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Mil Almas En Un Solo Corazón

Mil Almas En Un Solo Corazón

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Época / Traiciones y engaños
Popularitas:335
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

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Murió mil veces y volvió a nacer otras mil, siempre sacrificándose por los demás y perdiendo todo lo que amaba. Esta vez, Elif renació con dieciséis años, cabello blanco con puntas doradas y ojos morados profundos, viviendo tranquila en un pueblo humilde, con el único deseo de ser feliz al fin. Pero la desgracia la arrastra hasta el Gran Palacio, donde gobierna el joven y ardiente Sultán Murad de diecisiete años. Allí, deberá sobrevivir a intrigas, envidias y reglas crueles usando todo lo que aprendió como doctora, espadachín, ingeniera, botánica y mucho más, demostrando que quien lleva siglos viviendo, nadie podrá vencerlo jamás.

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Capítulo 10 — El perfume que mataba las semillas

El beso suave en la frente del Sultán duró solo un instante, pero fue suficiente para que Zeynep entendiera que nada volvería a ser igual. No era el contacto frío y rápido de las noches de rutina, esas en que él cumplía su deber dinástico sin mirarla a los ojos, sin hablarle de nada que no fuera el imperio o la necesidad de un heredero. Era un gesto de confianza, de alianza, casi de súplica: el hombre más poderoso del mundo le estaba pidiendo ayuda a ella, una mujer que hacía solo ocho lunas había llegado al harén como un regalo más de un gobernador lejano, sin nombre, sin familia, sin poder.

—No le digas a nadie de nuestro trato —susurró Selim, alejándose un poco para mirarla a los ojos, su voz baja como el viento entre los cipreses del jardín—. Ni a Gül, ni a tus esclavas, ni siquiera a la Sultana Madre. Mientras menos gente sepa, menos riesgo corremos. Cada noche que pase aquí con ustedes, yo seguiré fingiendo que es el mismo ritual de siempre. Pero tú estarás atenta. Verás lo que yo no puedo ver. Escucharás lo que a mí nunca me dicen.

Zeynep asintió sin hablar. Sabía perfectamente lo que eso significaba: durante el día sería una consorte más, sonriendo, bordando, tomando el té con las otras, fingiendo que solo le importaba esperar su turno para recibir la semilla del Sultán y quedar embarazada. Pero por la noche, cuando las puertas se cerraban y los pasillos quedaban en silencio, sería la espía dentro del propio harén, la que buscaría la mano que durante catorce lunas había logrado que ninguna de veinte mujeres sanas y fértiles lograra que el linaje prendiera en sus vientres.

Esa noche no hubo prisa. No hubo el ritual acostumbrado: las esclavas que preparaban la cama, los aceites perfumados, la orden de abandonar los aposentos en cuanto terminara el deber. Selim despidió a todos, cerró él mismo las cortinas de seda alrededor de la gran cama de marfil, y se sentó a su lado hablándole hasta casi el amanecer de cosas que nunca le había dicho a nadie: de cómo había encontrado a su primer hijo muerto en la cuna, azul y frío, con una pequeña mancha de hierba amarga en los labios que nadie quiso reconocer; de cómo su segunda mujer había muerto de parto junto con el niño, porque alguien le había dado una hierba que adelantaba el nacimiento tres meses antes de tiempo; de cómo odiaba tener que pasar de una cama a otra, de tener que tocar a mujeres que le tenían miedo o que solo le querían por el poder, de sentirse él mismo un semental al que solo le importaba su capacidad de engendrar, no sus pensamientos ni sus miedos.

—A veces creo que merezco que no tenga heredero —confesó en un momento, con la voz rota, mirando la luna llena que se filtraba por la ventana—. Porque he permitido que este lugar se convierta en una jaula dorada donde todas ustedes solo valen por lo que pueden darle a mi linaje. Porque no he hecho nada para cambiarlo.

Zeynep le tomó la mano sin dudar, y sintió cómo él la apretaba con fuerza, como si ella fuera el único punto firme en todo un imperio que se le estaba cayendo encima. No le dijo palabras bonitas, no le juró amor que ninguno de los dos estaba seguro de sentir. Solo le dijo una verdad simple y fuerte:

—Vamos a arreglarlo. Juntos. Primero encontramos a quien lo hace. Luego cambiamos las reglas. Para siempre.

