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NO ERA TU FAN

NO ERA TU FAN

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance de oficina / Posesivo
Popularitas:357
Nilai: 5
nombre de autor: Daniela escalante Jiménez

Fama, dinero, miles de seguidores… Ian lo tiene todo. Y su mánager se asegura de que nada ni nadie arruine su carrera. Hasta que entra una nueva integrante al equipo: ella.

Dicen que es fría, que es profesional, que es incapaz de experimentar ninguna emoción. Para ella, maquillar a la celebridad más grande del momento es solo un trabajo más.

Pero Ian no está acostumbrado a ser invisible para nadie. Lo que empieza como curiosidad pronto se convierte en un reto: hará lo que sea para sacarle una sola reacción, aunque eso signifique poner en riesgo su propia estabilidad y descubrir que su mundo perfecto tiene mucho menos sentido que esa chica que no siente nada.

NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 1 ENTRE EL MIEDO Y LA LIBERTAD

Ya tenía veintidós años. Estaba de pie en medio de la sala, con la espalda recta, las manos a los costados y esa mirada verde, tranquila y vacía que siempre me había acompañado. Sabía lo que quería, y aunque mi corazón no latía con impaciencia ni emoción alguna, mi mente tenía clarísimo el camino que debía seguir.

—Papá —dije con voz firme, pausada y sin ninguna inflexión, como si estuviera leyendo una lista de instrucciones más que expresar un deseo—, ya quiero mudarme a un departamento yo sola. Aquí no me dejan en paz, me tratan como si fuera una niña pequeña o como si en cualquier momento fuera a romper todo lo que me rodea. Ya estoy grande, puedo valerme por mí misma. Mamá, por favor, dile que me deje ir.

Mi padre se puso de golpe de su silla, y su rostro, siempre serio, se contrajo lleno de angustia y enojo. Dio un paso hacia mí, levantando un poco la voz, pero no con intención de lastimar, sino con el miedo que lo había consumido durante años.

—¡Hija, te tienes que quedar aquí! —gritó, y en sus ojos se veía cómo luchaba por mantener la compostura, con las venas de su cuello marcándose levemente y las manos cerradas en puños a los lados—. ¿Es que no entiendes? No es que no quiera dejarte volar, es que conozco muy bien lo que llevas dentro, y el mundo allá afuera no tiene la paciencia que te tenemos aquí.

No me inmuté. Ni siquiera parpadeé con mayor rapidez. Solo mantuve la mirada fija en él, y cuando hablé de nuevo, mis palabras salieron frías y directas, sin filtro, tal como sentía —o mejor dicho, tal como no sentía— las cosas.

—¡Recuerda, papá! —respondí, alzando un poco también el tono, sin ira, pero con una claridad que dolía más que cualquier grito lleno de sentimiento—. ¡Por Dios, ya sé perfectamente lo que tengo! No necesito que me lo repitan cada día como si fuera algo nuevo para mí. ¡Toda mi maldita vida la gente me ha mirado como si fuera una psicópata en potencia! Ya aprendí a diferenciar todas las emociones: sé cuándo alguien ríe de alegría, cuándo llora de dolor, cuándo mira con deseo o con enojo… salvo aquella vez cuando tenía diez años y maté al gato que entró al jardín. No sentí nada, ni culpa, ni remordimiento, solo vi que se movía y dejé de verlo. Pero todo lo demás lo controlo, papá. Todo está bien.

(En ese instante, mi mente se transportó sola al recuerdo. Vi el jardín soleado, el animalito pequeño, y yo acercándome sin miedo, sin sentir ternura ni curiosidad, solo acción y resultado. No hubo nada más. Pero también, entre esas imágenes, apareció otra escena más suave, más pesada de recordar aunque no me generara dolor: yo sentada sobre sus rodillas, siendo pequeña, mientras él me enseñaba en una pantalla).

—Pero también recuerda —continué, bajando un poco el volumen de mi voz, aunque sin que mi expresión cambiara— que te sentaste conmigo cientos de tardes, ¿verdad? Me ponías videos una y otra vez: personas abrazándose, riendo hasta que les dolía el estómago, llorando por la pérdida de alguien, mirando a sus hijos con amor infinito. Me explicabas qué significaba cada gesto, cada contracción de los músculos de la cara, cada cambio en el tono de voz. Me enseñaste a no hacer daño, a no actuar sin pensar, a respetar aunque por dentro yo no entendiera el motivo de nada de eso. Ya aprendí la lección, papá. Ya sé cuidarme sola.

