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LÍNEAS CRUZADAS

LÍNEAS CRUZADAS

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor-odio / Completas
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

De día, Valeria Vidal y Dante De Rossi son los titanes más implacables de la arquitectura europea: una batalla campal de titanio contra hormigón donde cada licitación se disputa como un duelo a muerte. De noche, despojados de sus armaduras corporativas, son «TintaBlanca» y «PlanoCero», dos almas insomnes que se desahogan y se enamoran a ciegas a través de una plataforma anónima, sin sospechar que su confidente ideal es su peor pesadilla diurna.
Mientras sus socios montan un palco cómico cada fin de semana para verlos batirse en ridículas apuestas —desde carreras en bicicleta de paseo hasta guerras de karaoke—, sus padres deciden intervenir. Enemigos frente a la prensa pero compinches de toda la vida en privado, los patriarcas urden una trampa maestra: un falso matrimonio corporativo por contrato con amenaza de intercambio de mando. Obligados a convivir bajo el mismo techo entre desplantes, planos cruzados y un ataque de celos incontrolable, Valeria y Dante descubrirán que la estructura

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18: El archivo de la vergüenza y el delito en la sala de edición

A doce días de la boda en Portofino, la sede de Vidal & De Rossi Architects guardaba a la medianoche un silencio sepulcral que solo era interrumpido por el ronroneo de los servidores centrales y el zumbido de los sistemas de aireación.

O eso creían los dueños del imperio.

Valeria y Dante cruzaron las puertas de seguridad del piso dieciocho con el paso amortiguado. Venían de una cena protocolar con la autoridad portuaria de Génova y Valeria se había dado cuenta, a mitad de la autopista, de que había olvidado sobre su mesa de dibujo la libreta encuadernada en piel con las especificaciones del anclaje del muelle nupcial.

—Te dije que los contratistas ya tienen la copia digital en la nube, Vidal —rezongó Dante en un susurro, sosteniendo la puerta de cristal mientras se aflojaba el nudo de la corbata con una mano—. Conducir cuarenta minutos bajo la llovizna solo por un fetiche con el papel es digno de una causa psiquiátrica.

—Esa libreta tiene bocetos a mano alzada que tus algoritmos no son capaces de replicar, troglodita —replicó ella, quitándose los stilettos para caminar descalza sobre la moqueta gris marengo—. Además, juraría que dejé la luz de la pecera de renderizado apagada.

Al fondo del pasillo principal, una rendija de luz azul intermitente parpadeaba por debajo de la puerta de doble hoja de la sala de proyección audiovisual.

Y no solo había luz: un murmullo sospechoso, mezcla de jadeos sofocados, el chasquido inconfundible de botones de consola siendo golpeados a ciegas y un reproche en voz baja cargado de una urgencia poco corporativa, se filtraba por la rendija acústica:

—¡Enzo, suelta la palanca del ecualizador! Vas a borrar la pista de audio del karaoke... ¡y quita tu rodilla de mi teclado!

—¡Tú empezaste tirándome los auriculares al escote, Bianca! Y para tu información, la palanca de saturación de color no tiene la culpa de que lleves ese perfume de jazmín que me hace perder el sentido del equilibrio.

—Esto es una transferencia de calor biomecánica para aliviar el estrés de la fecha límite, idiota. No te hagas ilusiones líricas.

—Llámalo como quieras, jefa de diseño, pero no te vi quejarte cuando te arrinconé contra el rack de discos duros en Sicilia...

En el pasillo exterior, Valeria y Dante se quedaron petrificados en seco.

Valeria abrió los ojos como platos, con los tacones suspendidos en la mano derecha. Dante ladeó la cabeza, con una ceja rozando el nacimiento del cabello y la mandíbula desencajada ante el diálogo que acababa de procesar.

—Dime que tus ingenieros no están usando mi sala de masterización para actividades de apareamiento clandestino —susurró Valeria con un hilo de voz que vibró entre el escándalo y una risa histérica.

—Dime que tu socia fundadora no acaba de admitir que se revolcó con mi director técnico detrás de un servidor en Taormina —devolvió Dante con un barítono gélido antes de apoyar la palma de la mano sobre el tirador de acero.

Dante empujó la puerta de par en par con un golpe teatral.

El cuadro dentro de la sala de edición era una obra maestra del caos humano.

Sobre la gran mesa de mezclas envolvente, rodeados por monitores de cincuenta pulgadas y cables coaxiales desparramados por el suelo, Enzo y Bianca estaban trenzados en una posición que desafiaba cualquier norma de ergonomía laboral. Bianca tenía la falda de tubo ligeramente descolocada, el lápiz de madera con el que solía sujetarse el moño clavado de mala manera en el bolsillo de la camisa de Enzo, y las dos manos firmemente enredadas en el cabello rizado del ingeniero. Enzo, con la corbata deshecha colgando por la espalda y la camisa abierta hasta la mitad del pecho, la sostenía en vilo contra el borde de la consola mientras sus bocas se separaban a milímetros de distancia, ambos jadeando con la culpabilidad estampada en el rostro.

