fuego en la mirada y no se intimida por mi presencia. Eso, más que cualquier otra cosa, me atrapa. Mis labios se curvan en una sonrisa burlona, pero genuina.
—¿Putas? Eso fue bastante directo y fuerte —le digo, disfrutando su enojo—. La playa está bien. Pero no te creas tan especial, pequeña. No eres la única que ha dicho lo que piensa sin filtro.
Ella enciende el auto y arranca, pero no me quita los ojos de la carretera cuando pregunta:
—Entonces, si no es para lo que creo… ¿por qué fuiste a buscarme?
Me encojo de hombros, aunque sé que suena insuficiente incluso para mí mismo.
—Para verte. Solo eso. Necesitaba saber si eras real, y no solo una historia que alguien más inventó.
El resto del camino transcurre en silencio. No es un silencio incómodo, sino uno que nos permite respirar, procesar, observarnos de reojo. Veo cómo conduce con seguridad, con elegancia natural, con las manos firmes pero relajadas sobre el volante. Es diferente a todas las personas que conozco. No hay miedo en ella, solo precaución y dignidad.
Cuando llegamos a la playa, el sol comenzaba a descender lentamente hacia el horizonte, tiñendo el cielo de tonos dorados y naranjas que se reflejaban en el agua tranquila. Verónica abre la cajuela de su vehículo y saca una manta grande, una pequeña sombrilla plegable y una canasta. Me mira con una ceja levantada.
—¿No piensas ayudarme a bajar las cosas? O es que esas manos tan cuidadas no están hechas para mover nada que no sea dinero o poder —me dice, señalando mis manos recién arregladas.
Sonrío, sabiendo que tiene razón. Sé que parezco alguien que nunca levanta un dedo por sí mismo, y en parte es verdad. Pero algo en su tono me hace salir del auto con fingida molestia.
—Mis manos están perfectas tal como están —le digo, acercándome a la cajuela—. Y no tengo que justificarme ante nadie. Déjame adivinar… ¿también trajiste galletas caseras como si fuéramos a un picnic escolar?
Me mira con esa mezcla de paciencia y sarcasmo que ya empiezo a reconocer en ella.
—Claro que sí. Y son de chispas de chocolate. ¿Quieres una o prefieres seguir quejándote de que no te las ofrecí de rodillas? —responde, y hay algo en su sonrisa que me hace sentir que, por primera vez en mucho tiempo, alguien me está viendo a mí, no a mi nombre ni a mi dinero.
Sacamos todo y caminamos unos metros hasta encontrar un lugar despejado, donde la arena estuviera seca y suave. Extendemos la manta bajo la sombrilla, y cuando nos sentamos, ella se gira hacia mí con seriedad.
—Ahora sí. Dime. ¿Cómo conociste a Isabella? Quiero entender qué clase de historia le inventaste para que aparecieras así de la nada en mi universidad.
Me recargo sobre mis manos detrás de mí, mirando hacia el mar por un instante antes de responder.
—En el trabajo —digo simplemente.
—¿Qué tipo de trabajo? —insiste, sin dejarlo pasar.
La miro fijamente, sus ojos oscuros no se apartan de los míos.
—Importación y exportación. Negocios internacionales. No es tan emocionante como suena, pero requiere conocer a mucha gente. A veces, demasiada gente. Ahora te pregunto yo: ¿por qué Isabella te mentiría sobre ti? ¿Qué ganaría con eso?
Verónica baja la mirada por un momento, como si estuviera ordenando sus pensamientos antes de soltar algo que duele decir.
—No lo sé. A ti jamás te había visto en mi vida. Y ella… me ha tratado mal desde el primer día de universidad. No sé qué le hice para merecer eso.
Frunzo el ceño. No comprendo cómo alguien podría lastimar a alguien como ella, tan transparente y bondadosa.
—¿Por qué crees que te odia? —le pregunto con voz más suave.
—Eso jamás lo he sabido —responde, mirando cómo la arena se escapa entre sus dedos—. Yo no me meto con nadie. Prefiero estar en mi mundo, estudiar, leer, aprender cosas nuevas. No creo haberle hecho daño a propósito a nadie. No soy una mala persona… ¿o sí?
Me duele que se cuestione así. Entonces, de su bolsillo, saca un pequeño cuadrito envuelto en papel brillante y me lo extiende.
—No son galletas —me dice con una pequeña sonrisa—. Es mejor.
Lo tomo entre mis manos y lo observo: es un bombón relleno de chocolate oscuro, de buena calidad.
—No como azúcar —le digo, devolviéndoselo—. Gracias de todos modos. Prefiero algo más fuerte. Whisky, por ejemplo. Pero Isabella… ella me dijo que eras alguien importante para ella. Que debía conocerte porque serías especial. No entiendo por qué diría eso si siente lo contrario.
Verónica asiente lentamente y saca su teléfono. Me muestra capturas de pantalla de conversaciones antiguas. Los mensajes son duros, hirientes, crueles incluso. Leo cada uno con creciente inquietud.
—Quizás solo necesitaba desahogarse con alguien —dice ella con una sonrisa que no llega a sus ojos—. Isabella y yo éramos inseparables en el jardín de niños. Su papá trabaja en la empresa de mi familia. Era como tener una hermana. Hacíamos todo juntas. Y entonces entramos a la universidad y… cambió. Se alejó, empezó a decirme cosas feas, a ignorarme, a lastimarme con palabras. Muchos me dijeron que era por celos, por el estatus de mi familia. Pero el dinero nunca ha sido mío, es de mis padres. Yo solo quiero estudiar, trabajar y ser útil por mi propio esfuerzo.
Guarda el teléfono y mira hacia el horizonte, donde el mar se funde con el cielo en una línea infinita.
—Se ve como si no tuviera fin… —susurra, y una lágrima se le escapa y cae sobre la arena.
—No llores —le digo instintivamente, sintiendo una punzada en el pecho que no esperaba.
Se toca la mejilla rápidamente y seca la lágrima con la yema de los dedos, avergonzada.
—Lo siento. Me puse sentimental sin querer. Es solo que… no suelo hablar de esto con nadie. Esa es mi historia con Isabella. No sé por qué te hizo creer otra cosa, y en verdad lamento que te hayas hecho venir bajo mentiras. No eres el problema, Rafael. Ella tampoco lo es… solo estamos rotas de formas diferentes.
La observo en silencio por unos instantes. La brisa marina mueve sus rizos suavemente y hay una fortaleza en ella que me impresiona más que cualquier imperio que yo haya construido. No es frágil, es humana. Y en ese momento entiendo algo: no vine aquí porque alguien me dijo que me enamoraría de ella. Vine porque en cuanto vi su nombre, su foto, su historia… supe que necesitaba conocerla. Y ahora que estoy aquí, sentado a su lado, viendo cómo mira el mundo con ojos que aún creen en lo bueno a pesar de todo… sé que no me equivoco al haber venido.
—No lamento haber venido, Verónica —le digo con sinceridad, y por primera vez en mucho tiempo, no miento—. No importa por qué estoy aquí. Importa que ahora sé que existes. Y eso… eso ya cambia todo.
Ella me mira, sorprendida por mis palabras, y por un momento, el sonido de las olas parece ser lo único que existe en el mundo entero.