Darien es el hijo mayor de Elara, heredera de la luz y la vida, y del Señor de las Sombras, soberano del reino de la oscuridad. Nació con una fuerza descomunal, una estatura que lo hace parecer un gigante, pero con un alma dulce, ingenua y sincera, como la de un niño que aún no conoce la crueldad total del mundo. Junto a él crecieron sus hermanos menores: Liora, que domina la magia de la naturaleza, y Kael, con el don de viajar entre sombras.
Cuando la paz entre los reinos se ve amenazada por fuerzas antiguas que buscan separar de nuevo la luz y la oscuridad, Darien es enviado a negociar una alianza con el reino de los inmortales, gobernado por la Reina Irina en el continente de Mordrasil. Pero Irina no es una simple soberana: es astuta, calculadora, y ha oído hablar de los peligros del linaje de Darien. Decide espiarlo, acercarse a él con fingida amabilidad para descubrir sus debilidades y sus secretos.
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El reino de la noche eterna.
El viaje a través del Gran Océano duró doce días y doce noches. Para Darien, fue una experiencia llena de novedades y también de pequeños contratiempos, tal como sus hermanos habían predicho. El capitán del barco, un hombre de mar curtido por las tormentas, había tenido que reforzar especialmente la cubierta y la viga principal del camarote para que soportaran el peso de aquel pasajero tan inusual. En más de una ocasión, Darien se disculpó por haber golpeado con la cabeza el techo bajo o por haber apoyado una mano en una barandilla que terminó doblándose como si fuera cera.
—No se preocupe, mi señor —le decía el capitán con una sonrisa que intentaba ocultar su nerviosismo—. Nunca habíamos llevado a nadie con tanta presencia. Solo procure no agarrarse de los mástiles cuando haya viento fuerte.
Cuando por fin avistaron las costas de Mordrasil, el gigante se quedó en silencio, apoyado en el borde del barco con la mayor precaución posible. Lo que vio le heló un poco la sangre, aunque no por miedo, sino por la impresión.
A diferencia de su tierra natal, donde el sol iluminaba los valles y los bosques, aquí el cielo permanecía cubierto por una niebla densa y plateada que nunca se disipaba. No había amaneceres ni atardeceres brillantes, solo una penumbra suave y constante, iluminada por una luna que parecía estar siempre llena y por miles de estrellas que brillaban con una intensidad que no se veía en ningún otro lugar. La costa era rocosa, oscura, con acantilados que se alzaban como murallas naturales, y entre la bruma se podían distinguir los contornos de árboles altos, de troncos negros y hojas de un verde muy oscuro, casi azulado.
—Bienvenido a Mordrasil —le dijo el capitán, señalando hacia el interior—. La tierra donde la noche no es prisión, sino hogar.
Al bajar del barco, Darien sintió que el aire tenía un sabor diferente: más frío, más denso, cargado de una energía antigua y tranquila, pero también alerta. Inmediatamente, fue recibido por una escolta de jinetes vestidos con armaduras negras y capas largas que flotaban con la brisa. Sus rostros eran pálidos, sus ojos brillaban con reflejos rojizos o dorados, y se movían con una agilidad y una elegancia que parecían contradecir el peso de sus armas.
—Sois Darien, hijo de Elara y del Señor de las Sombras —habló el jefe de la guardia, un hombre de edad indefinida, de cabello plateado y mirada penetrante—. La Reina Irina espera vuestra llegada. Seguidnos.
El trayecto hasta la capital, la ciudad de Vaelis, duró varias horas. Mientras cabalgaba, Darien observaba todo con la curiosidad de un niño que descubre un juguete nuevo. Las casas eran altas, construidas con piedra oscura y techos inclinados, con ventanas estrechas por donde salía una luz cálida y tenue. La gente caminaba con paso tranquilo, hablaba en voz baja y lo miraba pasar con ojos muy abiertos, deteniéndose en seco al ver su estatura imponente y la fuerza que irradiaba. Muchos se santiguaban o se apartaban un poco, murmurando palabras que Darien no alcanzaba a entender, pero que le hacían sentir que era un extraño, un visitante que inspiraba respeto y desconfianza a partes iguales.
Cuando llegaron al castillo real, el gigante detuvo su caballo y levantó la vista, maravillado. La fortaleza se alzaba sobre una colina de roca viva, construida con bloques de piedra negra que brillaban levemente bajo la luz de la luna. Sus torres se perdían entre la niebla, y en sus almenas había antorchas que ardían con llamas de color azul pálido, sin humo ni calor excesivo. Parecía hecho de la misma oscuridad, pero con una belleza majestuosa y ordenada.
