Lola Quintana llegó vestida de novia al salón donde todos esperaban verla casarse con Bruno Gatti.
Pero el novio no apareció.
Estaba en Rosario, cuidando a Martina, su primer amor.
Humillada delante de dos familias, traicionada por el hombre al que cuidó durante años y acorralada por una familia que solo quería usarla, Lola tomó una decisión impulsiva: llamó a Thiago Sáenz, un pibe lindo, pobre y descarado al que apenas conocía, y le pidió que fuera su novio por una noche.
El trato era simple.
Él la ayudaba a salvar la cara.
Ella le pagaba.
Después, cada uno seguía con su vida.
Pero Thiago no era tan pobre como parecía.
Y ese casamiento improvisado, que Lola creyó una salida desesperada, terminó metiéndola en una guerra de familias, secretos, herencias robadas y un marido demasiado peligroso para ser solo un capricho.
Lola no buscaba amor.
Thiago tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 2
Capítulo 2
La ceremonia empezó con un novio distinto.
Lola entró del brazo de Thiago mientras sonaba una canción suave y cursi que ya no tenía nada que ver con la escena.
Los invitados eran familiares y conocidos de los Gatti y de los Quintana.
Nadie estaba ciego.
La conmoción se levantó como una ola.
Inés de Gatti, la madre de Bruno, se puso de pie de un salto.
—Lola, ¿qué significa esto?
Lola miró esa cara endurecida por la rabia y sonrió.
—¿No es obvio? Dejé a su hijo. Si quiere saber dónde está, pruebe en el tacho de basura.
Tomó la mano de Thiago con naturalidad.
—Y ya que estamos, le presento a...
Se trabó.
Le bajó la voz.
—Che, ¿cómo te llamabas?
Thiago bajó la mirada a la mano que lo sujetaba.
Algo oscuro y divertido le pasó por los ojos.
—Thiago Sáenz.
—Eso. Él es Thiago Sáenz, mi verdadero amor. Dígame, señora Gatti, ¿no es mucho más lindo que su hijo?
Inés tembló de furia.
—Te vas a arrepentir.
Se fue con la cara verde.
El resto de los Gatti la siguió.
Rubén Quintana, el padre de Lola, salió corriendo detrás de ellos.
—Consuegra, espere, no se enoje. Los chicos están alterados...
Lola lo vio irse.
Ni siquiera le sorprendió.
La familia Gatti siempre la había despreciado. Inés le había dicho de todo: trepadora, interesada, aprovechada, chica sin clase que usaba la culpa de Bruno para meterse en la familia.
Antes, Lola se tragaba cada humillación porque amaba a Bruno y no quería complicarle la vida.
Eso se había terminado.
Y Rubén corría detrás de ellos porque todavía soñaba con que los Gatti ayudaran a hacer crecer su empresita mediocre.
Lola miró al oficiante, que parecía a punto de renunciar a su profesión.
—Seguimos.
—¡No sigas haciendo papelones! —gritó Micaela, corriendo hasta ella—. Ya se fueron todos los Gatti. Papá y mamá también. Esta farsa tiene que terminar.
Mientras hablaba, los ojos se le iban una y otra vez a Thiago.
Bruno siempre le había parecido el hombre más atractivo del mundo.
Hasta ese momento.
¿Qué tenía Lola, además de una cara linda, para conseguir siempre hombres así?
La envidia le ardió en el pecho.
—¿Quién dijo que es una farsa? —Lola apoyó la cabeza en el brazo de Thiago y alzó la voz—. Amor, decile. Lo nuestro va en serio, ¿no?
Thiago le rodeó la cintura sin perder el ritmo.
—Yo soy muy sincero con Lola. Quien venga a felicitarnos de corazón, se queda. Quien venga a hacer de víbora, puede irse.
Lola sonrió.
Después miró a Micaela.
—¿Escuchaste? Andá saliendo.
—Vos...
Micaela pataleó y se fue hecha una furia.
El oficiante se secó el sudor.
En tantos años de bodas, había visto infidelidades, peleas, suegras desmayadas y novias escapando.
Pero cambiar de novio en vivo era otro nivel.
La ceremonia siguió.
Rara, incómoda, llena de celulares levantados.
Hasta que llegó la frase fatal.
—Ahora, el novio puede besar a la novia.
Thiago se inclinó hacia ella.
—Decime, ¿beso o no beso?
Lola se tensó.
Miró de reojo.
Quedaban pocos invitados, pero todos tenían el celular preparado.
Gente que se había quedado solo por el chisme.
Apretó los dientes.
—Besá.
—Aclaro que esto se cobra aparte.
Lola lo miró con ganas de estrangularlo.
El pibe estaba desesperado por plata.
—Dale.
Thiago sonrió.
Una sonrisa chiquita, preciosa, tan inesperada que a Lola se le nubló un segundo la cabeza.
Después sintió calor en la frente.
Él la besó ahí.
Suave.
Breve.
Cuando Lola levantó la mirada, Thiago ya estaba derecho otra vez.
—Dicen que besar la frente es prometer protección —murmuró—. Lola, yo voy a cuidarte toda la vida.