Cuando el primer rayo de sol gris entró por los vitrales, Selim se levantó en silencio, se vistió solo, le dio un último mirada larga y profunda, y salió sin que nadie más lo viera, como si nunca hubiera estado ahí. Pero Zeynep sabía que todo el harén ya lo sabía. En un lugar donde cada pared tenía oídos, donde cada paso era visto por diez pares de ojos, no había secretos que duraran más de unas horas. Y en efecto, cuando ella salió de sus aposentos una hora después para ir al baño de vapor, todas las mujeres que se cruzaron con ella la miraban con odio, con envidia, con curiosidad, como si de repente se hubiera convertido en la mujer más peligrosa de todo el palacio.

El primer encuentro del día fue en el salón del desayuno, donde todas las consortes comían juntas por obligación de la Sultana Madre. En cuanto Zeynep entró, el ruido de cucharas y platos se cortó de golpe. Nurbanu estaba sentada en su lugar habitual, con la cara pálida y los ojos encendidos de rabia contenida; frente a ella, Fatma tenía los labios apretados con tanta fuerza que se le habían puesto blancos, y Leyli jugaba nerviosamente con el collar de perlas que el Sultán le había regalado dos lunas atrás, sin atreverse a levantar la vista.

—Así que la favorita nueva nos honra con su presencia —dijo Nurbanu, rompiendo el silencio con una voz aguda que temblaba de ira—. Canceló la noche de Fatma, se quedó toda la noche contigo, y ni siquiera tuvo la delicadeza de hacer que salieras un poco más tarde para que no nos diéramos cuenta. ¿Crees que por eso tu vientre va a ser el primero en recibir su semilla con éxito? ¿Crees que un collar de esmeraldas y unas horas más de charla te hacen mejor que nosotras, que hemos estado aquí años, que hemos dado noches y noches de nuestra vida por este linaje?

—Yo no creo ser mejor que nadie —respondió Zeynep con calma, sentándose en su lugar y tomando una taza de café sin mirarla directamente—. Solo creo que el Sultán vino a hablarme de asuntos que no le interesan a las demás. Si ustedes tuvieran la mitad de la inteligencia que dicen tener, entenderían que quejarse así delante de todo el mundo solo demuestra que no están listas para nada de lo que realmente importa en este palacio.

Fatma golpeó la mesa con la palma de la mano, haciendo que las tazas saltaran:

—¡No te atrevas a hablarnos así! ¡Nosotras hemos recibido su semilla docenas de veces! ¡Nosotras hemos cumplido con nuestro deber mientras tú todavía estabas en tu tierra lejana sin saber ni cómo se llamaba el Sultán! ¡Y ninguna ha logrado nada, ninguna! ¿Y tú crees que por tener unas noches más vas a lograr lo que nosotras no? ¡Te lo prometo, Zeynep: antes de que tu vientre crezca ni un milímetro, te habremos arrancado todo lo que has conseguido!

En ese momento entró la Sultana Madre Hürrem, caminando despacio con su bastón de marfil, seguida de dos esclavas que llevaban los tés de hierbas de fertilidad que ella misma preparaba cada mañana. Todo el salón se puso de pie en silencio, inclinando la cabeza. La anciana miró a todas una por una, con sus ojos fríos que lo veían todo, y se detuvo un instante más largo en Zeynep, como si estuviera leyendo cada pensamiento que pasaba por su cabeza.

—Las que gritan más fuerte son las que menos tienen que decir —dijo con su voz profunda y ronca, sentándose en el lugar principal, mientras las esclavas repartían las tazas de té humeante—. El deber de todas ustedes es el mismo: mantener el cuerpo sano, el corazón tranquilo y el vientre listo para recibir la semilla de mi hijo. El Sultán pasa las noches con quien él decide, por las razones que él decide. Eso no es asunto de ustedes. Lo único que les importa es que cuando les toque el turno, estén listas. Y que la semilla prenda. Porque les recuerdo: catorce lunas. Catorce lunas de fracasos. Y yo ya no estoy dispuesta a esperar mucho más. Quien no logre quedar embarazada en las próximas tres lunas, será enviada al palacio de verano, lejos de aquí, lejos del Sultán, para siempre.

