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Regresé para salvar al hombre que me destruyó

Regresé para salvar al hombre que me destruyó

Status: En proceso
Popularitas:323
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi



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Capítulo 13

Capítulo 13: La Fiesta a la que No Debí Asistir

Hay invitaciones que llegan disfrazadas de cortesía, pero que en el fondo son trampas. La tarjeta color marfil con letras doradas que encontré deslizada bajo la puerta de mi departamento era exactamente eso: una trampa envuelta en papel satinado y perfumada con la colonia que Álvaro Castellón usaba desde los dieciséis años.

Lanzamiento exclusivo de la línea universitaria CASTPORT. Te esperamos.

Debajo, escrito a mano con tinta azul oscuro, una sola línea:

Sería imperdonable que faltaras. —Á.

Solté el aire despacio. En mi vida anterior, habría corrido al armario a buscar el vestido perfecto, habría pasado dos horas arreglándome el cabello y habría llegado del brazo de Álvaro con una sonrisa ensayada frente al espejo. Habría sido su accesorio más caro de la noche. Ni siquiera me habría dado cuenta.

Ahora lo veía con una claridad que dolía.

Pero no asistir tampoco era una opción. Álvaro no enviaba invitaciones: enviaba citaciones. Si yo no aparecía, él controlaría la narrativa. Diría lo que quisiera sobre nosotros. Sobre mí.

Y en los círculos donde nos movíamos, la narrativa lo era todo.

Elegí un vestido negro de corte recto, sin escote, sin brillo. Aretes pequeños de plata. Tacones bajos. Todo en mí decía: vine, pero no vine a impresionarte. Hasta el labial era un tono neutro, apenas un matiz por encima de mi color natural. La Valentina que Álvaro conocía se habría puesto rojo cereza.

Esa Valentina estaba muerta.

Me recogí el cabello en un moño bajo, sin un solo mechón fuera de lugar, y me miré al espejo. La chica que me devolvió la mirada tenía ojeras leves y una mandíbula tensa. Pero sus ojos estaban firmes.

—Vas a entrar, vas a sonreír lo justo, y te vas a ir antes de medianoche —le dije a mi reflejo—. Sin drama. Sin concesiones.

El reflejo no protestó.

El salón del tercer piso del edificio de Negocios Internacionales había sido transformado en algo que no parecía pertenecer a una universidad. Luces cálidas colgaban del techo en cascadas doradas, mesas altas con manteles negros sostenían arreglos de flores blancas, y una barra de cócteles ocupaba toda la pared del fondo. Detrás de ella, tres bartenders con delantales de cuero servían bebidas en copas grabadas con el logo de CASTPORT.

La música era suave, estratégica: lo bastante presente para llenar los silencios, lo bastante baja para que se escucharan las conversaciones. Jazz instrumental con toques electrónicos. Álvaro siempre había tenido buen oído para la ambientación.

En las pantallas instaladas en las paredes se proyectaban imágenes de la nueva línea deportiva: modelos universitarios con sudaderas de diseño, tenis de edición limitada, mochilas con acabados premium. Todo gritaba exclusividad accesible, que era la frase que Álvaro repetía como mantra en cada entrevista.

Había al menos cien personas. Reconocí rostros de inmediato: hijos e hijas de familias que aparecían en las páginas de negocios, herederos que fingían ser estudiantes normales, socios junior de empresas familiares que ya manejaban presupuestos de seis cifras. El tipo de gente que compraba café con tarjeta corporativa y pasaba los veranos en veleros.

Mi gente. O al menos, la gente entre la que había crecido.

Di tres pasos dentro del salón y ya sentí las miradas. Algunas curiosas, otras calculadoras. Un par de sonrisas que no llegaban a los ojos. Así funcionaba este mundo: todos te recibían con los brazos abiertos y un cuchillo escondido detrás de la espalda.

Tomé una copa de champán de la bandeja de un mesero que pasó a mi lado. No para beber. Para tener algo en las manos.

—Valentina Montiel, en carne y hueso.

La voz llegó desde mi derecha, suave como terciopelo y con el mismo filo que una navaja envuelta en seda. No necesité voltear para saber quién era. Pero volteé de todos modos, porque en este juego, mostrar que alguien te incomodaba era ceder terreno.

Álvaro Castellón estaba de pie junto a una de las mesas altas, con un traje gris oscuro que le quedaba como si hubiera sido cosido sobre su cuerpo. Porque probablemente así era. Tenía el cabello castaño peinado hacia atrás, la sonrisa perfecta que había practicado desde que tenía uso de razón, y un vaso de whisky en la mano que sostenía con la despreocupación estudiada de quien quiere parecer relajado pero controla cada músculo.

