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Enamorada De Mi Suegro

Enamorada De Mi Suegro

Status: Terminada
Genre:Casada Con Mi Ex's Familiar / Padre soltero / Romance / Completas
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: Jisieli

Ayzel descubre que su novio le es infiel después de tres años de relación. Ella quiere destruirlo y para eso utilizará a su suegro, un CEO muy famoso y millonario.

Lo que Ayzel no sabe es que su suegro, desde hace mucho la desea y no le importaría que ella lo use mientras se quede a su lado.

¿Podrán Ayzel llegar a enamorarse perdidamente de su suegro o solo seguirá con el plan original?



Espero que les guste. ¡Síganme para más!

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Capítulo 2: La primera jugada

La mañana siguiente amaneció gris, como si el cielo de Berlín supiera que algo importante iba a suceder. Ayzel se levantó temprano, como siempre. No había dormido bien. Las imágenes de la escena del día anterior se repetían en su mente como una película rota: Axel enredado con Laura, la expresión de pánico en su rostro, el perfume barato impregnando las sábanas. Pero no permitió que el cansancio se reflejara en su rostro.

Frente al espejo del baño, se estudió con atención. Su cabello rojo caía en ondas sueltas sobre sus hombros, enmarcando un rostro de facciones perfectas que había heredado de su madre irlandesa y ese toque salvaje de su padre alemán. Sus ojos verdes lucían brillantes, quizás demasiado, pero no delataban la tormenta interior. Se pintó los labios de un rojo intenso, elegante, el color del poder. Eligió un vestido ajustado de color vino, de manga larga, que marcaba sus curvas sin ser vulgar. Tacones negros, altos, que la hacían sentir invencible.

Hoy no iba a la oficina como la novia humillada. Hoy iba como la mujer que comenzaba una guerra.

El edificio de Woodgreen Industries se alzaba imponente en el distrito financiero de Berlín, una torre de vidrio y acero que reflejaba el cielo nublado. Ayzel cruzó la recepción con paso firme, saludando a los guardias de seguridad con una sonrisa profesional. Tomó el ascensor ejecutivo, el que llevaba directamente al piso 24, donde estaba la oficina de Alexander Woodgreen.

El ascensor subía en silencio, y ella aprovechó para ensayar mentalmente su estrategia. No podía parecer desesperada ni evidente. Tenía que ser sutil, calculadora. Mostrarse vulnerable pero fuerte. Interesada pero no necesitada. Alexander era un hombre inteligente, un tiburón de los negocios que había construido un imperio desde cero. No caería en una seducción burda.

Pero Ayzel conocía a los hombres como él. Sabía que, debajo de esa coraza de CEO dominante, había un hombre que apreciaba el carácter, la inteligencia y, sobre todo, el desafío. Y ella estaba dispuesta a dárselo.

Las puertas del ascensor se abrieron. La secretaria de Alexander, una mujer de unos cincuenta años llamada Frau Keller, la recibió con una sonrisa educada.

—Buenos días, señorita Hudson. El señor Woodgreen la espera. Puede pasar directamente.

—Gracias, Frau Keller.

Caminó por el pasillo alfombrado, sintiendo cómo sus tacones se hundían ligeramente en la tela suave. La puerta de la oficina principal estaba entreabierta. Oyó la voz de Alexander al teléfono, firme, dando instrucciones a alguien. Esperó unos segundos, respiró hondo, y tocó la puerta con los nudillos.

—Adelante.

Entró. La oficina era amplia, con ventanales que ofrecían una vista panorámica de la ciudad. El escritorio de madera oscura ocupaba el centro, y detrás, como un rey en su trono, estaba Alexander Woodgreen.

Al verla, colgó la llamada de inmediato. Sus ojos oscuros se fijaron en ella con una intensidad que la hizo sentir, por un instante, completamente desnuda. Pero Ayzel sostuvo la mirada sin pestañear.

—Ayzel. —Se levantó para saludarla, algo que no hacía con todos. Era un gesto de respeto—. Pasa, siéntate.