El silencio que cayó después fue más pesado que cualquier amenaza. Todas sabían lo que significaba ir al palacio de verano: era el lugar donde mandaban a las mujeres que ya no servían, las que habían envejecido, las que no habían logrado dar hijos, las que habían dejado de interesar al Sultán. Allí vivían el resto de sus días olvidadas, sin poder volver nunca más al centro del poder, sin ninguna esperanza. Zeynep tomó su taza de té entre las manos, fingiendo que era igual que todas las demás, y cuando nadie la miraba, frotó un poco del líquido en la parte interior de su muñeca: olía a hierbabuena, a canela, a rosa, igual que siempre. Nada extraño. Nada que hiciera pensar que ahí estaba el veneno.

Después del desayuno, la Sultana Madre mandó llamar a Zeynep sola a sus aposentos privados, un lugar lleno de alfombras persas, cojines de seda y estantes con libros antiguos que nadie más se atrevía a tocar. Cuando estuvieron solas, la anciana se levantó de su diván, caminó hacia ella y le tocó el collar de esmeraldas con los dedos arrugados, sin sonreír.

—Mi hijo te ha elegido para algo —dijo, no como una pregunta, sino como una afirmación—. No sé qué es. No quiero saberlo todavía. Pero te voy a dar un consejo que te salvará la vida, pequeña: no busques el veneno en el té. Yo lo preparo yo misma, con mis propias manos, hierba por hierba. Todas toman lo mismo. Si hubiera algo ahí, yo sería la primera en saberlo. El problema está en otra parte. Algo que todas ustedes usan por igual, algo que se pone en el cuerpo antes de que él llegue a la cama. Algo que nadie nota porque es algo propio de mujeres.

Antes de que Zeynep pudiera preguntar nada, la Sultana Madre le dio la espalda y le ordenó salir:

—Ahora vete. Y recuerda: si realmente quieres ser la Gran Favorita, si realmente quieres que tu sangre sea la que siga en el trono, no solo tienes que encontrar a quien lo hace. Tienes que lograr ser la primera en quedar embarazada. Antes que todas. Antes de que te maten a ti también.

Toda la tarde Zeynep pasó pensando en esas palabras, mientras fingía bordar una funda de almohada con flores de loto en el balcón de sus aposentos. Algo que todas usan. Algo que se ponen en el cuerpo antes de recibir al Sultán. Aceites? Cremas? Jabones? Perfumes? De repente se detuvo, la aguja clavada en el aire, sin terminar el punto. Los perfumes. Cada vez que una mujer era llamada a la cámara real, recibía como regalo un pequeño frasco de perfume de la persona que quería favorecerla, para que se lo pusiera en el cuello, en las muñecas, en el vientre bajo, para que el Sultán la oliera y se sintiera más a gusto. Nurbanu, como la anterior favorita, era la que más frascos regalaba: a todas, sin excepción, cada luna nueva, un perfume distinto, hecho por ella misma con las hierbas de su propio huerto privado.

Zeynep recordó entonces: cada vez que ella había estado con el Sultán y no había usado el perfume de Nurbanu, se había sentido distinto, más caliente, más lista. Cada vez que lo había usado, por cortesía, había sentido un frío extraño en el vientre durante días después, y siempre le había venido la regla justo a tiempo. Y lo mismo le había pasado a Leyli, a Fatma, a todas las otras: todas habían usado el perfume de Nurbanu la noche anterior a recibir al Sultán. Todas.

En ese momento alguien golpeó suavemente la puerta tres veces, la señal secreta que Gül había acordado con ella años atrás, antes de que nadie supiera quién era ella. El eunuco entró sin hacer ruido, cerró la puerta con llave y le puso en la mano un pequeño papel doblado en cuatro, escrito con letra muy pequeña:

Nurbanu compra raíz de poleo a la curandera del pueblo cada luna nueva. Dice que es para limpiar el vientre después de la regla. La curandera dice que en dosis altas, esa raíz mata cualquier semilla antes de que tenga tiempo de pegarse. El frasco rojo. El perfume de jazmín rojo que regala cada luna. Ese es.

