Esta historia no empezó con amor.
Empezó con una reseña de 2 estrellas que casi la arruina.
Y con un contrato de 50 mil euros que casi lo salva.
*Él: Damián Ruiz*
35 años. Crítico de vinos. Dueño de viña en Toscana.
Escribió que su comida "no tenía alma".
Ahora necesita que ella cocine su boda.
*Ella: Melody Salvatore*
29 años. Chef en París. 12 mesas y una deuda gigante.
Lo odia. Con razón.
Ahora tiene 30 días para cocinar para él en Toscana.
El trato: 1 mes. Sin tocarse. Sin hablar de lo de Roma.
Solo comida y dinero.
Lo que no estaba en el contrato:
Los viñedos en verano.
Las noches sin dormir.
Las manos que se rozan al probar un plato.
Y la pregunta que nadie se hace: ¿Y si el odio es solo miedo de querer?
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Bienvenida al infierno Toscana
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El coche negro subía por el camino de gravilla entre cipreses.
Melody bajó la ventana. El aire de Toscana le pegó en la cara: olor a uva, a tierra mojada y a lavanda. Viñedos infinitos. Y al final, una villa de piedra del siglo XVIII con enredaderas.
_Villa Ruiz_.
El corazón le latía raro. No de emoción. De guerra.
Damián la esperaba en la puerta. Sin traje. Camisa blanca arremangada, pantalón negro, copa de vino en la mano. Como si fuera el dueño del mundo. Que lo era.
—Llegaste —dijo, sin sonrisa.
—Me pagaron para llegar —respondió ella, bajando su maleta ella sola.
Antes de que pudiera decir algo más, una voz femenina la cortó.
—¡Dami!
Una mujer rubia, vestido blanco de lino, bajó corriendo las escaleras. Alta. Perfecta. Se colgó del cuello de Damián y le dio dos besos en las mejillas. Muy cerca. Muy cómoda.
—Mi amor, esta debe ser la chef —dijo la rubia, separándose pero dejándole la mano en el brazo a Damián—. Soy Valeria. La prometida.
Melody sintió que algo se le retorcía por dentro. Celos. Estúpidos celos.
—Melody Salvatore —dijo, estirando la mano. Fría. Profesional.
—Encantada —sonrió Valeria. Demasiado—. Dami me habló tanto de ti. Dijo que cocinas... “con alma”. A ver si es verdad.
_Dami_.
Damián no la corrigió. Solo asintió.
—Vamos a la cocina. Tenemos 3 horas para la primera prueba de menú.
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La cocina de la villa era enorme. Cobre, piedra, horno de leña.
Melody se puso el delantal y se olvidó de todo. De la rubia, de Damián, de los 50 mil euros. Solo existían los tomates, la pasta fresca y el fuego.
Para la prueba hizo 3 platos:
_Tagliatelle al tartufo nero_
_Branzino al horno con limón de Amalfi_
_Tiramisú_ de su abuela
Damián y Valeria se sentaron en la barra para probar.
Melody sirvió el primer plato. Cuando dejó el plato frente a Damián, sus dedos se rozaron. Otra vez ese calor.
Él probó. Cerró los ojos un segundo.
—Está... —se detuvo—. Bien.
¿Bien? ¿Después de 3 horas?
Valeria probó y puso cara de deleite.
—¡Delicioso! Dami, ¿verdad que está delicioso?
—Sí —dijo él, mirando a Melody, no a Valeria—. Está delicioso.
Melody alzó la barbilla. Punto para ella.
Terminaron las pruebas. Valeria se levantó.
—Amor, voy a llamar a la florista. No te tardes. —Le dio un beso rápido en la mejilla a Damián frente a Melody y se fue.
El silencio quedó denso.
—“Bien” —soltó Melody, limpiando un cuchillo con más fuerza de la necesaria—. Después de todo lo que pasé para venir hasta aquí, solo “bien”.
Damián dejó el tenedor.
—Si te digo que es perfecto, te confías. Si te digo que es malo, miento. “Bien” significa que puedes dar más.
—¡Yo siempre doy más! —estalló—. ¿O ya se te olvidó que tu reseña casi me deja en la calle?
—Y por eso estoy aquí —se levantó, acercándose—. ¿O crees que disfruto verte todos los días y recordar que fui un idiota?
Estaban a un palmo. Ella olía a albahaca y a rabia. Él a vino y a culpa.
—¿Entonces por qué no me lo dijiste antes? ¿Por qué esperaste a que te contratara tu prometida? —le escupió.
Damián apretó la mandíbula.
—Porque si te lo decía antes, me hubieras escupido en la cara. Y tenías razón.
Nadie se movió. El horno hacía _tic tic_.
De repente sonó un ruido afuera. Un coche. Valeria había vuelto y traía a alguien.
Un hombre. Alto, italiano, sonrisa fácil. Abrazó a Valeria en la entrada. Demasiado tiempo. Demasiado cerca.
Damián lo vio por la ventana. Su mandíbula se tensó.
—Es Marco. El primo de Valeria —dijo, con voz plana.
Melody lo notó. Los celos en él. Y le gustó. Le molestó que le gustara.
—Qué guapo —comentó Melody a propósito, secándose las manos lento—. ¿No?
Damián la miró. Los ojos verdes oscuros.
—No juegues conmigo, Melody.
—¿Jugar? Yo no juego —se acercó a él, bajando la voz—. Usted fue el que empezó este juego hace 3 años.
Antes de que respondiera, Valeria entró con Marco.
—Chicos, él es Marco. Se va a quedar 2 semanas para la boda. Marco, ella es Melody, la chef.
Marco le dio dos besos a Melody. Muy cerca.
—Un placer, _bella_.
Damián se giró y salió de la cocina sin decir nada. La puerta se cerró fuerte.
Melody sonrió para adentro. Primer round: ella.
Esa noche, Melody no podía dormir. La habitación de invitados daba a los viñedos. La luna estaba llena.
Bajó a la cocina por agua. Y ahí estaba él. De espaldas. Solo. Con una botella de Barolo y dos copas.
—¿Insomnio? —preguntó ella.
Damián se giró. La miró de arriba a abajo. Pijama de seda, pelo suelto. Tragó saliva.
—Toma —le sirvió una copa—. Por si te sirve para olvidar que mañana tienes que cocinar para 10 personas más.
Melody aceptó la copa. Bebieron en silencio.
—Marco y Valeria se conocen desde niños —dijo él de repente, sin mirarla.
—¿Y? —preguntó ella, inocente.
—Nada. —Bebió de golpe—. Solo que no me gusta cómo te mira.
Melody sonrió por dentro. Celoso.
—Y a mí no me gusta cómo Valeria te toca —soltó ella.
Damián la miró de golpe. Sorprendido.
—¿Te molesta?
—Me da igual —mintió ella—. Solo digo.
Se quedaron callados. La tensión era tan espesa que se podía cortar.
Melody dejó la copa.
—Buenas noches, señor Ruiz.
Al pasar junto a él, Damián le agarró la muñeca. Suave. Firme.
—Melody.
Ella se detuvo. No se giró.
—¿Qué?
—No fue personal. La reseña. Tenía miedo.
—¿Miedo de qué? —susurró ella.
—De que cocinaras mejor que yo —soltó una risa amarga—. Y lo haces.
La soltó. Melody subió corriendo las escaleras con el corazón a mil.
En su habitación, se miró al espejo. Labios entreabiertos. Mejillas rojas.
Esto iba a ser un problema.
Porque odiarlo era fácil.
Lo difícil era no querer besarlo cuando se disculpaba así.