Náyrel siempre creyó que la soledad era el precio de su existencia. Oculta entre los árboles de un bosque encantado, guardaba un secreto que podía cambiar el destino de todos los reinos sobrenaturales: era la última hija de la Luna Blanca. Pero su mundo cambia el día que Darian Varek, el temido señor del Reino de las Sombras, descubre su existencia. Frío, dominante y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes, Darian decide llevarla a su castillo, convencido de que ninguna fuerza podrá arrebatársela. Sin embargo, Náyrel no nació para vivir entre muros ni para inclinar la cabeza ante ningún hombre. Se resistirá a sus órdenes, desafiará su autoridad y escapará tantas veces como sea necesario. Pero Darian siempre la encontrará. Entre persecuciones, secretos ancestrales y una atracción que ninguno logra comprender, Náyrel descubrirá que detrás de la frialdad de aquel inmortal existe una oscuridad mucho más profunda de lo que imaginaba. Y Darian aprenderá que la única criatura capaz de desafiar su poder también podría convertirse en su mayor debilidad. Ella desea escapar de él. Él está dispuesto a desafiar a la eternidad para conservarla a su lado. Pero cuando la verdad sobre el origen de Náyrel salga a la luz, ambos descubrirán que su encuentro no fue una coincidencia y que el destino les tiene reservado algo mucho más peligroso que el amor. Porque algunas almas están destinadas a encontrarse… incluso cuando una de ellas haría cualquier cosa por escapar. 🌙 ¿Podrá Náyrel conquistar su libertad sin perder el corazón ante el único hombre del que jamás debió enamorarse?
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El regreso de la reina
El amanecer encontró a Náyrel sentada junto a su madre en una de las habitaciones del castillo. Aveline llevaba una manta sobre los hombros y sostenía una taza de infusión entre las manos. Todavía parecía cansada, pero había recuperado algo de color en el rostro. De vez en cuando, acariciaba el cabello plateado de su hija, como si temiera que, al apartar la mirada, volviera a perderla.
—Déjame verte bien —pidió Aveline por tercera vez.
Náyrel soltó una risa suave.
—Mamá, llevas toda la mañana mirándome.
—Y pienso seguir haciéndolo. Me perdí demasiados años de tu vida.
La sonrisa de Náyrel se desvaneció un poco. Ella también había imaginado incontables veces cómo sería volver a abrazar a su madre, pero nunca había pensado en cuánto dolor podía esconder un reencuentro.
—¿Pensabas en mí mientras estabas allí? —preguntó.
Aveline dejó la taza sobre la mesa.
—Todos los días. Al principio creía que encontraría la forma de regresar enseguida. Después comprendí que debía mantener el sello estable para impedir que la fuerza encerrada escapara. Lo único que me daba esperanza era imaginarte creciendo, descubriendo el mundo y aprendiendo a vivir.
—Yo vivía en una cabaña, hablando con los árboles y cuidando mis plantas. No sabía que tenía una familia esperando por mí.
—Y aun así encontraste tu propio camino. Eso me enorgullece más de lo que imaginas.
Náyrel apoyó la cabeza en el hombro de su madre. Durante unos minutos no necesitaron decir nada. Después, Aveline le preguntó por su vida en el bosque, por las hierbas que recolectaba y por las pequeñas cosas que la hacían feliz. Náyrel le contó sobre su cabaña, sus mañanas tranquilas y las veces que había hablado con los árboles para no sentirse sola.
También le habló de Darian.
Intentó hacerlo con naturalidad, pero su madre notó la pequeña sonrisa que apareció en su rostro.
—Ah, ya veo —comentó Aveline.
Náyrel se incorporó de inmediato.
—¿Qué ves?
—Nada. Solamente que tu voz cambia cuando hablas de él.
—Mamá…
—No tienes que explicarme nada, cariño. Acabas de recuperar a tus padres. No pienso interrogarte sobre tus sentimientos.
—Gracias —respondió Náyrel, aliviada.
Aveline le tomó la mano.
—Solo quiero que recuerdes algo: puedes querer a alguien sin renunciar a ti misma. No permitas que nadie decida quién debes ser, ni siquiera por amor.
