Clara es una joven valiente que, tras la muerte de su padre y frente a las dificultades económicas de su familia, ve en un trabajo como niñera la oportunidad de cambiar la vida de todos. Es contratada para cuidar de Pedro, un niño pequeño y frágil, en la lujosa e imponente mansión de Enrico, un hombre rico, autoritario y enigmático.
Al principio, Enrico impresiona a Clara con su mirada intensa, sus reglas estrictas y su actitud distante, transmitiendo poder y control en cada gesto. Pero, a medida que Clara se acerca a Pedro, ganándose su confianza y demostrando dedicación y cariño, surge una tensión silenciosa entre ella y Enrico. Entre enfrentamientos y momentos de vulnerabilidad, nace la semilla de un sentimiento inesperado, delicado y peligroso, pues Enrico es tan intenso como misterioso.
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Capítulo 18
SR. ENRICO
La puerta del despacho se cierra tras nosotros con un chasquido seco. El sonido resuena como un recordatorio de que, dentro de esta habitación, nadie entra sin ser invitado y nadie sale sin sentir el peso de lo que se dice aquí dentro.
Nico camina hacia la estantería como si la casa fuera suya. Pasa los dedos por los lomos de los libros, silba bajo, completamente a gusto. El mismo atrevimiento de siempre. La misma sonrisa de quien nunca se ha tomado nada en serio.
- Bonito aquí. Quedó bien esta reforma - dice, girándose hacia mí.
- Aún el mismo gusto por muebles oscuros y silencio mortal.
- ¿Qué quieres, Nico? - pregunto, sin paciencia.
Él finge sorpresa, como si la pregunta fuera absurda.
- ¿Cómo así? Vine a matar las saudades de la familia, anda. ¿No puedo?
Suelto una risa corta, sin humor.
- ¿Familia? No tienes idea del significado de esa palabra.
- Qué frialdad, hermano - responde, con una sonrisa de lado.
- Pero previsible - concluye.
Cruzo los brazos.
- Habla luego. ¿Qué quieres?
Nico suspira, mira alrededor y se apoya en la mesa con un aire de quien está a punto de soltar una broma.
- ¿Sabes? Me encantó la nueva empleada... es muyyyy linda.
Respiro hondo.
Él camina por el despacho lleno de autoridad.
- A juzgar por la forma en que la miras... esa niñera aún no te la has comido - dice riendo.
Me asombro con su habla, pero mantengo la postura.
- ¿Qué pasó? ¿Es más difícil o no le importa tu plata... hermanito?
Mantengo la postura.
- Habla luego lo que quieres. Tengo mucho que hacer.
- Claro que sí - dice con ironía.
- Quiero dinero.
La palabra sale leve, casi divertida.
- ¿De nuevo? - respondo, seco.
- Por lo que recuerdo te di algunos millones hace.... ¿qué? ¿Unos cinco meses?
- Digamos que hice... malos negocios.
- ¿Malos negocios? ¿Esa es tu respuesta?
- ¿Qué mal hay en ser honesto? - replica, levantando las manos.
- A diferencia de ti, yo no finjo que mis motivos son nobles - dice insultándome.
- No te voy a dar nada más.
Él sonríe, sacude la cabeza.
- Aún crees que mandas en todo, ¿verdad?
- Aprendí a no sustentar parásitos.
Su sonrisa se apaga por un segundo, pero luego vuelve. Camina hasta la esquina, se sirve whisky como si fuera invitado y se sienta en el sillón de cuero.
- Solo quiero lo que es mío por derecho.
- Ya recibiste tu parte de la herencia - digo, firme.
- Parte - corrige.
- No toda. Nuestro padre me prometió más.
Hablar del viejo me atraviesa como una lámina oxidada. Trago seco.
- El padre prometió un montón de cosas. Una de ellas era que te convertirías en hombre. ¡No cumplió!
Él ríe, burlón.
- ¿Y tú te convertiste en qué, Enrico? ¿Un robot enguantado, frío, que cree que amor y control son la misma cosa?
Ignoro el golpe. Camino hasta mi mesa y me apoyo en ella, manteniendo la voz controlada.
- ¿Qué vas a hacer con el dinero?
- Negocios - responde con falsa naturalidad.
- Tengo algunas inversiones a la vista.
- ¿Inversiones? - repito, irónico.
- ¿Cuáles inversiones?
- ¿Eres qué? ¿Fiscal de Hacienda por casualidad? No es de tu incumbencia, el dinero es mío... hago lo que quiera - dice irritado.
- Claro... ¿casinos? ¿Apuestas? ¡Mujeres con intereses "emprendedores"! - digo ironizando.
Él se encoge de hombros.
- ¿Mujeres? Me enteré de que fuiste al club en busca de... diversión.
Pongo mala cara. No debería saber sobre eso.
- Espero que sepas lo que estás haciendo - digo con rabia.
- Sí sé. Cada uno aplica donde cree que el retorno es mayor.
Cierro los puños.
- ¿Quieres saber?... No voy a financiar más ninguna de tus aventuras idiotas.
Él inclina la cabeza, me observa en silencio por algunos segundos, después suelta una sonrisa lenta.
- Está bien. Entonces dime, hermano… - hace una pausa, provocativo.
- ¿Y la nueva niñera? Quién sabe, ella no acepte ser mi secretaria. Además, debe ser bien mejor que aguantarte a ti y a tu hijito de cristal.
