Valentina Solano entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Reyes, el Alfa moribundo con quien la obligaron a enlazarse.
Cada luna llena, su loba se apagaba un poco más para mantenerlo con vida. Ella perdió fuerza, sangre y dignidad. Él recuperó su poder.
Y cuando Sebastián por fin sanó, no la eligió a ella.
Eligió a Catalina del Valle.
Le quitó los Brazaletes de la Luna y le ordenó ponérselos a la mujer que quería marcar como su verdadera Luna.
Valentina no suplicó. No lloró. Solo pidió la ruptura del enlace.
Pero la loba que todos creían rota tenía secretos: un imperio comercial escondido, aliados en las sombras y una sangre marcada por la luna.
También tenía la mirada de Damián Montero sobre ella.
El Rey Alfa. El lobo más temido de todas las manadas. El único hombre que nunca la vio como una herramienta.
Sebastián la usó para vivir.
Damián está dispuesto a destruir el mundo para hacerla reina.
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Capítulo 12
Capítulo 12: La Trampa De La Hermana
La invitación llegó una tarde gris, cuando Valentina aún tenía la carta para Don Ernesto viajando lejos de la Hacienda Reyes y la recomendación de Sebastián todavía sin sello.
Pilar entró al patio lateral con un rebozo color humo y las manos juntas frente al vientre.
Era la viuda del hermano menor de Sebastián. En la casa la llamaban "la pobre Pilar" con esa compasión que no alimentaba, no protegía y no abría ninguna puerta. Desde que Valentina se casó con Sebastián, Pilar había vivido en una franja estrecha de sombra: no era hija, no era esposa, no era invitada. Era una mujer que la familia conservaba por decencia y olvidaba por comodidad.
Por eso, cuando sonrió, Valentina no supo desconfiar del todo.
—Luna Valentina —dijo Pilar, bajando la cabeza—. Perdone que venga sin aviso.
Sofía, detrás de Valentina, enderezó la espalda.
—¿Ocurrió algo?
—Nada malo. Al contrario. Encontré en la ciudad una tienda de sedas que trae telas de Puebla y bordados de Oaxaca. Pensé que quizá... —Pilar apretó los dedos— quizá le gustaría acompañarme. Entre mujeres de la familia también deberíamos caminar juntas de vez en cuando.
Sofía soltó una risa breve, sin humor.
—Ahora se acuerdan de que mi señora es familia.
—Sofía —dijo Valentina.
La muchacha cerró la boca, pero no bajó la mirada.
Pilar aceptó el golpe sin defenderse. Eso hizo que Valentina la mirara con más cuidado. Había cansancio en su rostro, sí, pero también algo más: una rigidez demasiado precisa, como si cada músculo hubiera aprendido a obedecer antes de que la mente terminara de pensar.
—No tiene que ir si no quiere —añadió Pilar—. Solo pensé que le haría bien salir de aquí un rato.
Salir.
La palabra tocó una puerta interna.
Valentina había pasado demasiados días entre la cama estrecha, la mesa de escribir y las paredes donde los pasos ajenos sonaban como órdenes. La ciudad no era libertad, pero al menos no olía a sopa fría, a castigo y a flores marchitas de matrimonio.
—Iré —dijo.
—Entonces preparo el carruaje.
—Sofía vendrá conmigo.
Pilar palideció.
Fue apenas un cambio en la piel. Un parpadeo. Pero Valentina lo vio.
—La tienda es pequeña —dijo Pilar—. Y hay mucha gente en el centro. Quizá sería mejor que no llamáramos atención. Además, Doña Milagros pidió a Sofía para ordenar el cuarto de costura esta tarde.
Sofía dio un paso al frente.
—Doña Milagros puede ordenar sus agujas sola.
Valentina sostuvo la mirada de Pilar.
—¿Quién le dijo que Doña Milagros necesitaba a Sofía?
Pilar tragó saliva.
—Nana Elena.
Era posible. En esa casa, Nana Elena podía convertir un vaso de agua en una orden de guerra si Doña Milagros se lo pedía.
Valentina no quería dejar a Sofía, pero tampoco quería darle a Pilar una razón para retirar la invitación antes de que Valentina entendiera qué se escondía detrás. Si era una humillación social, prefería verla venir. Si era una trampa, necesitaba saber de qué clase.
—Me acompañará hasta el carruaje —decidió.
Sofía la miró como si quisiera discutir.
Valentina le tocó la muñeca.
—Quédate cerca de Lucía. Si no regreso antes de que caiga la noche, buscas a Nana Rosa. No a Sebastián. A Nana Rosa.
La furia de Sofía se convirtió en miedo.
—Mi señora...
—Prométemelo.
—Se lo prometo.
El carruaje salió de la Hacienda Reyes cuando el cielo empezaba a cargarse de nubes bajas. Valentina iba sentada frente a Pilar, con las manos sobre el regazo y la rodilla izquierda rígida bajo la falda. La ciudad se abría más allá de los muros como un ruido vivo: vendedores de pan, herraduras sobre piedra, campanas de templo, voces que no sabían su nombre y por eso no podían juzgarla.