Era actuación.
Claro que era actuación.
Igual, el corazón de Lola falló un latido.
Cuando todo terminó, le transfirió el dinero delante de él.
—Devolvé el auto apenas salgas.
Thiago miró la cifra.
Sesenta mil.
Alzó una ceja.
—Gracias, reina. Si tenés otro trabajo, avisame.
Lola sonrió con la billetera sangrando.
Desde que cumplió dieciséis, Rubén no le daba un peso. Ahorrar esa plata le había costado demasiado.
Casarse salía carísimo.
Thiago era un agujero negro con cara linda.
Cuando él se fue, Lola volvió al salón.
Ya no quedaba nadie.
Los mozos juntaban platos con restos fríos.
La fiesta que había imaginado durante meses parecía una escenografía abandonada.
Le ardieron los ojos.
Se tapó la cara con una mano.
—No llores. No hay nada que llorar. Es un ex de porquería, nada más. Un hombre que no se quiere ni a sí mismo es como verdura podrida. Y vos, Lola Quintana, no estás tan mal como para revolver basura.
La frase funcionó.
Se le fueron las ganas de llorar.
Lo que no sabía era que su Instagram y los grupos de WhatsApp ya ardían.
Algunos invitados habían subido videos del cambio de novio. Unos fingían preocupación, otros se morían por el chisme, pero todos coincidían en algo:
el novio nuevo estaba tremendo.
Lola se cambió el vestido y, apenas salió del camarín, recibió la llamada de Sol Nievas.
—Lola, ¿qué carajo pasó? Todo el mundo dice que cambiaste de novio en plena boda.
Con otros podía hacerse la fuerte.
Con su mejor amiga, no.
Le contó todo.
Sol explotó.
—¡Bruno Gatti es un sorete desagradecido! ¿Después de todo lo que hiciste por él, te deja plantada así? Si sabía, cancelaba el evento y me iba a cagarlos a trompadas a todos.
Sol era una cantante salida de un reality. No era una superestrella, pero tenía público, contratos y una agenda que ese día la había dejado atrapada lejos del salón. Había querido ser dama de honor.
No pudo.
Y ahora se le quebraba la voz de culpa.
—Lola, debiste sentirte horrible. Perdón por no estar.
Lola respiró.
—Al principio dolió. Ahora ya está. Tengo cuerpo, cara, cerebro, laburo y una paciencia que se acaba de jubilar. ¿En serio voy a morirme porque un tipo basura eligió a otra basura? Ni loca. Voy a vivir mil veces mejor que ellos. Algún día van a mirarme desde abajo y yo les voy a pisar la cabeza sin despeinarme.
Sol se rio entre lágrimas.
—Así se habla. Que se amen en el contenedor. Nosotras no reciclamos basura.
—Exacto.
Esa noche, Lola volvió a la casa de los Quintana.
Entró apenas y algo duro voló hacia su cara.
No llegó a esquivarlo.
El golpe le abrió la frente.
La sangre le bajó por la sien.
—¡Desgraciada! —rugió Rubén—. ¿Cómo tenés cara para volver? Por tu numerito me hiciste pasar el papelón de mi vida.
Lola se tocó la herida.
—¿Toda la ciudad? Papá, no te agrandes. ¿Cuánta gente sabe quién sos?
Rubén levantó la mano.
—¡Te voy a matar, malagradecida!
—Rubén, basta —intervino Graciela, su esposa, sujetándole el brazo—. Ya está grande. No queda lindo andar a los golpes.
Después miró a Lola con esa dulzura falsa que le salía demasiado bien.
—Lola, Micaela me contó lo que pasó. Bruno estuvo mal, nadie lo niega. Pero los Gatti son una familia de peso. Esa gente vive de las apariencias. Dejarlos mal en público solo te cierra la puerta a una familia con plata. Escuchame. Andá, pediles perdón a Bruno y a su mamá. Vos le salvaste la vida a ese chico; si bajás un cambio y agachás la cabeza, te van a aceptar otra vez.
Lola casi se rio.
Graciela hablaba de su bien.
Qué ternura.
La misma mujer que se metió con Rubén cuando la mamá de Lola todavía vivía.
La misma que parió a Micaela casi al mismo tiempo.
La misma que, dos meses después de la muerte de su madre, entró a esa casa como esposa legítima y durante años la trató como estorbo.
—¿No escuchaste a Graciela? —Rubén apretó los dientes—. Vas a pedir disculpas. Si no hacés que los Gatti cambien de idea, no volvés a pisar esta casa.
—Entonces hagamos eso.
Graciela se iluminó.
—Llamá a Bruno ahora. Decile que fue una escena, que ese chico era un actor...
—Me entendiste mal —la cortó Lola—. Quise decir que no voy a volver a pisar esta casa.
Las caras de Rubén y Graciela cambiaron.
—¿Qué dijiste?
—Que si quieren lamerle las botas a los Gatti, háganlo ustedes. Yo terminé con Bruno. Para siempre.
Lola sostuvo la mirada de su padre.
