Camila y Rafael viven un romance perfecto, entre tardes de complicidad, risas e historias compartidas, descubren un amor puro y profundo que avanza hacia el compromiso. Sin embargo, en las sombras, la envidia enfermiza transformada en amistad se vuelve una obsesión oscura.
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capitulo 2
Tres meses habían pasado desde aquel encuentro en el parque, y el mundo de Camila se había teñido de colores que nunca antes había visto. Rafael se había convertido en el centro de su universo, en la razón por la que se despertaba con una sonrisa cada mañana y se dormía soñando con sus ojos color miel.
La rutina de ambos se entrelazó con la naturalidad de dos arroyos que encuentran su cauce. Rafael la recogía cada tarde a la salida de la escuela, Los Pinos, y juntos paseaban por el centro histórico de la ciudad, tomaban helados en la heladería de la esquina, o simplemente se sentaban en un banco a ver el atardecer. Él le contaba historias de sus proyectos arquitectónicos, de cómo imaginaba construir casas que parecieran sacadas de cuentos de hadas, y ella le hablaba de sus alumnos, de las travesuras de los niños y de cómo enseñarles a leer era el milagro más hermoso del mundo.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti?
le preguntó Rafael una tarde, mientras caminaban de la mano por la avenida principal.
—Dime
respondió Camila, inclinando la cabeza hacia él.
—Que cuando hablas de tus niños, tus ojos brillan como si estuvieras viendo estrellas. Me encanta tu pasión, Camila. Es contagiosa.
Ella sintió que el corazón le daba un vuelco. Nadie le había dicho algo tan bonito. Se detuvo, lo tomó del rostro y lo besó con la dulzura de quien entrega su alma sin reservas. Fue su primer beso, y fue perfecto. Sintió que el mundo se detenía y que solo existían ellos dos, fundidos en ese instante de ternura infinita.
—Te quiero, Rafael
susurró contra sus labios.
—Y yo a ti, más de lo que puedas imaginar
respondió él, abrazándola con fuerza.
Los días pasaron y el amor entre ellos creció como una enredadera que cubre todo a su paso. Se descubrieron mutuamente en pequeños gestos, él aprendió que a ella le gustaba el café con mucha leche y dos cucharadas de azúcar, ella descubrió que él tenía una risa contagiosa cuando le hacían cosquillas en el cuello. Compartieron secretos, miedos y sueños. Rafael le contó sobre la muerte de su padre cuando él tenía quince años y cómo eso lo había hecho más fuerte. Camila le habló de su madre, de cómo aún extrañaba su olor a vainilla y sus abrazos cálidos, y de cómo Don Teo, su padre, había sido su roca durante todos esos años.
—Algún día quiero conocerlo bien
dijo Rafael
—Quiero que sepa que su hija está en las mejores manos.
—Él ya te quiere
respondió Camila riendo
— Dice que eres un joven educado y que tienes buena pinta.
—¿Solo buena pinta?
bromeó Rafael, fingiendo ofenderse.
—Y que te ves bien
añadió ella, enterrando la cabeza en su cuello en ese abrazo.
Pero no todo era luz. En las sombras, Fernando observaba. Desde el primer día que vio a Camila en la cancha de fútbol, algo retorcido y oscuro se encendió en su interior. La deseaba con una intensidad enfermiza, la quería para él, y la idea de que Rafael, su amigo, la tuviera lo consumía por dentro. La envidia, como un veneno lento, corría por sus venas.
—Es una muñeca, ¿verdad?
le dijo Fernando a Tadeo y Rubén una noche, mientras bebían cervezas en un bar.
—Rafael no sabe lo que tiene entre manos. Esa chica merece algo mejor. Merece a un hombre de verdad.
Tadeo, que siempre seguía a Fernando como un perro faldero, asintió con estupidez. Rubén, en cambio, dudó por un momento. Su conciencia le susurraba que aquello no estaba bien, que Rafael era su amigo y que no debían meterse en su relación. Pero Fernando tenía un poder de persuasión oscuro, un carisma que manipulaba a los débiles.