Durante los primeros minutos, Pilar habló de telas.
De seda azul.
De encajes blancos.
De un brocado con lunas pequeñas que, según ella, se vería hermoso para la ceremonia de luna creciente.
Valentina respondió poco.
Su loba, en cambio, no guardó silencio.
Al principio fue una inquietud leve, como uñas raspando madera desde el otro lado de una puerta. Luego, cuando el carruaje dejó atrás la avenida principal y giró hacia una calle más estrecha, la sensación se convirtió en gruñido.
No era el gruñido débil y herido que Sebastián provocaba.
Era advertencia.
Valentina apartó apenas la cortina.
La tienda de sedas quedaba cerca del portal de los mercaderes, donde los escaparates colgaban listones de colores y los pregoneros ofrecían chocolate, velas, flores y telas importadas. Esa calle no tenía listones. No tenía escaparates. Tenía muros húmedos, puertas cerradas y charcos viejos bajo balcones oxidados.
—Esta no es la ruta al centro —dijo.
Pilar dejó de hablar.
El sonido de las ruedas llenó el carruaje.
—El cochero conoce un atajo.
—No hay atajos hacia el portal por esta zona.
Pilar bajó los ojos.
Valentina sintió que el aire se le enfriaba en la garganta.
—Pilar.
La otra mujer apretó las manos hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Perdóneme.
La palabra no fue suficiente. Nunca lo era.
—¿Qué hizo?
Pilar levantó el rostro. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero no parecían lágrimas de arrepentimiento. Parecían lágrimas de alguien que ya había llorado antes y aun así había seguido caminando hacia el daño.
—No tuve opción.
Valentina se inclinó hacia adelante.
—Siempre hay una opción.
—No para mí.
El carruaje volvió a girar. Afuera, la luz se volvió más estrecha. El olor cambió: ya no era pan ni flores, sino cuero mojado, basura vieja y humo apagado.
—Hable —ordenó Valentina.
Pilar tembló.
—Catalina mandó hombres.
La loba de Valentina golpeó contra sus costillas.
—¿Qué hombres?
—No sé sus nombres. Los pagaron para esperarnos más adelante. Yo solo debía traerla.
—¿Para robarme?
Pilar cerró los ojos.
Valentina entendió antes de que ella hablara.
Sintió una náusea seca. No de enfermedad. De asco.
—No —dijo, muy bajo.
—Dicen que no la van a matar —susurró Pilar, como si esa frase pudiera limpiar algo—. Solo... solo harán que nadie pueda defender su honra. Después Catalina dirá que usted salió por voluntad propia, que se encontró con esos hombres, que no merece seguir como Luna. Sebastián tendrá que repudiarla. La Manada Reyes podrá...
La bofetada sonó más fuerte que la lluvia que empezaba a caer.
Pilar golpeó la pared del carruaje y se llevó una mano a la mejilla. No gritó. Eso fue lo peor. Ni siquiera parecía sorprendida de recibir dolor.
—¿Sabe lo que eso destruiría? —preguntó Valentina.
Pilar lloraba en silencio.
—¿Lo sabe?
—Lo sé.
—Entonces no me pida perdón.
Valentina miró hacia la ventana. El carruaje reducía la velocidad para tomar una curva estrecha. Adelante, entre la cortina de lluvia, vio sombras bajo un arco: cuatro, quizá cinco hombres. Ninguno vestía uniforme de manada. Ninguno tenía el porte de un guardia. Uno reía con la boca abierta. Otro llevaba una cuerda enrollada en la mano.
No había tiempo.
Valentina agarró el pestillo.
Pilar abrió los ojos.
—¿Qué hace?
—Elegir.
Empujó la puerta y saltó.
El mundo se volvió piedra, agua y golpe.
Cayó de costado sobre el lodo. La rodilla izquierda recibió el impacto como si alguien hubiera metido un cuchillo viejo dentro de la articulación y lo hubiera girado hasta el hueso. El aire salió de sus pulmones. Durante un segundo no pudo moverse.
El carruaje siguió unos metros antes de detenerse.
—¡Ahí está!
La voz de un hombre rompió la lluvia.
Valentina apoyó las manos en el suelo y se levantó. La falda se le pegó a las piernas. El barro le cubría una mejilla. La rodilla dolía con tanta violencia que casi le nubló la vista.
Corrió.
No sabía hacia dónde.
La ciudad se volvió un laberinto de muros ciegos y callejones inclinados. El agua caía con fuerza, borrando huellas y al mismo tiempo volviendo traicionera cada piedra. Valentina resbaló una vez, se golpeó el hombro contra una pared y siguió. Detrás de ella, las voces se multiplicaban.
—¡Por aquí!
—¡No puede haber ido lejos!
—¡Está herida!
Sí.
Estaba herida.
También estaba viva.
Esa diferencia bastaba para seguir.
