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Nadie Lloró Por Ella.

Nadie Lloró Por Ella.

Status: Terminada
Genre:Policial / Escena del crimen / Casos sin resolver / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SugarBloom

Hay secretos que deberían permanecer enterrados. Y verdades que pueden destruirte.

Cuando un crimen sacude la tranquilidad de un pueblo donde todos parecen conocerse, una joven queda atrapada en un juego de mentiras, sospechas y traiciones. Cada pista conduce a una nueva pregunta, cada sospechoso oculta algo y cada respuesta parece alejarla aún más de la verdad.

En medio del caos, un enigmático chico despertará su curiosidad… aunque confiar en él podría ser su peor error.

Todos tienen un motivo. Todos guardan un secreto. Pero alguien ha conseguido mantenerse un paso por delante de los demás, escondiéndose a plena vista.

Y cuando la verdad salga a la luz, desearás no haber sospechado de la persona equivocada.

Novela 100% mía, acepto correcciones🤞

NovelToon tiene autorización de SugarBloom para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

9. La puerta que no debía abrirse.

A las 22:17, estoy frente al espejo de mi habitación, intentando convencerme de que no estoy cometiendo el peor error de mi vida.

No funciona.

Sobre la cama tengo una campera negra, una linterna, el teléfono cargado y la fotografía de la mujer que lleva la estrella plateada. También he guardado la llave antigua que Mateo encontró en la caja de metal.

No recuerdo en qué momento decidí llevarla conmigo.

Quizá porque el número grabado en ella, el diecisiete, parece perseguirme desde que comenzó todo esto.

O quizá porque, en el fondo, una parte de mí sospecha que esa llave abre una puerta que ya he cruzado antes.

Una puerta que mi memoria se empeña en mantener cerrada.

Me pongo la campera y recojo el cabello en una coleta. Después, vuelvo a revisar el mensaje.

Mañana, a las 23:00. La puerta del sótano estará abierta.

Si querés saber quién mató a Mara, bajá sola.

Lo he leído tantas veces que podría repetirlo con los ojos cerrados.

No sé quién lo envió.

No sé cómo consiguió las grabaciones.

Y no sé si la persona que me está citando en la mansión es la misma que ha estado vigilándome desde el principio.

Lo único que sé es que no puedo seguir viviendo rodeada de preguntas.

Si existe una posibilidad de descubrir qué ocurrió aquella noche, voy a aprovecharla.

Incluso si eso significa enfrentarme a mis propios recuerdos.

Mi teléfono vibra sobre el escritorio.

Es un mensaje de Mateo.

¿Estás en casa?

Me quedo mirando la pantalla.

Podría contarle lo de la cita. Podría pedirle que me acompañara, aunque el mensaje haya sido muy claro. Podría hacer lo mismo con Gael.

Pero entonces recuerdo las palabras del desconocido.

Bajá sola.

Y, por primera vez, comprendo que quizá esa sea la verdadera intención.

Quieren que deje de confiar en los demás.

Quieren aislarme.

O quizá saben que, si alguien me acompaña, no podré recordar lo que ocurrió.

Escribo una respuesta breve.

Sí. Estoy cansada. Hablamos mañana.

Mateo contesta casi inmediatamente.

Abril, necesito decirte algo.

Me quedo inmóvil.

¿Qué cosa?

Los tres puntos aparecen.

Desaparecen.

Vuelven a aparecer.

Finalmente, recibo una respuesta.

No vayas a la mansión.

Siento que el corazón me da un vuelco.

¿Cómo sabés que iba a ir?

Esta vez, la respuesta tarda más.

Porque yo también recibí un mensaje.

Me siento en el borde de la cama.

¿Qué decía?

Mateo me envía una captura de pantalla.

El mensaje es de un número desconocido.

No contiene fotografías ni grabaciones.

Solo una frase.

Si Abril vuelve al sótano, esta vez no vas a poder sacarla.

Leo las palabras varias veces.

Después llamo a Mateo.

Contesta al primer tono.

—¿Qué significa esto? —pregunto sin saludar.

—No lo sé.

—¿Cuándo lo recibiste?

—Hace diez minutos.

—¿Y por qué no me lo dijiste antes?

—Porque quería hablar con vos en persona.

Me levanto y comienzo a caminar por la habitación.

—Mateo, escuchame. Alguien me citó en la mansión para esta noche.

Al otro lado de la línea no se oye nada.

—¿Abril?

—A las once.

—No vayas.

—Ya lo decidí.

—¡No entendés lo que estás haciendo!

Me detengo.

—Entonces explicámelo.

