Anna creyó que era huérfana y pobre, pero en realidad es Leah, la heredera perdida del imperio mafioso de León. El día que su propio hermano Theo la encuentra, su pasado empieza a cobrarle factura.
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Capítulo 19 ## Destapan la olla #
Por un lado, Anna continuaba dormida en la casa de Henry.
Habían pasado ya dos horas y la joven no daba señales de despertar. Permanecía profundamente dormida, agotada por todo lo que había vivido.
La única vez que pareció estar a punto de despertar fue cuando Theo se acercó a ella y depositó un suave beso en su frente.
Anna se movió ligeramente, como si hubiera sentido algo.
¿Había sido una conexión inexplicable? ¿Había reconocido, de alguna manera, aquella presencia?
¿O simplemente estaba teniendo una pesadilla?
Después de todo, la vida de la pobre Anna nunca había sido sencilla. Todo lo contrario.
A sus diecisiete años había sufrido abandono, rechazo y humillaciones que muchas personas adultas jamás habían tenido que soportar.
Había sido rechazada por sus propios padres. Había soportado el desprecio de sus tíos, el rechazo de algunos compañeros, las miradas de ciertos profesores y hasta los comentarios malintencionados de padres de otros alumnos.
Cuando le permitieron adelantar un año en la escuela por sus excelentes calificaciones, más de un padre había puesto el grito en el cielo.
—¿Cómo puede ser que esta muchacha de mierda tenga mejores calificaciones que mi hija?
Cuando Anna era abanderada, tampoco faltaban las caras de disgusto entre algunos padres y alumnos.
Como si ella tuviera la culpa de ser inteligente.
Como si no tuviera derecho a destacarse.
Y después estaban aquellos hombres que la observaban de manera desagradable, los tipos babosos que parecían olvidar cualquier límite cuando la veían.
El odio de su prima Camile.
El desprecio de quienes la consideraban inferior por ser pobre y no tener padres presentes.
Y, para terminar de completar aquella lista de desgracias, un secuestro que había estado a punto de convertirse en una tragedia todavía mayor.
Apenas tenía diecisiete años y ya había vivido más cosas que muchos adultos en toda una vida.
Por eso, aquellas lágrimas que habían escapado de sus ojos mientras dormía podían deberse a cualquier cosa.
Quizás a una pesadilla.
Quizás a un recuerdo.
O quizás a algo que ni siquiera ella misma comprendía todavía.
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Mientras tanto, en otro punto de la ciudad, Luis y Eleanor habían tomado una decisión desesperada.
Habían contratado a un investigador privado.
Necesitaban saber quiénes eran las personas que habían rescatado a Anna.
Pero, sobre todo, necesitaban descubrir si aquel rescate tenía alguna conexión con León o con su entorno.
Solo pensar en aquella posibilidad les ponía los pelos de punta.
Si León estaba involucrado...
Si aquellas personas pertenecían a su círculo...
Entonces el pasado que habían intentado enterrar durante tantos años podía estar a punto de salir a la luz.
Y esta vez no podrían esconderse tan fácilmente.
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Mientras tanto, Margareth estaba cada vez más preocupada.
Hacía horas que Anna debería haber regresado del trabajo.
La joven siempre avisaba si iba a demorarse, por lo que aquella ausencia comenzaba a resultarle extraña.
Después de esperar un tiempo prudencial, la mujer decidió ir hasta la zona donde trabajaba su nieta.
Necesitaba saber qué estaba ocurriendo.
Cuando llegó, encontró a Henry cerrando el local.
—Henry —preguntó preocupada—, ¿sabés dónde está Anna? Hace horas que tendría que haber llegado a casa.
Henry sintió un nudo en el estómago.
No podía decirle la verdad.
No todavía.
—Margareth, tranquila. Anna tuvo un accidente en el trabajo. Está en mi casa descansando.
La mujer abrió los ojos, alarmada.
—¿Un accidente? ¿Qué le pasó?
Henry respiró profundamente antes de responder.
—Entraron a robar a la tienda. Anna intentó impedirlo y uno de los delincuentes la golpeó. Quedó inconsciente.