Ella tomó asiento en una de las sillas de cuero frente al escritorio, cruzando las piernas con elegancia. Alexander volvió a sentarse, apoyando los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos. Era un hombre imponente. A sus 43 años, conservaba un cuerpo atlético que delataba horas de gimnasio. Su cabello negro, salpicado de canas en las sienes, le daba un aire distinguido. La barba bien cuidada enmarcaba un rostro de mandíbula cuadrada que muchas mujeres —y no pocos hombres— encontraban irresistible.

Pero lo que realmente impactaba era su mirada. Profunda, escrutadora, capaz de ver a través de las máscaras.

—Me dijiste que tenías un asunto personal importante que hablar conmigo —dijo él, sin rodeos—. ¿Qué sucede?

Ayzel bajó la vista un momento, como si reuniera valor. Luego levantó la cabeza y lo miró directamente.

—Ayer descubrí que Axel me ha estado engañando. Con una chica llamada Laura Vilches. Desde hace un año.

El silencio se instaló en la oficina. Alexander no parpadeó. Su expresión cambió sutilmente: una sombra de ira cruzó sus ojos, pero la controló al instante.

—¿Estás segura?

—Los encontré en mi cama. No hay margen para dudas.

Alexander dejó escapar un suspiro largo. Se reclinó en su sillón, pasándose una mano por la barba.

—Ese chico… —murmuró, más para sí mismo que para ella—. Siempre supe que era imprudente, pero nunca imaginé que llegaría a tanto. Te pido disculpas en su nombre, aunque sé que no valen de nada.

—No tiene que disculparse por él, señor Woodgreen. No es su culpa.

—Llámame Alexander, por favor. Hemos trabajado juntos suficiente tiempo como para dejar los formalismos de lado.

Ayzel asintió, esbozando una sonrisa agradecida. Era el momento de jugar su carta.

—La verdad… —hizo una pausa, fingiendo timidez—, no sabía con quién más hablar. Mi familia está en Múnich, y mis amigas… bueno, no quería que nadie supiera. Es humillante.

—Lo entiendo. —La voz de Alexander se suavizó—. Has sido una empleada ejemplar, Ayzel. Y sé que has hecho mucho por mi hijo, más de lo que él merece. Lamento mucho que hayas pasado por esto.

Ella bajó la cabeza, dejando que un mechón de cabello rojo cayera sobre su rostro.

—No sé qué voy a hacer. Vivo en su departamento, trabajo en su empresa… todo me recuerda a él. Pero no puedo simplemente irme. Necesito… necesito seguir adelante.

—Puedes quedarte en el departamento —dijo Alexander con firmeza—. Yo hablaré con Axel. Él se irá. Y en cuanto al trabajo, aquí tienes tu lugar asegurado. Eres la mejor empleada que tengo. No dejaré que la estupidez de mi hijo te cueste tu carrera.

Ayzel levantó la vista, con los ojos brillantes.

—¿De verdad haría eso por mí?

—Por supuesto. Eres valiosa para la empresa. Y… —dudó un segundo—, también para mí, como persona.

Esa última frase quedó flotando en el aire, cargada de intención. Ayzel sintió un cosquilleo recorrer su espalda. El plan estaba funcionando mejor de lo esperado.

—Gracias, Alexander. —Pronunció su nombre con suavidad, acariciando las sílabas—. No sabe cuánto significa para mí.

Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió sin previo aviso. Axel entró como una tormenta, el rostro rojo de ira, los ojos azules inyectados en sangre.

—¡Sabía que estarías aquí! —gritó, señalando a Ayzel—. ¿Ya vienes a contarle todo a papá? ¿A hacerte la víctima?

Ayzel no se inmutó. Lo miró con una calma que solo una mujer herida pero dueña de sí misma podía tener.

—No me hago la víctima, Axel. Solo le conté la verdad. Algo que tú nunca has sabido hacer.

—¡Cállate! —él dio un paso adelante, pero la voz de Alexander lo detuvo como un látigo.

—¡Basta, Axel! —El CEO se puso de pie, y de repente la oficina pareció encogerse. Su presencia dominaba el espacio—. No tienes derecho a venir aquí a gritarle. Eres tú quien ha fallado, no ella.

Axel apretó los puños. La rabia lo cegaba, pero frente a su padre siempre terminaba cediendo.

—No sabes lo que dices, papá. Ella te está manipulando. Siempre ha sido una trepadora.