Mateo respira agitadamente.

—No puedo.

Cierro los ojos.

Por supuesto.

Otra vez lo mismo.

—¿Sabés qué, Mateo? Estoy cansada de que todos me digan que no puedo hacer algo porque no entiendo. Nadie me explica nada. Nadie me dice qué pasó. Y mientras tanto, alguien sigue enviándome fotografías, audios y amenazas. Olivia está muerta y no voy a quedarme sentada esperando a que decidan qué puedo saber sobre mi propia vida.

—No quiero que te pase nada.

—Entonces empezá por decirme la verdad.

El silencio vuelve a instalarse entre nosotros.

Cuando Mateo habla, su voz suena distinta.

Más baja.

Más triste.

—Hay una cosa que recuerdo de aquella noche.

Me quedo quieta.

—¿Qué cosa?

—Cuando te saqué de la mansión, estabas repitiendo una frase.

—¿Cuál?

Mateo tarda unos segundos en responder.

—Decías que la puerta tenía que quedarse cerrada.

Siento un escalofrío.

—¿Qué puerta?

—La del sótano.

Miro hacia la ventana de mi habitación.

El reflejo que aparece en el cristal parece el de una desconocida.

—¿Y quién estaba dentro?

—No lo sé.

—¿Escuchaste algo?

—Sí.

Aprieto el teléfono contra mi oído.

—¿Qué?

Mateo traga saliva.

—Alguien estaba golpeando la puerta desde el otro lado.

No digo nada.

No puedo.

Porque, de repente, la imagen de una puerta oscura aparece en mi cabeza.

Madera vieja.

Una manija metálica.

Y tres golpes.

Uno.

Dos.

Tres.

Me llevo una mano a la boca.

La imagen desaparece tan rápido como llegó.

—Abril, ¿seguís ahí?

—Sí.

Mi voz apenas se escucha.

—No vayas —repite Mateo—. Por favor.

Miro la hora.

22:29.

Tengo treinta y un minutos para llegar a la mansión.

Y ahora sé algo que no sabía antes.

No solo me llevaron a aquella casa.

También me sacaron de ella mientras alguien seguía encerrado en el sótano.

—Lo siento, Mateo —susurro.

Corto la llamada.

Y salgo de casa.

La mansión Valdés parece más grande de noche.

O quizá sea el miedo lo que deforma las cosas.

Las ventanas están oscuras, las paredes cubiertas de humedad y la verja oxidada se balancea ligeramente con el viento. Las ramas de los árboles golpean contra el tejado y el sendero de entrada está cubierto de hojas secas.

Me detengo frente a la verja.

Son las 22:56.

Tres minutos para las once.

Miro a mi alrededor.

No hay nadie.

Ni coches estacionados cerca de la entrada ni luces encendidas en las casas más próximas. Solo el viento y el ruido lejano del río.

Saco la linterna del bolsillo y empujo la verja.

Se abre con un chirrido.

El sonido me hace estremecer.

Durante unos segundos, permanezco inmóvil, con una mano sobre el metal y la otra apretando el teléfono.

Todavía puedo regresar.

Puedo volver a casa, despertar a mi madre y exigirle que me cuente lo que sabe. Puedo llamar a Mateo y pedirle que venga. Puedo buscar a Gael y preguntarle quién estaba encerrado en el sótano.

Pero entonces pienso en Olivia.

En la fotografía que la mostraba junto a Mara un día antes de su desaparición.

En su mensaje.

Necesito hablar contigo. Es sobre Mara.

Olivia sabía algo.

Y alguien la mató antes de que pudiera contármelo.

No voy a permitir que eso vuelva a ocurrir.

Cruzo la verja.

El jardín está cubierto de maleza y las piedras del sendero sobresalen entre la tierra húmeda. Camino despacio, iluminando el suelo con la linterna.

Al llegar a la entrada principal, descubro que la puerta está entreabierta.

No recuerdo haberla visto así la última vez.

Me acerco y apoyo una mano sobre la madera.

Está fría.

Empujo.

La puerta se abre.

El interior huele a polvo, humedad y madera vieja. El vestíbulo está exactamente como lo recuerdo de las fotografías: una escalera amplia al fondo, un espejo agrietado en la pared y una lámpara cubierta por una tela gris.

Sin embargo, hay algo distinto.

Alguien ha limpiado una franja estrecha del suelo.

Una línea de polvo ha sido retirada desde la entrada hasta el pasillo de la derecha.

Como si alguien hubiera caminado por allí hace muy poco.

Sigo el rastro.

A cada paso, el silencio parece hacerse más pesado.