—Vine por las cosas de mi mamá. Prometiste devolvérmelas.
—¿Perdiste el casamiento con los Gatti y encima venís a pedir joyas? Soñá.
Graciela torció la boca.
—Te criamos todos estos años. ¿Eso no costó plata? Ya sos grande, Lola. Pedirle cosas a tu padre a esta edad da vergüenza.
Las joyas de su madre valían una fortuna.
Lola lo sabía.
Graciela también.
—Mantenerme de chica era obligación de ustedes, aunque lo hicieron bastante mal. Y el testamento de mi mamá dice claramente que sus pertenencias son mías cuando sea mayor de edad. ¿Desde cuándo reclamar lo propio es pedir limosna? Graciela, tu talento para dar vuelta la realidad sigue intacto.
Graciela se puso pálida.
Lola miró a Rubén.
—¿Van a robarme?
—¿Robarte? Tu mamá me dijo antes de morir que te las diera cuando formaras tu propia familia. Si hoy te hubieras casado con Bruno, te las daba. Pero arruinaste todo. Seguro tu madre, desde la tumba, también querría cachetearte.
La mirada de Lola se enfrió.
—No hables por mi mamá. No te da la cara.
Luego levantó el celular.
—Entonces, si estoy casada, me devolvés todo.
Rubén se arrepintió apenas lo dijo, pero ya era tarde.
—Y no me vengas con una boda falsa. Yo hablo de libreta, de Registro Civil.
—Perfecto. Quedó grabado. Si después te hacés el vivo, voy directo a la policía y al juzgado.
Rubén se puso rígido.
Lola salió.
Graciela esperó a que la puerta se cerrara para girarse hacia él.
—¿Por qué usaste eso de excusa? Esa loca cambió de novio en plena boda. ¿Pensás que no se anima a casarse con cualquiera?
—¿Y qué querías que hiciera? ¿Que deje que me lleve a juicio? Necesito crédito para la empresa.
—Aunque haya que devolver, no se devuelve todo.
Rubén bufó.
—Eso ya lo sé.
Lola fue a una guardia chica para que le curaran la frente.
Después alquiló una habitación cerca, demasiado cansada para volver a la residencia de docentes donde solía quedarse.
Creyó que no iba a dormir.
Se equivocó.
A la mañana siguiente, desayunando en un café, miró por la ventana y tomó la decisión.
Las cosas de su madre tenían que volver a sus manos.
Graciela y Rubén no merecían tocar ni un broche.
Abrió WhatsApp.
Lola: "Pibe, ¿estás despierto?"
No esperaba respuesta rápida.
Pero llegó.
Lobo: "¿Qué necesitás?"
Lola: "Ayer dijiste que si tenía otro trabajo te avisara. Bueno, tengo."
Lobo: "¿Qué trabajo?"
Lola: "Casarnos."
Lobo: "..."
Lobo: "¿Tenés una obsesión con las bodas o querés juntar siete y pedir un deseo?"
Lola: "Hoy es distinto. Sin fiesta. Solo libreta en el Registro Civil."
Lobo: "..."
Lobo: "Reina, no vendo el cuerpo."
Lola: "No tenés que vender nada. Firmamos y en un mes nos divorciamos."
Un mes era suficiente para recuperar las cosas de su madre.
Lobo: "Casarse es fácil. Pero aunque me divorcie, quedo usado. Mi valor de mercado baja. Esa pérdida es más cara que aparecer en una boda."
Lobo: "¿Cuánto pensás compensarme?"
Lobo: "Ah, cierto. Ya no te debe quedar mucha plata."
Lola miró el mensaje con ganas de morder el celular.
Había pensado en buscar a cualquiera.
Seguro salía más barato.
Pero era débil ante las caras lindas.
Si iba a aparecer su nombre al lado del de un hombre en una libreta, por lo menos que no le diera vergüenza mirarlo.
Lola: "Cincuenta mil por firmar. Y te mantengo dos años."
Lobo: "¿Me vas a mantener?"
Lola, con el corazón en la mano: "Sí."
En una sala de reuniones, el gerente de producto hablaba frente a una presentación interminable.
Thiago, sentado en la cabecera, soltó una risa baja.
Todos lo miraron.
—Señor Sáenz, ¿hay algo mal en la propuesta?
Thiago levantó la vista.
—Llevás media hora y no dijiste nada. Más corto.
El gerente casi se ahogó.
—Sí, claro.
Cinco minutos después, la reunión terminó.
Thiago se levantó y estiró los brazos.
—No armen reuniones tan temprano. Me arruinan el sueño.
Apenas salió, el gerente apretó la mandíbula.
—Este nene rico no entiende un carajo. Va a hundir la empresa.
—Es una sucursal mínima para el grupo Sáenz —murmuró otro—. Lo mandaron acá a boludear.
El jefe de finanzas, sentado cerca de la puerta, no habló.
Debajo de la mesa escribió un mensaje.
"El joven Sáenz sigue igual. Los gerentes están cada vez más molestos."
La respuesta llegó enseguida.
"Seguí vigilándolo."
Thiago Sáenz