Entregada a un implacable líder de la mafia para saldar las deudas de su padre, elena debe firmar un matrimonio por contrato de un año sin imaginar que el peligro real será enamorarse de su comprador.
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Capítulo 7: Sombras en la tormenta
La lluvia no cesaba. Hacia el atardecer, el cielo sobre la finca Vance se tiñó de un violeta oscuro y plomizo. En la suite principal, el murmullo constante de las gotas contra los grandes ventanales era el único sonido que acompañaba a Elena. Gracias a la medicación intravenosa que el doctor Ramírez le había administrado durante la mañana, la fiebre finalmente había cedido, dejándola en un estado de letargo profundo, como si flotara entre la realidad y una pesadilla interminable.
Elena permanecía recostada entre las sábanas de seda, observando las sombras que el fuego de la chimenea proyectaba en el techo. Su cuerpo aún se sentía dolorido y extremadamente débil, pero su mente estaba dolorosamente despierta. La fragilidad en la que se encontraba la hacía sentirse más vulnerable que nunca. Se llevó una mano al abdomen, sintiendo un escalofrío helado al recordar la orden de Alexander y la cláusula marcada en rojo en aquel contrato: un heredero. Toda su existencia en aquella fortaleza se reducía a un plazo de tiempo, una transacción de cincuenta millones de dólares para salvar la piel de un padre que ni siquiera había dudado en venderla.
A las ocho y cuarenta de la noche, el sonido lejano de varios vehículos aproximándose a alta velocidad rompió la calma de la propiedad.
Elena se incorporó con dificultad, apoyándose en los codos. Desde la ventana del segundo piso, pudo ver los faros de tres camionetas negras blindadas cruzando a toda prisa los portones de hierro. De los vehículos no solo descendió Alexander, sino también Marcus y un grupo de ocho hombres armados con trajes oscuros. La atmósfera que traían consigo no era la habitual; había una tensión sofocante, una urgencia marcada en sus movimientos.
Minutos después, la puerta de la suite principal se abrió de golpe.
Alexander entró a la estancia quitándose el saco con un movimiento brusco y arrojándolo sobre el sofá. Su camisa blanca tenía el cuello desabrochado y la corbata floja. Su rostro, habitualmente una máscara de hielo e indiferencia, lucía tenso, con la mandíbula apretada y una mirada tan oscura que hizo que a Elena se le helara la sangre en las venas. El aura de peligro que rodeaba al mafioso era tan densa que el aire en la habitación pareció volverse irrespirable de inmediato.
Elena se encogió en la cama, cubriéndose hasta el pecho con las cobijas por puro instinto de supervivencia.
Alexander no la miró de inmediato. Caminó a paso firme hacia el escritorio de nogal, abrió uno de los cajones inferiores con una llave pequeña y extrajo una pistola de calibre pesado, revisando el cargador con una destreza fría y mecanizada antes de guardarla en la funda oculta bajo su axila.
—¿Qué... qué está pasando? —preguntó Elena en un hilo de voz temblorosa, incapaz de contener el pánico al ver el arma.
Alexander se giró hacia ella. Sus ojos fríos la evaluaron detenidamente, deteniéndose en la palidez de su rostro y la forma en que sus manos apretaban las sábanas.
—El médico me informó que la fiebre bajó —dijo él con su voz grave y cortante, ignorando la pregunta de la joven—. Mañana por la mañana te retirarán la vía intravenosa. Necesito que te pongas de pie y estés lista para trasladarte si es necesario.
—¿Trasladarme? ¿A dónde? —murmuró Elena, sintiendo que el corazón le latía desbocado en el pecho—. Señor Vance... ¿hay alguien afuera?
Alexander dio tres pasos lentos hacia la cama, deteniéndose a solo un par de metros de ella. Su estatura y su porte resultaban aplastantes desde la perspectiva de Elena.
—Una facción rival cometió la estupidez de atacar uno de mis convoyes en el puerto hace una hora —respondió Alexander sin un solo rasgo de emoción en el rostro—. Creen que porque acabo de firmar un matrimonio y reorganizar mis activos, mi atención está dividida. Quieren probar mis límites.
