Isabella es una joven ambiciosa que lucha contra los estereotipos del mundo.
Ella se abre paso por su inteligencia, demostrando que no solo es una cara bonita. Dejando a sus enemigos con la boca abierta.
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Yale
Tres años después del incidente del jarrón de Murano, la casa de Pasadena seguía rigiéndose por las mismas leyes invisibles, pero Isabella ya había aprendido a descifrar cada una de sus líneas. A sus quince años, su presencia en las cenas familiares era similar a la de una escultura fina: hermosa, estática y, para los hombres que se sentaban a la mesa, completamente inofensiva.
Esa noche de primavera, el comedor olía a cordero asado y al humo denso de los puros que Arthur Vance y sus colegas encendían incluso antes del postre. Entre los invitados estaba el juez Thomas Sterling, hermano del socio de su padre, un hombre de hombros caídos y ojos pequeños que ostentaba su cargo en la corte del condado como si fuera una corona.
Isabella mantenía la espalda recta, la mirada fija en su plato, cortando la carne con movimientos quirúrgicos. A su lado, Dorian, que ya tenía trece años y la voz rota por la pubertad, devoraba la comida con la misma torpeza con la que manejaba su vida.
—La educación privada en este país está en decadencia —dictaminó Arthur, dando un golpe sordo en la mesa con su vaso de cristal—. He pagado una fortuna en la Academia Flintridge para que Dorian reciba la mejor instrucción, y hoy me llega una carta del director diciendo que sus notas en matemáticas y análisis crítico están por los suelos. ¿Qué demonios están haciendo con mi dinero?
Dorian se encogió en su silla, hundiéndose el cuello en la camisa de marca.
—Es que el profesor me tiene manía, papá —Dijo el chico, buscando la salida más fácil—. Las preguntas del examen no tienen sentido. Son puras trampas.
El juez Sterling soltó una carcajada ronca, expandiendo el humo de su puro por el comedor.
—Muchacho, el mundo real está lleno de trampas —dijo el juez, apuntando a Dorian con el cabo del cigarro—. Pero un Vance no se rinde ante un examen. Arthur, este chico solo necesita mano dura y un buen tutor. En los negocios, como en la ley, los hombres débiles terminan siendo el almuerzo de los abogados de la contraparte. Tu hijo tiene que espabilar si va a heredar la firma. No puedes dejar que un bache escolar arruine el linaje.
Arthur asintió con gravedad, visiblemente frustrado pero justificando de inmediato al varón.
—Por supuesto. Es solo una mala racha. El presupuesto de este año para tutores privados y el internado de verano en la costa este se irá completo en asegurar que Dorian entre a una buena universidad. No escatimaré en gastos para el heredero.
Isabella detuvo el tenedor a medio camino. El aire en sus pulmones se volvió frío. Aquella misma tarde, ella había dejado sobre el escritorio de su padre la convocatoria para el Programa de Verano de Pre-Derecho en la Universidad de Yale. Era un curso de élite, extremadamente competitivo, donde solo aceptaban a las mentes más brillantes del país. Ella ya había pasado el primer filtro de admisión por su cuenta, pero necesitaba la firma de su padre y el pago de la matrícula.
—Papá —intervino Isabella. Su voz sonó clara, perfectamente modulada, interrumpiendo el monólogo de los hombres con una sutileza que no pareció una agresión—. A propósito de los presupuestos de verano... ¿tuviste la oportunidad de revisar la documentación de Yale que te dejé en el despacho?
Arthur parpadeó, como si la voz de su hija lo hubiera traído de vuelta de un asunto mucho más importante. La miró con una mezcla de fastidio y condescendencia.
—Ah, eso de las leyes, Isabella. Sí, lo vi por encima.
—Es una oportunidad excelente —continuó ella, sosteniendo la mirada de su padre sin titubear—. El decano de admisión envió una carta personal destacando mis ensayos de perfil legal.
El juez Sterling sonrió, una mueca que pretendía ser amable pero que apestaba a superioridad.
—¿Yale, linda? Eso es para estudiantes de tiempo completo que aspiran a la judicatura penal o a las firmas de Wall Street. Una jovencita tan encantadora como tú no querrá pasar el verano encerrada en una biblioteca de New Haven, rodeada de tipos agresivos y tiburones del derecho. Además, la ley es una carrera de desgaste, muy hostil para el temperamento de una mujer.
—El juez tiene razón, Isabella —zanjó Arthur, agitando la mano como si espantara una mosca—. Ya escuchaste. Además, acabo de decir que los recursos financieros de este mes están destinados a resolver la situación de tu hermano. Dorian necesita ese internado privado para regularizarse. Tú estás en una escuela excelente aquí en Los Ángeles, tus calificaciones son perfectas, no necesitas irte al otro lado del país a desgastarte. Guarda esa energía para cuando tengas que elegir un buen college aquí cerca, algo más... adecuado para ti. Historia del arte, tal vez. O literatura.
Los hombres rieron de buena gana, compartiendo un código de complicidad que dejaba a Isabella fuera de la ecuación. Su madre, sentada al otro extremo de la mesa, se limitó a sonreír con timidez y a asentir, asumiendo su rol de espectadora sumisa.