—Ve y acúsame con mi papá —se burló Daniela Solana después de humillarla una vez más.
Maite Guzmán hizo exactamente eso.
Con veintidós años, una beca que no podía perder y un celular lleno de pruebas, entró en la oficina del hombre más poderoso de Monterrey. Esperaba que Rodrigo Solana comprara su silencio. En cambio, él castigó a su propia hija, le dio de comer cuando Maite se desmayó de hambre y decidió que nadie volvería a tocarla.
Rodrigo tiene cuarenta y seis años, una fortuna de esas que abren cualquier puerta, una exesposa que todavía lo reclama y la costumbre de controlarlo todo. Maite es la compañera de universidad de su hija, viene de un rancho y no piensa deberle nada a ningún hombre.
Pero la gratitud se convierte en deseo. Las miradas clandestinas terminan detrás de una puerta cerrada, y el hombre más frío de Monterrey descubre que con Maite no sabe ser prudente: quiere protegerla en público, hacerla temblar en privado y convertirla en su esposa.
Daniela todavía no sabe que la becada a la que humilló duerme en la cama de su padre.
Cuando lo descubra, ya será demasiado tarde: Maite no será su víctima. Será su madrastra.
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Capítulo 17
Capítulo 17: El que quiere lo ajeno
Maite bajó la escalera con el celular pegado a la oreja y el corazón en la garganta. Iba descalza. El piso de cemento estaba frío.
—No cuelgues. —La voz de Rodrigo le llegó baja, sin prisa—. Ponme en altavoz y déjame en la mesa. Yo me quedo callado. De este lado se graba todo.
—Sale —susurró ella.
En la puerta, recortado contra la luz amarilla del porche, estaba su tío. Traía el sombrero puesto y un cigarro en la boca, y ocupaba todo el marco, como si la casa ya fuera suya y nada más estuviera esperando que alguien se lo confirmara.
—Mira quién llegó. —Echó el humo hacia adentro—. Llegaste hoy y ni pasaste a saludar a tu tío, ¿verdad, escuincla?
Maite tocó la pantalla, activó el altavoz y dejó el celular boca abajo sobre la mesa del comedor, junto al servilletero. Luego sonrió.
—Buenas noches, tío. Permítame. Pásele.
* * *
Cirilo entró sin quitarse el sombrero. No se sentó. Se quedó parado junto a la mesa, con las botas sobre el piso que su hermano había colado a mano, y dejó caer la ceniza ahí mismo.
Su mamá bajó detrás de Maite y se quedó al pie de la escalera, con el rebozo apretado en el puño.
—Ahora resulta que tienes abogada. —Cirilo sacó del bolsillo trasero un papel doblado en cuatro, arrugado, con una esquina rota—. Primero me mandas esto a la casa, como si yo fuera un ratero. Y luego la vieja esa se me para enfrente del árbol, delante de todos los vecinos, a amenazarme con la policía. —Tiró el papel sobre la mesa—. ¿Me mandaste a la abogada a hacerme quedar mal con todo el pueblo?
Maite reconoció la carta. La que él había roto frente a la licenciada Salinas. Alguien la había pegado con diurex.
—Siéntese, tío. Le hago un café.
—No vine a tomar café. Vine a poner las cosas en su lugar, porque en esta casa ya se les olvidó cómo son. —Levantó un dedo—. Una: las mujeres se casan y se van. Tú te vas a casar, escuincla, y te vas a ir, como todas. —Otro dedo—. Dos: esta casa necesita un hombre Guzmán. Tu papá ya no está. Yo soy el hermano. —El tercero—. Y tres: el solar y la casa van a ser para Neto. Ya se va a casar, necesita dónde. Así se hace en las familias.
—Cirilo… —empezó doña Rosa.
—Tú no te metas, Rosa. —Ni la volteó a ver—. Nomás le estoy explicando a tu hija. La barda se tumba. El patio se hace más grande. Y ese pinche árbol se corta, que nomás estorba y ensucia.
Maite sintió cómo se le cerraba el estómago. El naranjo de su papá. El de las flores blancas en marzo. El de la raya clara en el tronco.
Siguió sonriendo.
Se sentó a la mesa, despacio, con la espalda derecha, y cruzó las manos encima de la carta.
—La ley no pregunta si uno es hombre o mujer, tío.
Cirilo abrió la boca.
—Mi papá dejó esposa y dejó hija —siguió ella, sin subir la voz—. Y las dos heredamos. Usted es su hermano, y lo respeto, pero usted no hereda nada.
Hizo una pausa. Lo dejó ahí, con la boca abierta. Él no encontró qué meter en el hueco.
—¿La abogada? —Maite ladeó la cabeza—. La mandé yo. Mejor una carta de abogado que un machetazo, ¿no? Así se respeta a los mayores. Por escrito. Con sello.
—Mira nomás, ya te crees muy licenciada porque vas a la universidad, pero…
—Y otra cosa, tío. —Lo cortó igual de tranquila, como quien corrige una suma—. El que quiere lo ajeno nunca tiene la razón.
El silencio se quedó colgando del foco del comedor. Afuera ladró un perro, y otro le contestó más lejos.
Cirilo se quitó el cigarro de la boca. Se le había apagado.
—¿Me estás diciendo ratero?
—Le estoy diciendo lo que dice el papel. —Maite tocó la carta con un dedo—. Usted lo rompió. Alguien lo pegó. Ahí sigue diciendo lo mismo.