El pasillo termina frente a una puerta estrecha.

No tiene picaporte.

Solo una cerradura antigua.

El sótano.

Saco la llave del bolsillo.

El número diecisiete brilla bajo la luz de la linterna.

La introduzco en la cerradura.

Encaja perfectamente.

Me quedo mirándola durante unos segundos, con los dedos temblorosos.

¿Por qué tengo esta llave?

¿Quién la guardó durante tantos años?

¿Y por qué alguien se aseguró de que terminara en mis manos?

Giro la llave.

La cerradura hace un clic.

La puerta se abre unos centímetros.

Un olor frío, húmedo y cerrado sale desde el interior.

Ilumino el espacio que hay detrás.

Una escalera desciende hacia la oscuridad.

Y al final de los escalones hay otra puerta.

Esta vez, de metal.

La misma que aparece en mis recuerdos.

La misma que alguien golpeaba desde el otro lado.

Me quedo sin aire.

No es una imagen inventada por mi mente.

No es un sueño.

He estado aquí.

He visto esta escalera.

He escuchado esos golpes.

Y una parte de mí recuerda perfectamente lo que sintió aquella noche.

El terror.

La urgencia.

La certeza de que no debía abrir.

Doy un paso hacia el primer escalón.

Entonces escucho un ruido detrás de mí.

Me vuelvo de golpe.

Una figura está de pie al final del pasillo.

—¿Qué hacés acá? —pregunto.

La persona avanza un paso hacia la luz.

Es Gael.

Tiene el cabello revuelto, la respiración agitada y una expresión que nunca le había visto.

—Te dije que no vinieras sola.

Siento una oleada de rabia.

—¿Me estás siguiendo?

—Te estaba buscando.

—¿Cómo sabías que iba a venir?

Gael mira la puerta abierta.

Después, la llave que sostengo en la mano.

—Porque alguien quería asegurarse de que llegaras hasta aquí.

—¿Quién?

No responde.

Me acerco a él.

—¿Vos me enviaste el mensaje?

—No.

—¿Sabías que iba a venir?

—Lo sospechaba.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Gael aprieta los labios.

—Porque no estaba seguro.

—¿De qué?

Me mira a los ojos.

—De si el mensaje era para vos o para mí.

El silencio cae entre nosotros.

—¿Qué significa eso?

Gael saca el teléfono y me muestra una imagen.

Es una fotografía del interior del sótano.

La puerta de metal aparece en el fondo.

Delante de ella hay una silla.

Y sobre la silla, una cinta de casete.

La imagen está acompañada por una frase.

A LAS ONCE, UNO DE LOS DOS RECORDARÁ.

Miro la hora.

23:02.

—¿Cuándo recibiste esto?

—Hace veinte minutos.

—¿Y viniste solo?

Gael asiente.

—¿Por qué?

Su expresión se endurece.

—Porque hay algo que nunca te conté sobre aquella noche.

Siento que el corazón vuelve a acelerarse.

—¿Qué cosa?

Gael mira hacia las escaleras.

—Yo también escuché los golpes.

Me quedo inmóvil.

—¿Estabas allí cuando alguien golpeaba la puerta?

—Sí.

—¿Y qué hiciste?

Él baja la cabeza.

—Nada.

La respuesta me golpea con más fuerza de la que esperaba.

—¿Nada?

—Tenía nueve años. Estaba asustado. No sabía quién estaba detrás de la puerta ni qué había pasado arriba.

—¿Y no intentaste abrir?

Gael niega lentamente.

—Alguien me dijo que, si la abría, iba a ser culpa mía.

Siento un escalofrío.

—¿Quién te dijo eso?

Gael levanta la mirada.

—La mujer de la estrella.

La misma mujer.

La que aparece en mis fotografías.

La que me prometió que nunca volvería a entrar en aquella casa.

La que quizá estuvo presente cuando Mara desapareció.

—¿La conocías? —pregunto.

—No sabía su nombre. Pero recuerdo su voz.

—¿Qué te dijo?

Gael tarda unos segundos en contestar.

—Que teníamos que salir de la mansión antes de que alguien nos encontrara.

Me llevo una mano a la frente.

Las piezas empiezan a moverse dentro de mi cabeza, pero ninguna encaja todavía.

Mateo me llevó a la mansión.

Gael estaba allí.

La mujer de la estrella nos ordenó salir.

Y alguien golpeaba la puerta del sótano.

—¿Quién estaba encerrado? —pregunto.

Gael me mira.

—No lo sé.

Doy un paso hacia él.

—¡Pero escuchaste los golpes!