—¿Trepadora? —Ayzel se levantó lentamente, encarándolo. Sus ojos verdes destellaban—. Yo he hecho tu trabajo durante tres años. Yo he cubierto tus errores, tus llegadas tarde, tus robos de dinero de la caja chica. Yo he sido la que ha evitado que tu padre te despidiera. ¿Y ahora vienes a llamarme trepadora?

Cada palabra era un golpe. Axel retrocedió un paso.

—No sabes de lo que hablas —murmuró.

—Lo sé todo. Y tengo pruebas. Así que te sugiero que te calles y te marches antes de que decida hacerlas públicas.

El silencio fue sepulcral. Axel miró a su padre, buscando apoyo, pero solo encontró una mirada de hielo.

—Fuera de mi oficina, Axel. Ahora.

El joven dudó, pero finalmente dio media vuelta y salió dando un portazo. La oficina quedó en silencio nuevamente.

Alexander se dejó caer en su sillón, frotándose las sienes.

—Lo siento mucho —dijo en voz baja—. No deberías tener que pasar por esto.

Ayzel se acercó al escritorio, apoyando las manos sobre la superficie de madera. Inclinándose ligeramente hacia él, dijo:

—No se disculpe. Usted no tiene la culpa. Y gracias… por creerme.

Sus miradas se encontraron. Por un instante, el tiempo pareció detenerse. Ayzel podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo, el aroma de su colonia, la fuerza magnética que lo rodeaba.

—Siempre —respondió Alexander, con una voz más grave de lo habitual—. Siempre te creeré.

Ella sonrió, una sonrisa lenta, llena de promesas.

—Entonces, ¿qué tal si esta noche me invita a cenar para celebrar mi nuevo comienzo? —preguntó con un tono juguetón—. Después de todo, tengo que agradecerle su apoyo.

Alexander la miró, sorprendido primero, luego divertido. Una chispa de algo peligroso brilló en sus ojos.

—¿No crees que es muy pronto? Acabas de terminar con mi hijo.

—No he terminado con él —corrigió ella—. Terminé con una mentira. Y quiero empezar de nuevo. —Se encogió de hombros con gracia—. A menos que tenga miedo de que lo vean conmigo.

El desafío era claro. Y Alexander Woodgreen nunca había retrocedido ante un desafío.

—No tengo miedo. —Se levantó, rodeando el escritorio hasta quedar frente a ella—. A las ocho paso a recogerte. ¿Dónde te quedas ahora?

—Supongo que en un hotel, hasta que encuentre un departamento.

—No. —La respuesta fue tajante—. Tengo un apartamento en el centro. Está vacío. Puedes quedarte ahí todo el tiempo que necesites.

—¿Otro gesto de generosidad? —preguntó ella, con una ceja levantada.

—Llamémoslo… inversión —respondió él, y por primera vez, Ayzel vio una sonrisa en sus labios. Una sonrisa que no era de padre ni de jefe. Era la sonrisa de un hombre que acababa de decidir que quería algo.

Y ese algo era ella.

Ayzel sintió el triunfo quemarle en el pecho, pero lo disimuló con una sonrisa inocente.

—Entonces, acepto. Pasado mañana me instalo. Esta noche, la cena. ¿Le parece bien?

—Perfectamente.

Se dieron la mano. El contacto fue breve, pero eléctrico. Ayzel notó la firmeza de su agarre, el calor de su piel. Y supo, con absoluta certeza, que el juego había comenzado.

Salió de la oficina con paso ligero, el corazón latiendo con fuerza. En el pasillo, Frau Keller la miró con curiosidad, pero Ayzel solo le dedicó una sonrisa críptica.

Ya en el ascensor, sola, se permitió una exhalación temblorosa. «Lo logré. Mierda, lo logré.»

Pero en el fondo de su mente, una pequeña voz le susurraba: «¿Estás segura de que lo estás usando a él, o es él quien te está usando a ti?»

Sacudió la cabeza, desechando la duda. No importaba. Solo importaba la venganza. Solo importaba que Axel pagara.

Aunque para eso tuviera que perderse en los brazos de su padre.

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1
Jipsianay Garcia
gracias autora
Aura Prieto MPH
😈
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