Me quedé en silencio un segundo y luego añadí con más determinación:

—Voy a entrar a trabajar. Voy a aplicar para maquillar en una empresa importante. No sé si me aceptarán, pero voy a llenar la solicitud hoy mismo. Y pase lo que pase, me voy a mudar. Ya soy mayor de edad y tengo derecho a vivir mi vida como yo decida.

Mi padre me miró con los ojos llenos de lágrimas que amenazaban con caer en cualquier momento. Dio unos pasos lentos hacia mí, con los brazos temblando ligeramente, y sin decir nada más me rodeó con ellos, apretándome contra su pecho con desesperación, como si quisiera guardarme ahí para protegerme de todo mal.

—¡Hija mía! —susurró contra mi cabello, con la voz rota por el llanto contenido—. ¡Tengo tanto miedo! Tengo pánico de que salgas y no sepas leer las intenciones de los demás, de que te hagan daño o de que tú hagas algo sin querer y no entiendas las consecuencias…

En ese preciso instante, mi madre, María, entró a la sala. Se quedó en el marco de la puerta viéndonos, con una expresión entre la tristeza y la resignación, y caminó despacio hasta ponerse frente a nosotros.

—Amor —le dijo a mi papá con suavidad, colocando una mano sobre su hombro para que me soltara un poco—, tenemos que dejarla ir. No podemos tenerla encerrada aquí para siempre. Ella ha aprendido mucho, más de lo que creemos. Si la mantenemos atada, nunca sabrá realmente cómo valerse por sí misma. Es el momento.

Yo no podía recibir ese abrazo. No sabía cómo devolverlo, no sentía el calor que debería generar ni la necesidad de quedarme ahí. Me sentía rígida, incómoda por el contacto prolongado, y sin quererlo, pero con firmeza, empujé suavemente a mi papá para separarme de él.

—Te lo dije —le dije, fría y decidida mientras daba media vuelta hacia la puerta de mi habitación—. No me importa lo que digas o lo que sientas. Yo me voy, y nadie va a detenerme.

Subí las escaleras, entré a mi cuarto y cerré la puerta con un golpe seco que retumbó en toda la casa. No era enojo, solo era una forma de marcar mi territorio, de dejar claro que mi decisión ya estaba tomada. Me senté frente al escritorio, abrí mi computadora y con dedos ágiles comencé a escribir.

En la preparatoria había descubierto que tenía una habilidad especial. Mi madre me había pagado varios cursos de maquillaje, diciendo que era una forma más de que yo aprendiera a reconocer los rostros, las formas y las expresiones humanas —algo que para mí era como estudiar un mapa, frío y analítico, pero útil—. Y resultó que era increíblemente buena en ello. Me convertí en una experta: sabía cómo resaltar cada rasgo, cómo disimular imperfecciones, cómo crear cualquier apariencia que quisieran.

Desde entonces, trabajaba en casa maquillando novias para sus bodas, mujeres para fiestas importantes o eventos sociales. Ganaba muy bien y ahorraba todo el dinero; tenía varias cuentas bancarias con ahorros suficientes para mantenerme años sin trabajar si quería. Pero mi madre siempre decía que no podía quedarme de brazos cruzados, que necesitaba estar en movimiento, aprendiendo y relacionándome, aunque yo no sintiera esa necesidad.

Llené dos solicitudes de empleo, poniendo exactamente los mismos datos. Agregué como referencias dos trabajos que había hecho por pura casualidad: una vez fui a ver una transmisión en vivo de un programa de entretenimiento y, al no tener maquillista de última hora, me pidieron ayuda a mí, que estaba en primera fila. Así terminé maquillando a Karol G y a Lupita Villalobos, dos figuras muy reconocidas, y ambas quedaron encantadas con mi trabajo. Era lo único positivo que encontraba en mi condición: al no distraerme con emociones, al ser completamente metódica y paciente, hacía todo con una perfección que muy pocos podían igualar.

Leí una y otra vez los formularios, revisé que no faltara ningún detalle y, con un clic, envié ambas solicitudes. Me recosté en mi silla, mirando la pantalla oscura, sin esperanza ni nervios, solo esperando que el destino me respondiera lo antes posible. Sea lo que sea, estaba lista para empezar esa nueva etapa.

 

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Quiara rara
/Joyful//Joyful/
Quiara rara
espero que sigas creciendo Haci con tu escritura ahora Soy tu fan número 1 👏👏🤭🤭
Quiara rara
¡wow!cool muy bien tienes talento para escribir eres verdaderamente excepcional 👏👏 felicidades 👏👏
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