Dante Lam era un fantasma.
Tres explosiones, veintisiete fragmentos de cristal extraídos de su cuerpo y una cirugía de reconstrucción facial después, el agente de élite de Interpol aceptó la misión más peligrosa de su carrera: asumir la identidad de Dean Yang, heredero de la Joyería Yang, e infiltrarse en el corazón del imperio criminal más poderoso del mundo.
El problema fue que Anderson Lorenzo ya lo estaba esperando.
Heredero de la dinastía militar-industrial Lorenzo, magnate de armas con contactos en cada gobierno del planeta, Anderson es un hombre que consigue todo lo que desea. Y desde el momento en que estrechó la mano de "Dean Yang", supo exactamente quién se escondía detrás de esa cara nueva. No dijo nada. No lo delató. En cambio, compró el edificio donde Dante vivía. Instaló cámaras en su departamento. Aprendió su sabor favorito de helado. Y cada noche, mientras Dante dormía inconsciente en un sótano del que no sabía que era prisionero, Anderson besaba su nuca sin que él lo supiera.
Obsesivo. Peligroso. Irresistible.
Pero Dante no es una presa fácil. Francotirador de élite, políglota, entrenado para resistir cualquier forma de tortura, tiene una regla inquebrantable: nunca mezclar la misión con los sentimientos. Y hay alguien más esperando su corazón——Leslie Avis, su compañero de armas en Interpol, el hombre que lo protege en silencio y jamás pide nada a cambio.
Entre un agente de la ley y un señor de las armas no debería existir nada. Pero cuando Dante descubre que Anderson recibió tres balazos por salvarlo y cruzó un puente en llamas cargándolo en su espalda, la línea entre el deber y el deseo se quiebra.
Y luego está Marlin——el joven vulnerable que Dante rescató de un casino, el amigo inocente que siempre sonríe con dulzura. Nadie sospecha lo que Marlin esconde. Ni siquiera Dante. Hasta que es demasiado tarde.
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Capítulo 8
Capítulo 8: El diamante de los Yang
La primera prueba llegó en forma de apretón de manos.
Marcus Yang lo guió por el salón con la autoridad serena de un padre presentando a su heredero. Dante caminaba medio paso detrás, con la postura de Dean Yang — hombros relajados, barbilla ligeramente elevada, la sonrisa cortés de alguien que ha crecido entre diamantes y conversaciones de sobre mesa que valen millones — y el corazón de Dante Lam latiendo a un ritmo que ningún entrenamiento en Suiza había logrado domesticar.
—Anderson —dijo Marcus Yang, deteniéndose frente a la barra de mármol negro—, permíteme presentarte a mi hijo. Dean, este es Anderson Lorenzo, de Corporación Lorenzo. Un viejo amigo de la familia.
Anderson dejó la copa de vino sobre la barra. Sus ojos recorrieron a Dante de arriba abajo — los zapatos, el traje, la mandíbula rediseñada por cirujanos suizos — con la misma atención metódica con que se examina una piedra preciosa antes de decidir si vale la pena comprarla.
—Dean Yang. —Anderson extendió la mano—. Tu padre habla mucho de ti.
Dante tomó la mano de Anderson.
Los dedos de Anderson se cerraron alrededor de los suyos con precisión. No demasiada fuerza, no demasiada suavidad. Un apretón calibrado, de esos que la gente de poder practica hasta convertirlo en un idioma. Pero los dedos se demoraron un segundo más de lo necesario — un segundo que, en el lenguaje corporal de Anderson Lorenzo, equivalía a un párrafo entero.
—El diamante verdadero de los Yang —dijo Anderson, sin soltar la mano—. Tu padre tiene muchos diamantes, pero dice que tú eres el único que no se puede comprar.
—Mi padre exagera —dijo Dante, con la voz de Dean—. Todo tiene un precio.
—Eso espero.
Anderson soltó la mano. Sonrió. Era una sonrisa que Dante conocía desde otro rostro, otra vida — la sonrisa de un depredador que acaba de oler algo interesante.
—Tienes las manos frías —dijo Anderson, como al descuido, tomando su copa de nuevo—. Para alguien que viene de Suiza, debería ser al revés.
En el auricular, Gwen dijo una sola palabra:
—Tranquilo.
Dante sonrió con la sonrisa de Dean Yang.
—Mala circulación. Herencia familiar. Mi padre también las tiene frías.
Marcus Yang, a su lado, asintió con la naturalidad de un padre confirmando una anécdota inocente. Anderson no insistió. Pero sus ojos se quedaron un momento más en los de Dante — un momento que pesó como plomo — antes de girarse hacia Richard para pedir otra copa.
La segunda prueba fue Eva Hofsky.
Eva lo abrazó antes de que Dante pudiera prepararse. Un abrazo largo, con las manos en la espalda y el perfume caro llenándole la nariz, y una risa que resonó por encima de la música de cuerdas.
—¡Dean! —Eva lo apartó para mirarlo—. Dios mío. ¿Qué te hicieron en Suiza? Pareces otro.
—Un año lejos de ti me sienta bien —dijo Dante, imitando el tono ligeramente coqueto que Dean Yang usaba con Eva.
—Mentiroso. —Eva le palmeó el pecho—. Estás más guapo. Y más serio. Antes tenías cara de niño rico aburrido. Ahora tienes cara de hombre con secretos.
