Su sangre puede coronar reyes... o enterrarlos.
Cuando un omega despierta con la marca de un alfa vampiro ardiendo en su cuello, descubre demasiado tarde que no es una víctima: es la última arma que todos quieren poseer.
Y el alfa que lo reclamó no piensa soltarlo... ni vivo, ni muerto.
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Capítulo 2: Despertar en la jaula
Kael despertó con el sabor metálico de la sangre en la lengua y un ardor constante en el lado derecho del cuello.
Parpadeó varias veces. El techo sobre su cabeza no era el de su pequeño departamento. Era alto, abovedado, de piedra oscura. Candelabros de hierro forjado colgaban de cadenas y proyectaban una luz dorada y temblorosa. El aire olía a cera, a madera antigua y a algo más… algo dulce y metálico que le provocó un escalofrío en la nuca.
Intentó incorporarse. El movimiento le envió una oleada de mareo. La marca en su cuello latió con fuerza, como si alguien hubiera apretado un carbón encendido bajo la piel. Llevó la mano hasta allí y sintió los dos puntos elevados, todavía sensibles. Cuando retiró los dedos, vio un leve resplandor ámbar en las yemas.
—No la toques demasiado. Todavía está sellándose.
La voz vino desde la penumbra.
Kael giró la cabeza de golpe. El alfa estaba sentado en un sillón de terciopelo negro junto a la chimenea. Ya no llevaba el abrigo. Solo una camisa negra de cuello alto y pantalones oscuros. El cabello negro caía un poco sobre la frente. Los ojos rojos brillaban con la misma intensidad de la noche anterior.
Kael se incorporó del todo, ignorando el mareo. Estaba en una cama enorme, cubierta de sábanas negras y una manta de terciopelo. Llevaba todavía su propia camisa, aunque alguien se había tomado la molestia de abotonarla hasta arriba. Los pantalones y los zapatos también eran los suyos. Al menos no lo habían desvestido.
—¿Dónde estoy? —preguntó. La voz le salió ronca.
—En mi casa —respondió el alfa con calma—. O, más precisamente, en una de las habitaciones de invitados del ala este. Por ahora.
Kael miró hacia las ventanas altas. A través de los cristales emplomados solo se veía oscuridad y, más allá, el resplandor rojizo de esa luna imposible.
—Quiero irme.
El alfa inclinó ligeramente la cabeza, como si la petición le resultara curiosa.
—No.
La palabra fue simple. Definitiva.
Kael apretó los puños sobre las sábanas.
—No puedes retenerme aquí. Esto es ilegal. Es…
—¿Secuestro? —completó el alfa con una sonrisa mínima—. Sí. Técnicamente lo es. Pero las leyes humanas no tienen ningún valor dentro de estos muros. Y tú… tú ya no eres completamente humano, omega.
La marca latió otra vez, más fuerte. Kael llevó la mano al cuello de forma instintiva.
—¿Qué me hiciste?
El alfa se levantó del sillón. Cada paso que daba hacia la cama era silencioso. Cuando se detuvo al borde del colchón, Kael pudo olerlo de nuevo: esa mezcla oscura de sangre antigua y feromonas densas que le provocaba un calor traicionero en el estómago.
—Te reclamé —dijo el alfa—. Parcialmente. La marca todavía no está completa. Para eso necesitaría más de tu sangre… y tú necesitarías más de la mía. Pero ya es suficiente para que otros sepan que me perteneces.
Kael sintió que la rabia le subía por la garganta.
—No te pertenezco.
El alfa lo miró en silencio durante unos segundos. Luego extendió una mano y, con dos dedos, tocó la marca. El contacto fue breve, pero Kael sintió una descarga eléctrica que le recorrió todo el cuerpo. Un gemido escapó de sus labios antes de que pudiera contenerlo.
El alfa retiró la mano con lentitud.
—Tu cuerpo ya no está de acuerdo contigo —murmuró—. Esa es la primera lección.
Kael se apartó hacia el otro lado de la cama, el corazón latiéndole demasiado rápido. El olor del alfa se había intensificado. O quizás era el suyo propio el que había cambiado. Sentía algo dulce y caliente emanando de su piel, algo que nunca había notado antes.
—¿Qué soy? —preguntó en voz baja—. Dijiste… Omega de Sangre Real.
El alfa lo observó un momento más. Luego se apartó y caminó hacia una mesita donde había una jarra de cristal y dos copas.
—Eres el último descendiente de una línea que se creía extinguida hace más de trescientos años —explicó mientras servía un líquido oscuro en una de las copas—. Tu sangre no es solo sangre de omega. Es sangre real. La misma que corría por las venas de la última reina de los purosangres. La misma que puede despertar poderes que la mayoría de los vampiros de este siglo ni siquiera recuerdan.
Sirvió la segunda copa y se la ofreció a Kael.
—Bebe. Es agua con un poco de hierro. Tu cuerpo necesita recuperarse.
Kael no la aceptó.
El alfa dejó la copa en la mesita de noche sin insistir.
—Puedes odiarme todo lo que quieras —continuó—. Puedes intentar escapar. Puedes gritar. Ninguna de esas cosas cambiará el hecho de que tu sangre ya me reconoce… y de que yo no pienso devolverte al mundo de los humanos.
Kael lo miró fijamente. Por primera vez notó algo más detrás de esos ojos rojos. No solo hambre. Había una determinación antigua, casi cansada.
—¿Por qué yo? —preguntó.
El alfa sostuvo su mirada.
—Porque eres la única llave que queda. Y porque desde el momento en que olí tu sangre en ese callejón… supe que no iba a dejar que nadie más te tocara.
Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo sin mirarlo.
—Hay ropa limpia en el armario. Comida en la bandeja junto a la ventana. Las puertas de esta habitación no están cerradas con llave… todavía. Pero te advierto una cosa, Kael.
El uso de su nombre lo sorprendió.
—Si intentas salir del castillo esta noche, los guardianes te traerán de vuelta. Y la próxima vez que te marque… no será solo una mordida.
La puerta se cerró con un clic suave.
Kael se quedó solo en la habitación enorme, con la marca ardiendo en el cuello y el olor del alfa todavía impregnado en las sábanas.
Se llevó una mano a la cicatriz brillante y apretó los dientes.
No iba a quedarse.
No iba a aceptar esto.
Pero cuando intentó ponerse de pie, la marca latió con tanta fuerza que casi lo dobla por la mitad. Un calor extraño, dulce y peligroso, comenzó a extenderse desde el cuello hacia el resto del cuerpo.
Algo dentro de él había despertado.
Y tenía la terrible certeza de que el alfa lo sabía.