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La Mujer del Capo

La Mujer del Capo

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Intrigante / Mafia / Amor a primera vista / Completas
Popularitas:7.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Izuki

Renata Solís nunca imaginó que una cara del pasado volvería a destruirle la vida.

Profesora de idiomas en la Universidad Nacional de Miravalle, inteligente, independiente y con un futuro prometedor, Renata cree haber dejado atrás la noche más oscura de su existencia. Hasta que lo ve a *él* —Dante Montero, heredero del imperio más poderoso de la ciudad— y reconoce en su rostro al hombre que debería estar muerto.

Dante Montero no es quien dice ser. Detrás del traje a medida, la torre de cristal y el apellido que hace temblar a jueces y políticos, se esconde un secreto capaz de destruir a toda una dinastía. Y Renata es la única persona viva que puede demostrarlo.

Pero Dante tiene sus propias armas. Cuando la deuda de su padre cae en manos de los Montero, Renata se ve atrapada en un pacto imposible: acompañarlo, guardar silencio, fingir ser su mujer ante el mundo... o perderlo todo.

Lo que ninguno de los dos esperaba era esto: que la trampa se convirtiera en un juego, el juego en obsesión, y la obsesión en algo que ninguno sabe nombrar.

Ella busca la verdad. Él protege su mentira.
Ella planea huir. Él se asegura de que no pueda irse.
Ella jura que no va a caer. Él ya cayó hace mucho.

En un mundo de lealtades compradas, secretos de familia y balas que no perdonan, Renata tendrá que decidir: ¿revelar al monstruo que se esconde detrás de Dante Montero... o salvar al hombre que se esconde detrás del monstruo?

*Porque en esta historia, la jaula tiene dos prisioneros.*

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Capítulo 2

Capítulo 2

El hombre que no debería existir

El Aula Magna olía a café institucional y a madera vieja. Renata se acomodó los audífonos, ajustó el micrófono de la cabina de interpretación y abrió su glosario en la tablet. Términos financieros, indicadores macroeconómicos, nombres de fondos de inversión que sonaban como bufetes de abogados. Llevaba dos días preparando el vocabulario técnico y aun así el estómago le daba vueltas.

—Profesora Solís, ¿todo listo? —El jefe de departamento asomó la cabeza por la puerta de la cabina, corbata torcida y carpeta bajo el brazo—. Los de Grupo Montero ya llegaron. Hay un francés y dos brasileños entre los ponentes.

—Lista —dijo Renata, y él desapareció sin esperar más.

Desde la cabina, elevada en la parte trasera del auditorio, podía ver las trescientas butacas del Aula Magna llenándose poco a poco. Profesores de la Facultad de Economía, funcionarios municipales, empresarios locales con trajes demasiado buenos para un foro académico. Emilio le había ayudado a instalar el equipo de sonido desde las siete de la mañana; ahora estaba abajo repartiendo programas, su camisa blanca ya arrugada por el calor.

El Foro Económico Internacional de la Universidad Nacional era un evento anual que casi nadie recordaba hasta que Grupo Montero decidió copatrocinarlo. De pronto hubo presupuesto para cátering, para pantallas LED, para un cartel a todo color en la entrada del campus. Renata no sabía si sentirse agradecida o incómoda.

Los primeros ponentes subieron al estrado. Renata entró en modo de trabajo: el francés habló sobre flujos de capital en Centroamérica y ella tradujo al español sin tropezar, encontrando el ritmo entre la pausa del orador y el inicio de su propia voz. Después vino una brasileña que hablaba un portugués cerradísimo; Renata cambió de canal, ajustó el registro y siguió. Tres idiomas en noventa minutos. Le dolía la mandíbula de tanto hablar, pero la adrenalina de la traducción simultánea la mantenía afilada.

A las cuatro de la tarde anunciaron al último ponente.

—Con ustedes, el presidente de Grupo Montero y principal impulsor de este foro: Dante Montero Valenti.

Aplausos. Renata levantó la vista del glosario.

Un hombre subió al estrado con pasos largos y precisos. Traje gris oscuro, sin corbata, el primer botón de la camisa abierto. Cabello negro peinado hacia atrás. Treinta y pocos años. Se detuvo frente al atril, ajustó el micrófono con una sola mano y miró al auditorio como quien revisa el inventario de una habitación.