Su loba gruñó otra vez, desesperada. No tenía fuerza para transformarse. El enlace de curación le había robado demasiada sangre, demasiada luna, demasiada raíz. Pero aún quedaban instintos. Aún quedaba memoria en los músculos.
Cuando era niña, antes de que Don Ernesto decidiera que una hija educada debía dejar de ensuciarse los vestidos, Valentina trepaba árboles en la propiedad vieja de los Solano. Mateo lloraba abajo porque no alcanzaba las ramas, y ella se reía desde arriba con las rodillas raspadas y el cabello lleno de hojas.
La memoria llegó como una mano.
A la izquierda, junto a una barda rota, crecía un árbol enorme. Sus raíces levantaban las piedras del callejón. Las ramas formaban una masa oscura sobre el muro, cargada de agua y hojas.
Valentina no pensó.
Se acercó cojeando, clavó los dedos en la corteza mojada y subió.
La primera rama le arrancó piel de la palma. La segunda le golpeó la rodilla herida. La tercera casi cedió bajo su peso. Apretó los dientes hasta sentir sabor a sangre y siguió trepando, una mano, un pie, otra mano, sin permitirse mirar abajo.
Cuando logró esconderse entre las hojas, los hombres llegaron al callejón.
Valentina se pegó al tronco.
La lluvia le caía en la nuca, dentro del vestido, sobre la herida abierta de la rodilla. Cada gota parecía tener filo. Abajo, las sombras se movieron con antorchas protegidas bajo capas.
—La vi entrar aquí.
—Pues no está.
—Busca detrás de la barda.
—Catalina dijo que no dejáramos marcas visibles.
—Catalina pagó por una Luna, no por una santa. Muévete.
Valentina cerró los ojos.
Su mano temblaba sobre la corteza.
Pilar sabía.
Catalina pagó.
Sebastián, si la encontraban destruida, quizá frunciría el ceño y hablaría de vergüenza familiar. Doña Milagros diría que era una desgracia, pero sus ojos descansarían por primera vez en días. Don Ernesto recibiría una carta y luego otra, la segunda más pesada que la primera, y quizá pensaría que su hija debió quedarse quieta, obedecer, no provocar.
No.
La palabra nació en su pecho sin voz.
No.
Una sombra se detuvo bajo el árbol.
Valentina dejó de respirar.
El hombre miró hacia arriba.
La lluvia le golpeaba los ojos. Maldijo y escupió al suelo.
—Nada. Vámonos. Si sigue corriendo con esa rodilla, se va a caer sola.
Se alejaron.
Luego regresaron.
Luego volvieron a irse.
El tiempo perdió bordes.
Valentina no supo si pasaron minutos o horas. La noche terminó de cerrar sobre la ciudad. Sus dedos se entumecieron. El dolor de la rodilla dejó de ser una punzada y se convirtió en una fiebre blanca que subía por el muslo. La ropa mojada pesaba como cadenas.
Intentó acomodar el pie.
La rama resbaló.
Su mano buscó la corteza, pero los dedos ya no obedecieron.
Por un instante, Valentina quedó suspendida entre el árbol y la calle, con el corazón detenido.
Después cayó.
El aire le arrancó un sonido pequeño, casi infantil.
No tuvo tiempo de rezar a la Diosa Luna.
No tuvo tiempo de odiar a Catalina.
No tuvo tiempo de pensar en Sebastián.
Solo vio la oscuridad subir hacia ella.
Y entonces no golpeó el suelo.
Unos brazos la recibieron con una firmeza imposible.
El impacto existió, pero no la rompió. Una mano se cerró bajo sus hombros; otra sostuvo sus piernas con cuidado, sin tocar la rodilla herida más de lo necesario. El mundo siguió girando alrededor de ella: lluvia, callejón, respiración ajena, olor a pino frío y hierro limpio.
Valentina abrió los ojos a medias.
Lo primero que vio fueron unas botas negras.
No eran botas de cochero ni de guardia de patio. El cuero era oscuro, impecable incluso bajo la lluvia, y sobre el empeine corría un bordado fino de hilo dorado, tan discreto como una amenaza y tan caro como una corona.
La lluvia golpeaba el oro sin apagarlo.
Su loba, que había arañado su interior durante toda la huida, se quedó quieta.
No dormida.
No vencida.
Quieta como quien reconoce un refugio antes de que la mente pueda nombrarlo.
Valentina intentó apartarse, pero el cuerpo no le respondió. Apenas consiguió mover los labios. La cara de quien la sostenía era una sombra sobre ella, recortada por la lluvia. No alcanzó a ver sus ojos.
Solo sintió que no tenía miedo.
Esa ausencia la desarmó más que el dolor.
—Por favor... —susurró.
Su voz se perdió casi entera entre la lluvia.
La mano bajo sus hombros se afirmó.
Valentina juntó la última fuerza que le quedaba.
—Sálveme...
Lola calamidades
muy bien Damián
porrazos viene
porrazos van
valentina
y estos ufff no se que esperan