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La Princesa Del Destino Dorado: ¿Como Sobrevivir Al Emperador?

La Princesa Del Destino Dorado: ¿Como Sobrevivir Al Emperador?

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencarnación / Hijo/a genio
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis_Ochoa

Tras una muerte repentina en el mundo moderno, una joven despierta en el cuerpo de la princesa Evelyn, un personaje de una novela romántica de época que leyó en su vida pasada. Sin embargo, su destino es de todo menos idílico: en la historia original, Evelyn es una princesa olvidada e ignorada, destinada a morir trágicamente a los dieciocho años a manos de su propio padre, el cruel e implacable Emperador Aurelius, tras ser falsamente incriminada por su celosa media hermana.

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Capítulo 01

Abrió los ojos rodeada por un silencio absoluto que nunca antes había experimentado. No era el murmullo constante de la ciudad moderna a través de su ventana, ni el zumbido reconfortante de la electricidad, ni siquiera el tenue palpitar de su propio corazón, que ahora parecía sonar distante, amortiguado por algo espeso y pesado. Era un vacío sonoro tan profundo que le dolía en los oídos, una presión inmensa que le apretaba el cráneo. La oscuridad era completa, no la oscuridad amistosa de su habitación al apagar las luces, sino una negrura primordial, sin matices, que se extendía hasta donde sus ojos podían ver, o no ver, en esta extraña y sofocante cueva de seda.

Intentó moverse, pero sus extremidades se sentían extrañamente ligeras, casi ingrávidas, como si estuvieran hechas de algodón. Una punzada de pánico recorrió su cuerpo. ¿Estaba paralizada? ¿Era esto la muerte? La última cosa que recordaba era la repentina y brutal embestida de un autobús descontrolado, el chirrido metálico, el impacto, el dolor cegador que lo consumía todo. ¿Había sobrevivido? ¿Estaba en un hospital? Pero este silencio... esta oscuridad... no se parecía a nada que hubiera imaginado para un hospital. No había olor a desinfectante, ni el pitido monótono de las máquinas de soporte vital, ni las voces apagadas de las enfermeras. Solo la nada.

Un leve movimiento bajo su cabeza le indicó que estaba acostada. La superficie era increíblemente suave, casi líquida, y el tejido que rozaba su piel era de una calidad exquisita que no reconocía. Seda, pensó, con una lucidez sorprendente para alguien que acababa de enfrentar la muerte. Una seda tan fina que parecía bailar con cada mínimo roce. Intentó levantar una mano, y para su asombro, lo logró con una facilidad que la alarmó aún más. La mano que flotó en la oscuridad no era la suya. Era diminuta, delicada, con dedos pequeños y regordetes, y una piel inmaculada que no mostraba rastro de sus cicatrices de la vida pasada. Una mano de niña.

El pánico se intensificó, un escalofrío de terror helado que le recorrió la columna vertebral. Intentó gritar, pero de su garganta solo salió un gemido débil y agudo, una voz que no era la suya, una voz infantil que sonaba extraña y ajena. Era como si un impostor hubiera tomado posesión de su propio cuerpo vocal. Las lágrimas brotaron de sus ojos, calientes y abundantes, y sintió el leve goteo por sus mejillas. ¿Por qué no podía controlar su propia voz? ¿Por qué esta mano era tan pequeña?

Con un esfuerzo hercúleo, se impulsó hacia arriba. Sus pequeños músculos se tensaron, y se sentó erguida sobre lo que ahora reconocía como una cama gigantesca. Sus ojos se habían adaptado ligeramente a la oscuridad, o quizás una tenue luz comenzaba a filtrarse por algún resquicio, porque ahora podía distinguir algunas formas borrosas. Había un dosel sobre la cama, de un tejido opulento y pesado, y cortinas que lo rodeaban, creando una especie de capullo íntimo. El aire era pesado, cargado con un aroma a flores secas y a algo metálico, quizás el rancio olor del tiempo y la negligencia.

Se deslizó fuera de la cama, y sus pies, sorprendentemente diminutos y descalzos, tocaron una superficie fría y pulida. El suelo. Pisó con cautela, sintiendo la dureza y la lisura bajo sus plantas. A medida que sus ojos se acostumbraban, las formas comenzaron a definirse con mayor claridad. No estaba en un hospital. Estaba en una habitación. Y no era una habitación cualquiera.

