México, 1910.
Amalia De la Vega siempre creyó conocer el rumbo de su vida. Hija de una poderosa familia hacendada, creció entre privilegios, comodidades y un futuro que otros parecían haber decidido por ella.
Hasta que la Revolución llegó a su puerta.
Secuestrada para obligar a su padre a negociar, Amalia termina en manos de un grupo revolucionario liderado por un hombre al que todos llaman Sombra: frío, reservado y peligroso, con demasiados secretos detrás de sus ojos ámbar.
Ella debería odiarlo.
Él jamás debió acercarse demasiado.
Pero entre enfrentamientos, silencios y una atracción que ninguno estaba dispuesto a reconocer, algo comienza a cambiar.
Cuando Amalia finalmente recupera su libertad, descubre que otra prisión la espera: un matrimonio arreglado con Gustavo Conde, un hombre relacionado con un pasado que Sombra se niega a revelar.
Separados por dos mundos, mentiras y una guerra que amenaza con destruirlo todo, Amalia descubrirá que quizá nunca conoció realmente al hombre del
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Capítulo 18 El duelo de una muerte que no ocurrió
Amalia no durmió.
Cuando la primera luz de la mañana comenzó a filtrarse entre las cortinas, ella seguía sentada junto a la cama con el pañuelo apretado entre las manos.
Había llorado hasta quedarse sin lágrimas.
O eso creyó.
Cada vez que cerraba los ojos volvía a verlo en el establo.
Vestido como un trabajador cualquiera, con el rostro manchado de tierra, el cabello negro escondido bajo aquel sombrero de palma y sus ojos ámbar mirándola con la misma intensidad de siempre.
No viniste a verme.
No.
Había sentido una punzada cuando él respondió.
Ahora daría cualquier cosa por escuchar aquella respuesta otra vez.
Amalia bajó la mirada.
El pañuelo estaba arrugado entre sus dedos.
No tenía nada más.
Ninguna carta.
Ninguna fotografía.
Ninguna promesa.
Ni siquiera podía preguntar por él.
Para todos en aquella casa, el hombre que había muerto la tarde anterior era un ladrón.
Un desconocido.
Para algunos, probablemente ni siquiera merecía un entierro.
Y ella ni siquiera tenía derecho a llorarlo.
Unos golpes suaves sonaron en la puerta.
—¿Señorita?
Amalia se incorporó rápidamente.
—Un momento.
Se acercó al espejo.
Fue inútil.
Los ojos hinchados la delataban.
Se lavó el rostro con agua fría, se acomodó el cabello negro y respiró profundamente varias veces.
Después guardó el pañuelo.
No en un cajón.
Lo dobló con cuidado y lo escondió entre su ropa.
—Adelante.
Una criada entró.
—Doña Elena pregunta si bajará a desayunar.
Amalia miró su reflejo una última vez.
—Sí.
Gustavo ya estaba sentado a la mesa.
Don Ignacio leía unos documentos mientras Doña Elena daba instrucciones sobre los preparativos del viaje.
Amalia entró.
Tres pares de ojos se volvieron hacia ella.
—Buenos días —dijo.
Su madre frunció inmediatamente el ceño.
—Amalia, tienes mala cara.
—No dormí bien.
Gustavo se puso de pie cortésmente.
—Después de lo ocurrido ayer, es comprensible.
Amalia tomó asiento.
—Supongo.
Gustavo volvió a sentarse.
Un sirviente colocó café frente a ella.
Amalia sostuvo la taza sin beber.
—La hacienda estará más vigilada a partir de ahora —dijo Don Ignacio—. No volverá a entrar cualquiera sin que sepamos de dónde viene.
Amalia mantuvo los ojos bajos.
Gustavo respondió con absoluta tranquilidad:
—Por fortuna aquel hombre ya no será un problema.
Los dedos de Amalia se cerraron alrededor de la taza.
No la soltó.
No cambió de expresión.
—¿Está tan seguro?
Gustavo la miró.
—¿De qué?
—De que murió.
Doña Elena levantó los ojos.
Amalia continuó:
—Anoche dijeron que no encontraron el cuerpo.
Gustavo se limpió tranquilamente la boca con la servilleta.
—No hace falta encontrar un cadáver para saber que nadie sobrevive a una caída semejante.
Amalia sintió una presión dolorosa en el pecho.
—Pero no lo encontraron.
—No.
—Entonces no lo saben.
Gustavo la observó con curiosidad.
Amalia comprendió que estaba insistiendo demasiado.
Bajó la mirada.
—Solamente me parece extraño.
—El terreno es difícil —explicó Gustavo—. Pudo caer todavía más abajo. Animales, corriente, piedras... hay muchas posibilidades.
Cada palabra era peor que la anterior.
Y él las decía como si estuviera hablando del clima.
No parecía disfrutarlo.
Eso habría sido más fácil de odiar.
Simplemente no le importaba.
El hombre estaba muerto.
El problema estaba resuelto.
Eso era todo.
—¿Le afecta lo ocurrido? —preguntó Gustavo.
