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Su Asistente Omega

Su Asistente Omega

Status: Terminada
Genre:Yaoi / CEO / Completas
Popularitas:22k
Nilai: 5
nombre de autor: MarOculto

Emilio Reyes tiene $2,800 en el banco, un departamento que se cae a pedazos y un secreto que ni él mismo conoce.

Su nuevo jefe, Sebastián Luján, es el CEO más temido de Ciudad Arcoíris: guapo, cruel, Alfa supremo. Nadie sobrevive un mes como su asistente. Emilio sobrevive dos. Y luego comete el peor error posible: le cocina pescado a la veracruzana.

Sebastián se come todo. Deja una propina de $10,000. Y desde ese día, su mirada no se despega de Emilio.

Pero hay un problema. Sebastián odia a los Omegas. Los teme con una intensidad que viene de un trauma que nadie conoce. Y Emilio... Emilio no es el Beta que todos creen.

Cuando su cuerpo lo traiciona y la diferenciación comienza, Emilio descubre que el hombre que lo ama es el mismo hombre que huye de lo que él se está convirtiendo.

*¿Puede el amor sobrevivir cuando tu biología se convierte en lo único que la persona que amas no puede aceptar?*

NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

Capítulo 2

El pescado que valía diez mil pesos

Durante una semana, Emilio fingió que su nuca no tenía memoria.

No volvió a pasar nada tan claro como aquel pulso del primer día. A veces, cuando Sebastián Luján salía de su oficina y el aire del piso se enfriaba apenas, la piel debajo del cuello de Emilio se tensaba. Nada más que un pinchazo breve, una sombra que prefería no mirar.

Él lo archivó en la misma parte de su cabeza donde guardaba los recibos de farmacia y las llamadas perdidas de Gloria Medina: cosas incómodas que no podían detenerlo.

Al séptimo día, llegó a Grupo Cénit con ojeras leves, tres informes terminados antes de la hora límite y un recipiente metálico abollado dentro de su mochila.

—¿Trajiste comida? —preguntó la recepcionista del piso cincuenta y ocho cuando lo vio acomodarlo debajo del escritorio.

—Sí.

—Valiente. Aquí todos vivimos de café, barras de proteína y miedo.

Emilio sacó su computadora del modo de suspensión.

—Por eso todos tienen esa cara.

La muchacha soltó una risa que se apagó en cuanto la puerta de cristal se abrió.

Sebastián apareció con el saco abierto, una llamada en el auricular y la expresión de alguien que consideraba la paciencia una pérdida fiscal. Andrés caminaba a su lado, leyendo una tableta.

—No —dijo Sebastián, sin saludar a nadie—. Si quieren renegociar, que manden a alguien que sepa leer un contrato. No voy a explicarle aritmética a un adulto.

Pasó frente al escritorio de Emilio.

El aire se volvió frío por un segundo.

Emilio no levantó la vista, pero los dedos se le cerraron sobre el ratón.

Sebastián se detuvo.

No por Emilio.

Por el olor.

El recipiente metálico no estaba abierto, pero el pescado a la veracruzana tenía una forma indecente de anunciarse. Tomate guisado con ajo. Aceitunas. Alcaparras. Chile güero. Un punto ácido que se pegaba al aire y prometía algo caliente, casero, imposible de conseguir en las cafeterías de cristal donde todo sabía a reunión.

Sebastián giró lentamente la cabeza hacia el escritorio.

Emilio siguió escribiendo.

Andrés también olió la comida. Miró el recipiente, luego a Sebastián, luego otra vez el recipiente. Su cara no cambió, pero sus ojos parecieron decir: no.

Sebastián terminó la llamada.

—Reyes.

—Señor Luján.

—¿Qué es eso?

Emilio alzó la mirada con educación.

—Mi comida.

—Ya veo que no es un reporte trimestral.

—Pescado a la veracruzana.

La oficina entera se quedó demasiado quieta.

Sebastián miró el recipiente como si Emilio acabara de poner sobre la mesa un documento clasificado.

—Huele.

—La comida suele hacer eso.

Andrés cerró los ojos un instante. Alguien al fondo bajó la cara para esconder una sonrisa.

Sebastián no sonrió.

Eso habría sido menos peligroso.

—Tengo una junta a la una —dijo.

—Está en su calendario.

—No he comido.

Emilio dejó de escribir.

El silencio adquirió forma.

No había una petición en la frase. Tampoco una orden directa. Era peor: era un hombre acostumbrado a que el mundo se acomodara alrededor de sus necesidades, descubriendo por primera vez que no sabía cómo pedir un bocado de pescado.

Emilio miró el recipiente, después el reloj.

—Tiene siete minutos antes de la junta con Finanzas.

—Diez.

—Siete. El elevador tarda tres si baja usted con Andrés y nadie se atreve a entrar.

Andrés bajó la vista a la tableta.

Sebastián lo observó.

Emilio sostuvo la mirada. No por valentía. Por cansancio. Había comprado ese filete en el mercado a las seis de la mañana, después de comparar precios en tres puestos. Había costado $300 MXN, más de lo que debía gastar, pero necesitaba algo que supiera a casa aunque su departamento oliera a humedad y jabón barato.