Náyrel pensó en las primeras semanas junto a Darian, cuando él intentaba controlar cada uno de sus movimientos. Después recordó las últimas conversaciones, sus disculpas y la manera en que había aprendido a acompañarla sin imponerle sus decisiones.
—Está intentando cambiar —admitió—. Y creo que quiero darle la oportunidad de demostrarlo.
—Entonces hazlo a tu ritmo.
En el salón principal, Eryndor conversaba con Darian cuando Náyrel apareció acompañada de su madre.
El antiguo rey se había aseado y llevaba ropa que Elowen había preparado para él. Aunque seguía mostrando señales de agotamiento, su porte recuperaba poco a poco la dignidad de quien había gobernado la Luna Blanca.
Al ver entrar a Aveline, se levantó inmediatamente.
Durante unos segundos, ambos se observaron sin saber qué decir. Habían compartido una vida, un reino y una hija. Ahora debían aprender a reconocerse después de una separación que ninguno había elegido.
Eryndor extendió la mano, pero no la obligó a acercarse.
—No sé por dónde empezar —confesó.
Aveline caminó hasta él y apoyó una mano en su mejilla.
—Empieza por quedarte. Esta vez no quiero promesas grandiosas. Quiero que estés aquí.
Eryndor cerró los ojos y cubrió la mano de su esposa con la suya.
—Me quedaré.
Náyrel sintió que se le humedecían los ojos otra vez. Darian, a su lado, le ofreció discretamente un pañuelo.
—¿Siempre llevas uno contigo? —susurró ella.
—Desde que descubrí que estar cerca de ti aumenta considerablemente la probabilidad de necesitarlo.
Náyrel soltó una carcajada que hizo que sus padres volvieran la mirada hacia ellos.
—¿Qué sucede? —preguntó Aveline, divertida.
—Nada —contestó Náyrel demasiado rápido.
Darian mantuvo una expresión impecable, aunque sus ojos grises brillaban de diversión.
Por primera vez, la tensión que había dominado el castillo durante tanto tiempo cedió ante algo sencillo: una familia reunida, una conversación sin acusaciones y una risa compartida.
Más tarde, los cuatro se sentaron a la mesa. Hablaron sobre lo que ocurriría después. Eryndor reconoció que los siete reinos necesitarían tiempo para conocer el regreso de su familia, y Aveline dejó claro que no pensaba permitir que la política decidiera cada aspecto de sus vidas.
—Primero recuperaremos nuestra salud —declaró—. Después veremos qué necesita el reino.
Náyrel estuvo de acuerdo. También quería conservar parte de su independencia, regresar algún día a su cabaña y seguir aprendiendo sobre las plantas.
—No quiero que mi vida cambie por completo solo porque descubrí quién soy —explicó.
—No tiene por qué hacerlo —respondió su padre—. Ser heredera no significa que debas dejar de ser mi hija.
Darian la miró con aprobación, pero no habló en su nombre.
Y Náyrel agradeció ese silencio.
Aquella tarde, mientras sus padres descansaban, salió al jardín. Darian la encontró junto a las flores blancas que ambos habían visto florecer días atrás.
—¿Cómo te sientes? —preguntó.
—Feliz. Abrumada. Asustada de que todo esto parezca un sueño.
—Es comprensible.
Náyrel lo observó y, después de dudar un instante, tomó su mano por voluntad propia.
—Gracias por ayudarme a traerlos de vuelta.
Darian entrelazó suavemente sus dedos con los de ella.
—No tienes que agradecerme por algo que también necesitaba hacer.
—Aun así, quiero hacerlo.
Él inclinó la cabeza, aceptando sus palabras sin intentar convertir aquel momento en una promesa de futuro.
Náyrel apoyó brevemente la cabeza en su hombro. Fue un gesto pequeño, pero esta vez no hubo miedo ni dudas inmediatas. Solo el deseo de permanecer allí un poco más.
Darian no la rodeó con los brazos hasta que ella se acercó por iniciativa propia.
Y bajo la luz del atardecer, Náyrel comprendió que recuperar a su familia era apenas el comienzo de una nueva etapa.
Ahora podía empezar a elegir cómo quería vivirla.
Y, por primera vez, también podía descubrir qué lugar deseaba darle a Darian en ella.