Zeynep sintió cómo se le helaba la sangre en las venas. Todo encajaba. Catorce lunas. Catorce veces Nurbanu había regalado el perfume rojo. Catorce veces ninguna mujer había quedado embarazada. Ella no quería que nadie tuviera un hijo antes que ella. No quería que ninguna otra subiera por encima de ella. Prefería que el imperio se quedara sin heredero, prefería que todas las demás fracasaran, mientras esperaba el momento perfecto para dejar de usar el veneno ella misma y quedar embarazada de un solo golpe, asegurándose así el poder para siempre. Incluso los dos hijos muertos del Sultán… ¿también habían sido obra de ella?

—Esta noche —susurró Gül antes de irse, con los ojos llenos de preocupación—. Por orden de la Sultana Madre, para calmar los ánimos y cumplir con el deber dinástico, el Sultán debe pasar una hora con cada una de tres mujeres seguidas: primero Leyli, luego Fatma, luego Nurbanu. Es una regla antigua que no se puede negar. Y las tres ya han recibido el frasco rojo esta mañana. Si entran con ese perfume en el cuerpo, aunque la semilla prenda, el veneno matará al embrión en pocos días. O nacerá muerto. Como los otros.

Zeynep miró por la ventana y vio cómo el sol se ocultaba rápidamente detrás de las cumbres de las montañas, tiñendo todo el cielo de sangre. Tenía menos de dos horas. Tenía que impedir que Leyli, Fatma y Nurbanu usaran ese perfume. Tenía que hacerlo sin que ninguna se diera cuenta, sin que nadie supiera que ya había descubierto su secreto, sin romper las reglas del harén que podrían hacer que la mataran antes de que el Sultán siquiera regresara. Pero también sabía que no podía dejar que pasara: si esa noche el veneno seguía actuando, pasaría otro mes más, otro fracaso más, y la Sultana Madre empezaría a enviar mujeres al exilio una por una, empezando por ella.

Se levantó de un salto, guardó la nota y el frasco rojo en el fondo de su caja de joyas, y llamó a su esclava más fiel, la única que sabía guardar secretos:

—Prepara tres copas de sorbete de granada con miel. Pon en cada una unas gotas del aceite de lavanda que me diste ayer, el que hace dormir profundamente en media hora. No mucho. Solo lo suficiente para que se duerman antes de que llegue la hora de su turno. Y rápido. Tenemos que llegar antes de que se pongan el perfume.

Mientras la esclava trabajaba, Zeynep se puso una túnica sencilla de color gris, se quitó el collar de esmeraldas para no llamar la atención, y se miró fijamente al espejo. Sabía que estaba jugándose la vida. Sabía que si la descubrían, Nurbanu no dudaría en matarla esa misma noche. Sabía que estaba traicionando las reglas no escritas del harén, donde cada mujer debía cuidar solo de sí misma y dejar que las demás cayeran. Pero también sabía que no podía hacer otra cosa. No podía permitir que más mujeres sufrieran lo mismo. No podía permitir que el linaje del Sultán siguiera muriendo antes de nacer. No podía permitir que Nurbanu ganara.

Salió de sus aposentos con las tres copas en una bandeja de plata, caminando despacio por los pasillos que se iban iluminando poco a poco con las lámparas de aceite. En el fondo, ya se escuchaban los primeros tambores que anunciaban la llegada de la noche real, el momento en que el Sultán entraría por primera vez en la cámara de Leyli. Zeynep apretó los dientes, respiró hondo, y siguió caminando.

Esa noche no solo se jugaba su puesto de favorita. Se jugaban la vida de tres mujeres, la supervivencia del futuro heredero del imperio, y el destino de todo un harén que llevaba demasiado tiempo gobernado por el miedo y el veneno. Y ella estaba decidida a ganar. Cueste lo que cueste.

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