Sobre la pantalla gigante de pared, congelada en pausa de ultra alta definición, se mostraba un primer plano aterrador de Dante De Rossi con las gafas de sol torcidas, masticando un puñado de césped tras la caída de bicicletas en el parque Sempione.

—¡Buenas noches, comité de ética! —soltó Dante con una serenidad tan gélida que Enzo casi pierde el agarre y deja caer a Bianca sobre el teclado de edición.

Bianca resbaló de la mesa en una fracción de segundo, recomponiéndose la falda con una dignidad de acero mientras se alisaba el cabello con una sola mano, sin pestañear:

—Valeria, Dante... qué oportuno. Estábamos ejecutando una prueba de estrés en los conmutadores de fibra óptica para la transmisión satelital de la boda.

—Claro —intervino Valeria, cruzándose de brazos mientras avanzaba descalza hacia ellos con una sonrisa perversa que prometía tortura medieval—. Y la prueba de estrés requería que Enzo te desabrochara tres botones de la blusa para mejorar la ventilación del procesador, ¿verdad?

Enzo levantó las dos manos en alto, retrocediendo hacia la hilera de discos externos con cara de delincuente atrapado con las manos en la caja fuerte:

—Puedo explicarlo todo con un diagrama de flujo, Dante. Fue un accidente de física cuántica. Dos cuerpos con cargas opuestas en un espacio reducido...

—Cállate, Enzo —cortó Dante, clavando sus ojos azules en la pantalla gigante—. Explícame primero por qué mi cara cubierta de barro domina la pared principal de este edificio en resolución 8K.

Valeria desvió la vista hacia el monitor y se llevó una mano a la boca, ahogando un grito de asombro.

Junto a la imagen congelada de Dante había una línea de tiempo digital titulada: «PROYECTO TITANIO Y HORMIGÓN: CRÓNICA DE DOS IDIOTAS EN GUERRA (MONTAJE DEFINITIVO PARA EL BANQUETE DE PORTOFINO)». La carpeta de origen contenía más de cuarenta gigabytes de vídeo clasificados meticulosamente por fechas, ángulos de cámara y niveles de humillación pública.

—Ustedes dos... —murmuró Valeria, girándose despacio hacia su socia con los ojos chispeando de indignación pura—. No estaban coordinando las acreditaciones de prensa. Estaban produciendo un documental de nuestra ruina moral.

Bianca suspiró, comprendiendo que la coartada había colapsado, y se dejó caer en una silla ergonómica con un encogimiento de hombros descarado:

—Los invitados van a pagar mil euros el cubierto en Portofino, querida. No podemos ponerles un vídeo aburrido con fotos de la infancia y música de violines. El pueblo exige sangre, y ustedes dos nos dieron material para tres temporadas de comedia.

—Dale al play, Enzo —ordenó Dante con una calma que daba miedo, apoyándose contra la pared y cruzando los brazos—. Quiero ver hasta qué punto traicionaste a tu empresa antes de redactar tu carta de despido y mandar a tu novia a la sucursal de Bérgamo.

—¡No es mi novia! —gritaron Enzo y Bianca exactamente al mismo tiempo, lanzándose una mirada cargada de odio y deseo que a Valeria casi le saca las lágrimas de la risa.

Enzo tragó saliva y presionó la barra espaciadora con un dedo tembloroso.

Lo que siguió en la pantalla durante los siguientes diez minutos fue una obra cumbre del espionaje cómico de alta fidelidad.

El montaje arrancaba con música de documental de naturaleza de la BBC, con una voz en off sintetizada que presentaba a los «depredadores alfa de Milán en su hábitat de apareamiento hostil».

La primera escena: el parque Sempione. La cámara oculta de Bianca, grabada en cámara lenta con estabilizador óptico de tres ejes, mostraba la bicicleta holandesa de Valeria recortando metros sobre el asfalto. El zoom digital se clavaba en la cara de pánico de Dante al escuchar el ¡ring-ring! metálico de la cesta de mimbre, seguido del salto prodigioso del pequeño pomerania blanco. Pero la joya del clip era el aterrizaje: el editor había aplicado un zum dramático sobre las manos enguantadas de Dante cerrándose sobre la cintura de Valeria en el césped, con una flecha roja intermitente y un letrero parpadeante que rezaba: «Alerta: 0% de intención de soltar a la víctima».

—¡Dijiste que te habías quedado atascado con los radios de la rueda! —exclamó Valeria, dándole un codazo en las costillas a Dante.

—La inercia rotacional me impedía retirar los brazos, Vidal —se defendió Dante sin inmutarse, aunque una sombra de rubor le tiñó las orejas.

