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El Juego De Las Apariencias

El Juego De Las Apariencias

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Matrimonio arreglado / Enfermizo
Popularitas:322
Nilai: 5
nombre de autor: E.white Verdun

​¿Hasta dónde llegarías para sobrevivir en un mundo de mentiras?
​Elara Varela ha perdido su herencia y su dignidad a manos de su propia familia, pero tiene una última carta que jugar, un matrimonio arreglado con el hombre más poderoso y enigmático de la región. Damian Montecristo vive confinado a una silla de ruedas, rodeado de enemigos que acechan su imperio.
​Lo que nadie sospecha es que ambos guardan secretos letales. Elara oculta una mente brillante tras su fragilidad, y Damian esconde una fortaleza que desafía a la parálisis que todos creen real. En esta red de engaños, traiciones y ambición, lo único prohibido es confiar... y, sin embargo, es lo único que podría salvarlos.
​Bajo una misma máscara, la verdad es el arma más peligrosa.

NovelToon tiene autorización de E.white Verdun para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2: Muros de piedra y silencio

Tres días después de aquel acuerdo, el carruaje, o mejor dicho, el lujoso automóvil negro que la familia Montecristo había enviado a buscarla, avanzaba lentamente por un camino sinuoso y empinado, rodeado de bosques altos y oscuros que parecían tragarse la luz del día. Elara miraba por la ventanilla, con el abrigo apretado contra su cuerpo; el frío de la zona alta se sentía más cortante que el de la ciudad, y su pierna izquierda le recordaba constantemente su presencia con un dolor sordo y persistente.

Llevaba puesto un vestido sencillo de color gris oscuro, el único que había logrado conservar en buen estado, sin adornos ni brillos. Se había peinado con recogimiento, dejando ver solo su rostro pálido y sus ojos grandes y expresivos. Debo parecer frágil, sin importancia, alguien que no representa ningún peligro, se repetía una y otra vez en su mente, repasando el papel que había decidido interpretar.

Al salir de la casa, su madrastra apenas le había dado un adiós frío y calculador, ya pensando solo en el dinero y la seguridad que le habían prometido. Lorenzo ni siquiera se había atrevido a aparecer. Y ahora, al ver alzarse frente a ella la residencia de los Montecristo, una construcción inmensa de piedra gris, torres altas y ventanales estrechos que parecían ojos vigilantes, Elara sintió que el corazón se le encogía un poco. Parecía menos una casa que una fortaleza diseñada para mantener a todos lejos.

El vehículo se detuvo frente a una escalinata ancha. Un mayordomo de edad avanzada, porte serio y mirada aguda la esperaba en la puerta principal.

—Bienvenida, señorita Varela —dijo con voz neutra, haciendo una reverencia corta —Soy el señor Ferrer, administrador de esta casa. Sígame, por favor. El señor Damian la espera en su despacho.

Elara bajó con cuidado, apoyándose levemente en el pasamanos de piedra. Cada paso requería esfuerzo, y notó cómo el hombre la observaba de reojo, midiendo cada movimiento. Ya empiezan, pensó con amargura. Ya ven solo lo que les falta.

Al cruzar el umbral, el silencio la envolvió por completo. Los pasillos eran inmensos, con suelos de mármol que devolvían cada sonido, cuadros antiguos de antepasados en las paredes y una riqueza inmensa pero fría, sin rastro de calidez ni alegría. Caminaron largo rato hasta llegar a una puerta doble de madera maciza oscura. Ferrer la abrió sin hacer ruido y la hizo pasar.

—Señor, la señorita Elara Varela.

Y entonces lo vio, al fondo de la estancia, detrás de un escritorio enorme de caoba tallada, estaba él. Damian Montecristo.

Sentado en su silla de ruedas de diseño elegante y costoso, vestía un traje oscuro impecable que resaltaba su figura alta y hombros anchos. Tenía el cabello negro como la noche, rasgos tan perfectos que parecían esculpidos a propósito, piel pálida y unos ojos grises, profundos y penetrantes que la miraron fijamente en cuanto ella entró. Una mirada que pesaba toneladas, que lo analizaba todo sin decir una palabra.

Elara sintió que se le cortaba la respiración. Era mucho más impresionante de lo que las habladurías decían, y a la vez mucho más inalcanzable. No había rastro de lástima ni debilidad en su porte, solo una autoridad natural que hacía que el aire mismo se volviera más denso a su alrededor.

—Acérquese —ordenó él. Su voz era grave, pausada y cortante, sin ninguna amabilidad.

Ella obedeció, avanzando despacio, consciente de su cojera, sin intentar ocultarla ni tampoco exagerarla. Cuando quedó a unos pasos del escritorio, se mantuvo erguida con la poca dignidad que le quedaba.