Amalia levantó los ojos.
—Hubo disparos dentro de mi casa.
—Por supuesto.
—¿Cómo espera que no me afecte?
Gustavo asintió.
—Tiene razón. Discúlpeme.
Amalia tomó la taza.
El café estaba demasiado caliente.
Aun así bebió.
Necesitaba sentir otra cosa.
Cualquier cosa.
En el campamento, Sombra despertó intentando levantarse.
Fue una pésima idea.
Apenas apoyó un brazo, un dolor brutal atravesó su costado.
Soltó el aire entre dientes.
—Ni se te ocurra.
Rafael estaba sentado cerca.
Sombra lo miró.
—Tengo que levantarme.
—No.
—Necesito...
—No.
Sombra volvió a intentarlo.
Rafael se levantó y le puso una mano en el pecho, obligándolo a recostarse.
—Si vuelves a abrirte la herida, te voy a amarrar al catre.
Sombra lo fulminó con los ojos ámbar.
—Inténtalo.
—Yo le ayudo.
Mariel apareció detrás de Rafael con un recipiente de agua.
Sombra giró lentamente la cabeza.
—Los odio.
—Excelente —respondió Mariel—. El odio da fuerzas.
Rafael sonrió.
—Vas mejorando.
Sombra intentó acomodarse.
Se arrepintió inmediatamente.
Su torso estaba vendado. Cada respiración profunda le recordaba las costillas lastimadas. El hombro permanecía inmovilizado y una herida en el costado había necesitado más atención de la que estaba dispuesto a reconocer.
También tenía el rostro golpeado y la cabeza todavía le palpitaba.
—¿Cuánto tiempo dormí?
—Bastante.
—Eso no responde.
—Porque si te digo cuánto vas a intentar recuperar el tiempo perdido.
Sombra cerró los ojos.
—Rafael.
—Desde anoche.
Sombra volvió a abrirlos.
—¿Las cajas?
Rafael suspiró.
Mariel dejó el agua.
—Aquí vamos.
—¿Las cajas? —repitió Sombra.
—Algunas quedaron destruidas. Otras las recuperaron los hombres de la hacienda.
—¿Viste las armas?
—Vi suficiente.
—¿Cuántas?
—Sombra.
—¿Cuántas?
Rafael lo miró.
Comprendió que no iba a detenerlo.
—Más de las que deberían necesitar.
Sombra apretó la mandíbula.
—¿Gustavo?
—Regresó a la hacienda.
—¿Los hombres?
—También.
—¿Te siguieron?
—No.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Sombra respiró lentamente.
Dolió.
—Entonces todavía creen que caí con la carreta.
—Porque caíste con la carreta.
—Sabes a qué me refiero.
—Sí. Hasta donde pude averiguar, te dieron por muerto.
Sombra guardó silencio.
Aquello podía ser útil.
Mucho.
Si Gustavo creía muerto al hombre que había entrado a la hacienda, tendrían tiempo.
—No corrijamos el rumor.
Rafael lo miró.
—Ni pensaba hacerlo.
—Que siga muerto.
—Créeme, viendo tu cara no costará convencer a nadie.
Sombra le lanzó una mirada asesina.
Rafael sonrió.
—Ahí está. Ya te extrañaba.
Mariel negó con la cabeza.
—Son dos niños.
Sombra volvió a mirar a Rafael.
—¿Qué más?
Rafael entendió perfectamente la pregunta.
Decidió no ayudarlo.
—Los hombres están bien.
—Ya pregunté eso.
—Las armas existen.
—También lo dijiste.
—Conde sigue moviendo gente.
Sombra esperó.
Rafael no añadió nada.
Silencio.
Mariel miró a Rafael.
Rafael fingió inocencia.
Sombra lo observó.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo lo que preguntaste.
Sombra apretó los labios.
—Eres un imbécil.
—Me lo dicen seguido.
Otro silencio.
Sombra miró hacia la entrada de la carpa.
Después al techo.
Finalmente cedió.
—¿Y ella?
Rafael sonrió.
Muy poco.
Pero Sombra lo vio.
—Ni una palabra.
—No dije nada.
—Estás sonriendo.
—Me alegra comprobar que el golpe no te borró completamente la memoria.
—Rafael.
La sonrisa desapareció.
—Hasta donde sé, Amalia está bien.
Sombra se quedó quieto.
Solo eso.
Bien.
Respiró.
Esta vez el dolor pareció importar menos.
—Está bien —repitió.
—Sí.
Sombra cerró los ojos.
—Entonces basta.
Rafael y Mariel intercambiaron una mirada.
Ninguno lo contradijo.
En la hacienda, Gustavo no había dejado el asunto atrás.
—Quiero saber quién lo contrató.
El capataz permanecía frente a él.
—Llegó buscando trabajo.
—¿Solo?
—Sí, señor.
—¿Dio un nombre?
El capataz se lo proporcionó.
Gustavo hizo una mueca.
—Probablemente falso.
—Puede ser.
—¿Con quién habló?