Era guapo. Objetivamente, innegablemente guapo. Mandíbula marcada, hombros anchos, ojos color miel que sabían exactamente cuándo suavizarse y cuándo endurecerse. Pero yo ya había visto lo que había debajo de esa fachada. Había tardado una vida entera —literalmente— en aprenderlo.

—Álvaro —dije, sin calidez ni hostilidad. Neutral como una pared—. Bonito evento.

—Mejoró considerablemente con tu llegada —respondió, y dio un paso hacia mí.

No retrocedí. Retroceder era perder.

—No sabía que CASTPORT estaba expandiéndose al mercado universitario. Movimiento interesante.

—Tenemos planes ambiciosos —dijo, y algo en la forma en que lo dijo me indicó que no hablaba solo de la marca—. Me alegra que hayas venido. Empezaba a pensar que me estabas evitando.

—No te estoy evitando, Álvaro. Simplemente ya no tenemos razones para vernos con frecuencia.

La sonrisa no se movió ni un milímetro, pero algo cambió en sus ojos. Un destello. Algo frío que se asomó y se retiró tan rápido que alguien menos atento lo habría pasado por alto.

—Sobre eso —dijo, bajando la voz justo lo suficiente para que la intimidad pareciera natural—. Hay personas aquí que aún nos consideran... comprometidos. No he querido desmentirlo públicamente. Me pareció que era algo que debíamos manejar juntos.

Ahí estaba. La trampa.

Álvaro no me había invitado por cortesía. Me había invitado para usarme como pieza de escenografía. Si yo me quedaba a su lado sin decir nada, todos asumirían que el compromiso seguía en pie. Y si yo lo negaba en privado pero él lo confirmaba en público, mi palabra contra la suya se convertía en un juego que él llevaba ventaja.

En mi vida pasada, habría caído. Habría pensado: no quiero causar una escena. Habría sonreído, habría tomado su brazo, habría dejado que el rumor se solidificara hasta convertirse en cemento.

Pero ya no era esa persona.

—No hay nada que manejar juntos —dije, con la misma calma con la que se coloca una pieza en el tablero—. Ese compromiso murió antes de empezar.

Lo dije con volumen suficiente para que los tres grupos más cercanos escucharan sin esfuerzo. No grité. No alcé la voz. Simplemente no la bajé.

El silencio que cayó fue brevísimo —dos segundos, tal vez tres— pero en un salón lleno de gente entrenada para detectar cambios de poder, fue un terremoto.

Álvaro no perdió la compostura. Claro que no. Había sido entrenado desde la cuna para absorber golpes sin parpadear. Pero la mano que sostenía el whisky se tensó, y eso fue suficiente.

—Valentina —dijo, y ahora su voz tenía ese tono que yo conocía bien: la calma antes de la manipulación—. Creo que estás siendo un poco precipitada.

—Creo que estoy siendo precisa —respondí—. Disfruta tu evento, Álvaro. La línea se ve prometedora.

Y caminé hacia la barra sin mirar atrás.

Los siguientes veinte minutos fueron un campo minado.

Cada persona con la que hablé tenía una agenda. Mariana del Valle, cuya familia era dueña de una cadena de hoteles, se acercó con una sonrisa amplia y la pregunta envenenada de siempre.

—Val, querida, ¿es cierto que los Montiel están vendiendo la participación en el fondo asiático?

—No sé de dónde sacas esas cosas, Mariana. Mi padre sigue tan comprometido como siempre.

Mentira. No tenía idea del estado actual de las inversiones de mi padre. Pero admitir ignorancia en este salón era como sangrar en aguas con tiburones.

Después vino Eduardo Garza, un chico de cuarto semestre que manejaba el patrimonio de su abuela desde los diecisiete y tenía la arrogancia de quien cree que el dinero es sinónimo de inteligencia.

—Montiel, ¿qué se siente ser soltera otra vez? Porque si estás buscando un upgrade...

—Eduardo, si quisiera un downgrade, te llamaría primero.

La risa del grupo cercano lo silenció más efectivamente que cualquier insulto. Eduardo se alejó con una sonrisa forzada y las orejas rojas.

Yo seguía moviéndome. Copa en la mano —el mismo champán sin tocar, tibio ya—, espalda recta, sonrisa medida. Cada conversación era una partida de ajedrez en miniatura: medir, responder, esquivar, avanzar. No era agotador porque fuera difícil. Era agotador porque era incesante.

En mi vida anterior, estas fiestas me habían destruido sin que me diera cuenta. La tensión constante, la actuación permanente, el desgaste de ser siempre la versión correcta de ti misma. Ahora al menos lo hacía con los ojos abiertos.

Fue entonces cuando la vi.

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Mara
Maravillosa 👏💐 más capitulos por favor ✨
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