"Tras ser abandonada bajo la lluvia, cruza la puerta del hombre más temido de la ciudad para cuidar a su sobrino, desatando una obsesión tan cruda que está dispuesta a quemarlo todo."
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Capítulo 12: El contrato con el diablo (Perspectiva mixta)
Katherine no necesitó pensarlo demasiado. Las opciones sobre la mesa eran escasas y crueles: volver a las camas de hierro de un albergue gratuito congelándose de hambre, o aceptar la propuesta de un hombre peligroso que le ofrecía un techo y un salario. En su cabeza, la lógica se acomodó rápido: tal vez el hombre tenía un hijo pequeño cuya madre trabajaba todo el día o no estaba presente.
—¿Cómo sería la convivencia? —preguntó Katherine, enderezando la espalda, intentando recuperar un ápice de autoridad—. ¿Qué tareas exactas tendría que hacer? ¿Y tendría días libres para poder visitar a mi madre y a mi hermana?
Matteo la observó en silencio, evaluando cada una de sus palabras antes de responder con una calma milimétrica.
—La convivencia es simple: te encargarás de su cuidado, su alimentación, sus rutinas y su educación básica. Tendrás un día libre a la semana para ver a tu familia, y el salario... —hizo una pausa, mencionando una cifra que hizo que a Katherine se le cortara la respiración; era diez veces más de lo que jamás había ganado en su vida—. Eso es lo que percibirás mensualmente.
Ella abrió los ojos con asombro, pero antes de que pudiera rechazar por orgullo lo que consideraba una exageración, Matteo agregó con frialdad calculada:
—Además, me encargaré de comprarte algo de ropa nueva. No puedes entrar a mi casa vestida así.
Katherine abrió la boca para protestar de inmediato, sintiendo que su dignidad pisoteada saltaba en su defensa.
—No necesito su caridad, señor Montenegro, yo puedo...
—No es caridad, es higiene y seguridad —la cortó Matteo con voz firme, sin admitir réplica—. Leo, el niño, es alérgico al polen, a los ácaros y a ciertos tejidos sintéticos baratos. Toda la ropa que traigas de fuera será inspeccionada o reemplazada por motivos de salud.
Al escuchar el argumento médico, Katherine se detuvo en seco, mordiéndose el labio inferior.
—Está bien... acepto el trabajo —cedió con un hilo de voz, tragándose el orgullo—, pero con una condición: quiero que me descuente cada centavo de la ropa y de los gastos del sueldo que me pagará.
Matteo la miró fijamente durante unos segundos eternos. Una chispa de genuina admiración cruzó sus ojos oscuros ante el orgullo inquebrantable de esa mujer rota.
—Hecho —respondió, levantándose del escritorio—. ¿Puedes mudarte ahora mismo? Cuanto antes, mejor.
Katherine asintió, sintiendo que el suelo bajo sus pies empezaba a moverse de prisa.
—Sí... solo necesito ir por mis cosas al albergue.
Matteo no perdió un segundo. Tomó el intercomunicador de su mesa y dio una orden clara y cortante:
—Ruso, sube a mi oficina de inmediato.
Minutos después, la puerta se abrió y un hombre corpulento, de mirada dura pero respetuosa, entró al despacho.
—Llévala a buscar sus pertenencias al albergue —le indicó Matteo a su mano derecha, señalando a Katherine con la barbilla—. Después, pasen por una tienda del centro; cárgale un guardarropa decente a cuenta de la empresa. Y finalmente, tráela a la mansión. Que todo esté listo antes de que yo llegue.
Katherine se quedó pasmada por la rapidez de los acontecimientos. Miró a Matteo con gratitud contenida y murmuró:
—Gracias, señor Montenegro.
—Solo cumple con tu trabajo, Katherine —fue su única respuesta antes de volverse hacia los ventanales de su oficina.
Katherine dio media vuelta y salió del despacho junto al hombre llamado Ruso. De camino al ascensor privado, Ruso la miró de reojo y, con una media sonrisa socarrona, se presentó:
—Me dicen el Ruso. Soy la mano derecha de tu nuevo jefe... y te sugiero que te acostumbres rápido a las reglas de la casa.
Katherine, intentando mostrarse firme a pesar de los nervios, le devolvió una sonrisa tímida y le estrechó la mano con simpatía.
—Mucho gusto, Ruso. Haré lo mejor posible.
Ambos cruzaron las puertas del imponente edificio corporativo y se subieron al vehículo blindado. El viaje hacia su pasado más inmediato —para recoger la mísera bolsa de consorcio con su ropa vieja— había comenzado, marcando el inicio de su viaje directo a la boca del lobo.