—Es más grande que todo el palacio de mi padre —murmuró Darien para sí mismo.
Tuvo que agacharse bastante para cruzar las puertas principales, altas y anchas, pero diseñadas para habitantes de estatura más común. Al entrar en el gran salón, la sensación de torpeza lo invadió de nuevo. El techo era alto, sí, pero las columnas, las mesas y los muebles estaban hechos para dimensiones más pequeñas. Caminó con pasos cortos y lentos, apretando con suavidad el medallón de plata en su mano derecha, buscando en él la calma que necesitaba.
El salón estaba lleno de nobles y consejeros, todos vestidos con ropas de telas lujosas y oscuras, adornadas con hilos de plata y piedras oscuras. Al verlo entrar, un murmullo se extendió por toda la estancia, como si una corriente de aire helado hubiera recorrido el lugar. Todos los ojos se clavaron en él: en sus más de dos metros de altura, en sus hombros anchos, en su armadura sencilla pero resistente, y en esos ojos grises que brillaban con luz propia.
Y entonces, en lo alto de la escalinata de mármol oscuro, apareció ella.
La Reina Irina descendió los peldaños con una gracia que parecía desafiar la gravedad. Era de estatura media, de piel tan pálida como la nieve más limpia, de cabello largo y ondulado de un rojo oscuro, como la sangre vieja o las hojas de otoño más intensas. Sus ojos eran de un color ámbar dorado, profundos y agudos, capaces de leer en el alma de cualquiera con solo una mirada. Vestía una túnica de terciopelo negro con bordados de plata que parecían telarañas brillantes, y en su cuello y dedos llevaba joyas de piedras negras y rubíes.
Cuando se detuvo frente a Darien, tuvo que alzar un poco la cabeza para mirarlo a los ojos, y no mostró ni un ápice de miedo ni de sorpresa. Solo una sonrisa ligera, calculadora, que no llegaba a iluminar del todo su mirada.
—Así que este es el famoso heredero de dos mundos —dijo ella con una voz suave, pero que resonó con claridad en todo el salón, como si tuviera el poder de llegar a cada rincón—. Más grande de lo que las leyendas cuentan, y con una expresión tan inocente como la de un cervatillo perdido en el bosque.
Darien sintió cómo se le calentaban las mejillas, avergonzado por esa observación directa. Se inclinó con la mayor elegancia que pudo, temiendo chocar con algo o derribar la mesa más cercana.
—Soy Darien, hijo de Elara y del Señor de las Sombras —respondió con voz profunda y firme, aunque amable—. Vengo en son de paz y para proponer una alianza entre nuestros reinos, tal como se acordó en los tratados antiguos.
Irina dio un paso a su alrededor, mirándolo de arriba abajo, evaluándolo como si fuera una mercancía o un arma que debía probar. Sus ojos se detuvieron un instante en el medallón que él sostenía en la mano, brillando con una luz tenue.
—Una alianza —repitió ella, con un tono que mezclaba la duda y el interés—. Las palabras suenan muy bien, Darien. Pero yo he vivido demasiados siglos para creer solo en las palabras. Quiero saber qué hay detrás de esa fuerza descomunal, qué intenciones traes realmente a mis tierras, y qué es lo que tu familia espera obtener de nosotros.
Se detuvo frente a él de nuevo, y esa sonrisa se volvió más afilada, más desafiante.
—Por ahora, serás nuestro huésped. Tendrás todas las comodidades que mi castillo puede ofrecerte… aunque me temo que tendremos que ensanchar la cama y las puertas de tu habitación. Mientras tanto, observaremos. Y tú, Darien, aprenderás que en Mordrasil nada es lo que parece, y que la confianza no se regala: se gana.
Darien asintió, sintiendo ya cómo comenzaba ese juego silencioso. No sabía entonces que, mientras ella decía esas palabras, ya había enviado órdenes en silencio a sus espías para que vigilaran cada uno de sus pasos, cada palabra que dijera y cada movimiento que hiciera. La Reina Irina había decidido averiguar si ese gigante era realmente un aliado, o una amenaza que debía mantener muy cerca, bajo control.
Y así comenzó el juego del gato y el ratón, donde el odio y la desconfianza serían solo el inicio de algo mucho más profundo, que cambiaría sus destinos y los de sus descendientes para siempre.