Valentina Solís solo quería sobrevivir.
Después de escapar de una red de tráfico humano en Estambul, volvió a México creyendo que el peor monstruo de su vida había quedado atrás. Intentó reconstruirse, cuidar de su abuela y volver a pintar sin mirar siempre por encima del hombro.
Meses después, una beca en la prestigiosa Academia Répin de San Petersburgo pareció ofrecerle lo imposible: una nueva vida, lejos del miedo.
Pero Rusia no era un nuevo comienzo.
Era territorio de Nikolái Vólkov.
Pakhan de la Bratva, dueño de una mansión rodeada de guardias, secretos y sangre, Nikolái nunca olvidó a la mexicana que se atrevió a desafiarlo. Cuando Valentina pisa San Petersburgo, él la arranca de su vida, usa a su mejor amigo como rehén y la encierra en un mundo donde la ley no entra.
Valentina no quiere pertenecerle.
Nikolái no sabe soltar.
Entre cautiverio, traiciones, deseo oscuro y una obsesión que amenaza con destruirlos a ambos, Valentina descubrirá que el hombre que la retiene también guarda una verdad enterrada: su pasado, su familia desaparecida y el secreto más peligroso de la Bratva están unidos por la misma sombra.
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Capítulo 2
Valentina miró la rosa blanca antes de mirar la pistola.
No sabía por qué. Tal vez porque la flor era lo único limpio en esa habitación, o porque su cabeza, golpeada y hambrienta, se aferró a cualquier cosa que no pareciera muerte. Los pétalos estaban intactos, cerrados apenas en la punta, absurdamente suaves entre los dedos enguantados de Nikolái Vólkov.
—No los traigo encima —admitió.
La sonrisa de él no desapareció.
Eso la asustó más.
—Qué sorpresa.
Sasha seguía apuntándole. Vova gemía en el piso, cada vez más bajo, con la respiración partida por el dolor. Valentina podía sentir el calor de la sangre en sus propias muñecas, el ardor del labio, la costilla izquierda que protestaba cada vez que inhalaba.
Pero estaba viva.
Mientras hablara, estaba viva.
—Puedo conseguirlos —dijo rápido—. Tengo propiedades en México. Hay una casa, cuadros, cuentas...
Vova soltó una risa fea.
—Sus tíos ya vaciaron todo.
Valentina giró la cabeza hacia él con una rabia que le devolvió aire.
—Cállate.
Nikolái arqueó una ceja, interesado por primera vez en algo que no fuera su propio juego.
—Muerdes, das órdenes y ofreces dinero que no tienes.
—Estoy intentando no morirme —escupió ella.
La frase salió con más fuerza de la que esperaba. Le temblaban las piernas, aunque estaban atadas. Tenía ganas de llorar, de rezar, de vomitar. Aun así, por un instante, su voz sonó como la de antes. La de la Valentina que discutía con los caseros, que defendía a su abuela en el mercado, que no dejaba que sus tíos la llamaran ingrata por pedir cuentas.
Nikolái se inclinó hasta quedar a su altura.
—Entonces inténtalo mejor.
Valentina lo odió.
Lo odió porque no gritaba. Lo odió porque olía a colonia cara y frío, no a alcohol y sudor como Vova. Lo odió porque sus ojos grises no tenían prisa y ella estaba hecha de puro pánico.
—Diez millones —dijo.
Sasha dejó escapar una exhalación que casi pudo ser risa.
—Subió rápido.
—Diez millones de dólares —repitió Valentina sin mirar al rubio—. Mi familia puede vender la casa. Puedo firmar lo que sea.
—Lo que sea —repitió Nikolái.
El modo en que tomó esas tres palabras hizo que se le cerrara el estómago.
Valentina tragó saliva.
—Dinero. Estoy hablando de dinero.
—Yo no.
El silencio que siguió fue tan pesado que hasta Vova dejó de quejarse.
Nikolái levantó la mano y acarició con el tallo de la rosa la cuerda que le sujetaba la muñeca derecha. No tocó su piel. No hizo falta. Valentina se estremeció igual.
—¿Sabes quién soy?
Ella negó.
—No.
—Bien.
—¿Bien?
—Si supieras quién soy, entenderías lo ridícula que suena tu oferta.
Valentina apretó los dientes.
—A mí me enseñaron que todo mundo tiene precio.
La mirada de Nikolái bajó a su boca partida.
—A ti te enseñaron mal.
El comentario le dolió de una forma estúpida. Porque era cierto. Sus tíos le habían puesto precio. Vova le había puesto precio. Ese hombre también, aunque fingiera estar por encima del dinero.
Nikolái se enderezó.
—Sasha.
El arma hizo un chasquido al amartillarse.
El cuerpo de Valentina reaccionó antes que su mente. Se sacudió contra la silla con tanta fuerza que la madera crujió.
—¡No! ¡Espere! ¡Por favor!
La palabra por favor le supo amarga. Había jurado no suplicar. Había jurado muchas cosas en esas cuarenta y ocho horas, y casi todas se habían roto.
Nikolái empezó a alejarse hacia la puerta.
—Los muertos no me interesan.
—¡Lo que sea!
Él se detuvo.
Valentina sintió que se le iba la poca sangre que le quedaba en la cara.
Había dicho eso.
Lo había dicho en voz alta.
Sasha bajó el arma apenas un centímetro. Vova volvió a reírse, pero esta vez sonó húmedo, como si se ahogara con su propia saliva.