El segundo bloque: el karaoke de Navigli. Enzo había conseguido el audio de línea directo de la consola japonesa. Valeria aparecía gesticulando con el micrófono dorado como una diva desquiciada, pero el punto álgido fue el solo de Dante en «Gloria»: en una toma cenital, se apreciaba claramente cómo al arquitecto se le quebraba la voz en un agudo vergonzoso en el instante exacto en que la cadera de Valeria rozaba su muslo. El vídeo repetía el gallo vocal tres veces en eco con subtítulos burlescos: «Falla en la compresión del barítono por sobrecarga sensorial».

—¡Eso fue una interferencia electromagnética del micrófono! —rugió Dante, fulminando a Enzo con la mirada.

—Claro, jefe. La interferencia tenía falda burdeos y medía un metro setenta y cinco —se burló Enzo bajo el amparo de la mesa.

Pero la cúspide del archivo era el metraje inédito del lago de Como.

Bianca había apostado un dron de alta resolución sobre la ensenada de Bellagio. En la pantalla gigante, el rugido del V8 de la lancha de caoba sonaba con fidelidad cinematográfica. Se veía a Jean-Paul Laurent saliendo despedido por los aires en cámara superlenta, con el blazer de lino empapado y la cubitera de plata aterrizando sobre su regazo como un sombrero metálico, mientras Dante conducía con una sola mano y una sonrisa de villano de película que arrancó una carcajada incontenible a Valeria.

—Mírate —dijo ella, secándose una lágrima de risa mientras señalaba la pantalla—. Pareces un pirata genovés secuestrando un cargamento de seda. ¡El pobre hombre estuvo tres semanas con collarín ortopédico!

—Se lo merecía por intentar meter sus nenúfares en mis aguas —gruñó Dante, aunque la comisura de sus labios ya no pudo sostener la seriedad y terminó cediendo a una sonrisa franca.

El vídeo concluyó con una pantalla en negro y letras doradas: «Continuará en el altar... si los contrayentes sobreviven a los votos».

Las luces de la sala de edición se encendieron de golpe.

Valeria se giró hacia Bianca y Enzo, que permanecían pegados a la consola como dos rehenes esperando la sentencia de fusilamiento. Se acercó a la mesa, apoyó las palmas sobre la superficie pulida y miró fijamente a su socia:

—El montaje es brillante, Bianca. Rítmico, mordaz y con una posproducción impecable.

Bianca parpadeó, descolocada por el cumplido:

—¿En serio?

—Sí. Y por eso mismo —prosiguió Valeria, clavándole los ojos a Enzo con una dulzura letal—, van a proyectarlo el viernes en la cena de ensayo frente a las dos familias y los accionistas. Pero con una condición innegociable.

Enzo tragó saliva:

—¿Cuál condición?

Valeria miró a Dante de reojo. El arquitecto entendió el plan en una milésima de segundo, asintiendo con esa complicidad feroz que los hacía temibles:

—Que al final del vídeo van a incluir el metraje de seguridad que las cámaras del garaje de Taormina grabaron el martes pasado a las tres de la madrugada —sentenció Dante con una sonrisa diabólica—. Ese donde se ve a un director de ingeniería besando apasionadamente a una directora de diseño contra el capó de un todoterreno cubierto de ceniza volcánica.

El rostro de Bianca se tornó del color de un pimiento maduro. Enzo abrió la boca con un ahogo mudo, llevándose una mano al pecho como si acabara de recibir un disparo de artillería pesada.

—¡No hay cámaras en el garaje sur de Taormina! —protestó Enzo con pánico puro.

—En el garaje no, querido —remató Valeria con una reverencia impecable mientras recogía su libreta de planos y sus stilettos del suelo—. Pero mi dron de control topográfico tiene sensores infrarrojos térmicos de última generación. Y detectó una elevación de temperatura muy sospechosa sobre mi coche.

Dante pasó un brazo por los hombros de Valeria, atrayéndola hacia la salida con paso majestuoso, dejando a sus dos amigos congelados en medio del desastre de cables:

—Tienen cuarenta y ocho horas para editar su propia boda en los créditos finales, chicos. No querríamos que el público piense que las únicas apuestas que se cobran en esta empresa son las nuestras.

Las puertas de la sala de proyección se cerraron tras ellos con un chasquido suave.

En el pasillo en sombras, Valeria se calzó los zapatos, apoyándose en el hombro sólido de su marido, riendo en voz baja mientras el eco de las maldiciones histéricas de Bianca y Enzo resonaba amortiguado a sus espaldas:

—Somos unos monstruos corporativos, Dante.

—Somos los mejores estrategas de Milán, TintaBlanca —corrigió él, atrayéndola hacia el ascensor con un beso hambriento que disipó la noche—. Y ahora, vámonos a casa antes de que a esos dos se les ocurra revisar las cámaras del archivo central.

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Saira Macias
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