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No te mueras, mi amor

No te mueras, mi amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Amor en la guerra / Completas
Popularitas:10.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Mía Ríos

Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.

La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.

Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.

Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.

Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.

NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Capítulo 17

El baile bajo la luna

El niño tenía siete años y una bomba pegada al pecho.

Valentina lo vio primero. Estaba parada en la esquina de una calle de Hapir filmando una patrulla de la FCA cuando el niño salió de un callejón. Caminaba con los brazos abiertos, como un pájaro que no sabe volar, y lloraba sin sonido — las lágrimas le caían por la cara sucia pero la boca estaba cerrada, los labios apretados, como si alguien le hubiera dicho que si hacía ruido la bomba explotaría.

El chaleco era un arnés de tela cosida a mano con tubos de metal y cables que le cruzaban el torso. Valentina no sabía nada de explosivos, pero sabía lo suficiente para reconocer un detonador cuando lo veía: un cilindro negro pegado con cinta al hombro izquierdo del niño, con un cable rojo que bajaba hasta un interruptor que el niño sostenía en la mano derecha con los dedos blancos de tanto apretar.

Los soldados levantaron las armas. El niño se detuvo. Valentina dejó de respirar.

Santiago salió de detrás de un vehículo blindado. Caminó hacia el niño sin arma, sin chaleco, con las manos abiertas y visibles. Se arrodilló a cinco metros de distancia.

Y empezó a silbar.

"Castillo en el cielo." La melodía salió suave, lenta, como si Santiago estuviera tocando la armónica en la azotea de las barracas de Garún y no arrodillado frente a un niño con explosivos en una calle de Hapir. Las notas flotaban en el aire caliente, ridículamente hermosas contra el fondo de concreto destruido y cables de electricidad colgando como tripas.

El niño dejó de llorar. Miró a Santiago. Santiago siguió silbando. Avanzó un metro de rodillas. Después otro. El niño lo miraba con los ojos enormes, los dedos todavía apretados alrededor del interruptor, pero la mandíbula se le había relajado un milímetro.

Benjamin Carter apareció en la azotea del edificio a la derecha. Rifle de francotirador. Apuntaba a algo que Valentina no podía ver — probablemente al hombre que había puesto la bomba en el niño y que estaba escondido en algún lugar con el dedo en un control remoto.

Santiago llegó al niño. Le habló en árabe. El niño respondió algo — una palabra, dos. Santiago asintió. Le puso la mano en el hombro. Comenzó a examinar el arnés.

El primer disparo vino de un techo a la izquierda. La bala dio en el pavimento a dos metros de Santiago. El segundo levantó polvo del muro detrás de ellos. Francotirador.

—¡Contacto! —gritó alguien—. ¡Francotirador a las diez!

Benjamin disparó. Un cuerpo cayó de un techo. Pero había más — los disparos venían ahora de dos direcciones, y en la calle lateral un motor rugió y un coche apareció a toda velocidad, con algo atado al capó que Valentina reconoció con un terror helado: más cables, más tubos.

Coche bomba.

Valentina gritó sin pensar:

—¡Santiago! ¡Treinta segundos!

No sabía de dónde salió la cifra. Era instinto — la velocidad del coche, la distancia, una estimación que su cerebro calculó sin consultarla. Santiago la miró un segundo. Volvió al arnés.

—¡Veinte!

Los dedos de Santiago se movieron sobre los cables. El niño temblaba. Santiago le dijo algo al oído — una palabra, quizá dos, quizá un nombre. El niño cerró los ojos.

—¡Diez!

Santiago arrancó el arnés. Lo lanzó hacia un lado. Agarró al niño con ambos brazos, lo levantó del suelo como si no pesara nada, y corrió.

Cinco pasos. Seis. Un muro de sacos de arena a la derecha. Santiago saltó con el niño contra el pecho y los dos cayeron detrás de la barricada un segundo antes de que el coche explotara.

La onda expansiva golpeó a Valentina como una pared de aire caliente. Cayó de espaldas. La cámara se le escapó de las manos y rodó por el pavimento. Los oídos le zumbaron. El polvo lo cubrió todo.