Nikolái giró despacio.
—Repite.
Valentina no podía.
Si lo repetía, le daba forma. Si le daba forma, se condenaba.
Pero si no lo repetía, moría.
—Hago... —La voz se le quebró—. Hago lo que sea.
Los ojos grises de Nikolái se clavaron en ella.
No había triunfo en su rostro. Tampoco deseo abierto. Había curiosidad. Una curiosidad fría, peligrosa, como la de alguien que acaba de encontrar una llave en una puerta que creía sellada.
—Una noche conmigo —dijo.
Valentina dejó de sentir las manos.
—¿Qué?
—Una noche conmigo. A cambio, te saco de aquí.
La habitación se inclinó.
No.
No, no, no.
El aire le entró a pedazos. Vova, las cuerdas, el vestido roto, la mano de ese hombre en su barbilla, todo se le mezcló hasta que el miedo tuvo un solo rostro.
—Usted... usted no puede...
—Puedo.
Claro que podía. Eso era lo horrible. Todos en esa habitación sabían que podía.
Valentina sintió que las lágrimas se le llenaban en los ojos y las odió. Odiaba llorar frente a hombres que coleccionaban llantos como prueba de poder.
—Por favor —susurró—. No me haga esto.
La boca de Nikolái se endureció.
Por primera vez, pareció molesto de verdad.
—Hace un minuto ofrecías lo que fuera.
—No eso.
—Entonces no era lo que fuera.
El arma de Sasha volvió a subir.
Valentina miró el cañón. Negro. Redondo. Tranquilo.
Se acordó del crucifijo de Abuelita Carmen, el pequeño, de plata opaca, que sus tíos le habían quitado al llegar a Estambul porque "podía llamar la atención". Se acordó de haber pensado que Dios también se había quedado en México, atorado en la cocina de su abuela, entre rezos y ollas de barro.
Aquí no había santos.
Aquí solo había decisiones feas.
—Espere —dijo Sasha, en ruso.
Nikolái no apartó los ojos de Valentina.
—¿Qué?
—El pasillo. Movimiento.
Nikolái escuchó. Valentina también. Al principio no oyó nada. Luego sí: pasos lejos, un golpe contra una pared, voces de hombres.
Vova sonrió con la boca llena de sangre.
—Mis chicos.
Sasha le disparó cerca de la cara. La bala levantó polvo del piso.
—Tus chicos tardan demasiado.
Nikolái volvió a mirar a Valentina.
—Decide, printsessa.
—No me llame así.
La frase salió sola, absurda, inútil.
Algo brilló en los ojos de él.
—Decide.
Valentina miró la puerta rota. Si entraban los hombres de Vova, la arrastrarían a otro cuarto, a otro auto, a otra venta. Si Sasha disparaba, todo terminaba ahí. Si aceptaba...
No podía terminar la idea.
—Quiero vivir —dijo, y la vergüenza de decirlo frente a ellos casi la partió.
Nikolái dio un paso hacia ella.
—Entonces paga el anticipo.
—No tengo dinero aquí.
—No hablé de dinero.
Valentina entendió.
Su cuerpo se quedó quieto. No por obediencia. Por puro espanto.
Nikolái sacó un cuchillo del bolsillo interior del saco. Ella se encogió, pero él solo cortó la cuerda que le sujetaba el torso al respaldo. Luego cortó la de las muñecas.
El dolor fue inmediato. La sangre volvió a circular como agujas calientes. Valentina cayó hacia adelante, sin fuerza para sostenerse.
Nikolái la tomó por la barbilla antes de que su frente golpeara contra su pecho.
La piel del guante era fría.
—No tengo paciencia para mujeres que prometen y luego lloran.
Valentina soltó una risa rota, casi un sollozo.
—Pues qué pena, porque me tocó llorona.
Sasha la miró como si no supiera si admirarla o matarla de una vez.
Nikolái, en cambio, se quedó inmóvil.
Valentina no pensó. Si pensaba, no lo haría.
Se impulsó hacia adelante con lo poco que le quedaba, cerró los ojos y pegó la boca a la de él.
Fue un beso torpe.
Ni siquiera fue un beso.
Fue presión, sangre, miedo. Sus labios partidos contra una boca fría que no respondió al principio. Valentina tenía las manos entumidas, la espalda rígida, el estómago revuelto. Quiso apartarse de inmediato, pero se obligó a quedarse un segundo más.
Vive.
Otro segundo.
Vive.
Nikolái no se movía.
Eso, por alguna razón, la asustó más que si la hubiera empujado. Ella abrió los ojos apenas. Lo encontró mirándola desde demasiado cerca, con una expresión que ya no era diversión.
Era sorpresa.
Sasha dio un paso hacia la puerta y la cerró con suavidad, dejándolos a solas con Vova desangrándose en el suelo y los pasos cada vez más cerca.
Valentina se separó primero, jadeando.
—Ya está —susurró, con la dignidad hecha pedazos—. Ahora sáqueme de aquí.
Nikolái levantó la mano y se tocó el labio con el pulgar enguantado. Había una mancha roja. Sangre de ella.
La miró como si no entendiera por qué no le daba asco.
Luego le sujetó la barbilla con más firmeza.
—Eso no fue un beso, printsessa.
Valentina sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas.
Nikolái bajó la boca hacia la suya.
—Ahora aprende.