Valentina Solano despierta en un hospital después de perder a su bebé y descubre una verdad devastadora: su esposo y su suegra provocaron el accidente para quedarse con su dinero y su empresa.
Decidida a destruirlos antes de que ellos terminen de destruirla, busca a Sebastián Montero, el abogado de divorcios más temido de la Ciudad de México. Frío, brillante y acostumbrado a no perder jamás, Sebastián debería ser solamente su defensor. Pero entre audiencias, amenazas y secretos, la atracción rompe todas las reglas… y una sola noche cambia sus vidas para siempre.
Tres años después, Valentina regresa convertida en una mujer independiente, con una marca propia y un niño llamado Emilio que tiene los ojos de Sebastián.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su poderosa familia, a sus enemigos y hasta a la propia Valentina para recuperar el tiempo perdido. Porque Sebastián Montero puede ganar cualquier juicio, pero conquistar a la mujer que todavía ama será el caso más difícil de su vida.
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Capítulo 2
Cap 2 — La verdad detrás de la puerta
Risas.
Valentina bajó la llave despacio, como si el metal pudiera delatarla con un solo clic. Se quedó de pie frente a la puerta, con la bolsa del hospital colgando del hombro y las piernas todavía débiles, y escuchó.
La primera voz fue la de Camila Vargas.
—¿No dijiste que cuando esa mujer perdiera al bebé ibas a divorciarte? ¿Y ahora qué? ¿Me vas a decir que te dio lástima?
El tono era agudo, impaciente, con esa clase de irritación que solo nace de la costumbre de exigir. Valentina conocía esa voz. La había escuchado al teléfono de Martín una vez, de madrugada, meses atrás. Él le había dicho que era una compañera de trabajo.
Ella le había creído.
Luego vino la voz de Martín. Suave, cautelosa.
—Cami, no te pongas así. La acaban de dar de alta, está débil. Si le meto el divorcio ahora va a sospechar.
—¿Sospechar de qué? Si ni siquiera sabe que fuiste tú el que mandó a tu mamá a empujarla. Esa mujer es tan tonta que piensa que fue un accidente.
Valentina sintió que el aire se le congelaba en los pulmones.
No.
No había escuchado bien. Era imposible. Era...
Gladys intervino con su voz de siempre. Esa mezcla de fastidio y practicidad que usaba para hablar de la cena o del precio del gas.
—Ya déjense de dramas los dos. La cosa salió bien, ¿no? El mocoso no sobrevivió y ella sigue viva, que es lo que no queríamos pero ni modo. Lo importante es que ahora no se puede divorciar así nada más, porque si se entera de lo de la empresa nos va a querer sacar hasta el último centavo.
—Justamente por eso hay que esperar —dijo Martín—. Que se quede tranquila unos meses, que crea que todo sigue igual. Mientras tanto yo termino de sacar la empresa a mi nombre y le vamos bajando sus ahorros poco a poco. Cuando ya no tenga nada, la echamos.
Camila chasqueó la lengua.
—¿Unos meses? Martín, yo no tengo paciencia para seguir escondiéndome. ¿Sabes lo humillante que es ser la otra?
—No eres la otra, mi amor. Eres la única. Ella solo es un trámite.
—Un trámite que lleva tres años sin resolverse.
—Cami...
—Tu madre me dijo que cuando la empujara y perdiera al bebé, tú ibas a pedir el divorcio ese mismo día. ¿Y qué hiciste? Ni siquiera fuiste al hospital. Ni siquiera llamaste. ¿Qué clase de hombre hace eso?
Silencio breve. Incómodo.
Luego la voz de Gladys, cortante:
—Mira, niña, no te pongas a juzgar a mi hijo. Si mi plan hubiera salido completo, no estaríamos teniendo esta conversación. En el hospital pedí que salvaran al bebé y la dejaran morir a ella, así nos ahorrábamos el divorcio y nos quedábamos con todo. Pero la metiche de la madre de esa mujer se puso a gritar como loca y el doctor decidió salvar a la grande. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que le arrancara los tubos yo misma?
Valentina se llevó la mano a la boca.
Las rodillas le temblaban. El corazón le latía en la garganta, en las sienes, en las muñecas, en todas partes. Sintió náuseas —un golpe de bilis caliente subiéndole por el esófago— y tuvo que apoyarse contra la pared para no caer.
Mandó a su madre a empujarme.
La frase se repitió en su cabeza como un eco que no paraba de rebotar.
Mandó a su madre a empujarme.
Todo este tiempo había creído que fue un accidente. Un tropezón estúpido mientras ella limpiaba las ventanas del segundo piso con el embarazo de siete meses pesándole como una piedra. Gladys había entrado gritando no sé qué cosa sobre la cena, se habían chocado en el pasillo estrecho y Valentina había caído por las escaleras.