—Sí.

—¡Entonces alguien estaba ahí!

—Lo sé, Abril.

—¿Y no querés saber quién?

Gael guarda silencio.

Después, dice algo que hace que mi rabia se transforme en miedo.

—Lo que quiero saber es por qué, cuando la mujer nos sacó de la casa, vos estabas convencida de que la persona que golpeaba la puerta ya estaba muerta.

Siento que las piernas me fallan.

Me apoyo contra la pared.

No recuerdo haber dicho eso.

No recuerdo haber visto a nadie morir.

No recuerdo nada.

Pero, en el fondo de mi cabeza, una voz empieza a susurrar.

No abras.

No abras.

No abras.

Cierro los ojos.

Y vuelvo a escuchar los golpes.

Uno.

Dos.

Tres.

Después, una voz.

Una voz que pronuncia mi nombre.

—Abril…

Abro los ojos de golpe.

Gael está frente a mí.

—¿Qué pasa?

No puedo responder.

Porque la voz no viene de mis recuerdos.

Viene del sótano.

Alguien está pronunciando mi nombre desde detrás de la puerta de metal.

—Abril…

Retrocedo.

Gael me toma del brazo.

—No te acerques.

La voz vuelve a escucharse.

Esta vez, más clara.

—Abril, sé que estás ahí.

Siento que el corazón se me detiene.

Porque reconozco esa voz.

No por las grabaciones.

No por los mensajes.

La reconozco porque la he escuchado muchas veces, en los últimos diez años.

En mi casa.

En la escuela.

En los pasillos del pueblo.

Es una voz que pertenece a alguien que conozco.

Alguien que he visto hace apenas unas horas.

Miro a Gael.

Él también la ha reconocido.

Su rostro pierde el color.

—No puede ser —susurra.

La voz vuelve a hablar.

—Abril, por favor. Abrí la puerta.

Me acerco un paso a las escaleras.

Gael intenta detenerme, pero me aparto.

—¿Quién sos? —pregunto.

Al otro lado de la puerta hay un silencio breve.

Después, una respuesta.

—Soy la persona que todos creen que murió.

Siento que el aire desaparece de mis pulmones.

La voz pronuncia mi nombre una última vez.

Y entonces añade:

—Y soy la única que puede decirte qué hiciste aquella noche.

Me quedo inmóvil frente a las escaleras.

La llave sigue en mi mano.

La puerta está a unos metros.

Y, por primera vez, comprendo que todas las amenazas, las fotografías y las grabaciones me han conducido hasta este momento.

Hasta esta puerta.

Hasta la persona que todos intentaron borrar de la historia.

Miro a Gael.

Él niega con la cabeza, desesperado.

—Abril, no lo hagas.

Pero ya estoy bajando el primer escalón.

Después el segundo.

Y el tercero.

Cada paso me acerca a una verdad que llevo diez años intentando recordar.

Cuando llego al final de la escalera, la puerta de metal está justo delante de mí.

La llave tiembla entre mis dedos.

—¿Quién sos? —pregunto una vez más.

La respuesta llega desde el otro lado.

Una voz que parece atravesar el tiempo.

Una voz que hace que todos mis recuerdos se vuelvan fragmentos de un mismo sueño.

—Soy Mara, Abril.

Se me corta la respiración.

—Y tenés que escucharme antes de que vuelva ella.

—¿Quién?

Durante unos segundos, no hay respuesta.

Después, Mara susurra:

—La mujer que te enseñó a mentir.

_____________

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Anonimus✨
Una obra de arte, me llaman más la atención los policiales desde el libro, quiero más novelas tuyas autor porfa termina de completar las demás novelas que tienes☺️☺️☺️☺️
Fénix.
Bravo🙌
Fénix.
No puede ser!! hubo algunos capitulos en los que me perdí pero me atrapó completamente 👏👏 bravo quiero más novelas tuyas🤭👏
Anonimus✨
Ostraaas! pero que pasada ella tiene algo que ver con la muerte de la chica??/Shame//Shame//Shame//Shame/
Anonimus✨
Se conocían? no puede ser!!!!/Shy/
Anonimus✨
Uuuuh no mames wey!!
Anonimus✨
Que genial el prólogo! la me imagino el resto de la historia
Fénix.
uffff que intrigante quiero más /Whimper//Whimper//Whimper/
Fénix.
Interesante historia, es mi primera vez leyendo una novela policial jaja le veo potencial, espero más caps😊😊😊
🌸SugarBloom🌸: Entonces espero que te guste mucho esta novela ☺️☺️
total 1 replies
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