Mil años atrás, la emperatriz Lían Hua fue ejecutada por adulterio. Antes de morir, juró una maldición: en su próxima vida ningún hombre la llamaría esposa. Sería ella quien los hiciera sus esclavos.
Mil años después, Lían despierta en el cuerpo de Valentina Saggese, una madam recién envenenada por la esposa de su amante. Hereda un club nocturno, quince chicas leales, una venganza pendiente, y una sola advertencia: no te enamores.
Para sobrevivir crea una identidad secreta: la Dama del Fénix, una bailarina enmascarada que enloquece a dos hombres a la vez. El que la asesinó. Y el que, sin saberlo, va a cambiar todo lo que ella se prometió no volver a sentir.
Una emperatriz no perdona. Pero también puede romperse.
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Capítulo 2.
El cuerpo de la Emperatriz Lían Hua de la dinastía Yan, primera consorte del Hijo del Cielo, fue arrojado a una fosa común a las afueras de la capital tres horas después de su ejecución.
No hubo ceremonia. No hubo incienso. No hubo sacerdote que pronunciara los versos de despedida. Dos sirvientes la llevaron envuelta en la misma bata blanca con la que había muerto, le quitaron la seda del cuello para reutilizarla y la dejaron caer encima de tres campesinos muertos de tifus aquella semana.
Uno de los sirvientes escupió en el hoyo antes de irse.
—Por hechicera —dijo.
El otro no escupió. Tampoco rezó. Se limitó a echarle tierra encima con la pala, sin mirarle la cara.
Para cuando llegó la noche, la lluvia había convertido la tierra recién removida en barro, y el barro había borrado cualquier rastro de que allí abajo hubiera estado, alguna vez, una mujer que se llamó Lían Hua.
Once años de Emperatriz, tres horas para desaparecer del mundo.
No había cuerpo. No había frío ni calor. No había arriba ni abajo.
Solo oscuridad. Una oscuridad espesa que no era miedo, pero tampoco era paz.
Lían intentó moverse y descubrió que no tenía con qué. Intentó respirar y se dio cuenta de que no necesitaba aire. Por un instante eterno entendió que estaba muerta y que esa palabra, muerta, era distinta de lo que le habían enseñado en el templo.
Entonces oyó la voz.
Era una voz de mujer cansada, la voz de alguien que ha llorado mucho y ya no le quedan lágrimas.
—Véngame —susurró la voz—. Por mi hijo.
Lían quiso preguntar quién, dónde, cómo. No pudo.
—Y por favor —añadió la voz, más bajito, casi quebrándose—, no te enamores.
La oscuridad empezó a deshacerse.
Lo primero fue el dolor.
No el dolor del cuello —el cuello no le dolía—, sino otro. Un calambre seco en el bajo vientre, una náusea agria subiéndole por la garganta, las sienes latiendo como si tuviera dos tambores adentro de la cabeza.
Lo segundo fue la luz. Blanca. Demasiada. Le quemaba detrás de los párpados aunque los tenía cerrados.
Lo tercero fue otra voz.
—Vale… Vale, por favor. Vale, abre los ojos. Por favor, mi vida, abre los ojos.
Una voz de mujer joven, llorando. Una voz que ella no conocía pero que, al mismo tiempo, conocía perfectamente.
Sofía.
El nombre llegó solo, sin preguntar. Y detrás del nombre llegó todo lo demás, una avalancha sin orden.
Sofía a los diecinueve años, con un ojo morado, llorando en la puerta del negocio, pidiendo trabajo. Lo que sea, señora, lo que sea. Sofía lavando vasos en el bar. Sofía aprendiendo a llevar la caja. Sofía, ocho años después, convertida en la mano derecha. La única persona en el mundo a la que Valentina Saggese le había dicho te quiero y lo había sentido.
Más recuerdos, mezclados, descosidos.
Marcelo Alarcón riéndose en una cama de hotel, con un cigarrillo en la boca, prometiéndole un viaje a París que nunca llegó. Marcelo poniéndole un anillo en el dedo y quitándoselo a la media hora porque había sonado el teléfono y era ella. Marcelo besándole el vientre todavía plano, susurrándole que esta vez sí, esta vez sí iba a dejar a Renata, este hijo lo cambiaba todo.
Renata. Nunca la había visto en persona, pero la había visto en fotos. Rubia, delgada, fría. Renata enviándole flores con tarjetas anónimas. Sé quién eres, puta. Renata mandándole un gato muerto al negocio. Renata en una recepción de gala a la que Valentina no debía haber ido, pero fue, mirándola desde el otro lado del salón con una copa de champán en la mano.
El champán.