Margareth se llevó una mano al pecho.
—¡Dios mío! ¿Está bien?
—Sí. Por suerte, sí. Un médico la revisó y dijo que no tiene nada grave. Solo necesita descansar y recuperarse.
Margareth, sin embargo, seguía teniendo una preocupación.
—¿Y por qué está en tu casa?
Henry entendió inmediatamente la inquietud de la mujer.
Después de todo, él era un hombre adulto y Anna era su nieta.
—No quería dejarla sola —explicó—. Pero como yo tenía que cerrar el negocio, la dejé al cuidado de un amigo de confianza.
Henry omitió deliberadamente que ese amigo era Theo.
Aquella explicación ya era bastante complicada como para agregar que el joven que estaba cuidando a Anna era, además, el amigo del muchacho del que ella estaba enamorada.
No quería provocar un escándalo innecesario. Tu
—Quiero verla —dijo Margareth.
—Claro.
Henry la acompañó hasta su casa.
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Cuando Margareth entró y vio a Anna dormida, sintió que el corazón se le partía.
Se acercó lentamente y se sentó junto a ella.
Le acarició el cabello.
—Mi niña...
Anna no reaccionó.
Margarethe miró al médico, que todavía permanecía allí, y volvió a preguntar:
—¿Realmente está bien?
—Sí. No tiene lesiones internas ni nada que ponga en peligro su vida. Está muy debilitada, eso sí. Necesita descansar, hidratarse y alimentarse correctamente.
El médico hizo una pausa.
—Tiene una importante falta de vitaminas y nutrientes. Hierro, calcio y otros elementos esenciales. Su organismo está bastante debilitado.
Margarethe bajó la mirada.
Aquellas palabras le dolieron profundamente.
Por primera vez comenzó a preguntarse si realmente había estado prestándole a Anna toda la atención que necesitaba.
Ella siempre había visto a su nieta como una muchacha independiente.
Anna se levantaba sola, iba a la escuela, trabajaba, ayudaba en la casa y resolvía sus propios problemas.
Margarethe había llegado a pensar que, precisamente por ser tan fuerte, no necesitaba demasiado de ella.
Pero ahora comprendía que quizás había confundido fortaleza con ausencia de necesidad.
—Yo debería haberme dado cuenta... —murmuró.
Henry la miró en silencio.
Margarethe tenía una familia enorme.
Había tenido nueve hijos. Tres de ellos todavía vivían con ella y los demás se habían establecido en diferentes lugares.
Desde que había dejado de trabajar, acostumbraba pasar una semana en la casa de uno, después en la de otro, ayudando a sus hijos y nietos.
Siempre estaba ocupada.
Siempre intentando cuidar a todos.
Y, sin darse cuenta, había terminado descuidando a la persona que más dependía de ella.
Anna.
La única que nunca le pedía nada.
La única que parecía arreglárselas sola.
La única que jamás se quejaba.
Margarethe no sabía que detrás de aquella independencia había una historia mucho más dolorosa.
No sabía que los propios tíos de Anna la maltrataban.
No sabía que le escondían la comida.
No sabía que muchas veces la obligaban a conformarse con las sobras que quedaban en sus platos.
No sabía que Anna había tenido que empezar a trabajar siendo apenas una niña porque necesitaba conseguir dinero para comprar sus propias cosas y, muchas veces, hasta para asegurarse algo de comida.
Una locura.
Una crueldad que había ocurrido dentro de la misma casa donde Margarethe creía que su nieta estaba protegida.
La mujer volvió a acariciar el cabello de Anna.
—Perdoname, mi niña...
Anna permaneció dormida.
Margarethe no sabía que aquella noche no solo había cambiado su forma de verla.
Tampoco sabía que, mientras ella permanecía allí preocupada por su nieta, en otra parte de la ciudad alguien estaba investigando su pasado.
Y que esa investigación podía terminar destapando una verdad que llevaba **diecisiete años enterrada**.
Una verdad capaz de cambiar para siempre la vida de Anna.
Y la de dos familias enteras.