—¿Qué quieres hacer?
preguntó Rubén, con la voz temblorosa.
—Aún no lo sé
respondió Fernando, con una sonrisa macabra
—pero tendrá lo que se merece, y yo tendré lo que es mío.
Mientras tanto, Camila comenzó a notar cosas extrañas. Fernando aparecía en lugares donde no debería estar, cerca de la escuela, en el parque cuando ella iba sola con Yogo, incluso en el supermercado donde hacía las compras con su padre. Siempre con esa sonrisa desagradable, siempre con comentarios que bordeaban lo inapropiado.
—Qué bonita te ves hoy, Camila
le dijo una vez, acercándose demasiado mientras ella paseaba a Yogo.
Ella dio un paso atrás, sintiendo el asco reptar por su espalda.
—Gracias, Fernando. Pero tengo que irme, Rafael me espera.
—Ah, Rafael
dijo él, con desprecio en la voz
—Siempre Rafael. ¿No te cansas de él? Tan bueno, tan correcto, tan... aburrido.
—Rafael es increíble
respondió ella con firmeza
— y no permitiré que hables mal de él.
Fernando rió, una risa fría y vacía.
—No te preocupes, Camilita. Solo digo la verdad. Tarde o temprano lo verás.
Ella se fue, apretando la correa de Yogo con fuerza, con el corazón latiendo acelerado. No le contó nada a Rafael. ¿Cómo iba a hacerlo? Era su amigo, su hermano de universidad. No quería causar problemas, no quería que Rafael se sintiera herido al saber que uno de sus mejores amigos acosaba a su novia. Guardó ese secreto como una espina clavada en el pecho.
—¿Estás bien, mi amor?
le preguntó Rafael esa noche, mientras cenaban en un pequeño restaurante italiano.
—Te veo distraída.
Camila forzó una sonrisa.
—Sí, solo estoy un poco cansada. Los niños estuvieron especialmente revoltosos hoy.
—Pobrecita
dijo él, tomando su mano y besándola
—¿Quieres que te lleve a casa temprano?
—No, no
respondió ella
—quiero quedarme contigo. Siempre quiero quedarme contigo.
Rafael la miró con una ternura infinita. La amaba con todas sus fuerzas, y esa noche, mientras la veía reír por una anécdota tonta de su infancia, supo que quería pasar el resto de su vida a su lado.
—Camila
dijo, con voz seria
— hay algo que quiero decirte.
Ella levantó la mirada, curiosa.
—Dime.
—Eres la persona más importante de mi vida
dijo él, tomando sus manos entre las suyas.
—No sé qué hice para merecerte, pero prometo que siempre cuidaré de ti. Pase lo que pase, siempre estaré a tu lado.
Ella sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Y yo prometo lo mismo, Rafael. Siempre.
Se abrazaron en medio del restaurante, ajenos al mundo, ajenos a la oscuridad que se cernía sobre ellos. Pero la sombra ya estaba allí, acechando, esperando su momento para devorar la luz.
Esa misma noche, mientras Rafael y Camila soñaban con un futuro juntos, Fernando y Rubén se reunían en un almacén abandonado en las afueras de la ciudad. La oscuridad del lugar era solo un reflejo de lo que bullía en sus mentes.
—Ya tengo el plan
dijo Fernando, con los ojos brillantes de locura.
—El día que ellos crean que están en la cima de la felicidad, nosotros los destrozaremos. Nos llevaremos a Camila.
Rubén tragó saliva.
—¿Y si nos descubren?
—No lo harán
respondió Fernando con seguridad
— Seremos cuidadosos. Y si algo sale mal... bueno, siempre podemos asegurarnos de que no queden testigos.
La noche se cerró sobre ellos, y la sombra del mal se extendió como una mancha imborrable sobre el destino de Camila y Rafael.