Me llamo Marisol Quintana. Tenía diecinueve años, estudiaba Historia del Arte en la UNAM y creía que mi peor problema era un examen pendiente.
Entonces mi propio tío me vendió.
En Tierra Bruma no existe la ley. Solo existen los hombres que mandan y quienes sobreviven obedeciéndolos. Lucio Salvatierra es el más temido de todos: el Lobo, dueño de las rutas, las fronteras y los secretos capaces de destruir países.
Él no compra mujeres. No trafica con ellas. Ni siquiera debía mirarme.
Pero lo hizo.
—Esa muchacha es mía.
Lucio me arrancó de un infierno para encerrarme en otro. Me dio una habitación, reglas imposibles y una advertencia: fuera de sus dominios solo me esperaba la muerte. Yo debía obedecerlo. Agradecerle. Dejar de pensar en escapar.
El problema es que cada vez que lo desafío, él me hace rendir cuentas… y mi cuerpo traiciona todo lo que mi boca intenta negar.
Debería odiarlo por sus órdenes, por sus castigos y por esa forma de tocarme como si ya conociera cada secreto de mi piel. Pero también fue él quien salvó a mis padres, puso un arma en mis manos y me enseñó a sobrevivir entre lobos.
Cuando sus enemigos me secuestran, descubren demasiado tarde que ya no soy la muchacha indefensa que Lucio llevó a su casa.
—¡Soy la mujer del Lobo y sí sé disparar!
Entré en Tierra Bruma como una cautiva. Ahora todos se levantan cuando me ven pasar.
Lucio cree que me encerró en su mundo. Lo que todavía no entiende es que una jaula puede cerrarse desde ambos lados… y que, cuando uno de los dos termine de rodillas, no seré yo.
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Capítulo 10
Capítulo 10: No crío inútiles
El caldo de pollo me esperaba en la mesita con una cuchara atravesada sobre el plato, y yo no tenía hambre.
Estaba boca abajo, con la piel de atrás ardiendo bajo el camisón como si alguien me hubiera dejado una plancha encima. No quería comer. Pero me acordé de doña Meche llevándose los platos llenos, y de la mano en mi vientre, y de una voz diciendo "no has comido" como quien lee una sentencia.
No comer también era hablar. En esa casa todo lo que yo hacía era hablar.
Me apoyé en los codos y comí. Cucharada por cucharada, con las lágrimas cayendo dentro del caldo y salándolo. Tengo que vivir, me dije con cada trago. Tengo que vivir para volver a casa. Terminé el plato y lo dejé limpio, como una prueba.
En la noche llegó la fiebre que Anya había prometido.
Empezó en la nuca y bajó por la espalda como agua caliente. Después vino el pantano. Soñé con un pantano rojo, espeso, del color del anillo, donde yo me hundía hasta el pecho, y en la orilla había una sombra negra, alta, con un látigo colgando de la mano. No se movía. No hacía falta.
—Señor Salvatierra… —oí que decía mi voz, desde muy lejos—. Perdón… se lo ruego… perdón…
El pantano se abrió. Algo frío me tocó la frente.
Una mano. Grande, seca. Se quedó ahí un momento y luego un brazo se me metió debajo de la espalda y me levantó, y el cuarto se inclinó, y una voz dijo, muy cerca:
—Abre la boca.
Abrí la boca. Agua tibia. Tragué, y me atraganté, y volví a tragar. El vaso se retiró. El brazo no.
Yo no sabía dónde estaba. Sabía que había un pecho duro contra mi mejilla y un olor a humo y a bosque mojado, y en la fiebre eso no era él, no podía ser él, era otra cosa, era algo que me sostenía.
—Papá… —dije contra la tela—. Mamá… quiero ir a casa…
El brazo se detuvo.
Lo sentí como se siente un motor que se apaga: algo dejó de moverse dentro del pecho contra el que yo estaba recargada. Un segundo. Dos. Y en algún lugar de mi cabeza hirviendo, la parte que todavía sabía cosas gritó que eso lo iba a pagar, que ya lo había pagado una vez sobre una banca de piel.
Pero el brazo no me soltó.
Cerré la mano en lo primero que encontré, que fue el borde de una camiseta, y la apreté.
—No… —Me tembló la voz entera—. No se vaya.
No se fue.
Sentí que se estiraba, sin dejarme caer, hacia algo en la mesita. Un frasco que se destapa. Dos pastillas amargas en mi lengua y otra vez el vaso.
—Traga.
Tragué.
Y luego una mano me revolvió el pelo. No fue una caricia. Fue como se le revuelve la cabeza a un perro que hizo algo bien, torpe, pesada, sin ninguna práctica. Me recargó contra su pecho y me dejó ahí. Me tomó la mano, la que apretaba su camiseta, y la envolvió con la suya, y la mía estaba helada y la suya no.
—Cosita problemática —oí, desde muy arriba—. Ponte bien rápido. No crío inútiles.
El pantano se cerró otra vez. Pero esta vez no me hundí.
* * *
El despacho olía a café negro y a madrugada. Lucio estaba detrás del escritorio, con los ojos rojos de no haber dormido, dándole vueltas al anillo de rubí con el pulgar.
Teo leía de pie, sin mirar el papel.
