Sinopsis
Atrapada durante una década en un matrimonio marcado por el maltrato psicológico y el control asfixiante de su esposo Esteban, Sofía ha visto cómo su brillante formación y su autoestima se consumían en el silencio. Su vida da un vuelco inesperado cuando un viaje de trabajo la reencuentra con Mateo, un amigo de la infancia convertido en un poderoso líder corporativo que jamás olvidó la promesa de protegerla.
Con el apoyo inquebrantable de Mateo y la firmeza de la justicia, Sofía logra romper sus cadenas, enfrentar a su agresor en los tribunales y transformar su dolor en un faro de esperanza al fundar un centro de apoyo para mujeres víctimas de violencia. Entre batallas legales, la reconstrucción de su propia identidad y un amor maduro que desafía las sombras del pasado, Sofía redescubre su libertad y aprende que ningún infierno es eterno cuando se decide volver a empezar bajo el mismo cielo.
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Capítulo 6: Fragmentos de niñez
—No tienes que decir una sola palabra si no quieres, Sofía. Lo veo todo en tu cara —murmuró Mateo, deteniéndose a escasos centímetros de mí. Su voz, que hacía apenas unos minutos había dictado órdenes implacables a toda la corporación, sonaba ahora quebrada, teñida por una rabia sorda que intentaba contener con un esfuerzo titánico—. Ese maldito golpe en el pómulo... Dime que no fue él. Dime que me equivoqué.
—No sé de qué hablas, señor... fue un accidente doméstico, tropecé con el borde de la mesa en la cocina anoche —mentí con los labios temblorosos, bajando la vista hacia la impecable alfombra gris del despacho, sabiendo perfectamente que la coartada era tan frágil que daba vergüenza.
—¿Una mesa? ¿En serio vas a seguir mintiéndome de esa manera? —espetó Mateo, y su contención se rompió por completo. Dio un paso más, levantando las manos con un gesto de frustración antes de dejarlas caer a los costados—. Crecimos juntos en aquel pueblo costero al norte del país, Sofía. Corrimos descalzos por la arena, te conozco desde antes de que conocieras el miedo. No intentes convencerme de que eres torpe, porque la única torpeza aquí es la de un cobarde que no sabe valorar el tesoro que tiene al lado.
Al escucharle mencionar nuestra infancia, sentí que la última línea de defensa que me quedaba se desmoronaba. Aquel pequeño pueblo costero, con sus calles polvorientas, el sonido eterno de las olas chocando contra el muelle y las tardes interminables compartidas bajo el sol, parecía pertenecer a la vida de otra persona. Una vida en la que yo era feliz, en la que no existían los gritos en la penumbra ni las amenazas constantes. Una lágrima traicionera escapó de mis ojos y rodó por mi mejilla, marcando el camino exacto sobre la base de maquillaje que había intentado aplicar con esmero esa mañana.
Al ver la lágrima, la furia de Mateo se transformó instantáneamente en una ternura infinita. Su rostro endurecido por los años de éxito empresarial y responsabilidades globales se desvaneció, dejando al descubierto al chico de catorce años que una vez me prometió que nunca permitiría que nadie me hiciera llorar.
—Perdóname —dijo en un susurro áspero, acercando su mano con una lentitud extrema, dándome todo el tiempo del mundo para retroceder si así lo deseaba—. No quise gritarte. Es solo que la impotencia me quema por dentro. Ver el lugar donde ese miserable te ha marcado... me dan ganas de romperlo en mil pedazos.
Cuando sus dedos rozaron con infinita delicadeza la piel de mi mejilla, exactamente al borde del golpe, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Por un segundo, el instinto me hizo encogerme por el reflejo del miedo, esperando el regaño o el castigo posterior. Pero el tacto de Mateo era suave, cálido, casi reverente, como si temiera romperme.
—Mateo, por favor... si alguien entra... —balbuceé, cerrando los ojos con fuerza mientras apoyaba, sin poder evitarlo, un segundo mi rostro contra la calidez de su palma.
—Nadie va a entrar. He dado instrucciones estrictas de que no nos molesten en la próxima hora —respondió él con firmeza, bajando la mano poco a poco hasta tomar suavemente mis dedos y guiarme hacia uno de los sillones de cuero ubicados junto al ventanal panorámico—. Siéntate aquí, Sofía. Necesitamos hablar de verdad, sin las paredes de la oficina de recursos humanos de por medio. Y necesito que me acompañes a un viaje de negocios este fin de semana.
Abrí los ojos de golpe, mirándolo con auténtico pánico. ¿Un viaje de negocios? Si Esteban apenas toleraba que me quedara una hora extra en la oficina de la ciudad, la idea de pasar un fin de semana fuera de casa bajo el pretexto laboral equivalía a firmar mi sentencia de muerte.
—¿Un viaje? Estás loco, Mateo. No puedo hacerlo —negué con la cabeza frenéticamente, retirando las manos de su agarre y poniéndome de pie de un salto—. Esteban me matará. Literalmente. Me vigila el teléfono, revisa mis recibos, controla cada minuto que paso fuera de casa. Si le digo que tengo que viajar por trabajo, armará un escándalo incontrolable y...
—Y yo estaré ahí para protegerte —interrumpió Mateo con una seguridad imperturbable, levantándose del sillón para quedar frente a mí, bloqueando cualquier intento de escape hacia la puerta—. Escúchame bien, Sofía. El corporativo requiere una inspección urgente de nuestras sucursales en la zona costera, casualmente muy cerca de nuestro viejo pueblo. Te he asignado a ti como mi asistente ejecutiva directa para este viaje porque eres la más capacitada para el puesto. Es una orden corporativa inapelable. Ni tu esposo ni nadie podrá objetarla sin enfrentarse a demandas legales por obstrucción laboral.
—No entiendes la clase de hombre que es... —grité con la voz al borde del colapso, sintiendo que el pecho se me cerraba de terror—. No le importan las demandas ni las leyes. Cuando se pone así, pierde la razón.
Mateo extendió los brazos y me sujetó firmemente por los hombros, obligándome a mirarlo a los ojos. La determinación en su mirada era tan absoluta, tan indestructible, que por un instante sentí una chispa de esperanza en medio de la oscuridad absoluta en la que había vivido los últimos años.
—Yo tampoco soy el mismo chico indefenso que se fue del pueblo hace diez años, Sofía —dijo con una voz profunda, cargada de una promesa solemne que hizo que el tiempo se detuviera—. En ese entonces no pude hacer nada porque era un don nadie. Hoy tengo los recursos, el poder y la voluntad necesaria para sacarte de ese infierno. Lo único que necesito es que confíes en mí una vez más, bajo el mismo cielo que nos vio nacer y prometer tantas cosas.
Me quedé allí, atrapada entre el miedo paralizante a lo que Esteban pudiera hacerme y la fuerza magnética de un primer amor que se negaba a morir. El destino nos había devuelto al punto de partida, pero esta vez, las cartas estaban sobre la mesa.