Del lado de la escalera, algo cambió. Doña Rosa soltó el rebozo. Dio dos pasos hasta la mesa y se quedó de pie junto a su hija, más baja que su cuñado por una cabeza entera.
—Mientras yo todavía te reconozca como el hermano de mi Efraín, Cirilo —dijo, y le tembló la barbilla, pero no la voz—, bájale.
Cirilo la miró como si la mesa hubiera hablado.
Maite se puso de pie. Le tomó la mano a su mamá, la tenía helada.
—Si usted no se quita esa idea de la cabeza, tío, las dos familias quedamos hasta aquí. Usted en su casa y nosotras en la nuestra. Sin misa, sin cumpleaños, sin nada.
Durante un segundo pareció que él iba a darse la vuelta.
Luego le dio una patada a la silla más cercana. La silla se fue de lado contra el trinchador y los platos de adentro brincaron. Doña Rosa dio un respingo.
—¡Tengo a Neto! —gritó Cirilo, con la cara roja hasta el cuello—. ¡Esta casa va a ser de un Guzmán hombre, les guste o no! ¡Y si se ponen de payasas con sus abogados, las voy a dejar sin cara en todo el pueblo! ¡A las dos! ¡Van a ver quién les…!
—Buenas noches, don Cirilo.
La voz salió de la mesa. Tranquila, grave, con ese tono de hombre que no necesita repetir las cosas.
—Todo lo que acaba de decir está quedando grabado.
Cirilo se quedó con el brazo a medio levantar. Miró el celular boca abajo junto al servilletero. Miró a Maite. El color de la cara se le fue bajando del cuello a quién sabe dónde.
—¿Y ese quién es?
Maite no parpadeó.
—Mi abogado.
Él abrió y cerró la boca dos veces. Recogió el sombrero, que ni se le había caído, y se lo acomodó con las dos manos, como si eso le devolviera algo.
—Esto no se queda así —masculló—. Pinches viejas.
Salió dando un portazo que hizo temblar la ventana. Por encima de la barda de atrás se asomó la cabeza de la vecina, luego la de su hijo. Del otro lado de la calle se prendió una luz.
—¿Todo bien, Rosa? —gritó la vecina.
—Todo bien. Ya se fue.
Alguien más había oído. Mañana lo iba a saber medio San Isidro.
* * *
Las manos de Maite empezaron a temblar cuando el portazo dejó de sonar. Primero los dedos. Después todo el brazo. Levantó el celular de la mesa y casi se le cae.
—Ahorita vengo, amá. —No pudo decir nada más.
Subió la escalera de dos en dos, cerró la puerta del cuarto y se pegó el teléfono a la cara. El minisplit seguía zumbando como si nada.
—¿Sigues ahí?
—Aquí estoy. —Del otro lado se oía un teclado, rápido, y luego nada—. Lo hiciste perfecto, nena.
—¿Grabaste todo?
—Desde que te dijo escuincla.
A Maite se le salió una risa rara, mitad sollozo.
—Me tiemblan las piernas. Me tiemblan hasta los dientes.
—Siéntate. Respira. —Una pausa—. Ahora me toca a mí.
—¿Qué vas a hacer?
—Nada que no sea legal. Villarreal ya tiene la grabación. En este momento le está llamando a la licenciada Salinas. Hoy mismo ella le marca a tu mamá.
Maite se sentó en la orilla de la cama. Le costó encontrar la voz.
—¿Y tu junta? La de Asia. Era a las nueve.
—Sigue ahí. En la otra pantalla. —Lo dijo como si nada—. Una pantalla llena de gente esperándome.
—Rodrigo…
—Que esperen.
Ella cerró los ojos un segundo. Por la ventana, abajo, la luz del porche caía sobre el patio y alcanzaba la copa del naranjo.
Su mamá estaba ahí.
Sentada en la banquita de cemento, debajo del árbol, sola. Tenía el rebozo en el regazo y se limpiaba la cara con la orilla, una vez, otra vez, con cuidado, como si alguien la pudiera ver y ella no quisiera que se notara.
Maite se levantó.
—Voy con ella.
—Ve. No cuelgo.
Bajó con el celular en la bolsa del short, la llamada corriendo contra su pierna. Cruzó el patio sin hacer ruido. Olía a tierra regada y a hojas de naranjo.
Se sentó detrás de su mamá en la banquita y la abrazó por la espalda. Recargó la barbilla en su hombro. Doña Rosa se quedó quieta. Luego le agarró las manos a su hija, las dos, y se las apretó contra el pecho.
Estuvieron así un rato largo. Nadie dijo nada. Del otro lado de la barda se oía la tele de Cirilo, muy alta, y una puerta que se azotaba.
Doña Rosa soltó una mano y la estiró hacia el tronco, hasta tocar con la yema la raya clara que había dejado la motosierra. La dejó ahí.
A Maite se le cerró la garganta.
Doña Rosa se sorbió la nariz. Se volteó un poco, lo justo para verla de reojo bajo la luz amarilla.
—Oye, mija. —La voz le salió baja, curiosa, casi desconfiada—. ¿Y ese abogado de dónde salió?
Maite abrió la boca.
En la bolsa del short, el celular seguía tibio contra su pierna. Del otro lado, alguien esperaba la respuesta tanto como su mamá.
No tuvo ninguna.