Renata dejó de respirar.

No fue un reconocimiento inmediato. Fue algo peor: una sensación física, un tirón en algún lugar entre el pecho y el estómago, como cuando el cuerpo recuerda algo que la mente todavía no ha procesado. La forma de la mandíbula. El ángulo de los pómulos. La manera en que los ojos —oscuros, quietos, sin parpadear— barrían el espacio con una calma que no era calma sino control.

Conocía esa cara.

No de una revista, no de un periódico. La conocía de una carretera a las afueras de Miravalle, cinco años atrás, bajo la luz de las lámparas de una gasolinera Pemex.

Tenía veintitrés años entonces. Volvía de un congreso estudiantil en autobús y se había bajado en la parada equivocada —dos kilómetros antes de la terminal— porque el aire acondicionado se había descompuesto y necesitaba respirar. Caminó hasta la gasolinera para pedir un taxi. Y vio cómo un hombre joven, flaco, con la cabeza rapada y una chamarra de mezclilla sucia, sacaba un cuchillo y lo clavaba en el costado del empleado de la tienda de conveniencia. El empleado cayó al piso. El hombre vació la caja registradora. Después miró hacia donde estaba Renata —de pie junto a la puerta de vidrio, paralizada, con el celular en la mano— y sus ojos se encontraron durante tres segundos exactos.

Tres segundos. Suficientes para grabar una cara en la memoria con la precisión de una quemadura.

La policía lo arrestó esa misma noche. El oficial a cargo se llamaba Capitán Tomás Vargas. Renata dio su declaración, identificó al hombre en una fila de reconocimiento, firmó los papeles, volvió a su vida. El hombre se llamaba Nicolás Bravo, veintidós años, de Tierranegra. Sentenciado a quince años por robo con violencia y lesiones graves.

Y ahora estaba de pie en el estrado del Aula Magna, con un traje de diez mil dólares y un apellido que no era suyo.

"No puede ser", pensó Renata, y sus dedos se cerraron sobre el borde de la mesa de la cabina. "No puede ser la misma persona."

Dante Montero comenzó a hablar. Su voz era grave, modulada, educada —la voz de un hombre que había ido a escuelas caras y leído los libros correctos—. Habló de inversión extranjera, de desarrollo urbano, de la responsabilidad social del sector privado. El auditorio asentía. Renata no tradujo una sola palabra.

Porque en medio de una frase sobre tasas de interés, Dante hizo una pausa brevísima y dijo "a fin de cuentas" con una cadencia que no pertenecía a ese discurso. Una cadencia rota, un desliz mínimo, como si debajo del español pulido hubiera otro idioma más viejo y más sucio tratando de salir. Renata lo reconoció: era la forma en que hablaban en Tierranegra. Había estudiado las variantes dialectales de la región para su tesis de licenciatura. Sabía distinguir un acento fabricado de uno heredado.

Ese hombre podía vestir diferente, hablar diferente, llamarse diferente. Pero la lengua no olvida de dónde viene.

Alguien tocó el cristal de la cabina. Renata parpadeó. El jefe de departamento la miraba desde afuera con gesto interrogante, señalando sus propios oídos: los asistentes con audífonos no estaban recibiendo traducción.

—Disculpe —murmuró Renata al micrófono, y se obligó a traducir las últimas frases de Dante al francés. Las palabras le salieron mecánicas, vacías. Cuando él terminó y el auditorio aplaudió, Renata se quitó los audífonos con las manos temblando.

El receso de café fue un infierno.

Bajó de la cabina porque no podía quedarse ahí arriba encerrada con sus propios pensamientos. En el vestíbulo, los asistentes circulaban entre las mesas de bocadillos y las jarras de agua de horchata. Renata se sirvió un vaso y se quedó junto a una columna, fingiendo revisar su celular.

Dante estaba a diez metros de ella, rodeado de hombres de traje que le estrechaban la mano y le hablaban con la sonrisa húmeda de quien busca un favor. Un custodio enorme —cuello grueso, mirada plana— permanecía dos pasos detrás de él.

