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SOMBRA Y ESCALPELO

SOMBRA Y ESCALPELO

Status: Terminada
Genre:CEO / Mafia / Mujer poderosa / Completas
Popularitas:7.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Elena Valdés (30 años) es una brillante neurocirujana, reconocida a nivel nacional como una eminencia médica. Sin embargo, tras las puertas de su hogar, vive bajo el yugo de Mauricio, su esposo y un CEO exitoso que utiliza el desprecio psicológico y la humillación constante para mantenerla controlada. Su único refugio es su hijo de 6 años, Mateo, y el apoyo incondicional pero respetuoso de sus padres, quienes nunca aprobaron a Mauricio, pero apoyan las decisiones de su hija.

Su vida da un giro vertiginoso cuando conoce a Damián Montenegro (43 años), un magnate empresarial imponente, multimillonario y carismático, padre de dos hijos. Entre Damián y Elena surge una pasión arrolladora y un amor profundo que la hace redescubrir su valor.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL LEÓN EN SU GUARIDA Y EL FILO DE LA IRA.

​El motor del auto de Elena rugió con fuerza mientras atravesaba la ciudad a toda velocidad. El tráfico y las luces parpadeantes de la tarde parecían desdibujarse ante la tormenta de indignación que llevaba dentro. No sentía miedo; sentía un orgullo herido y una furia tan filosa como el mejor de sus bisturís. ¿Con qué derecho un criminal con complejo de salvador se había metido en su vida, arruinando a Mauricio antes de que ella pudiera cobrar su propia venganza legal? Para Elena, aceptar la "ayuda" de un desconocido —y menos de un mafioso— equivalía a admitir debilidad. Y ella jamás, bajo ningún concepto, era débil.

​Su destino era la torre corporativa Montenegro Holdings, un monolito de cristal oscuro y acero ubicado en el distrito financiero más exclusivo de la capital. El edificio entero exuda una opacidad intimidante, un santuario impenetrable donde se decidían los destinos económicos y las sombras del país.

​Cuando Elena llegó al estacionamiento privado, los guardias de seguridad privada intentaron cerrarle el paso al instante al ver que su vehículo no figuraba en la lista de accesos autorizados. Pero bastó con que ella bajara la ventanilla, los mirara con esa frialdad clínica y absoluta autoridad para que el jefe de seguridad, desconcertado por el aura de peligro que emanaba de la doctora, dudara lo suficiente como para dejarla pasar.

​—Dile a tu jefe que la doctora Valdés está aquí, y que más le vale no hacerme esperar —espetó Elena con voz gélida, bajando del auto con pasos firmes que resonaban rítmicamente en el asfalto.

​En el último piso, en la oficina privada blindada con vistas panorámicas a toda la metrópoli, Damián Montenegro revisaba unos informes junto a Néstor. A sus cuarenta y tres años, estaba acostumbrado a que la gente temblara en su presencia o le rindiera pleitesía por miedo. Jamás imaginó el giro que estaba a punto de dar su tarde.

​La puerta del ascensor privado se abrió con un ping metálico, y antes de que Néstor pudiera siquiera alzar una ceja en señal de alerta, Elena irrumpió en el despacho. Su bata blanca ya no la acompañaba, pero el vestido Marfil y su postura erguida bastaban para intimidar a cualquiera. Tenía los ojos oscuros inyectados en una furia contenida que hacía latir con fuerza las venas de su cuello.

​Néstor dio un paso al frente por instinto protector, llevando la mano discretamente hacia su saco, pero Damián levantó la palma de la mano con lentitud, deteniéndolo con una mirada de asombro absoluto. Una sonrisa de genuina fascinación comenzó a dibujarse en los labios del mafioso.

​—Déjanos solos, Néstor —ordenó Damián con su voz grave, sin apartar los ojos de Elena ni un solo segundo.

​Néstor tragó saliva, asintió en silencio y se retiró con paso rápido, cerrando la puerta tras de sí.