Elena ahogó un grito y se pegó más a la cabecera de la cama.
—¿Van a venir aquí? ¿Nos van a atacar? —la voz de Elena se quebró por el terror. En su mundo sencillo de carencias y deudas de juego, las pistolas y las guerras de bandas solo existían en las noticias. Estar atrapada en medio de un fuego cruzado en una mansión de la mafia era una pesadilla irreal.
Alexander soltó una carcajada baja, un sonido amargo y carente de cualquier atisbo de alegría.
—Nadie entra a la residencia Vance a menos que yo lo permita, Elena —sentenció con una seguridad aterradora—. Los hombres que intentaron bloquear mi paso en el puerto ya están muertos. Pero la propiedad está en alerta máxima. Por lo tanto, no saldrás de este dormitorio bajo ninguna circunstancia durante toda la noche. Si escuchas disparos o la alarma central, te quedarás exactamente donde estás. ¿Entendido?
Elena asintió de prisa, demasiado aterrorizada como para discutir.
Alexander la observó un segundo más. A pesar de la emergencia operativa que enfrentaba afuera, la imagen de la chica frágil, tiritando de miedo en el centro de su enorme cama, generó una extraña fricción en su mente. Era una molestia, una debilidad en su imperio, pero también era la mujer que llevaba su apellido y la llave para consolidar su poder absoluto sobre el consejo de la familia.
Se acercó un paso más y se inclinó ligeramente sobre la cama. Elena cerró los ojos por instinto, esperando un trato brusco, pero Alexander simplemente tomó su mentón con dos dedos de hierro, obligándola a mirarlo directamente a los ojos.
—Mírame —ordenó con voz firme.
Elena abrió los ojos lentamente, encontrándose con la mirada implacable del hombre más temido de la ciudad. Estaba tan cerca que podía sentir el calor de su respiración y el aroma a lluvia, pólvora y su costoso perfume.
—En este mundo no hay lugar para los débiles, Elena —murmuró Alexander, ajustando el agarre en su mentón sin llegar a lastimarla, pero dejando en claro su dominio absoluto—. Si quieres sobrevivir a mi lado y salir con vida de esta casa cuando cumplas tu parte del contrato, tendrás que aprender a tragar el miedo. Aquí yo soy la única ley. Y mientras estés bajo mi techo, nadie tocará un solo cabello de tu cabeza a menos que yo lo ordene.
Le soltó el mentón de manera repentina y se puso de pie con la elegancia rígida que lo caracterizaba.
En ese momento, dos golpes secos sonaron en la puerta y la voz de Marcus resonó desde el pasillo: —Señor Vance, los perímetros sur y este están asegurados. El consejo exige una conferencia de emergencia en la sala de mando.
—Voy en camino —respondió Alexander en voz alta.
Giró sobre sus talones y caminó hacia la salida. Antes de cruzar el umbral, se detuvo y miró a Elena sobre el hombro una última vez.
—Martha vendrá a traerte la cena y tus medicamentos. No intentes asomarte a los balcones. Si veo una sola luz encendida que no deba estarlo, las consecuencias serán severas.
La puerta de roble se cerró con un chasquido pesado y el sonido de la cerradura automática selló la habitación desde el exterior.
Elena se dejó caer de nuevo sobre las almohadas, sintiendo que el aire regresaba lentamente a sus pulmones. El pulso le retumbaba en los oídos. Afuera, el retumbar de los truenos se mezclaba con el eco lejano de los motores de los vehículos de seguridad patrullando los jardines de la propiedad.
La joven se abrazó las rodillas contra el pecho en medio de la penumbra de la enorme suite. Estaba atrapada en una jaula de oro y fuego, unida por ley a un hombre helado, peligroso e implacable que no dudaba en sembrar la muerte a su paso. Comprendió con absoluta certeza que el peligro no solo venía de los enemigos que acechaban en la oscuridad fuera de la mansión, sino de la constante y dominante presencia del hombre con el que ahora compartía su vida.