El champán que llegó a su mesa esa misma noche, cortesía de la casa.
El sabor raro al primer trago. El mareo a los diez minutos. El vómito en el baño del salón. La sangre. Mi bebé. Sofía gritando. Una ambulancia. Luces.
Y después, oscuridad.
—¿Vale? Vale, despiértate, por favor. El médico dice que ya pasó lo peor, pero tienes que despertar, mi amor, tienes que…
Lían abrió los ojos.
La luz le golpeó como una bofetada. Tardó tres segundos en enfocar. Una habitación blanca. Equipos médicos que zumbaban suavemente, sin que ella entendiera por qué. Un tubo conectado a un brazo —su brazo, ahora era su brazo—. Y al lado de la cama, sentada en una silla, una chica con el rímel corrido y los ojos rojos de llorar tres días seguidos.
Sofía.
—Vale… —Sofía se le quebró la voz—. Vale, mi vida, gracias a Dios.
Sofía le tomó la mano. La apretó. La besó.
Lían dejó que se la besara. No estaba acostumbrada al contacto de otra mujer que no fuera el de una concubina con un cuchillo escondido en la manga. Esta chica la quería. Lo sentía en cómo le sostenía la mano, como si fuera lo último que tuviera en el mundo. Y según los recuerdos que acababan de instalársele en la cabeza, probablemente lo era.
A Lían le picó algo en los ojos. Algo molesto, antiguo, que no había sentido en años. Lo controló rápido. Pero le picó.
—¿Cuánto…? —La voz le salió ronca, distinta. La voz de Valentina—. ¿Cuánto tiempo?
—Tres días. Llevas tres días así. Pensé que te perdía.
—Estoy aquí.
—Sí. Sí, estás aquí.
Sofía se rió y lloró al mismo tiempo. Lían no supo qué hacer con esa risa. En once años de palacio nadie se había reído así por ella, sin pedirle nada a cambio. Tuvo que mirar al techo unos segundos para ordenar la cara.
—Sofía.
—¿Qué?
Giró la cabeza despacio. Le costaba moverla. Todavía le ardía algo en la garganta, un fantasma de seda blanca apretando que no se iba a ir nunca.
—¿Dónde está él?
Sofía se quedó muy quieta.
—¿Quién?
—Marcelo.
Silencio.
—Vale, ahora no pienses en eso. Ahora descansa.
—¿Vino?
Sofía bajó la cabeza. No contestó.
Lían entendió. Tres días en una clínica privada, después de que su amante embarazada casi se muriera envenenada, y Marcelo Alarcón no había venido ni una vez.
No le dolió. Eso fue lo más raro de todo. Los recuerdos de Valentina venían cargados de un cariño desgastado por aquel hombre, un cariño que en este momento debería estar quemándola por dentro como un veneno tardío. Y no quemaba. Estaba apagado. Como si las dos mujeres que habitaban ese cuerpo se hubieran puesto de acuerdo, en silencio, en una sola cosa: Marcelo se acabó.
Cerró los ojos un momento. No por cansancio. Para ordenar el ejército que se le estaba formando dentro de la cabeza.
Cuando los abrió, Sofía notó algo distinto. No supo qué. No habría sabido decirlo. Pero la mujer que la miraba desde la cama no era exactamente la Valentina de hacía tres días. Era Valentina, sí. Pero detrás de los ojos de Valentina había otra cosa más vieja y más quieta.
—Sofía, tráeme un espejo.
—¿Un espejo?
—Quiero ver mi cara.
Sofía dudó un segundo. Después se levantó, salió de la habitación y volvió con un espejo pequeño de mano que sacó de su bolso.
Se lo entregó.
Lían se miró.
Una mujer de treinta y cinco años le devolvió la mirada. Bonita y cansada. Con los ojos hinchados y el cabello revuelto. Una cara que ella no conocía pero que, a partir de ese momento, sería suya.
Era una cara más vieja de la que había tenido en la otra vida. Eso le importó menos de lo que pensó. Una cara nueva era una segunda oportunidad. Y nadie le había dado nunca segundas oportunidades.
Lían sonrió.
Era la misma sonrisa con la que había muerto mil años atrás. Solo que ahora tenía otra cara para sostenerla.
Sofía la miró sonreír y sintió, sin saber por qué, un escalofrío pequeñito en la nuca.
Bien, pensó Lían mirándose en el espejo. Me gusta mi nueva vida.
Me dejó imaginando si se volverían a ver Valentina y su loco Marcelo... me dió lastima ese pobre hombre, perdido en su locura de amor 😔🥺💔
Su corazón y su mente le pertenecen a ella, aunque tarde se dió cuenta... ojalá se encuentren en la otra vida 🥺