Los muebles eran imponentes, tallados con intrincados detalles que apenas podía discernir en la penumbra. Había un armario tan grande que parecía una puerta a otra dimensión, un tocador con un espejo cubierto por un velo de polvo, y una chimenea fría y vacía. Las paredes, aunque oscuras y cubiertas de telas pesadas, parecían albergar una opulencia desvaída, una grandeza que había sido ignorada y olvidada con el tiempo.

De repente, un rayo de sol se abrió paso a través de una pequeña abertura en las cortinas, pintando una franja dorada en el suelo. La luz, aunque tenue, fue suficiente para revelarle la verdad, una verdad tan impactante que su corazón de niña, que ahora sentía como suyo, dio un vuelco salvaje.

En el rincón más alejado de la habitación, había un espejo de cuerpo entero, cubierto parcialmente por un paño oscuro. Motivada por una curiosidad mórbida y un terror creciente, se acercó, sus pequeños pies haciendo apenas ruido sobre el suelo. Con un temblor en los dedos diminutos, retiró el paño.

Lo que vio la dejó sin aliento, no por la belleza, sino por el shock.

El reflejo no era el suyo. No era la mujer de treinta y tantos años que había sido en su vida pasada, con su cabello castaño liso y sus ojos marrones expresivos. Era una niña. Una niña con el cabello dorado más brillante que jamás había visto, cayendo en ondas suaves hasta la cintura, y unos ojos de un azul profundo, casi violeta, que la miraban con una mezcla de pánico y asombro. Su rostro era delicado, sus mejillas sonrosadas, sus labios pequeños y perfectos. Llevaba un camisón de seda blanco, bordado con hilos de oro que ahora parecían apagados por el polvo. Tenía, a juzgar por su altura y la sensación de su cuerpo, no más de cinco años.

Un nombre, como un trueno en un cielo despejado, resonó en su mente, trayendo consigo una avalancha de recuerdos que no eran suyos, pero que, de alguna manera, le resultaban extrañamente familiares.

*Evelyn.*

Princess Evelyn.

El shock fue tan grande que se tambaleó, aferrándose al marco del espejo. Las imágenes se superpusieron en su mente: su vida pasada, el autobús, la oscuridad, y ahora, los fragmentos de una historia que había leído hace mucho tiempo. Una novela romántica de época, su favorita en un tiempo, un escape de la realidad.

*La Princesa del Destino Dorado.*

La novela. El Emperador Aurelius. La cruel media hermana. La princesa olvidada. La muerte trágica.

Evelyn. Ese era su nombre. Pero no solo eso. Ella *era* Evelyn.

El terror la invadió de nuevo, esta vez con una intensidad gélida que superaba cualquier miedo que hubiera experimentado en su vida pasada. Recordó cada detalle de la trama, cada giro cruel, cada traición. Evelyn, la protagonista de esta novela, era la hija de la difunta Emperatriz, una mujer noble y bondadosa que había sido la única verdadera consorte del temido Emperador Aurelius. Pero la Emperatriz había muerto dando a luz a Evelyn, dejando a la niña huérfana y, para su padre, un constante recordatorio de la pérdida que lo había convertido en el tirano gélido y despiadado que era.

El Emperador Aurelius, el regente del Imperio de Eldoria, era conocido por su crueldad, su ambición y su absoluta falta de empatía. Un hombre temido por todos, un mago poderoso y un estratega militar brillante, pero un padre ausente y frío como el hielo. Evelyn era una princesa olvidada, confinada en una de las alas más remotas del palacio, ignorada por su padre y despreciada por su media hermana, la Princesa Seraphina, quien era la hija de la Concubina Imperial y la villana de la historia.

Seraphina, celosa de la sangre noble de Evelyn y del inmenso poder mágico de luz que esta heredaba de su madre (un poder que Seraphina envidiaba profundamente ya que ella solo poseía una magia menor de oscuridad), conspiraría contra ella. A la edad de dieciocho años, Evelyn sería falsamente incriminada por traición, acusada de conspirar con un reino enemigo, y su propio padre, el Emperador Aurelius, sin piedad ni vacilación, ordenaría su ejecución. Una muerte trágica e inmerecida que había hecho llorar a la lectora que ahora era ella misma.

Y ahora, ella *era* esa Evelyn.

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