Mi cuerpo entero se contrae.
- No hables sobre ella. Y no hables sobre mi hijo.
- Finalmente concordamos en una cosa... ambos queremos comérnosla - responde, con una sonrisa maligna.
Pero yo ignoro.
- En serio, ¿dónde conseguiste aquello? Parece más una de esas mujeres de película, ¿sabes? Elegante, pero con fuego en los ojos.
Mi sangre hierve.
- Habla bien, Nico.
Él ríe, como si mi irritación fuera el punto álgido de la conversación.
- Calma, Enrico. Solo estoy elogiando. ¿No te pongas celoso?
Doy un paso en dirección a él. El aire parece ponerse pesado.
- Cuidado con lo que dices.
- No te preocupes... no quiero estorbar tus investidas... a menos que ella lo permita - continúa, con aquel tono burlón que me destruye.
- Pero por su mirada, quizás no demore en cansarse de ti. Al final todos se cansan.
La rabia me toma entero. Tomo el vaso de whisky de delante de él y lo arrojo contra la pared. El vidrio se hace añicos, el líquido escurre lento, y el silencio que se sigue es denso como humo.
- ¡ERES UN IDIOTA, NICO! - grito.
Él sonríe.
- Y tú eres previsible.
- ¿Crees que puedes aparecer aquí, decir tonterías, pedir dinero, insultar al padre, la memoria de la madre, y aún jugar con el nombre de la mujer que cuida a mi hijo?
- De tu hijo - repite, con desdén.
- Es siempre "mío", "mío", "mío". No sabes dividir ni sombra, Enrico. Fue por eso que todo el mundo se fue.
La frase me alcanza como un puñetazo.
- Cuidado con lo que vas a decir.
- ¿Por qué? ¿Vas a echarme? Ya echaste a todo el resto. Parientes, amigos, esposa…
- ¡NO HABLES DE MI ESPOSA! - grito, y el sonido de mi voz reverbera en las paredes.
Él sonríe, satisfecho por haber acertado el blanco.
- La verdad duele, ¿verdad? Siempre creíste que podías controlar todo y a todos. Solo que hasta la esposa trofeo se cansó de ti.
Doy un paso adelante, y él también se levanta. Ahora estamos frente a frente.
- No sabes nada.
- Sé lo suficiente. Sé que eres un egoísta, obsesivo - dice, el tono finalmente perdiendo la burla.
- Mientras mamá se consumía en el hospital, tú estabas viajando a trabajo. Mientras el viejo se hundía en las bebidas, tú construías tu imperio. ¿Y ahora quieres posar de mártir de la familia?
- ¡YO PAGABA LAS CUENTAS DE TODO EL MUNDO! - grito, perdiendo el control.
- Pagaba sus lujos, las deudas de juegos y bebidas que el maldito viejo hacía. Y también los gastos hospitalarios para que mamá se tratara y buscar la cura.
- Deberías haber cuidado de ellos. Tú con la disculpa de estudiar no hacías más nada. Era lo mínimo y ni eso hiciste.
- Mientras tú torrabas el dinero de la familia en juergas y fiestas, ¡fui yo quien sostenía el nombre de la familia!
Él se aproxima, los ojos chispeando.
- ¿Y quién pidió ser el héroe, eh? ¡El padre te puso en ese pedestal y creíste que podías juzgar al resto del mundo!
Nos quedamos mirándonos, el silencio cortando el aire. Mis hombros están tensos, el corazón disparado. Hay odio, sí, pero también algo más. Un resentimiento antiguo, que nunca cicatrizó.
- Eres un peso muerto, Nico - digo, por fin, la voz baja, pero cargada de veneno.
- Vives de restos, de disculpas, de historias inventadas.
Él ríe, pero la risa sale amarga.
- Y tú eres un hombre solo. En un castillo vacío con una corona de hielo.
Me giro, intentando no responder. Camino hasta la ventana y respiro hondo. Necesito contener el impulso de romper algo o alguien.
- La conversación acabó - digo, frío.
- Desaparece de mi casa.
- No mismo. Quiero mi dinero, Enrico.
Respiro hondo.
- ¿Cuánto quieres?
- 2 Millones.
Me giro hacia él sin creerlo.
- Por ahora - responde, y hay una promesa peligrosa en el tono.
- No consigo levantar tanta plata en horas. Necesito por lo menos una semana.
- Está óptimo. Así tendré más tiempo con mi sobrino y claro con la linda y gentil niñera. Voy a pedir que preparen el cuarto de huéspedes para mí - él guiña y sonríe.
Mi cuerpo entero se tensiona otra vez.
- Si intentas alguna gracia con Clara, te juro…
- Relaja, hermano - interrumpe, con una sonrisa insolente.
- Solo quiero hacer una nueva amistad. Deberías intentar eso a veces, en vez de solo mandar.
Él camina hasta la puerta con pasos lentos, casi triunfantes. Antes de salir, mira por encima del hombro.
- A propósito... si un día quieres admitir que el viejo dejó secretos en el testamento, sabes dónde encontrarme.
La puerta se cierra.
Me quedo solo.
El reloj en la pared marca el tiempo en silencio, impiedoso. La rabia aún pulsa bajo mi piel, mezclada con algo que no quiero nombrar.
Respiro hondo, apoyo las manos en la mesa y cierro los ojos.
Por fuera, parezco un hombre inquebrantable.
Por dentro, soy un volcán a punto de explotar.