Katia no dejó de amar a su esposo. Ese es precisamente el problema.
Después de veinte años de matrimonio, tres hijos y una vida construida junto a Gael, creyó que el deseo simplemente había desaparecido. Hasta que Rafael, su profesor de tango, la hizo sentirse mirada, deseada… y viva otra vez.
Lo que debía quedarse en una pista de baile cruzó demasiadas fronteras. Y cuando Katia comprende que está enamorada de Rafael, descubre también la verdad más incómoda de todas: amar a alguien nuevo no borra automáticamente el amor, la historia ni la familia que existían antes.
Entre Guadalajara, Bogotá y Buenos Aires, Katia tendrá que decidir no solo a quién ama, sino qué consecuencias está dispuesta a asumir por la mujer en la que se está convirtiendo.
Porque algunas decisiones empiezan mucho antes de decir “me voy” o “me quedo”.
Un romance adulto donde nadie sale ileso de volver a sentirse vivo.
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La Rutina y el Secreto
POV Katia
Esa tarde Selene me había escrito '¿vamos por café?'. Le dije que no podía. No mentí, solo omití que ya tenía otra cita: con el espejo y mi blusa roja.
Los días de Katia adquirieron una textura completamente diferente.
La rutina de la casa continuaba con la misma precisión suiza de siempre: el aroma a café recién molido a las siete de la mañana, la camisa blanca de Gael planchada al filo, las colaciones organizadas en recipientes herméticos y el estofado cocinandose a fuego lento.
Sin embargo, la monotonía ya no la asfixiaba; ahora se había convertido en su mejor camuflaje.
Había un placer infantil, casi rebelde, en saber que mientras sus manos doblaban sábanas o limpiaban la barra de granito de la cocina, su mente repasaba pasos de baile.
Meter un secreto tan vibrante en una agenda donde cada minuto estaba fríamente calculado le provocaba pequeñas descargas de adrenalina que la hacían sonreír a solas frente al fregadero.
Cada jueves por la tarde, cuando la casa quedaba sumida en un silencio absoluto, comenzaba el ritual.
Katia abría el cajón más profundo de su guardarropa, ese que olía a lavanda y recuerdos.
Oculta bajo una pila de suéteres que tejió a mano, guardaba su pequeña revolución: unos tacones negros de tiras finas con suela de gamuza y una blusa de seda roja que había comprado en un arrebato de audacia.
El contraste táctil entre el algodón cotidiano y el deslizamiento frío de la seda sobre su piel le erizaba el vello de los brazos.
Al abrochar la hebilla dorada del zapato, sentía el chasquido de una transformación inmediata: la espalda se erguía sola, los hombros caían hacia atrás y el cuello se alargaba con gracia.
En el espejo ya no estaba la ama de casa invisible que pasaba la sal sin que nadie la mirara; ahí estaba una mujer misteriosa, coqueta y lista para devorarse la pista.
El baile, que al principio había comenzado como una vía de escape casi impulsiva, se había transformado en el centro de su semana.
Katia descubrió, casi con sorpresa, lo mucho que había empezado a disfrutar de cada movimiento.
Aunque en las primeras clases se sentía torpe, rígida y fuera de lugar, la paciencia y la presencia envolvente de Rafael habían cambiado por completo esa perspectiva.
Cruzar la puerta de la academia era inhalar un aire totalmente distinto, saturado de cera para madera, cuero gastado y el perfume amaderado de Rafael.
El sonido del bandoneón no solo se escuchaba: retumbaba físicamente en el centro de su pecho, haciendo vibrar cada una de sus costillas.
Aquella tarde, al terminar la práctica grupal, Rafael le hizo una seña para que se quedara unos minutos más.
La madera del piso crujía suavemente bajo sus pasos mientras él se acercaba, sujetando el reproductor de música.
—Llegas cada semana con la prisa grabada en la mirada, Katia —dijo Rafael con una sonrisa de lado, apoyando la espalda contra la barra de ensayo y observándola con detenimiento—.
Como si estuvieras escapando de algo... o buscando desesperadamente reencontrarte con alguien. Katia sintió un vuelco en el estómago.
Apretó la bolsa donde guardaba sus zapatos de cambio y trató de sonar casual.
—Solo trato de ser puntual con mis compromisos, Rafael.No me gusta descuidar mis responsabilidades.
—¿Y tú no eres una responsabilidad para ti misma?
—preguntó él en un tono cálido, acortando la distancia entre los dos.
Le ofreció la mano con una inclinación respetuosa pero intrépida—. Ven, dame un minuto más. Olvídate del reloj.
Al tomar su mano, el calor de la piel de Rafael la envolvió al instante.
Su agarre era firme, seguro, sosteniéndola de un modo en que Gael ya no lo hacía desde hacía años.
Rafael la guio hacia el centro de la pista, colocando su mano derecha en la cintura de ella.
La proximidad hizo que Katia contuviera el aliento; podía percibir las notas de tabaco dulce y sándalo que emanaban del cuello de su maestro.
—No te apresures —le murmuró él al oído con esa cadencia pausada y envolvente, mientras mantenía la mirada fija en los ojos de Katia—.
El tango no se baila con la cabeza, se siente en la piel. Si estás pensando en la lista de las compras o en la hora a la que vuelve tu familia, el paso pierde toda su verdad.
—Es difícil desconectar —confesó ella en un suspiro, bajando levemente la guardia y dejándose llevar por el balanceo sutil de sus caderas—. Llevo veinte años estructurando cada segundo de mi vida para que todo funcione a la perfección.
—Entonces permítete desordenarla un poco, al menos mientras dura este tema —respondió Rafael, aproximándose un milímetro más a su pecho, en un límite peligroso entre el profesionalismo y el deseo manifestó.
Su mano en la espalda de Katia bajó un trazado casi imperceptible—. Tienes un fuego muy guardado aquí dentro, Katia. Me di cuenta desde el primer día. No dejes que la rutina te apague.
—Rafael...—susurró ella, entre la advertencia y el turbador placer de sentirse vista como mujer.
—Dime que no sientes cómo cambia tu respiración cuando bailas conmigo —interrumpió él suavemente, deteniendo el paso y quedando a escasos centímetros de sus labios, mirándola fijamente a los ojos—.
Dime que eres la misma cuando cruzas esa puerta hacia afuera. Katia no pudo articular respuesta.
El roce de sus piernas y la cercanía de su aliento le encendieron las mejillas.
Dejarse guiar por él no era someterse, sino un juego peligroso de complicidad donde ella volvía a sentirse deseada, elegante y llena de vida.
Antes de que la tensión cruzara una frontera irreversible, el tema musical llegó a su fin.
Rafael le rozó la mejilla con la yema de los dedos en un gesto que heló la sangre de Katia de pura emoción, y le dedicó una sonrisa enigmática.
—Te veo el próximo jueves, Katia.
No faltes. Katia