Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.
La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.
Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.
Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.
Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.
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Capítulo 2
Capítulo 2
El hilo rojo
Valentina caminó.
No recordaba haber empezado a caminar. En algún momento dejó de gritar "¡Espera!" hacia una calle vacía y sus piernas se movieron solas, siguiendo la dirección que él le había señalado. Sureste. Ocho cuadras. El callejón detrás del muro.
El polvo de la explosión todavía flotaba en el aire y le raspaba la garganta con cada respiración. A su izquierda, la moto volcada echaba un hilito de gasolina entre los escombros. No la recogió. No le importaba. Los pies le llevaban, y ella dejaba que la llevaran.
Se miró la muñeca izquierda mientras caminaba. La pulsera roja estaba ahí —delgada, trenzada, gastada por el uso—, enrollada entre sus dedos como si la hubiera sujetado a propósito. No la había sujetado a propósito. Se había arrancado de la muñeca de él cuando corrían, en el tirón que casi la levantó del suelo.
Le temblaban las manos. Le temblaban desde la explosión y no habían parado.
Dobló por el callejón. Las paredes de los edificios estaban llenas de agujeros de metralla que parecían constelaciones. Una sandalia de niño colgaba de un cable eléctrico. Valentina pasó de largo. Tres meses en Levante le habían enseñado a no detenerse en los detalles. Si te detienes, te hundes.
El convoy de evacuación apareció al final de la calle como una aparición: cuatro autobuses blancos con el logo de la ONU descolorido por el sol, una ambulancia con las puertas abiertas, soldados con cascos azules dirigiendo el tráfico de personas. Había decenas de civiles haciendo fila —familias con maletas atadas con cuerdas, ancianos en sillas de ruedas, madres con bebés envueltos en mantas sucias—. El ruido era distinto al de la explosión: era un murmullo constante de voces, llantos, motores encendidos.
Valentina se detuvo en la orilla del grupo. No sabía si debía formarse en la fila o buscar al coordinador de prensa. Sacó la cámara por instinto —la misma cámara que había sobrevivido a la explosión dentro de la mochila que llevaba cruzada en la espalda—. La encendió. La pantalla se iluminó con una grieta diagonal, pero funcionaba.
Fue entonces cuando los vio.
Una chica joven —diecisiete, quizá dieciocho años— estaba sentada junto a la ventana del segundo autobús. Tenía el pelo oscuro recogido en una trenza deshecha y los ojos hinchados. Afuera, de pie junto a la ventana, un chico de su misma edad la miraba con las manos apoyadas en el cristal. Ella puso las suyas del otro lado. Los dedos se alinearon —pulgar contra pulgar, meñique contra meñique— pero no se tocaban. El vidrio estaba en medio.
El chico dijo algo que Valentina no alcanzó a escuchar. La chica negó con la cabeza. Las lágrimas le caían sin que se las limpiara. Él levantó la mano derecha y dibujó algo en el cristal empañado con la punta del dedo. Un corazón. Torpe, ladeado, ridículo. Ella se rio entre sollozos y puso la palma encima del corazón, como si pudiera atravesar el vidrio y agarrarlo.
Valentina filmó. No pensó en hacerlo; las manos levantaron la cámara y el ojo buscó el encuadre por cuenta propia. Los dedos separados por el cristal. El corazón dibujado en el vidrio empañado. Las lágrimas cayendo sobre la sonrisa rota de la chica.
"Estoy filmando mi propia historia."
El pensamiento la golpeó como una segunda explosión. Ella también había estado al otro lado de un cristal invisible —separada de alguien cuyo nombre no conocía, cuyo rostro no había visto, cuya mano había sujetado la suya por exactamente tres segundos antes de soltarla para siempre—.
Bajó la cámara. Le costaba respirar.
Un soldado con casco azul la tocó en el hombro.
—Señorita, ¿viene en el convoy? Estamos a punto de cerrar puertas.
—Sí —dijo Valentina, y su propia voz le sonó lejana.
La subieron al tercer autobús. No había asientos libres en la parte delantera; caminó hasta el fondo y se sentó junto a la ventana. El cristal estaba tibio por el sol de la tarde. Afuera, el cielo de Alepo se volvía naranja sobre los techos destruidos.