Así lo recordaba. Así se lo había explicado a sí misma cada noche en el hospital mientras se tocaba el vientre vacío.
Un accidente.
No fue un accidente.
Martín lo planeó. Gladys lo ejecutó. Camila lo sabía.
Los tres habían decidido, con la misma frialdad con que se decide tirar un mueble viejo, que su hijo no debía nacer.
Su hijo.
El niño del sueño. El de las mejillas rosadas y los brazos extendidos que decía mami, mami y se deshacía como humo.
No fue Dios quien se lo llevó. No fue la mala suerte. No fue su cuerpo que no pudo.
Fueron ellos.
Dentro de la casa, la conversación seguía.
Las voces ahora le llegaban distorsionadas, como si alguien hubiera metido su cabeza bajo el agua.
Alcanzó a escuchar fragmentos. Camila exigiendo un plazo. Martín prometiendo que antes de fin de año Valentina estaría en la calle sin un peso. Gladys calculando cuánto dinero quedaba en su cuenta de ahorros.
—Tiene como doscientos mil en el banco —decía Gladys—. Si la convencemos de que los meta en la empresa como inversión, nos los quedamos.
—Eso déjamelo a mí —dijo Martín—. La conozco. Es tan ingenua que si le digo que es para nuestro futuro, me los da sin preguntar.
Camila se rio. Una risa corta, afilada, como el chasquido de unas tijeras.
—Tu esposa es patética.
—Por eso me casé con ella —respondió Martín.
Y los tres se rieron.
Valentina cerró los ojos.
El dolor fue tan grande que por un instante dejó de sentir. Como cuando el agua está tan caliente que parece fría.
Se quedó ahí. De pie. Con la espalda contra la pared y la bolsa del hospital apretada contra el pecho. Dejó que la verdad le cayera encima entera, sin filtro, sin anestesia.
Tres años de matrimonio. Tres años cocinando para ese hombre, lavando su ropa, soportando los desprecios de su madre. Sonriéndole a una vida que nunca le sonrió de vuelta. Tres años creyendo que si se esforzaba un poco más, si era un poco más paciente, un poco más buena, las cosas iban a mejorar.
Y todo ese tiempo, él la estaba usando.
Y cuando dejó de serle útil, la mandó a matar.
A ella y a su hijo.
Valentina abrió los ojos. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano —un gesto brusco, casi violento, como si las lágrimas le dieran asco— y se apartó de la pared.
Se miró las manos. Le temblaban.
Las cerró despacio. Con fuerza. Hasta que los nudillos se le pusieron blancos y las uñas se le clavaron en las palmas.
No voy a llorar más por ti, Martín Reyes.
Guardó la llave en el bolsillo. No iba a entrar. No iba a gritar, ni a reclamar, ni a rogarle una explicación a un hombre que había ordenado la muerte de su propio hijo para ahorrarse un divorcio.
No.
Eso era lo que la Valentina de antes habría hecho. La que creía que si hablaba con calma, si pedía por favor, si mostraba su dolor, el otro iba a sentir algo.
Esa Valentina murió en el quirófano junto con su bebé.
La que quedó era otra.
Bajó las escaleras agarrándose del pasamanos porque las piernas aún no le respondían bien. En el último escalón tuvo que detenerse. Respirar hondo. Tragarse el sabor a metal que le llenaba la boca. Se había mordido el labio inferior sin darse cuenta; un hilo de sangre le corría por la barbilla.
Se lo limpió con el pulgar.
Afuera, el sol le pegó en la cara como un golpe. La calle estaba llena de gente normal haciendo cosas normales: un vendedor empujaba un carrito de elotes, dos chicos se pasaban un balón, una señora barría la banqueta.
El mundo seguía girando como si dentro de ese departamento no se hubiera dicho nada monstruoso.
Valentina caminó hasta la esquina. Se detuvo junto a un poste de luz y sacó el celular. No sabía a quién llamar. No sabía qué hacer.
Solo sabía, con una certeza que le quemaba el centro del pecho, que no iba a dejar que se salieran con la suya.
Necesito un abogado, pensó. Necesito al mejor abogado que exista en esta ciudad.
Se guardó el teléfono. Se enderezó. Se limpió la sangre del labio una última vez y miró hacia el edificio donde Martín Reyes seguía riéndose con su amante y su madre, planeando cómo despojarla de todo lo que le quedaba.
—Martín Reyes —dijo en voz baja, y su propia voz le sonó extraña, más grave, más firme, como si viniera de un lugar que no conocía—. Me las vas a pagar.
Se dio la vuelta y caminó hacia la avenida sin mirar atrás.
que le consiguió ese trabajo?