—He leído todo sobre usted —empezó Damian, sin apartar la vista de ella, mientras pasaba unas hojas impresas entre sus dedos largos y finos — Hija de familia adinerada caída en desgracia. Acostumbrada a lujos que ya no tiene. Caprichosa, malcriada, sin estudios útiles ni conocimientos prácticos. Herida en una caída sospechosa… y ahora acepta casarse conmigo solo para salvar el pellejo y el de su querida madrastra. ¿Es así como lo describen los informes?

Cada palabra cayó como un latigazo. Elara sintió cómo la sangre le subía a las mejillas, mezcla de vergüenza e ira contenida, pero mantuvo la expresión suave, casi apocada, tal como había planeado. Bajó un poco la mirada y habló con voz dulce y sin fuerza.

—Supongo que… es lo que parece, señor. No tengo mucho que ofrecer, es verdad. Solo obedezco lo que deciden por mí.

Él soltó una risa baja y sin gracia, inclinándose hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa.

—No se haga la tonta conmigo, Elara. No me gustan las mentiras ni las actuaciones mal hechas. Pero no se preocupe, no me importa quién sea usted ni qué piense. Este matrimonio es un contrato, nada más. Usted llevará mi apellido, se comportará como corresponde ante la sociedad, vivirá aquí con todas las comodidades y no se meterá en nada de lo que ocurra en esta casa ni en mis negocios. A cambio, sus deudas quedan saldadas hoy mismo. ¿Entendido?

—Sí, señor Montecristo —respondió ella, asintiendo con docilidad fingida —Haré exactamente lo que usted diga. Seré la esposa que necesita, tranquila, callada, sin molestar.

Damian la observó unos segundos más, como si intentara atravesar su piel con la mirada, buscando algo que no lograba distinguir del todo. Luego se recostó de nuevo en su asiento, con aire de indiferencia absoluta.

—Bien. La ceremonia civil será pasado mañana, sin invitados ni fiestas. A partir de ese momento, tendrá sus propias habitaciones, sirvientas a su disposición y una asignación mensual para sus gastos. Pero tenga muy claro una cosa —añadió con tono más severo y bajo —cruce alguna línea, intente entrometerse en asuntos que no le incumben o confíe en personas equivocadas… y se arrepentirá profundamente de haber puesto un pie aquí. Nadie se burla de mí ni usa mi nombre sin consecuencias. ¿Comprendido?

—Perfectamente —respondió ella, alzando la vista solo un instante para encontrarse con esos ojos fríos y duros, y bajándola de inmediato con aparente timidez.

—Puede retirarse entonces. Ferrer la guiará a sus aposentos. Allí esperará hasta que se le avise.

Elara hizo una reverencia pequeña y salió despacio, sintiendo cómo esa mirada seguía clavada en su espalda hasta cerrarse la puerta. Solo cuando quedó al otro lado, apoyándose contra la pared del pasillo para recuperar el aliento, se dio cuenta de que tenía las manos temblando levemente.

Qué hombre tan duro, tan cerrado… y sin embargo, pensó mientras caminaba detrás del mayordomo hacia sus nuevas habitaciones, hay algo en él que grita que también lleva cadenas invisibles. Dicen que está roto por fuera… pero yo sospecho que su mente es más afilada y peligrosa que la de cualquiera que camine sobre dos piernas sanas.

Las habitaciones que le asignaron eran amplias, elegantes y llenas de luz, pero también frías y solitarias, con muebles oscuros y pesados. Desde su ventana se veía todo el valle cubierto de nubes bajas. Se sentó al borde de la cama grande y suave, apoyando con cuidado su pierna dolorida, y sonrió con una media sonrisa llena de determinación.

—Juegas a ser el amo y señor de todo, Damian Montecristo —susurró al vacío de la estancia — Y yo juego a ser la niña inútil y débil que todos creen. Veremos cuánto tiempo aguantan nuestras máscaras antes de chocar la una contra la otra.

Mientras tanto, en el despacho, Damian seguía inmóvil, mirando hacia el lugar donde ella había estado parada. Tomó de nuevo la hoja con sus datos, repasando una nota pequeña escrita al margen con letra pequeña “Esconde inteligencia y orgullo bajo la fragilidad. Su caída fue provocada. Su madrastra es la culpable principal.”

—Así que tú también llevas tus propias heridas y secretos, pequeña —murmuró para sí mismo, acariciando el borde del papel con una expresión que ya no era solo frialdad, sino curiosidad creciente —Quizás este contrato termine siendo mucho más interesante de lo que imaginé.

Y en la inmensa mansión llena de sombras y silencios, dos almas marcadas por el dolor y la mentira acababan de poner el primer eslabón de una cadena que los uniría para siempre, entre el odio, la desconfianza y un amor que aún se negaba a nacer.

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