Perdí cinco años de mi vida en una prisión de máxima seguridad, acusada de un crimen que jamás cometí. Me arrebataron mi libertad, mi nombre y mi futuro... pero no pudieron romperme. Hoy he vuelto. Aquellos que conspiraron para hundirme, que sonrieron mientras me juzgaban, pagarán cada día de mi encierro. No vengo a pedir justicia; vengo a cobrar la deuda. Me llamo Esther Vane, y su pesadilla acaba de comenzar.
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Capítulo XX Las cláusulas del fideicomiso
Punto de vista de Esther
El aroma a papel antiguo, cuero y tabaco de pipa llenaba la imponente oficina del bufete central de los Vane. Frente a Felipe y a mí, al otro lado de un amplio escritorio de caoba pulida, se encontraba el abogado Alberto Fernández, el hombre que tras la muerte de Doña Helena se había quedado con las riendas ejecutivas de la firma y el fideicomiso familiar.
A sus más de sesenta años, Fernández poseía esa compostura calculadora que no necesitaba alzar la voz para hacer temblar a directivos, jueces o políticos. Sus ojos oscuros y afilados nos escudriñaban a través de sus gafas de montura fina mientras hojeaba con tranquilidad el grueso expediente que Felipe le había entregado minutos antes.
—Así que este es el famoso plan para aplastar a los Linares —dijo Alberto Fernández, cerrando el expediente con un golpe seco que resonó en la estancia.
—No es solo un plan, Fernández —intervino Felipe, manteniendo una postura impecable desde su sillón—. Es la demanda formal por fraude procesal, encubrimiento y daños morales. Las pruebas del peritaje médico son irrefutables. Tenemos a Gabriel Linares contra las cuerdas y a Victoria acorralada. En un par de meses, la Asociación Herrera-Linares estará en la quiebra absoluta.
Fernández soltó una leve risa despectiva, acomodándose los puños de la camisa de sastre.
—Siempre tan impetuoso, Felipe... Crees que la justicia se resuelve únicamente en los tribunales con leyes y discursos bonitos —dijo el abogado, dirigiendo de pronto su mirada hacia mí—. Y tú, Esther... Comprendo tu sed de venganza. Cinco años en prisión por un delito que no cometiste es una atrocidad. Pero la firma Vane no quema imperios financieros solo para complacer los rencores de una recién llegada.
Sentí cómo la espalda se me ponía rígida, pero sostuve su mirada con la misma frialdad que había aprendido a cultivar en la cárcel.
—No es rencor, doctor Fernández —respondí con voz serena y tajante—. Es justicia y la restitución de mi honor. La familia Linares destruyó mi vida.
—Y la Asociación Herrera-Linares sostiene el cuarenta por ciento de las inversiones inmobiliarias de nuestro grupo —sentenció Alberto, dando un golpe con el nudillo sobre la mesa—. Si destruyen por completo a los Linares ahora mismo, provocarán un colapso financiero que afectará a docenas de nuestras propias empresas. Y como albacea del fideicomiso tras el fallecimiento de Doña Helena, no voy a permitir que arriesguen el patrimonio Hatawey.
—Alberto, el contrato de fideicomiso que nos dejo Helena me otorga a mí la dirección legal de los casos de la familia... —empezó a protestar Felipe, pero el abogado alzó una mano para callarlo de inmediato.
—Ese contrato está sujeto a las cláusulas de salvaguarda financiera, Felipe. Y como administrador supremo del patrimonio tras la partida de… —hizo silencio cargado de tristeza —, voy a ejercer mi derecho de enmienda hoy mismo.
El abogado sacó una carpeta de piel negra que ya tenía preparada sobre el escritorio y deslizó dos copias hacia nosotros.
—Si quieren mi firma para acceder a los fondos de reserva de la firma y si quieres, Felipe, quedar completamente liberado de mi control patrimonial y judicial, tendrán que aceptar dos condiciones innegociables.
Felipe y yo nos acercamos para revisar el documento. Mis ojos recorrieron con rapidez las cláusulas redactadas con un lenguaje jurídico impecable y desalmado:
Cláusula de Permanencia Conjugal: El matrimonio civil entre Felipe Vane y Esther Martínez no podrá disolverse bajo ninguna circunstancia, demanda de divorcio o nulidad, hasta que se haya cumplido formalmente un año entero desde la fecha de su registro.
Cláusula de Limitación de Daños Comerciales: La liberación total del patrimonio de Felipe Vane y el traspaso de las acciones de control quedarán condicionados al cumplimiento estricto de la cláusula anterior y a la preservación operativa de la Asociación Herrera-Linares, limitando las acciones legales a responsabilidades penales individuales (Gabriel Linares y Victoria) sin liquidar o destruir la estructura corporativa de la asociación.
Al terminar de leer, sentí un golpe seco en el estómago.
—¿Un año? —solté, mirando al abogado con incredulidad—. ¿Nos está obligando a mantener este matrimonio por un año entero?
—Exactamente —respondió Fernández sin pestañear—. Un año es el tiempo necesario para consolidar la imagen de estabilidad de la familia frente a los mercados. Si se divorcian en un par de meses, la prensa sabrá que esto fue un circo legal y la reputación de los Vane caerá por los suelos. Además, si salvan la estructura de la Asociación Herrera-Linares, los Linares pagarán sacrificando a sus herederos, pero nuestras inversiones quedarán intactas.
—¡Es un chantaje, Alberto! —exclamó Felipe, poniéndose de pie con los puños apretados sobre el escritorio—. ¡No puedes atar la libertad de Esther ni mi control patrimonial a un cálculo financiero!
—Puedo y lo acabo de hacer —replicó el abogado con una calma aplastante—. Si firman este anexo, tienen todo el respaldo económico y la protección absoluta del apellido Hatawey contra cualquier represalia. Si no lo firman, congelo las cuentas de la firma hoy mismo, retiro a los peritos y dejo que se enfrenten a los Linares solos, arruinados y sin el apoyo del bufete.
La oficina quedó sumida en un silencio helado. Miré a Felipe. En sus ojos oscuros vi una tormenta de rabia y frustración; la libertad por la que tanto había luchado para mí y para él mismo estaba siendo acorralada por algo que no entendíamos ¿qué ganaba Helena con mantenernos atados a un matrimonio sin amor?
Si rechazábamos la cláusula, Gabriel y Victoria podían volver a salir impunes utilizando el dinero de sus familias contra nosotros. Pero si aceptábamos... tendría que seguir siendo la esposa de Felipe Vane durante doce largos meses, compartiendo su casa, su apellido y su vida, mientras Gabriel y su familia conservaban parte de su imperio.
Miré al abogado, tomé la pluma de plata que descansaba sobre el escritorio y me giré hacia Felipe.
—Firmemos —dije en un murmullo frío—. Gabriel irá a prisión aunque su empresa sobreviva. Y doce meses al lado de tu familia no son nada comparados con los cinco años que pasé encerrada en una celda.
Felipe me miró fijamente, con la mandíbula apretada, consciente de que acabábamos de entrar en una jaula de la que ninguno de los dos podría escapar hasta que el calendario marcara trescientos sesenta y cinco días.
Si escarban el pasado encontrarán más pruebas de la que no imagina Felipe con la muerte de Melisa.
Veremos con que artimañas salen los Linares 🤔🤔🤔🤔❓❓❓❓
ojalá Felipe vea venir este golpe y Erika abre los ojos tu marca de ropa está por desaparecer de tus manos