​El silencio en la lujosa oficina se volvió denso, pesado y cargado de electricidad. Damián se puso de pie con calma, apoyando las manos en el borde de su mesa de caoba, observándola como un depredador que admira la audacia de su presa.

​—Doctora Valdés... confieso que esperaba su visita, pero no tan pronto —dijo Damián con un tono suave, casi divertido, intentando calmar el terreno—. Supongo que se enteró de lo de su esposo. El problema legal y financiero de Mauricio está resuelto. Ya no tendrá que volver a humillarla jamás.

​Las palabras de Damián fueron la chispa que encendió el combustible. Elena dio dos pasos al frente, deteniéndose justo frente al escritorio, y dejó caer su bolso sobre la madera con un golpe seco que resonó en la habitación.

​—¿Quién te crees que eres? —estalló Elena, con la voz temblando de rabia pura, apuntándole con el dedo índice a la cara—. ¿Qué clase de delirio mesiánico tienes en la cabeza para meterte en mi vida, destruir el patrimonio de mi esposo y resolver mis batallas a tus espaldas?

​Damián parpadeó, perdiendo por un instante la mueca de suficiencia. —¿Le molesta que haya librado a usted y a su hijo de un parásito? Mauricio estaba acorralado por deudas peores de las que imagina. Yo solo...

​—¡Yo no te pedí nada! —le cortó Elena a gritos, con los ojos echando chispas y la mandíbula tensa—. Toda mi vida he tenido que luchar contra la condescendencia de los hombres que creen que las mujeres necesitamos que nos rescaten. ¡Tenía un plan perfectamente trazado con mi abogada para destrozarlo legalmente en los tribunales, para demostrarle de qué estoy hecha! Y tú... tú llegaste a jugar al héroe oscuro, robándome mi victoria, tratándome como si fuera una damisela indefensa incapaz de defenderse sola.

​Damián guardó silencio. Analizó cada una de sus palabras, observando la fiereza, la inteligencia y el orgullo indomable que emanaban de ella. En su mundo, la gente lloraba de miedo, suplicaba clemencia o le ofrecía lealtad ciega por conveniencia. Nadie, absolutamente nadie, se le había parado enfrente con tanta dignidad para reclamarle por haber hecho demasiado por ella.

​En lugar de enojarse, una profunda y peligrosa admiración se instaló en el pecho de Damián. Comprendió, con absoluta claridad, que esa mujer no quería un dueño ni un protector; quería un igual.

​Damián rodeó lentamente el escritorio, acortando la distancia entre ambos hasta quedar a pocos centímetros de ella. El aroma a sándalo, tabaco fino y peligro comenzó a envolver a Elena, haciendo que el pulso se le acelerara de una manera completamente distinta.

​—No la traté como a una damisela indefensa, Elena —susurró Damián con su voz ronca, inclinándose ligeramente hacia ella, con una intensidad que cortaba la respiración—. Lo hice porque quise barrer la basura de tu camino antes de que te ensuciaras las manos. Pero admiro tu orgullo... admiro tu fuego. Y te prometo una cosa aquí y ahora: si quieres guerra, si quieres destruir lo que sea por ti misma, a partir de ahora estaré a tu lado... no para salvarte, sino para sostenerte el mundo mientras tú lo quemas.

​Elena se quedó sin aliento. Sus ojos chocaron con los de él, sintiendo que el abismo en el que se estaba metiendo era infinitamente más profundo y peligroso de lo que jamás había imaginado, y al mismo tiempo, el único lugar en el mundo donde se sentía verdaderamente viva.

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Cliente anónimo
Todo muy bonito y pasional, a qué horas ve al hijo??!!
Diego D. Camacaro Guazzoni
una de las mejores novelas que he leído felicidades autora🥰
Mariana Posternak
excelente novela, felicidades autora 👏💕💕
Andrea Nardelli
extraordinaria exelente
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