Cuando el humo se disipó, Santiago estaba de pie detrás de los sacos de arena con el niño en brazos. El niño tenía la cara enterrada en su cuello y los brazos alrededor de su espalda. Santiago lo sostenía con una mano en la nuca y otra en la espalda, como se sostiene algo frágil que no puedes soltar.

Benjamin bajó del edificio. Se acercó a Santiago con el rifle colgando y la sonrisa de quien acaba de sobrevivir a algo que no debería haber sobrevivido.

—Apuesto diez dólares a que un día te mueres haciendo eso.

Santiago le extendió el dedo medio sin soltar al niño. Benjamin se rio y le devolvió el gesto.

---

La entrada de un edificio parcialmente destruido. Columnas agrietadas, techo de concreto con un agujero por el que entraba un rectángulo de cielo azul. Santiago y Valentina estaban sentados en los escalones con dos botellas de agua y el polvo del combate todavía en la ropa.

—¿Crees que existe el bien? —preguntó Valentina.

Santiago tomó un trago de agua.

—No sé si existe el bien. Sé que existe lo que no puedo dejar de hacer.

—¿Y eso qué es?

—Intentar que los niños con bombas vivan para cumplir ocho años.

Valentina se quedó callada. Santiago se miró la muñeca. La pulsera roja — la que ella le había dado en Alepo, la que había llevado durante dos años por tres continentes y una guerra — estaba rota. El hilo se había partido durante el salto. Los fragmentos colgaban del nudo como pétalos de una flor muerta.

—Se rompió —dijo Valentina.

Santiago se quitó los restos de la pulsera. Los sostuvo en la palma abierta y los miró como quien mira algo que cumplió su propósito.

—Duró más de lo que esperaba.

—Te compro otra. Cuando encontremos un mercado.

—¿Y cómo sabrás la medida?

Valentina le tomó la muñeca con la mano izquierda. Le rodeó la circunferencia con el pulgar y el índice, midiendo. La piel estaba caliente del sol y áspera del polvo. Podía sentir el pulso debajo — constante, firme, más lento que el suyo.

Santiago no retiró la mano. En cambio, giró la muñeca y rodeó la de ella con dos dedos — pulgar e índice formando un anillo alrededor del hueso, exactamente donde le había tomado el pulso aquella primera noche en Alepo, cuando la sacó de entre los escombros.

Ninguno de los dos se movió. El contacto era mínimo — dos dedos alrededor de una muñeca — pero la intimidad de ese gesto era más profunda que un beso. Era un círculo cerrado: su muñeca dentro de los dedos de él, la muñeca de él medida por los dedos de ella. Dos puntos de contacto que formaban algo que no tenía nombre pero que los dos reconocieron.

Santiago sacó algo del bolsillo con la mano libre. Una manzana roja. Se la ofreció sin palabras.

Valentina la tomó. Mordió. El jugo le corrió por la barbilla. Santiago la miró morder la manzana con la comisura izquierda levantada y una expresión que era casi — casi — ternura.

---

El bar se llamaba Dreaming. Era un sótano con cinco mesas, una barra de madera, un ventilador de techo que giraba demasiado lento y luces de Navidad que alguien había colgado del techo en un acto de optimismo delirante. Servían cerveza tibia y vodka frío y no hacían preguntas.

Santiago se sentó junto a Valentina. No frente a ella — junto a ella. El hombro de él rozaba el de ella. Valentina le compró un vodka. Él aceptó. Ella pidió otro.

Benjamin se sentó enfrente con tres soldados más. Contaron chistes malos en tres idiomas. Santiago se rio de todos — una risa que Valentina nunca le había oído, abierta, sin control, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás. Cada vez que ella decía algo, él se reía más fuerte. No importaba si era gracioso. Se reía porque quería reírse, porque estaba vivo, porque el niño estaba vivo, porque la noche era fresca y la cerveza estaba tibia y las luces de Navidad parpadeaban como estrellas artificiales en un sótano.

Salieron a la calle pasada la medianoche. Hapir de noche era un laberinto de sombras y escombros iluminado por la luna llena. Caminaban uno al lado del otro por una calle estrecha cuando Santiago se detuvo.

—¿Quieres bailar?

