Lucca Meirelles Hernandes es frío, letal y no le teme a nada. Como nuevo Capo de la Cosa Nostra en Seattle, tiene el poder, el dinero y una sola regla inquebrantable: el amor es una debilidad que jamás se permitirá.
Hasta que una enfermera de metro y medio, brava y sin un centavo, le suelta una cachetada delante de todos sus hombres.
Ana Beatriz Olivares aprendió a sobrevivir sola. Cuida vidas de día, duerme con un cuchillo bajo la almohada de noche y no le baja la mirada a nadie… ni siquiera al hombre más peligroso de la ciudad. Lo que empieza como un choque de fuego cruzado termina arrastrándola a un mundo de casinos, secretos y balas, donde ser la mujer del Capo la convierte al mismo tiempo en la más protegida y en el blanco más codiciado.
Él juró no amar jamás. Ella juró no volver a ser de nadie. Pero cuando los enemigos empiezan a cerrar el círculo, ninguno de los dos podrá negar por cuánto sería capaz de matar… y de morir… por el otro.
Pasión ardiente, lealtad de sangre, venganza y una historia de amor que nace entre las balas. El Capo y la Enfermera: cuando el hombre que no debía sentir nada se enamora de la única mujer que se atrevió a plantarle cara.
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Capítulo 18
Ana
Después de todo lo que pasó, Lucca me trajo a su cuarto, me di un baño y comimos un bocadillo; de verdad me estaba muriendo de hambre. Nos quedamos conversando un rato; no me dejó sola después de lo que hice, y mucho menos me juzgó; al contrario, su mirada se mostró preocupada por mí, y eso lo valoro.
Lucca, quitando lo que le hizo a la familia de Eliza, hasta que no es mala persona. También me dijo que hay alguien que quiere hacerme daño y que no voy a ir a trabajar por ahora; me da rabia, porque luché para ser quien soy, pero lo entiendo.
Después él se dio un baño y salió en calzón, y en ese momento hasta se me olvidaron mis problemas: qué hombre maravilloso, un pectoral perfecto, y sin contar que el calzón se le ve bien relleno, y vaya relleno; hasta mi intimidad se pone contenta. Ahí veo la sonrisa cínica del creído y me volteo; lo veo murmurando algo, pero no le hago caso.
En la madrugada me despierto apenas un poco con Lucca abrazándome, aprisionándome entre sus brazos y diciendo que mi olor es rico. Intento soltarme pero no puedo, me sujeta firme, y no siento miedo de estar en sus brazos; la verdad, mi cuerpo es bien traidor y se deja acoger por él.
Ya amaneció. Me despierto y Lucca ya no está en la cama; hay una señora en el cuarto acomodando un montón de ropa de mujer en un clóset, y me ve y me sonríe.
—Hola, niña, buenos días, perdón si te desperté. Lucca me pidió organizar tu ropa en el clóset —me dice sonriendo.
—Buenos días, señora. Por lo que veo, esa ropa no es mía —respondo.
Ella sonríe y me dice que Lucca mandó a una marca de lujo a entregar una colección entera para mí, y que en el baño hay un kit completo de higiene personal para mí, y me quedo sorprendida.
Entonces le pregunto dónde está él, y me dice que ya desayunó y está en el despacho.
Voy al clóset donde está la señora y elijo un vestido floreado sencillo y unas sandalias. Voy al baño, me doy un baño y hago mi higiene personal.
Apenas salgo del baño, veo que la señora Anita ya bajó, así que salgo del cuarto, hago el camino que recuerdo hacia la entrada principal y me quedo medio perdida, hasta que escucho una voz gruesa detrás de mí.
—¿Estás perdida, estresadita? —dice.
Me volteo hacia él y le digo que tengo hambre. Suelta una sonrisa leve y me lleva a la mesa; se sienta a mi lado y lo veo mirándome, pero no dice nada, entonces hablo.
—Gracias por la ropa, Lucca, pero no hacía falta, yo podía haber ido a buscar mis cosas —le digo.