Renata se dijo que debía irse. Recoger sus cosas, salir por la puerta lateral, volver a su oficina y no mirar atrás.

Pero el grupo de Dante se movió y de pronto él estaba más cerca. Cinco metros. Tres. Pasó junto a la mesa de café sin verla —o eso pareció— y mientras saludaba a alguien a su derecha, Renata escuchó con claridad quirúrgica la frase que le dijo al custodio en voz baja:

—Ya estuvo. Nos vamos en diez.

Dos palabras. "Ya estuvo." La contracción gutural de la a, la ese aspirada, el tono de quien da órdenes desde antes de saber leer. No era el español de un MBA en Barcelona. Era el español de una calle sin pavimentar.

Renata dejó el vaso sobre la mesa, caminó hacia la salida lateral y no se detuvo hasta llegar al edificio de Lenguas. Subió las escaleras de dos en dos, abrió la puerta de su oficina, entró, cerró con llave y se quedó de espaldas contra la puerta, respirando como si hubiera corrido un kilómetro.

Se llevó las manos a la cara. Los dedos le olían a café y a plástico de audífonos. El corazón le golpeaba las costillas con una insistencia que dolía.

"Puede ser una coincidencia", se dijo. "Hay miles de personas que se parecen. Los acentos migran, se mezclan, se pierden."

Pero la voz dentro de su cabeza —la misma que la había hecho dar su testimonio cinco años atrás, la misma que no le dejaba mentir ni cuando convenía— respondió con una sola frase: "Sabes que es él."

Renata se sentó frente a su computadora. Encendió el monitor. Abrió el navegador. Escribió en la barra de búsqueda, letra por letra, con dedos que apenas le obedecían:

"Nicolás Bravo condena"

La rueda de carga giró una, dos, tres veces.

1
Luz Mary Gomez Sierra
mucha adrenalina toda la novela gracias autora espero haya epílogo
Luz Mary Gomez Sierra
yo estoy nerviosa con un nudo en el estómago ya mismo le diría la verdad
Luz Mary Gomez Sierra
en la oficina de la u no vio en el techo la USB que escondió ahí?
Luz Mary Gomez Sierra
no me diga que Nico ya la encontró y mínimo Andrés ya tiene otro amor
Luz Mary Gomez Sierra
bueno Renata estás jugando a dos bandas al tiempo no has roto la relación con Andrés creo que eso traerá problemas no crees?
Luz Mary Gomez Sierra
párese que soy yo tengo miedo de llegar por favor mi corazón se va a salir de mi pecho
Luz Mary Gomez Sierra
ya está más enamorada de el acéptalo Renata entonces que pasa con el amor de Andrés
Graciela Saiz
hasta acá llegué me canso ..
Graciela Saiz
aburrida 🙄
Graciela Saiz
muy aburrida 🙄
Graciela Saiz
Andrés no se merece la mentira, 😡vos no lo mereces
Luz Mary Gomez Sierra
está niña se está metiendo en la boca del lobo ojalá no le suceda lo que a Tomás es muy arriesgada o valiente psrese que soy yo quien este sufriendo por Andrés
Luz Mary Gomez Sierra
muy arriesgada la profe debió confiar en Andrés el ha sido bueno con ella
Georgina Tejeda
Si le dice a Nico q está esperando un hijo pueda q el se entregue ya q el no tiene la culpa fue el viejo q ahora quiere casarlo con su amiga tiene q ser ahora no después
Nereida Hernández montes
pero no te imaginas que te mandé a vigilar y tenga cámaras en su despacho 😈👿😭 estás jugando con fuego y te puedes quemar 😭
Rosario Pelaez
un poco confusa había diálogos que no concordaban pero pues entretenida
Nereida Hernández montes
Por Dios vete lo más rápido posible
Nereida Hernández montes
Hay debe haber cámaras ocultas trata de no hablar cosas delicados solo escribir y borrar
Nereida Hernández montes
Cuídate mucho
Nereida Hernández montes
Pero yo me preguntó por qué no te disfrazas y escondes los papeles y borra esos mensajes 😈👿😭 estás trabajando para asesinos y con contacto ponte pilas
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