Valentina lo miró. Estaban en un callejón de una ciudad destruida por la guerra, rodeados de edificios sin techo y muros agujereados por la metralla. No había música. No había pista. Solo la luna y las ruinas y el silencio.

—No hay música —dijo ella.

Santiago empezó a silbar. "Castillo en el cielo." La misma melodía que había usado para calmar al niño, pero ahora era otra cosa — más lenta, más suave, con pausas entre las notas que parecían respiraciones.

Valentina dio un paso hacia él. Santiago le ofreció la mano. Ella la tomó. Él le puso la otra mano en la espalda — ligera, apenas apoyada, como si tuviera miedo de asustarla. Bailaron.

No fue un baile de verdad. Fue un balanceo lento, un movimiento de pies que apenas se despegaban del suelo, un vaivén que seguía la melodía silbada. La mejilla de Valentina estaba a diez centímetros de la de él. Podía oler el polvo, el jabón del hotel, el vodka, y debajo de todo eso algo que era solo él — algo cálido y limpio que no tenía nombre.

La luna los iluminaba desde arriba. Las ruinas los rodeaban. Y Valentina pensó que este era el momento más hermoso de su vida, y que estaba ocurriendo en el lugar más destruido del mundo, y que esa contradicción era exactamente lo que los definía.

Santiago dejó de silbar. Se quedaron quietos, todavía juntos, todavía con las manos enlazadas.

Un ruido de pasos. Una patrulla nocturna doblaba la esquina. Santiago la jaló hacia un callejón lateral — rápido, silencioso, con la precisión del soldado. La espalda de Valentina golpeó la pared. Santiago quedó frente a ella, cerca, demasiado cerca. La patrulla pasó sin verlos.

En la oscuridad del callejón, Valentina levantó el puño. Santiago levantó la palma abierta. Ella apoyó los nudillos contra su palma — el gesto de choque de puños a medias, de saludo incompleto, de contacto que quería ser más pero se contenía. Ninguno de los dos apartó la mano. Los nudillos de ella contra la palma de él. Caliente. Firme. Quieto.

Caminaron al hotel en silencio. En la puerta, se dijeron adiós tres veces.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

—...Buenas noches.

Valentina entró. Subió en el elevador. Se apoyó contra la pared de la caja de metal y sonrió como no había sonreído en meses — una sonrisa privada, descontrolada, de alguien que acaba de bailar bajo la luna con un soldado en un callejón de ruinas.

Llegó al tercer piso. Caminó hacia su habitación. Metió la llave. Abrió la puerta.

Camila Restrepo estaba sentada en la cama.

La sonrisa se le congeló en la cara. Camila la miraba con los ojos rojos de haber llorado y la mandíbula apretada de quien ha estado esperando y ha tenido demasiado tiempo para pensar.

—Valentina —dijo Camila—. Tenemos que hablar.

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Carmen Gloria Rivas Barrio
Me encantó, un amor increíble, un amor dispuesto a todo, un amor a prueba de balas y de guerra
Miriam Molina Molina
Es una obra de arte... tan fantástica como real... dolorosa y amorosa como lo es la vida misma...
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.
Laura Castañon
que historia más maravillosa e impresionante me gusto mucho gracias escritora felicidades muchas bendiciones
Amanda Gongora
excelente felicitaciones gracias
Naicka Rodriguez
gracias me gustó mucho cada capítulo, me concentre tanto que hasta me involucre en todo los personajes, felicitaciones ame bastante esta historia 😍
Luz myriam Navarrete
Es buena la trama pero aburre q tiene poco dialigo de parte de los personajes mucha descriccion de alrrededor autora mejoralo bay no continuo ..dienpre repites lo mismo
Luna del Mar
Muy buena historia, excelente narración y trama. Felicidades escritora.
Helizahira Cohen
Esta interesante, bonita se ve
Isabel Balderas
esta historia me la encontré de casualidad y empecé a leerla pensando que era la típica historia de amor y el vivieron felices por siempre pero la leí completa y llore mucho solo me queda decir que esta historia me encantó sentí cada palabra como si estuviera yo presente en la historia 👏😭👏😭
Luna del Mar
Excelente primer capítulo
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