Esta historia comienza con una joven recién graduada de la universidad, llena de sueños y esperanzas por comenzar su vida profesional. Su carrera es Secretaria Ejecutiva, y después de buscar durante días, finalmente consigue una entrevista en una importante empresa. Allí conoce a su jefe, un joven de apenas 23 años, serio, atractivo y exitoso, quien decide darle una oportunidad y contratarla. Con el paso del tiempo, ambos comienzan a compartir momentos, conversaciones y experiencias que los acercan cada vez más. Sin darse cuenta, ella se enamora profundamente de él. Y, poco a poco, él descubre que también la ama.
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Capítulo 22— Frente al altar
Eran las siete de la noche.
La iglesia estaba llena y todo estaba listo para comenzar. La ceremonia estaba programada para las siete y treinta, pero yo llevaba varios minutos frente al altar intentando controlar los nervios.
Nunca había sentido algo así.
Me acomodé el saco y respiré profundamente.
—Tranquilo, Hugo —me dije—. Todo va a salir bien, ve.
Miré hacia la entrada de la iglesia.
Todavía no había llegado.
Y eso hacía que mis nervios aumentaran todavía más.
Había imaginado muchas veces este momento, pero ahora que estaba sucediendo de verdad, sentía que el corazón se me iba a salir del pecho.
Hoy iba a casarme con Aby García.
Mi novia.
La mujer que amaba.
La mujer con la que quería compartir el resto de mi vida.
A las siete y veinte, escuché movimiento cerca de la entrada.
Varias personas comenzaron a acomodarse en sus lugares.
Yo respiré profundamente.
Entonces, exactamente a las siete y treinta, las puertas de la iglesia se abrieron.
Todos voltearon.
Y yo también.
En ese instante la vi.
Aby estaba entrando.
Me quedé completamente paralizado.
No podía apartar los ojos de ella.
El vestido que había escogido era todavía más hermoso de lo que había imaginado. La falda de princesa tenía muchísimo volumen y una larga cola que avanzaba elegantemente detrás de ella. El encaje marfil cubría el vestido con delicados motivos florales y pequeños detalles brillantes.
Su cabello estaba perfectamente arreglado y llevaba la corona plateada que completaba su apariencia.
Pero para mí, lo más hermoso era su sonrisa.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
—Dios mío… —murmuré.
Uno de mis familiares me dio una pequeña palmada en el hombro.
—Hermano, cerrá la boca que se te va a caer la baba.
Solté una pequeña risa, todavía sin dejar de mirar a Aby.
—Es que… ve, está demasiado hermosa.
No podía creer que esa mujer fuera a convertirse en mi esposa.
A medida que caminaba por el pasillo, nuestros ojos se encontraron.
Ella sonrió.
Yo también.
Cuando finalmente llegó frente al altar, sentí que todos mis nervios desaparecieron.
Aby se colocó a mi lado.
—Hola —susurró.
—Hola, nena.
Ella sonrió.
—¿Estás nervioso?
—Un poquito.
—Yo también.
Le apreté suavemente la mano.
—Tranquila. Estoy aquí.
El sacerdote se colocó frente a nosotros y comenzó la ceremonia.
—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Todos respondimos:
—Amén.
Después nos dio la bienvenida y explicó que estábamos reunidos para celebrar la unión matrimonial de Hugo Olivares y Aby García.
Escuchaba sus palabras, pero de vez en cuando miraba a Aby.
No podía evitarlo.
Luego comenzaron las lecturas correspondientes a la celebración.
Durante la primera lectura permanecimos atentos, y posteriormente se proclamó el salmo y la segunda lectura.
Después llegó el momento del Evangelio.
Cuando terminó, el sacerdote habló sobre el matrimonio, el amor, la fidelidad y el compromiso que estábamos a punto de asumir.
—El matrimonio no es solamente compartir los días buenos —explicó—. Es también permanecer unidos en los momentos difíciles, aprender a perdonar y caminar juntos.
Miré a Aby.
Pensé en todas las cosas que habíamos vivido.
Las discusiones.
Los momentos difíciles.
Las reconciliaciones.
Las risas.
Y todos los momentos que nos habían llevado hasta ese altar.
El sacerdote continuó.
—Hugo y Aby, ustedes han venido libremente para unir sus vidas en matrimonio.
Nos miró.
—¿Están decididos a amarse y respetarse durante toda la vida?
Respiré profundamente.
—Sí, estoy decidido.
Aby respondió:
—Sí, estoy decidida.
El sacerdote continuó con las preguntas sobre la libertad de nuestra decisión, la fidelidad y la disposición de recibir y formar una familia.
Respondimos afirmativamente.
Entonces llegó uno de los momentos más importantes.
El consentimiento matrimonial.
Nos colocamos frente a frente.
Tomé las manos de Aby.
El sacerdote nos indicó que expresáramos nuestro consentimiento.
La miré directamente a los ojos.
—Aby, yo, Hugo Olivares, te recibo a vos como mi esposa. Prometo amarte, respetarte y permanecer a tu lado todos los días de mi vida.
Sentí la voz un poco temblorosa.
Aby tenía los ojos llenos de lágrimas.
Después ella tomó mis manos.
—Yo, Aby García, te recibo a vos como mi esposo. Prometo amarte, respetarte y permanecer a tu lado todos los días de mi vida.
Sonreí.
El sacerdote bendijo los anillos.
Tomé el anillo de Aby.
Con cuidado se lo coloqué en el dedo.
—Aby, recibí este anillo como signo de mi amor y fidelidad.
Ella hizo lo mismo conmigo.
—Hugo, recibí este anillo como signo de mi amor y fidelidad.
El sacerdote extendió sus manos sobre nosotros y pronunció la bendición matrimonial.
En ese instante sentí una tranquilidad enorme.
Después de todo lo que habíamos vivido, finalmente estábamos ahí.
Juntos.
El sacerdote terminó la ceremonia con la bendición final.
—Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
Sonreí.
Aby me miró.
—¿Ya somos esposos? —susurró.
—Ya somos esposos, mi reina.
Ella soltó una pequeña risa entre lágrimas.
El sacerdote nos invitó a saludarnos como esposos y nos dimos un beso breve y cariñoso.
Luego salimos juntos de la iglesia.
Cuando cruzamos las puertas, los invitados comenzaron a aplaudir.
Aby me tomó del brazo.
Yo la miré.
—Nena.
—¿Qué?
—Estás hermosa.
Ella sonrió.
—¿Solo hermosa?
Me reí.
—No. Estás espectacular. Parecés una princesa.
—Y vos estás muy guapo.
—Gracias, amor.
Seguimos caminando mientras todos nos felicitaban.
Yo miré nuevamente a mi esposa.
Todavía me costaba creerlo.
Aby García ya no era solamente mi novia.
Era mi esposa.
Y esa noche, frente a Dios, nuestras familias y las personas que queríamos, comenzaba oficialmente nuestra vida juntos.