Una oprimida joven con su loba adormecida por veneno huye hacia su destino al descubrir que el implacable Alfa del Norte es su predestinado.
NovelToon tiene autorización de Mi Autoria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 23: El despertar del lince, miradas furtivas y la furia de Caroline
El eco del beso que Harlan le había dejado en la frente todavía ardía en la piel de Mikeila mucho después de que el Alfa hubiera abandonado la habitación. Con las mejillas encendidas y el corazón latiendo a un ritmo inusual, intentó concentrarse en ordenar sus pensamientos mientras se aseaba y vestía para recibir la visita matutina de la curandera.
Horas más tarde, Canaria hizo su ingreso a la recámara para revisar los avances del tratamiento. Mientras evaluaba la estabilidad de su pulso y la temperatura corporal tras la dura noche, la anciana posó sus sabios ojos en la pequeña criatura que descansaba hecha un ovillo junto a las almohadas. El animal ya no parecía un simple gatito doméstico; su silueta se había estilizado y su pelaje comenzaba a destellar con sutiles matices plateados.
—Dime, niña... ¿De dónde sacaste a este pequeño? —preguntó Canaria con genuina curiosidad.
—Lo encontré herido en los límites del bosque hace unos días —respondió Mikeila con suavidad, acariciando con la punta de los dedos al animal—. Pensé que su madre lo había abandonado a su suerte, así que lo traje para cuidarlo. Pero... después de lo de anoche, he notado que ha crecido de la nada.
Canaria esbozó una sonrisa nostálgica y negó con la cabeza con afecto.
—Mikeila. No es una mascota común; es un animal espiritual. Ha elegido unirse a ti porque reconoce el poder que llevas dentro y que está a punto de despertar. Cuídalo bien, porque su destino y el tuyo ya están entrelazados.
Tras la partida de la curandera, animada por las palabras de la anciana y con una extraña ligereza en el pecho, Mikeila decidió salir de la habitación. Llevaba al pequeño animal firmemente acurrucado contra su pecho y se dirigió a los salones privados para buscar a la reina. Necesitaba hablar con alguien sobre las sensaciones extrañas que había experimentado la noche anterior, esa especie de crujido sordo en su interior como si una cadena invisible comenzara a romperse, y la manera en que la presencia de Harlan había influido en su tormento. Además, quería averiguar si la pequeña criatura tenía permitido quedarse formalmente con ella entre los muros de palacio.
Mientras tanto, en el exterior, el tiempo límite de tres días impuesto por la reina había llegado a su fin.
Caroline Castell descendió de su carruaje con los nervios a flor de piel. Estaba exasperada, acorralada por el pánico de no saber cómo evadir las represalias del Este y con la mente puesta en el inminente plazo de la siguiente luna. Al pisar los adoquines de la entrada principal del palacio dispuesta a exigir una nueva audiencia, su marcha se detuvo en seco. A lo lejos, cruzando los amplios jardines exteriores, creyó ver una silueta inconfundible. Sacudió la cabeza con fuerza, pensando que el estrés le jugaba una mala pasada, pero el sonido de una voz masculina pronunciando un nombre prohibido le heló la sangre.
—Señorita Mikeila...
Caroline abrió los ojos desmesuradamente. ¡La maldita mocosa había estado escondida todo este tiempo bajo las narices de la realeza!
Minutos antes, Kael se había cruzado con Mikeila en los pasillos exteriores y la había interceptado con una ligera sonrisa en los labios, extendiendo una fina tela oscura con bordados dorados.
—Esto se lo envía el señor para que cubra a su criatura. Como es pequeña aún, podría tener frío —dijo el caballero, intentando disimular lo absurdo de la excusa con la que Harlan lo había mandado a buscar a la muchacha solo para regalarle algo.
Mikeila aceptó el paño con una inocente sonrisa, sin sospechar las verdaderas intenciones del Alfa.
—Dígale que se lo agradezco mucho —respondió, envolviendo con delicadeza al animalito, que ahora lucía un pelaje cada vez más claro.
Kael sonrió con complicidad y dio un paso al frente.
—¿Se dirige a algún lugar en específico? ¿Quiere que la acompañe? —ofreció el caballero por mera precaución.
Antes de que Mikeila pudiera pronunciar palabra alguna, la pequeña criatura en sus brazos erizó el pelaje y emitió un sordo gruñido de advertencia, sintiendo una presencia hostil que se abalanzaba sobre ellos.
Mikeila se giró de golpe y, al ver la figura furiosa de su tía avanzando a grandes zancadas por el sendero, retrocedió por instinto, ocultándose a medias detrás de la espalda de Kael. El caballero reaccionó de inmediato; con el rostro endurecido, colocó una mano sobre la empuñadura de su espada, interponiéndose como un muro infranqueable.
—¡Quítate de mi camino, caballero! —bramó Caroline, descompuesta por la ira, intentando dar un paso más hacia su sobrina.
Kael ni se inmutó, manteniendo la postura firme.
—Nadie se acerca a la señorita sin la autorización de nuestro Alfa —respondió con voz gélida.
—¡Exijo hablar con el Alfa, con la reina o con quien sea! ¡Pero a esta ingrata me la llevo de aquí hoy mismo! —chilló Caroline, perdiendo el poco autocontrol que le quedaba y avanzando con intenciones de abalanzarse sobre ella.
—Bien... Hable. ¿Qué quiere de mí? —interrumpió una voz solemne, elegante y afilada como el hielo desde el fondo del pasillo.
Caroline y Kael se giraron al instante. Detrás de ellos, la reina hacía su aparición con paso majestuoso, flanqueada por dos guardias reales. Kael inclinó la cabeza respetuosamente sin descuidar su posición protectora frente a Mikeila.
—¡Majestad! Mi sobrina... ella... —empezó a balbucear Caroline, creyendo por un segundo que tenía la sartén por el mango.
—Llévesela —ordenó la reina con un gesto displicente, mirando directamente a Caroline.
La tía esbozó una triunfante y cínica sonrisa, pensando que la soberana por fin le entregaría a la muchacha para librarse del problema. Pero las siguientes palabras de la reina borraron de golpe cualquier atisbo de victoria de su rostro:
—Kael... Lleva a la señorita Mikeila a sus aposentos de inmediato.
Sin mirar atrás, ignorando los gritos de protesta y furia desatada que Caroline comenzó a lanzar contra las paredes del palacio, el caballero obedeció al instante, escoltando a una aliviada y sorprendida Mikeila hacia el interior del castillo, dejando a la desesperada mujer completamente sola frente a la implacable justicia de la reina.