No iba a entregarlo solo porque el director general olía bonito y asustaba a todos.

—Puede tomar un poco —dijo al fin—. Un poco.

Sebastián aceptó esa concesión como si hubiera ganado una licitación internacional.

Emilio destapó el recipiente. El vapor subió con el olor del jitomate y el pescado suave. Sacó también un bolillo envuelto en servilleta y una cuchara.

—No tengo plato.

—No importa.

Sí importaba. Sebastián Luján no comía de recipientes abollados en escritorios ajenos. Sebastián Luján debía comer en restaurantes privados, con manteles blancos y personas que no parpadearan cuando la cuenta superaba el salario mensual de Emilio.

Pero se sentó en la silla de visita frente al escritorio, tomó la cuchara y probó el primer bocado.

La reacción fue mínima.

Demasiado mínima.

Sebastián masticó, tragó y bajó la mirada al recipiente. La línea dura de su mandíbula perdió medio grado de tensión.

—Aceptable.

Emilio arqueó una ceja.

—Qué alivio. Ya puedo morir en paz.

Sebastián tomó otro bocado.

Luego otro.

Andrés miró el reloj.

—Señor Luján, la junta.

—Que esperen.

—Son inversionistas.

—Entonces pueden invertir cinco minutos en aprender paciencia.

Emilio abrió la boca para protestar, pero Sebastián ya había partido el bolillo y lo estaba usando para limpiar la salsa del recipiente con una concentración casi ofensiva.

No dejó "un poco".

No dejó nada.

Cuando terminó, el metal abollado estaba tan limpio que parecía lavado. Sebastián colocó la cuchara dentro, se limpió los dedos con una servilleta y se levantó como si no acabara de robarle el almuerzo a un empleado nuevo.

—La salsa necesita menos sal.

Emilio lo miró.

—Usted se comió hasta las alcaparras.

—Por eso puedo opinar.

Andrés hizo un sonido que pudo haber sido tos o pudo haber sido una risa estrangulada. Nadie se atrevió a investigar.

Sebastián se ajustó el saco.

—Reyes, después de la junta quiero el comparativo de Laboratorios Farías.

—Sí, señor.

—Y come algo.

Emilio levantó el recipiente vacío.

—Me encantaría.

Sebastián lo miró de nuevo. Por un segundo, algo pasó detrás de sus ojos: una conciencia tardía, quizá. O hambre de otra clase. Después se dio la vuelta y caminó hacia el elevador con Andrés.

Cuando las puertas se cerraron, el piso cincuenta y ocho exhaló al mismo tiempo.

La recepcionista se acercó rodando la silla.

—¿El señor Luján acaba de comerse tu comida?

—No. Técnicamente la confiscó.

—¿Vas a reportarlo a Recursos Humanos?

Emilio guardó el recipiente.

—Me gusta vivir.

A la una y media, con el estómago haciendo ruidos humillantes, Emilio bajó a la cafetería. Había decidido comprar lo más barato: sopa del día y agua. Luego el celular vibró.

Transferencia recibida: $10,000 MXN.

Concepto: comida.

Emilio se detuvo en medio de la fila.

Leyó la cantidad una vez. Dos. Tres.

El pescado había costado $300 MXN. El bolillo, siete pesos. El gas de la estufa, si quería ponerse técnico, quizá otros veinte. Sebastián acababa de pagarle como si le hubiera servido un banquete de boda.

Otro mensaje llegó por WhatsApp.

Sebastián Luján: No compres sopa.

Emilio miró hacia las mesas de la cafetería. Había ejecutivos comiendo ensaladas tristes, analistas con café frío y, al fondo, unas chuletas de cordero que nunca había pedido porque costaban lo mismo que su comida de dos días.

Pidió las chuletas.

También pidió agua de jamaica.

Y, por pura dignidad herida, un flan.

Se sentó solo junto a la ventana y tomó la primera mordida sin prisa. La carne estaba buena. No tanto como para valer lo que costaba, pero sí lo suficiente para que el cuerpo recordara que no estaba hecho solo para aguantar.

Cuando volvió al piso, encontró el recipiente metálico sobre su escritorio. Lavado. Seco. Con una nota adhesiva pegada encima.

No decía gracias.

Sebastián Luján no parecía del tipo que agradecía.

La nota tenía una sola línea, escrita con letra firme:

Mañana. Haz dos. Arroz en lugar de pan.

Emilio se quedó mirando el papel más tiempo del necesario.

Debería haberse ofendido.

En serio debería.

Pero la nuca le volvió a palpitar, leve y absurda, justo cuando desde la oficina de cristal Sebastián levantó la vista hacia él.

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💜Martha Ibarra
Gracias por esta magnífica historia, disfrute mucho leerla y espero trabajos futuros 🥰
💜Martha Ibarra
esta historia me enamora cada vez más 🥰
abu_army18
Me puedes explicar quien es bolita no entiendo 😢
💜Martha Ibarra
querida escritora me tiene el alma en un hilo con esta historia magnífica 🥰
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