—Ana, todo va a ser nuevo en tu vida, incluida la ropa —responde.
Entonces agarro un pedazo de pastel y un jugo de naranja y desayuno —casi un almuerzo, de lo tarde que es ya—; él me sigue observando, pero no dice nada.
—¿Te vas a quedar mirándome así, Lucca, sin decir nada? —pregunto.
—Iba a quedarme solo mirando, pero ya que te gusta la actitud, entonces ok —dice él.
De repente me jala hacia un beso y no consigo negarme y le doy paso; me pierdo en sus labios. Ahí, en ese momento, mis miedos se fueron y ya no quería parar, hasta que él se detiene, todavía muy cerca de mi cara, y dice.
—Muchacha, ¿qué me estás haciendo? —dice.
Bajo la mirada, porque por primera vez no sé qué decir, y él me levanta la cara y dice.
—No quiero verte más con la cabeza baja y con miedo. Eres hermosa, y te quiero a mi lado, fuerte y preparada para todo… —dice.
Sigo mirándolo, y él me da otro beso y se aparta, diciendo que va a ver a su hermano, y yo digo.
—¿Puedo ir contigo? —le digo.
Me mira desconfiado, y yo le digo que mientras él visita a su hermano, iré a hablar con Eliza.
—Siempre y cuando no olvides lo que puede pasar si te haces la listilla. Si te escapas, no iré detrás de ti, pero tu amiga y su familia van a pagar por tu aventura —advierte.
—¿Puedes dejar de amenazarme? Si sigues así… —le digo.
—Como la amenaces otra vez, Lucca, te las vas a ver conmigo —interviene Melissa.
—Mamá, no es una amenaza, solo le estoy explicando que toda acción tiene una reacción… —replica él.
—Estoy segura, hijo, de que ella ya entendió su situación, y no tienes por qué ser tan insensible y ponerte a torturarla —dice ella.
Suelto una risita, porque Lucca tiene cara de bravo, pero no se atreve a responderle a su mamá; el señor Henrique solo observa sin decir nada. Doña Melissa parece ser la columna principal de esta casa.
Ella me mira y me dice que tendremos un entrenamiento intenso juntas apenas pase el casamiento, porque es importante saber defenderse. A Lucca parece que no le gustó mucho la idea, pero no dice nada.
Entonces él me llama para irnos, que ya está de salida. El señor Henrique le dice a Lucca que pasará con la señora Melissa por la empresa y que después irá al hospital también.
Salimos, y en el camino no hablamos nada; fue un silencio incómodo. Menos mal que el camino no es lejos.
Al llegar, entro con él al cuarto de Gustavo, que me mira sin entender qué hago ahí junto a su hermano, y me señala diciendo.
—¿Cuánto tiempo estuve desmayado para perderme este capítulo? —dice Gustavo.
—Es complicado… ella es tu nueva cuñada, la semana que viene nos casamos —responde Lucca.
—¡Oooye! ¿Cómo que, Lucca? —exclama Gustavo.
Miro a Lucca y le aviso que voy a salir a buscar a Eliza y a dejar que ellos conversen, y que me contará cómo me están obligando a aceptar este casamiento tan chiflado.
Él asiente y me dice que no olvide nuestro trato; yo solo respiro hondo y salgo.
Estaba buscando a Eliza, me encuentro con algunos colegas de trabajo y voy en dirección a la recepción, que está en el ala y el pasillo donde queda el cuarto de Gustavo. Ahí hay un hombre vestido de enfermero, pero nunca lo he visto, y al pasar escucho…
—Señor, solo estoy esperando a que el desgraciado de Lucca salga. Justo cuando iba para allá vi que llegó; apenas se vaya, iré al cuarto a aplicarle el veneno en el suero del hermano. Con Lucca ahí podría levantar sospechas. Vamos a terminar lo que empezamos… —dice en voz baja el desconocido.
Rayos, está hablando de Gustavo. Está tan distraído que no notó mi presencia. Discretamente retrocedo y entro al cuarto apurada y digo.
—Lucca, están planeando matar a tu hermano… —digo.