—Conmigo. Después con algunos hombres de los establos.
—Quiero los nombres de todos.
Don Ignacio, presente en el despacho, frunció el ceño.
—¿Crees que tenía cómplices aquí?
—No lo sé.
Gustavo miró hacia la ventana.
—Pero un trabajador nuevo no entra casualmente, descubre dónde guardamos armas y decide llevárselas.
—Entonces vino por ellas.
—Eso parece.
—¿Quién lo mandó?
Gustavo tardó en responder.
—Eso es lo que quiero averiguar.
No dijo Sombra.
Todavía no.
Pero aquel desconocido había sabido exactamente qué buscar.
Y eso era suficiente para inquietarlo.
Amalia escuchó parte de la conversación desde el corredor.
No se quedó.
Regresó a su habitación.
Cerró la puerta.
Sacó el pañuelo.
Lo sostuvo entre ambas manos.
No podía continuar así.
No podía pasar los siguientes meses obedeciendo mientras otros decidían dónde viviría, cuándo se casaría y qué hombre tendría derecho a llamarla esposa.
Si Sombra estaba muerto...
Amalia cerró los ojos.
Todavía dolía siquiera pensarlo.
Si realmente había muerto, entonces lo último que haría sería volver dócilmente a la vida que otros habían preparado para ella.
Recordó el río.
El campamento.
Recordó a Mariel.
Regresar al lugar de donde saliste no significa que tengas que regresar siendo la misma mujer que se fue.
—No voy a casarme con él.
Lo dijo en voz alta.
Por primera vez.
Sin un «no quiero».
Sin un «veremos».
Sin una discusión.
Una decisión.
—No voy a casarme con Gustavo.
Guardó nuevamente el pañuelo.
Esta vez no lo escondió como algo vergonzoso.
Lo colocó cuidadosamente en el fondo de un pequeño estuche personal.
Algo suyo.
Algo que nadie tocaría.
La noche llegó lentamente al campamento.
Sombra estaba furioso.
Había intentado levantarse dos veces más.
La segunda terminó con Rafael amenazando seriamente con cumplir lo del catre.
—¿Cuánto?
Sombra miraba el techo.
Rafael estaba cerca de la entrada.
—¿Cuánto qué?
—¿Cuánto tardaré en montar?
Rafael soltó una carcajada.
Sombra giró los ojos hacia él.
—No era una broma.
—Por eso me dio risa.
—Rafael.
—No mañana.
—Eso ya lo sé.
—Ni pasado.
Sombra apretó los dientes.
—¿Una semana?
—Si sigues intentando levantarte, un mes.
—Vete al demonio.
—Probablemente. Pero llegaré caminando. Tú no.
Mariel, que acababa de entrar, negó con la cabeza.
—Déjalo descansar.
Rafael se levantó.
—Eso intento.
Salieron.
Sombra quedó solo.
La lámpara proyectaba sombras débiles sobre la tela de la carpa.
Instintivamente llevó una mano hacia la oreja.
Nada.
Recordó.
La cruz negra.
Se la había quitado antes de entrar a la hacienda.
Estaba guardada con sus cosas.
Aquello le recordó la ropa de trabajador.
El establo.
Los ojos azules abriéndose al reconocerlo.
No viniste a verme.
Sombra cerró los ojos.
No.
No había ido a verla.
Y debía continuar siendo así.
Gustavo estaba buscando información.
Había armas circulando.
La hacienda estaba ahora en alerta.
Acercarse a Amalia solamente aumentaría el peligro.
Mantenerse lejos era lo correcto.
Aunque doliera.
Aunque estuviera descubriendo que hacer lo correcto se volvía cada día más difícil.
Aquella misma noche, Amalia permanecía junto a su ventana.
No lloraba.
Ya no.
Sostenía el pañuelo.
Abajo, la hacienda estaba tranquila.
Gustavo creía que un enemigo había muerto.
Sus padres creían que el mayor problema de su hija era aceptar un matrimonio conveniente.
Nadie sabía que Amalia estaba guardando duelo por un hombre cuyo nombre verdadero ni siquiera conocía.
Nadie sabía que acababa de tomar una decisión.
No habría boda.
Tendrían que discutir.
Tendrían que enfadarse.
Podrían amenazarla, presionarla o intentar llevarla a Ciudad de México.
Pero no iba a entregar su vida porque otros hubieran firmado acuerdos en su nombre.
A kilómetros de distancia, Sombra respiraba con dificultad sobre un catre, demasiado herido para levantarse, convencido de que permanecer lejos de ella era todavía la mejor manera de mantenerla a salvo.
Él creía que Amalia estaba bien.
Ella creía que él estaba muerto.
Y mientras ambos intentaban aprender a vivir con una ausencia que ninguno había elegido, la mentira continuaba creciendo entre ellos.
Amalia comenzaba a aprender a vivir con un muerto.
Sombra, a kilómetros de distancia, todavía no sabía que tendría que regresar de entre ellos.
CONTINUARÁ...
El protagonista es un rebelde!!