Andrea Miller jamás imaginó que una simple noche en una discoteca cambiaría por completo su vida. Después de semanas sintiéndose atrapada en la rutina, acepta salir con su mejor amiga, Viviana Lewis, sin saber que entre las luces, la música y el alcohol cruzaría miradas con el hombre que terminaría destruyendo su corazón.
Sebastián Foster es atractivo, elegante y demasiado encantador para ser real. Desde el instante en que se acerca a Andrea para ofrecerle una copa, la conexión entre ambos se vuelve imposible de ignorar. Las conversaciones fluyen, las miradas arden y el deseo termina convirtiéndose en algo mucho más peligroso: amor.
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Capitulo 2
Mientras él avanzaba entre la multitud, Andrea no pudo apartar la vista ni un solo instante. Era innegable: ese hombre irradiaba un encanto especial. Se llamaba Sebastián Foster, y a simple vista se notaba que era alguien acostumbrado a ser el centro de atención. Alto, de rasgos marcados, vestido con una elegancia impecable que resaltaba entre la gente del lugar, tenía esa clase de presencia magnética que hacía que todas las miradas se volvieran hacia él por donde pasaba. No caminaba, avanzaba con paso firme y seguro, como si el espacio le perteneciera, sosteniendo dos copas en una mano, mientras con la otra se ajustaba el saco con un gesto natural y refinado.
Al llegar frente a ellas, detuvo su andar justo ante Andrea, ignorando casi por completo el resto del mundo. La luz de las lámparas de colores se reflejaba en sus ojos oscuros, y le dedicó una sonrisa amplia, cálida y seductora al mismo tiempo, una de esas sonrisas que parecían diseñadas expresamente para desarmar cualquier tipo de resistencia o desconfianza que alguien pudiera tener.
—Disculpen la intromisión —dijo con una voz grave, profunda y agradable, que se escuchaba clara incluso entre el ruido de la música—, pero me sería imposible irme de este lugar si antes no tenía el valor de acercarme. Creo que, si no lo hacía, me arrepentiría el resto de mi vida.
Andrea sintió cómo el calor le subía a las mejillas y bajó un poco la mirada, nerviosa pero fascinada. Viviana, siempre dispuesta a la diversión, sonrió con picardía y dio un paso al frente.
—Vaya, eso sí que es saber empezar una conversación —comentó su amiga, mirándolo de arriba abajo con aprobación—. Soy Viviana, y esta es Andrea.
—Sebastián Foster —respondió él, inclinando levemente la cabeza en señal de cortesía, antes de volver a fijar toda su atención en Andrea—. Un placer inmenso. Traía estas copas pensando en que quizás… querrías acompañarme un momento.
Extendió una de las bebidas hacia Andrea, quien la tomó con dedos ligeramente temblorosos. Sus manos se rozaron por un segundo, y ella sintió una corriente eléctrica recorrer todo su cuerpo ante ese simple contacto.
—Gracias —logró decir ella, con voz suave—. Eres muy directo, Sebastián.
—La vida es demasiado corta para andar con rodeos, ¿no crees? —respondió él, sin dejar de mirarla a los ojos, con esa intensidad que la hacía sentir expuesta pero también deseada—. Además, cuando uno encuentra algo que le llama la atención de esa forma… es imposible fingir indiferencia.
Viviana, comprendiendo perfectamente la situación, les dio unas palmaditas ligeras en el brazo a ambos.
—Bueno, creo que iré a buscar a unas amigas que vi por allá —dijo con tono cómplice, guiñándole un ojo a Andrea—. No se pierdan, ¿vale? Nos vemos luego.
Y sin esperar respuesta, se perdió entre la gente, dejándolos solos. El silencio que quedó entre ellos no fue incómodo, sino cargado de una tensión dulce y emocionante. Sebastián se apoyó en la barra junto a ella, manteniendo una distancia respetuosa pero cercana.
—Dime, Andrea —empezó él, pronunciando su nombre despacio, como si le gustara cómo sonaba—, ¿qué hace una mujer como tú aquí, parada sola, con esa mirada que parece estar pensando en todo menos en la fiesta?
Ella lo miró sorprendida.
—¿Cómo sabes que no estoy disfrutando?
—Porque yo también solía tener esa misma mirada —respondió él con franqueza, bajando un poco la voz, haciéndola sentir como si compartieran un secreto solo de ellos dos—. Como si estuvieras esperando algo que todavía no ha llegado. O tal vez, a alguien.
Andrea abrió los ojos con asombro. Era increíble cómo aquel desconocido podía leerla de esa manera.
—Tienes mucha imaginación —contestó ella, tratando de disimular su impresión con una sonrisa—. Solo… estaba aburrida de la rutina, eso es todo. Mi amiga me arrastró hasta aquí.
—Pues le estaré eternamente agradecido —dijo él, acercándose un poco más, sin invadir su espacio, pero lo suficiente para que ella pudiera percibir el aroma de su perfume, una fragancia fina y masculina—. Porque si no fuera por ella, yo no estaría ahora mismo hablando con la mujer más hermosa de este lugar.
Desde esa primera palabra, la conversación fluyó sin ningún esfuerzo, como si se conocieran de toda la vida. Hablaron de todo: de sus gustos, de sus sueños, de lo que les gustaba y lo que no. Sebastián tenía una forma de hablar cautivadora, inteligente y divertida, que lograba que Andrea se olvidara por completo del tiempo y del resto del mundo. Él la escuchaba con verdadero interés, hacía preguntas, reía sus ocurrencias y, sobre todo, parecía entender cada una de sus palabras, como si compartieran una forma única de ver la vida.
—Es increíble —confesó ella en un momento, mientras la música cambiaba a una melodía más lenta y romántica—. Siento que te conozco desde hace años. Nunca me había pasado algo así con nadie.
Sebastián la miró fijamente, y en sus ojos brillaba un deseo intenso, una mezcla de pasión y ternura que a ella le derretía el alma. Levantó una mano y, con mucho cuidado, le apartó un mechón de cabello de la cara, acariciando su mejilla suavemente con la yema de sus dedos.
—Yo tampoco —susurró él con voz cargada de emoción—. Creo que… nuestras almas ya se conocían de antes, Andrea. Y por fin se han encontrado.
Ella se dejó llevar por la sensación de su tacto y por lo que sentía en su interior. En ese instante, entre miradas que ardían de deseo y palabras que parecían salir del corazón, Andrea estaba convencida de que había encontrado por fin a alguien que realmente la comprendía, alguien diferente, especial y sincero.
Lo que no sabía, lo que ni siquiera podía imaginar, era que todo lo que veía frente a ella, esa perfección, esa dulzura y esa conexión mágica, no era más que una fachada cuidadosamente construida. Detrás de esa sonrisa encantadora y de esas palabras hermosas, Sebastián Foster ocultaba una verdad que, de conocerla en ese momento, habría hecho que ella corriera lejos sin mirar atrás. Pero por ahora, Andrea solo podía perderse en esa mirada cautivadora, creyendo haber encontrado el amor, sin saber que estaba a punto de entrar en una trama de mentiras que cambiaría su vida para siempre.