Dante mantuvo la sonrisa. Eva tenía una intuición que lindaba con lo sobrenatural, y esa observación — "cara de hombre con secretos" — se acercaba demasiado a la verdad.
—Los únicos secretos que tengo son los precios de la nueva colección —dijo Dante—. ¿Te guardo un asiento para la subasta?
—Guárdame dos. Uno para mí y otro para mi ego. —Eva le guiñó un ojo y se alejó hacia la barra, donde Anderson le pasó una copa sin que ella la pidiera.
Dante respiró. Dos pruebas superadas. Ciento dieciocho personas más.
La tercera prueba no estaba en el plan.
A las diez de la noche, Marcus Yang pidió silencio para un brindis. El cuarteto de cuerdas dejó de tocar. Ciento veinte personas levantaron sus copas. Marcus habló de sesenta años de vida, de la importancia de la familia, de la gratitud hacia sus amigos y socios. Y luego, con la voz temblándole por primera vez, miró a Dante y dijo:
—Y sobre todo, gracias a mi hijo Dean. Que volvió a casa.
Marcus no estaba actuando. O si lo estaba, era el mejor actor que Dante había conocido. El temblor en su voz era real. El brillo en sus ojos era real. Marcus Yang miraba a Dante y veía a su hijo muerto resucitado, y el dolor y la gratitud se le mezclaban en la cara de una forma que hizo que a Dante se le cerrara la garganta.
—Música —susurró Leila, apareciendo a su lado—. Marcus pidió que bailaras.
—¿Qué?
—Es tradición de los Yang. El heredero baila con su acompañante en la fiesta del patriarca. Dean solía bailar con Eva, pero ella ya dijo que no. —Leila le ofreció la mano—. Yo soy tu acompañante esta noche.
La pista se abrió. El cuarteto comenzó a tocar un tango — no el tango turístico de los espectáculos para extranjeros, sino un tango de raíz, lento, con una tensión que vibraba en cada nota como un hilo a punto de romperse.
Dante tomó la mano de Leila. Y bailó.
No bailó como Dean Yang — Dean no sabía bailar tango. Bailó como alguien que había pasado seis meses en una academia en Buenos Aires durante una misión encubierta anterior. Cada paso era preciso, contenido, con la elegancia económica de alguien que controla su cuerpo como un instrumento de guerra. Leila lo seguía sin esfuerzo, profesional, competente, con esa sincronización que solo se da entre personas que confían la una en la otra con los ojos cerrados.
El salón se quedó en silencio. Ciento veinte personas dejaron de hablar.
Anderson Lorenzo dejó la copa sobre la barra. No pestañeó durante los tres minutos que duró el tango.
Cuando la música terminó, el silencio duró dos segundos antes de que alguien empezara a aplaudir. Luego todos. Dante soltó a Leila, inclinó la cabeza con la modestia de Dean Yang y se retiró hacia el fondo del salón con el pulso en las sienes.
—Impresionante —dijo una voz detrás de él.
Anderson estaba apoyado contra una columna, con la copa en la mano y esa expresión que Dante recordaba de otro tiempo y otra cara: la de alguien que acaba de ver algo que no esperaba ver.
—No sabía que Dean Yang supiera bailar así —dijo Anderson.
—Hay muchas cosas que no sabe de mí, señor Lorenzo.
—Anderson. Llámame Anderson. —Se acercó un paso. Bajó la voz—. Eres más interesante de lo que imaginaba, Dean. Mucho más.
Se fue antes de que Dante pudiera responder. Richard lo siguió como una sombra.
En el auricular, Gwen exhaló.
—Pasaste, muchacho. Pero ese último comentario de Lorenzo... Ten cuidado. Está cazando.
Dante lo sabía. Reconocía la mirada. Era la misma que Anderson le había dirigido en un departamento oscuro de Iztapalapa, hace una vida, cuando Dante todavía tenía su propia cara y un arma apuntándole al pecho.
A las once y cuarto, Dante fue al baño. Se lavó las manos con agua fría, se miró en el espejo — el espejo que le devolvía una cara que no era la suya — y respiró tres veces. El agua le bajó por las muñecas. La puerta se abrió detrás de él.
Un hombre entró. Traje azul oscuro, cabello castaño peinado hacia atrás, mandíbula cuadrada. Sonrisa de vendedor de seguros. Se detuvo junto al lavamanos contiguo y se lavó las manos con la calma de alguien que no tiene prisa.
—Dean Yang —dijo, sin mirarlo—. Es un placer. Soy William Goodwin. CEO de MASSIVE.
Dante cerró el grifo. En el espejo, los ojos de William Goodwin lo observaban con una curiosidad que no era casual.
—He oído mucho sobre Joyería Yang —continuó William—. Me encantaría hablar de una posible colaboración. ¿Tiene un momento esta semana para reunirnos en privado?
MASSIVE. El sucesor de Charles. El hombre que Interpol llevaba meses intentando acorralar. Y acababa de invitar a Dante a una reunión privada.
—Será un placer, señor Goodwin —dijo Dante, con la sonrisa de Dean Yang—. Pida a su secretaria que contacte a la mía.
William asintió, se secó las manos y salió. Dante se quedó frente al espejo. La cara de Dean Yang lo miraba desde el cristal con esos ojos que eran lo único que quedaba del agente LAM.
En el auricular, Gwen no dijo nada. No hacía falta. Los dos sabían que la misión acababa de empezar de verdad.