—El Buitre mandó decir que fuimos nosotros. Le detuvieron un cargamento río arriba, antes de la salida al mar. Dice que alguien le pasó el dato a la Interpol y que solo nosotros conocíamos la ruta.
—Si la hubiera interceptado yo —dijo Lucio, sin levantar la voz—, ya estaría en el fondo del río. Con él encima. —Dejó el anillo quieto—. Lo que más odio en esta vida es el negocio del polvo. ¿Quiere explicaciones? Que venga con su ataúd a la Base.
—Se lo hago llegar así, patrón.
—Palabra por palabra.
Teo pasó la hoja.
—Lo de los Sarmiento.
—Se hace. —Lucio tomó la taza y la dejó sin beber—. Y agrégale una cláusula. Quiero los derechos de explotación de esa zona abandonada, la del norte.
Teo lo miró. Nadie quería esa zona. Ni el Buitre. No preguntó por qué; anotó.
Lucio se quedó callado. Volvió a girar el anillo. Afuera, por la ventana, el cielo pasaba del negro al gris sobre la torre de vigilancia.
—Investiga a unas personas —dijo por fin.
—Diga, patrón.
—A sus padres.
Teo levantó la vista del papel por primera vez.
—¿A los de ella?
—Si andan por esta zona. Si están vivos. En tierra de quién. O quién los tiene.
Lo dijo como quien pide un inventario. Teo sabía que el patrón no gastaba hombres en nada que no fuera suyo.
—Hasta dormida los llama —agregó Lucio, en voz más baja, como si hablara con la taza—. No me deja dormir.
Teo no contestó. Anotó dos nombres que había leído en un expediente dos semanas antes: Arturo Quintana, Guadalupe Ibarra. Los dos sabían lo que valían esos nombres en la Bruma. De los de afuera que desaparecían por esa zona, nueve de cada diez terminaban trabajando encerrados en algún galpón con computadoras, o repartidos en pedazos, en frascos con hielo, hacia el norte.
—Con permiso, patrón.
Lucio no lo oyó salir. Miraba la ventana, y el anillo giraba.
* * *
Desperté con la boca seca y la cabeza ligera, y sin fiebre.
Una muchacha de uniforme gris estaba sentada en la orilla de mi cama con el frasco de pomada abierto. No me miraba a los ojos. Me pidió, con la voz apenas audible, que me levantara el camisón.
Lo hice. Me tapé la cara con el antebrazo mientras sus dedos fríos me untaban la pomada por donde yo no me podía ver, y sentí la vergüenza subirme hasta las orejas, no por ella, sino por la idea de que en esa casa había una lista de gente autorizada a tocarme ahí.
Y mientras me untaban, me acordé.
Un brazo. Agua tibia. Una mano en el pelo, torpe. "No crío inútiles."
No. Eso no era posible. Él no se sentaba en la orilla de una cama a dar agua. Él mandaba a alguien. Seguro fue la fiebre, me dije. Seguro fue doña Meche y la fiebre le puso otra voz.
—¿El señor Salvatierra salió hoy? —le pregunté a la muchacha, en voz baja.
Ella no alcanzó a contestar.
—¿Qué, me extrañaste?
La risa vino de la puerta. Corta, por la nariz.
Estaba recargado en el marco, con los brazos cruzados. Camiseta negra, pantalón táctico gris oscuro, el pelo todavía húmedo de la regadera. Tenía la cara de alguien que había dormido mal y aun así estaba de buen humor, y no supe cuál de las dos cosas me asustaba más.
La muchacha se levantó como si la cama quemara, dejó el frasco en la mesita y salió pegada a la pared.
Yo jalé la sábana para taparme. Las manos no me obedecieron bien; la sábana se me quedó a medio muslo.
—Quieta.
Me quedé quieta, con el camisón subido y las manos agarrotadas en la sábana.
Se sentó en la orilla de la cama, donde había estado la muchacha. El colchón se hundió hacia él. Puso dos dedos sobre mi cadera, donde la pomada todavía brillaba, y presionó. No mucho. Lo justo para que yo cerrara los ojos.
—¿Anoche no te aferraste a mí y no me soltabas? —dijo, con una voz que casi era de burla—. ¿Y ahora no te acuerdas?
Abrí los ojos.
Era él. El brazo, el agua, la mano en el pelo. Todo era él. Y yo le había dicho "papá, mamá, quiero ir a casa" con la cara metida en su camiseta.
Se limpió los dedos en la sábana, despacio.
—La pomada de Anya sirve. —Me miró la frente—. Ya no tienes fiebre, ¿verdad? Ponte bien pronto. —Se levantó—. En un par de días… puedes recibir la siguiente.
—¡¿Qué?!
Me salió con toda la voz que tenía, y él ni siquiera volteó. Ya estaba en la puerta. Se detuvo ahí, con la mano en el marco, de espaldas a mí.
—Repasa las reglas. Cuando vuelva del norte, te tomo la lección. —Una pausa—. Y si adelgazaste, rindes cuentas.
La puerta se cerró.
Del norte. Me quedé con la sábana apretada contra el pecho, la cadera ardiendo bajo la pomada, y una pregunta que nadie en esa casa me iba a contestar: qué había en el norte que lo hacía sonreír así.