El autobús arrancó, avanzó tres cuadras y se detuvo. Puesto de control militar. A través de la ventana, Valentina veía soldados revisando documentos, una barrera de sacos de arena, un tanque estacionado en diagonal.
Bajó la mirada.
La pulsera roja seguía enredada entre sus dedos. La desenrolló con cuidado y se la puso en la muñeca, sobre el hueso. El hilo estaba tibio, como si guardara el calor de otra piel.
Levantó la vista.
Y lo vio.
Estaba de pie junto a la barrera de sacos de arena, a menos de diez metros de su ventana. Se había quitado el pasamontañas. Por primera vez, Valentina vio su cara completa: la mandíbula angular, el pelo corto y oscuro aplastado por el sudor, una línea de polvo que le cruzaba la frente como una cicatriz falsa. Hablaba con otro soldado, señalando algo en un mapa. Los guantes negros estaban metidos en el chaleco táctico. Sus manos —las manos que habían cortado el cable rojo, que habían sujetado su muñeca, que habían formado un arco sobre su cabeza durante la explosión— estaban desnudas.
Y en la muñeca izquierda de él, donde antes estaba la pulsera roja, había una marca pálida. La huella del hilo que ya no estaba.
Valentina golpeó el cristal con los nudillos.
El sonido se perdió entre el ruido de los motores. Golpeó más fuerte. Una vez. Dos. Tres.
Él giró la cabeza.
Los ojos oscuros la encontraron a través del vidrio sucio. Los mismos ojos que la habían mirado desde arriba del muro, los mismos ojos que le habían dicho "El suficiente" cuando ella preguntó cuánto tiempo tenían. Valentina vio el instante exacto en que él la reconoció: una fracción de segundo en que las cejas se alzaron y la boca se abrió sin sonido.
Él caminó hacia la ventana. Valentina puso la palma abierta contra el cristal. Él levantó la suya y la apoyó del otro lado —los dedos alineados, separados por el vidrio, exactamente como la pareja que ella había filmado minutos antes—.
El cristal estaba frío del lado de afuera y tibio del de ella. No podían tocarse.
Valentina sintió la garganta cerrarse. Con el dedo índice de la otra mano, escribió en el vaho de su propia respiración sobre el vidrio:
¿Tu nombre?
Las letras quedaron torcidas, transparentes, a punto de desvanecerse. Él las leyó. Valentina lo vio mover los labios. Formó una palabra. Dos sílabas. Tres.
El autobús se sacudió.
El motor rugió. Las ruedas chirriaron sobre la grava. Valentina sintió el tirón en el estómago cuando el vehículo avanzó. Golpeó el cristal con la palma — "¡No, espera!" — pero el autobús se movía, los sacos de arena se deslizaban hacia atrás, la barrera se alejaba, y él se quedaba ahí, de pie, con la mano todavía levantada y la boca todavía abierta en una palabra que ella no alcanzó a escuchar completa.
Solo la primera sílaba.
—San…
El autobús tomó velocidad. La figura de él se encogió entre el polvo y los soldados y las barreras hasta que fue solo un punto oscuro contra el cielo naranja. Luego nada.
Valentina se quedó con la mano contra el cristal. Las letras que había escrito ya se habían borrado con la vibración. La palma le ardía como si el vidrio estuviera caliente, pero estaba frío.
"San—"
Se miró la muñeca. La pulsera roja estaba donde la había puesto, sobre el hueso, apretada contra el pulso. Podía sentir su propio latido debajo del hilo.
No sabía su nombre completo. No sabía su apellido. No sabía a qué unidad pertenecía ni en qué base estaba asignado. Solo tenía una sílaba, una pulsera que no era suya, y la imagen de su mano abierta contra el cristal —los dedos que no logró tocar, la boca que no logró escuchar, la palabra que se llevó el motor del autobús como el viento se lleva el polvo—.
El autobús avanzó hacia la noche. Valentina no soltó el cristal hasta que la oscuridad borró la ciudad entera.
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.